Home Tags Posts tagged with "en tertulia"
Tag:

en tertulia

Download PDF

Muy al estilo macondiano, Petro ofrece crear el capitalismo a la colombiana, un “capitalismo mágico” para “gozar la vida y vivir sabroso”. Los chinos han sido exitosos, pero el capitalismo del siglo XXI es un fracaso mayor. 

Para gozar la vida ‒todos sabemos‒ se requieren recursos y la fuente principal de recursos del Estado son los impuestos, con lo cual cobra relevancia la reforma tributaria, un primer requisito de los gobiernos en los últimos 30 años. Todos prometen una reforma estructural, aunque en la práctica las reformas no han pasado de ser cortoplacistas, bien sea por miopía financiera, cobardía política o, muy probablemente, una mezcla de las dos. 

Los gobiernos saben que cualquier exceso en impuestos es “perjudicial para la salud” y, por eso, andan con tino; si no, acordémonos de la abortada reforma de Carrasquilla el año pasado. Mucho impuesto a los ricos desestimula la inversión y la creación de puestos de trabajo y mucho impuesto a los pobres aumenta la pobreza y la crisis social en general. Y un nivel bajo de impuestos limita el gasto social, además de mantener un déficit fiscal permanente, como es el caso de las economías en desarrollo. 

Dicho esto, la política colombiana ha sido acomodaticia desde el Frente Nacional. Lo que empezó como una alternancia en el poder de los partidos políticos tradicionales derivó en acuerdos programáticos entre el ejecutivo y el legislativo para obtener mayorías en el Congreso y asegurar así la gobernabilidad. En esta última elección presidencial, a pesar de las promesas de cambio y de lucha contra la corrupción, principalmente caracterizada por el cobro de comisiones en las asignaciones presupuestales, parece que todo seguirá igual. Al menos en el interactuar entre gobierno y Congreso. Así al menos parece por los recientes acuerdos entre el victorioso Pacto Histórico, el Partido Liberal y otras agrupaciones que permitirán al gobierno entrante contar con mayorías en el legislativo. De hecho ‒recordemos‒ las elecciones presidenciales no cambian la composición del Congreso.

Esa alianza parecería servir de moderadora de la ortodoxia socialista de muchas de las propuestas del nuevo presidente. Sin embargo, podría llevar al desengaño de muchos seguidores del Pacto Histórico, votantes claros de un cambio en la forma de hacer política en el país.

Así pues, se impone la realidad de “moler con las mulas que hay” y, en lugar de generar un cambio brusco de consecuencias desconocidas o un “salto al vacío”, parecería que vendrán cambios graduales. Siempre es mejor y más sostenible construir sobre lo construido.

De la habilidad del nuevo presidente para explicar a todos el curso de acción y la implementación de propuestas ‒teniendo en cuenta los acuerdos programáticos‒ dependerá que sigamos avanzando, no sin dificultades como hasta ahora lo hemos hecho, sobre la base que solo el trabajo y la honradez son garantía de progreso.

Es resaltable la declaración de guerra a la pobreza (uno de los argumentos fuertes para la reforma tributaria y pilar de la prometida “vida sabrosa “), de la cual estábamos en mora pues, al parecer, el dolor ajeno termina insensibilizándonos ante la imposibilidad individual de resolverlo. 

Por otra parte, es indispensable reactivar relaciones y comercio con Venezuela ante tanto drama migratorio y necesidades económicas. Si con alguien se debe hablar es con el “enemigo”, que en verdad no lo parecerá tanto después de que hablemos con él. Del amigo siempre sabemos lo que piensa, pero ¿cómo lidiar con el “enemigo” si lo desconocemos totalmente? También con los vecinos debe aplicarse el “moler con las mulas que hay”.

La pregunta del día es el modelo socialista latinoamericano que seguirá el nuevo gobierno y si finalmente dicho modelo cuadra con el capitalismo a la colombiana. Me inclino por que Petro seguirá un modelo de cambios graduales parecido al de AMLO en México.

Nuestro éxito como país dependerá de que hablemos menos y nos escuchemos más para entendernos y juntos poder hacer más. Y, además, cambiar la cultura de la corrupción imperante, esa otra guerra que falta por declarar urgentemente y por la cual la otra mitad del electorado votó y sin la cual la guerra contra la pobreza puede perderse. Es posible que esa otra mitad del electorado se organice como partido político y siga muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

Con una margen de victoria de apenas 3 % y una situación económica precaria, se impone la necesidad de alcanzar acuerdos programáticos para lograr consensos mayoritarios como un buen comienzo para aterrizar un capitalismo mágico que surja de la unidad. Quizá Colombia logre añadir a su marca país esta denominación del capitalismo que contrastaría con el capitalismo salvaje que tanto se critica hoy.

Juan L. Gómez C.

Septiembre, 2022

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

La nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de Mutis y Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad, única en el mundo? 

De los malos profesores de historia en el colegio, lo peor no fueron las listas de fechas de batallas y nombres que había que aprenderse de memoria, sino lo desenfocada que era su enseñanza, reducida a enumerar sus partes como si fueran las de un esqueleto que ha perdido toda vida. Después de esa experiencia escolar no es de extrañar que a los sobrevivientes no nos haya quedado ningún gusto por conocerla, confirmando la sentencia atribuida a Santayana: “quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”.

Por eso, no sorprende que en el Informe de la Comisión de la Verdad, una de las conclusiones que uno puede destacar es que las violencias cometidas en cincuenta y más años son la repetición de matanzas y sufrimientos infames que los victimarios más feroces han infligido a cientos de miles colombianos inermes y vulnerables, particularmente campesinos y habitantes de poblaciones perdidas en la geografía tan extensa que tiene al país. Los testimonios innumerables y dolorosos que se recogieron entre las víctimas, durante un tiempo largo de indagación, rompen el alma.

A raíz de la publicación del Informe se ha abierto un debate, que como suele pasar cuando se mezclan hechos con ideologías, ha desviado la atención sobre lo realmente importante que es la tragedia infinita de las víctimas que no necesitan de discusiones doctrinarias y polarizadas entre quienes son buenos y malos, sin que deje de ser central saber quiénes son los victimarios, individual o grupalmente tomados, ideológicamente de izquierdas o de derechas. En fin de cuentas, el objetivo esencial que se le asignó a la Comisión fue “el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición” de lo que sucedió en el conflicto armado colombiano. 

El Ministerio de Educación del gobierno entrante se ha propuesto llevar al conocimiento de niños y jóvenes el Informe de la Comisión. Está bien el propósito si no se distorsiona el objetivo pedagógico. El problema radica en que la transmisión de ese conocimiento histórico es muy sensible en términos sociales y políticos. Se requiere que se haga con pedagogía sin partidos para que no vuelva a darse lo que decía al inicio de este escrito: la ignorancia de la historia, una de las formas del adoctrinamiento. La enseñanza dogmática de la historia no solo lleva a la ignorancia; también conduce a repetir lo malo que sucedió en ella, como fueron las violencias del conflicto armado. Volveríamos al eterno retorno de las tragedias humanas por causa de la reproducción de victimarios. 

Vale decir que la nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben los niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de un Mutis y un Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad única en el mundo? Hay que conocer sin parcialidad la verdad de nuestra historia. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Septiembre, 2022

4 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 7 de Julio, 2022
0 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Algo debe estar escrito en el destino de Colombia para que fuera Gustavo Petro ‒y no otro‒ el llamado a consolidar la paz en este ensangrentado país. No me refiero al cabalístico número 9…

Pareciera que la vida de Gustavo Petro estuviera asociada con el número 9: las circunstancias muestran que nació un 19 de abril, militó en el M-19, se desmovilizó en 1990, pactó con las fuerzas políticas de esa época la Constitución de 1991, el 29 de mayo el Pacto Histórico consiguió 29 representantes a la Cámara y un número inédito (20) curules en Senado; ni siquiera que el 19 de junio alcanzó con Francia Márquez la presidencia. Sin embargo, nada de eso es señal de su destino.

Lo realmente venturoso para este país es que Gustavo Petro, para cumplir a sus electores y a Colombia entera las ambiciosas promesas de campaña, debió someterse a la crudeza de números nada míticos: de los 108 senadores, el Pacto Histórico logró 20 (o quizá solo 19, si a Piedad Córdoba la enjuician y debe dejar su curul), y no los 30 que había proyectado; en la Cámara, de los 188 obtuvo 29 representantes. Alcanzar las anheladas mayorías absolutas para imponer las necesarias reformas cual aplanadora ya no era real. Si tal cosa hubiese ocurrido, el reformismo duraría tal vez cuatro años y las derechas neoliberales retomarían el Estado en el siguiente período, como ocurrió con Lasso en Ecuador, para intentar lo imposible: domar el descontento social. El Pacto, para ser histórico y no pasajero, debe cubrir a la mayoría del pueblo colombiano. Eso lo entendió el candidato inmediatamente. Aunque ganara la presidencia no tendría gobernabilidad.

A partir de ese momento se notó en Gustavo Petro la sabiduría del estadista, o si otros quieren verlo así, la capacidad de leer la realidad política para adaptarse de inmediato a los hechos. No solo moderó el discurso; abrió sus brazos hacia sectores que lo rechazan con o sin razón o están a la espera de que el Centro Esperanza se recupere. Asigna a Roy Barreras, avezado político conocedor de los entramados politiqueros y con amigos en todos los partidos (pues ha militado en todas las vertientes liberales, a excepción del Nuevo Liberalismo) la tarea de contactar a todas las colectividades para invitarlas a participar en un amplio acuerdo nacional. 

Roy llegó a decir que en solo 72 horas había tenido conversaciones con al menos 57 dirigentes políticos de todos los partidos. Ese papel lo ejercerá con mucho más detalle en el nuevo Congreso de la República, pues logró el consenso para ser presidente del Senado. La apuesta por un acuerdo nacional para pactar sobre lo fundamental había sido el sueño de Álvaro Gómez Hurtado. Esa apertura fue la semilla de lo que hoy viene creciendo: la esperanza, a la par que la disminución del temor, a pesar de voces tremendistas como la del expresidente Pastrana.

El pasado reciente ya se ve lejano. La llegada al Congreso de Rodolfo Hernández y su fórmula vicepresidencial, con una postura de contribuir a ese pacto después de conquistar más de 10.000.000 de votos, pesa más que estridentes voces aisladas. Los números se imponen. La imagen de Fajardo enseñando su voto en blanco, candidato que solo sedujo al 2.24 % de los votantes, contrastó con la de millones de nuevos electores. 

El destino, ese 19 de junio, tomó la forma de campesinos embarrados al cruzar caminos veredales, filas de indígenas en sus resguardos, canoas repletas por los ríos chocoanos, jóvenes ansiosos por estrenar su cédula, mujeres de todas las clases esperanzadas. Los “nadies y las nadies” aparecieron al final en la tarima del Movistar Arena rodeando a la elegida vicepresidenta Francia Márquez y luego al nuevo presidente Gustavo Petro. Esa multicolor y alegre fiesta se replicó en calles de pueblos y ciudades. Y esa esperanza renacida que sentía ese 50,44 % de electores comenzó a expandirse desde esa noche a partir del discurso sereno, pacifista, acogedor del nuevo presidente de los colombianos. 

Álvaro Uribe, que aceptó dialogar, colocando a Colombia por encima del rencor, es una señal. Más aún: la designación de ese otro Álvaro ‒Leyva Durán‒ como canciller muestra que la figura de la guerra, representada en uno, y la de la terca lucha por la paz, del otro, pueden al fin confluir en una sola imagen: la de una Colombia que emprende, ahora sí, el largo camino de la reconciliación y de una paz esquiva, para que el campo reverdezca y el trabajo fructifique. 

¿Será posible que la encíclica Fratelli Tutti tenga al fin asidero en la Tierra? De todos depende que así sea.

Los invito a repensar nuestro papel para que Colombia sea la ganadora final. 

Luis Arturo Vahos Vega

Septiembre, 2022

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 7 de Julio, 2022

              Extravío

Vida frágil y breve, 

mientras se filtra en mi corazón

una frase que no se escribe,

malestar infinito

como un invierno, 

se retuerce en una calle anónima.

Dolor sin direcciones,

El amor que duele 

como herida milenaria.

No encuentro el libro de los océanos,

ni de los territorios que viví sonámbulo,

surcador de precipicios dislocados.

Busco la frase que no se escribe

entre la lluvia eterna

de mi extravío sin límites.

El patio de la infancia

Hubo un tiempo perdido, 

momentos poblados por la dicha,

un patio inagotable

de matarratones torcidos,

de escondites inventados.

No había mañana peligroso,

ni amanecer acongojado,

ni noche de terrores.

Solo el patio, el placer, las grutas.

El atardecer era infinito

ebrio de un múltiple amor

entre la brisa cándida

de una risa intemporal.

Te busco a medianoche,

patio mío,

para encontrar mis ojos inocentes,

mi cuerpo estremecido

por los resplandores de la luna.

Espacio de mi invención endiosada,

te siento como el eco

de la palpitación ausente,

suprema invitación que lastima

en la piel calcinada del abandono.

               Pérdida

Castillo de mi reino desolado

Cuando la lluvia invoca las estrellas

Un sabor melancólico se mezcla 

Con la memoria de mis versos.

Ahí están tu mirada, 

las flores deshojadas,

Las promesas de mi infancia,

Todo ha perdido su misterio.

Petrificada está mi mansedumbre.

No soy feliz. Tal vez una aurora

Vendrá con sus monedas circulares.

Quedan la luna y los recuerdos 

Temblando en la espesura de este vino,

Dicha crepuscular de los salones

Sin muebles, sin cortinas, solo un eco.

Jesús Ferro

0 comentario
1 Linkedin
Download PDF

Hasta el comienzo del Frente Nacional, la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. En el seno de esos antagonismos se autoconsideraba como la única e incuestionable portadora de la Verdad y del Bien, en constante lucha contra el mal y el error y contra herejes y pecadores de carne y hueso.

4. Regeneración y violencia

Con todo, volvamos al pasado. Hasta los inicios del Frente Nacional (1958), la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. Y, en el seno de esas oposiciones radicales, se consideraba a sí misma como la única e incuestionable portadora de la Verdad y el Bien, en constante lucha, no solo contra el mal y el error en abstracto, sino contra “herejes” y “pecadores” de carne y hueso. Hasta simples críticos eran considerados como “enemigos” de la Iglesia. Mientras existió la Inquisición, estos se exponían a severos castigos que podían llegar a la tortura y la muerte. Una vez desaparecido el tenebroso engendro, la Iglesia optó por imponerles la “excomunión” pública, lo cual equivalía, en naciones mayoritariamente católicas, a su exclusión y señalamiento social. La Regeneración consolidó y radicalizó ese espíritu en Colombia. 

Durante el siglo XIX y hasta los inicios de la segunda mitad del XX, la intransigencia eclesiástica se tornó particularmente beligerante en contra de las ideas modernas y de sus expresiones revolucionarias. El Concilio Vaticano I (1869-1870) reafirmó a la Iglesia como la portadora exclusiva de la Verdad, elevó a dogma la infalibilidad del Papa y condenó nuevamente los errores de sus enemigos. Desde entonces y hasta los años 60 del siglo XX, en el instante mismo en que un miembro del clero procedía a recibir del obispo la ordenación sacerdotal, arrodillado junto al presbiterio del templo, debía prestar en voz alta un “juramento antimodernista”, por el que rechazaba, entre otras, las expresiones políticas de la modernidad. Democracia, liberalismo, socialismo y comunismo se convirtieron, todos por igual, en objeto de reiteradas condenas eclesiásticas. La confrontación cobró visos de cruzada. 

Un buen ejemplo del clima político-religioso de la época lo constituye fray Ezequiel Moreno y Díez, obispo de Pasto a comienzos del siglo XX. Para el fraile carlista español ‒promovido a los altares por los capuchinos españoles y finalmente declarado “santo” (!) por Juan Pablo II‒, hubiera sido mejor continuar la Guerra de los Mil días con los liberales que firmar con ellos la paz. En su tumba hizo poner el epitafio: “ser liberal es pecado”. 

Actitudes y consignas similares siguieron reiterándose hasta los tiempos del obispo Miguel Ángel Builes en los años 60, y de algunos de sus sucesores como el turbio y amanerado cardenal Alfonso López Trujillo, de influencia más reciente en la Iglesia colombiana y mundial. Las condenas episcopales contra el liberalismo y la masonería se prolongaron hasta el advenimiento del Frente Nacional y, después de instaurado este, se volvieron en contra del marxismo y el comunismo “ateos”. 

En Colombia, el sectarismo religioso contribuyó decisivamente a la exaltación de las pasiones políticas y a sus violentos estallidos periódicos. Le confirió a la actividad política un carácter sagrado, de enfrentamiento absoluto entre la verdad y el error, el bien y el mal. Por esta razón, los dos partidos tradicionales no se conformaron como simples asociaciones de intereses susceptibles de ser representados y negociados, sino como sectas seudorreligiosas, depositarias de cosmovisiones y convicciones inalterables. Los obispos y los curas, quién más, quién menos, se consideraban portadores de la salvación o la condenación eternas. 

Desde sus orígenes en el siglo XIX, tanto los liberales como los conservadores se confesaban católicos, pero mientras los conservadores defendían al clero, los liberales se oponían a sus privilegios: clericales y anticlericales enfrentados. Con una dosis de humor se afirmaba que, en la misa de los domingos, los primeros ocupaban los asientos de adelante y pasaban a comulgar, mientras los segundos atendían el rito desde la puerta del templo y se abstenían de recibir la hostia. Más allá de estas versiones picarescas, asuntos tan serios como los bienes de la Iglesia, el matrimonio o la educación católica obligatoria ‒y quizá no tanto los acalorados debates económicos y políticos de las élites‒ definieron en buena medida el perfil de los partidos y les dieron su arraigo popular. Incluso las elecciones se transformaron en una expresión de fe religiosa. Hasta fines del siglo XX, y aun después, el clero prescribía por quién se debía votar y por quién no. Desde el púlpito y la cátedra se ejercía una especie de tutela electoral sobre el pueblo simple y sobre conservadores educados y cultos. En este contexto, un choque brutal entre las pasiones anticlericales de algunas corrientes liberales y el fanatismo integrista de la Iglesia y sus fieles conservadores se transfirió a la contienda política. 

Teniendo en cuenta el monopolio cultural ejercido por la Iglesia en Colombia, es posible comprender por qué los conflictos de interés entre los colombianos se han visto transfigurados en luchas a muerte entre los supuestos representantes de Dios y los voceros del demonio. Esta actitud maniquea, de carácter seudorreligioso, fue la pólvora emocional de las ocho grandes guerras civiles y las decenas de rebeliones locales del siglo XIX, y continuó inspirando las confrontaciones armadas del XX, que culminaron en el holocausto nacional de La Violencia en los años 50. 

6. Regeneración y reconciliación

Paradójicamente, hay que señalar de nuevo que, a la par con la lógica de confrontación, condena y exclusión, la Iglesia también ha infundido en la cultura política colombiana la disposición contraria, que se inclina a la reincorporación del pecador arrepentido en la comunidad. Para la Iglesia, las condenas y excomuniones no son un fin en sí mismas: buscan la conversión del pecador. No hay pecado ni delito que no pueda ser perdonado, a condición, eso sí, de que el pecador confiese su delito o “abjure” públicamente de sus errores y se someta de nuevo, humildemente, a la autoridad de la Iglesia.

En el ámbito político, la casi ilimitada capacidad de perdón del Estado colombiano ‒que no es frecuente en otros países‒, condicionada a la previa sumisión del enemigo, ha encontrado quizás su expresión en las innumerables amnistías que han puesto fin a las guerras entre nacionales promovidas por las mismas élites, y a las condiciones que suelen acompañarlas. Durante la primera mitad del siglo XX los acuerdos y amnistías entre liberales y conservadores fueron denominados con el refinado nombre de “pactos de caballeros”, que incluían el secreto sobre las responsabilidades últimas de los enfrentamientos armados.

Sin embargo, las nuevas guerras que comienzan en los años 60 no enfrentan como antaño a las élites entre sí, sino a estas con las clases populares o medias, lo que imposibilita alcanzar acuerdos ocultos. En el fondo, de la criminalización radical del enemigo, de la condena absoluta y los enfrentamientos insuperables, los colombianos pasamos a negociar y a reconciliarnos a condición de que el delincuente se someta a la autoridad legítima o al menos haga los gestos públicos equivalentes al sometimiento. Confesión de los pecados, arrepentimiento y penitencia. En otras naciones, como en Estados Unidos, no tienen reato en imponer al delincuente la cadena perpetua o la pena de muerte. Ni qué hablar de China donde la pena de muerte es la solución preferida.

Vale la pena añadir que la Iglesia y el Estado no siempre coinciden en sus condenas y absoluciones. En ocasiones, la Iglesia condena a quienes el Estado está dispuesto a perdonar ‒como a la mujer que aborta y al médico que la ayuda‒, y viceversa, la jerarquía se muestra a veces dispuesta a absolver a quienes el Estado persigue, como sucede con algunos promotores del paro y el desorden público o con los criminales de guerra. No hay duda de que en los países de tradición católica esta doble y contrapuesta norma de la vida pública dificulta la consolidación de la ley civil en la consciencia de los ciudadanos. La España franquista y sus efectos son un ejemplo extremo de esta situación.

La dialéctica pasional de enfrentamientos y reconciliaciones ahondó en los colombianos una absoluta adhesión a los partidos liberal y conservador, hasta llegar a convertirlos en pasiones ancestrales de carácter familiar, local o incluso regional o ‒como dice Daniel Pécaut‒ en verdaderas “subculturas” contrapuestas dentro de una sola cultura nacional. Hasta fines de los años 50, a través de los partidos tradicionales, liberal y conservador, el colombiano se hacía partícipe de la nación y, movido por ellos, la escindía en periódicas confrontaciones armadas. Sin embargo, solo gracias a los mismos partidos era posible reconstruir la unidad nacional y la paz. 

La militante adhesión religioso-política de los colombianos a los partidos le garantizó a las élites, durante más de medio siglo, la lealtad de las clases subalternas. De este modo, el orden de la Regeneración, quizá más que el “santanderismo” elitista, pudo servir de fundamento a la estabilidad institucional de Colombia y, a la vez, propiciar las recurrentes confrontaciones armadas entre sus pobladores. Estabilidad institucional y violencia llegaron a ser características inseparables y duraderas del orden político colombiano.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

El solo penacho de plumas de quetzal, igualmente colorido, del emperador azteca Moctezuma, que se exhibe permanentemente en un museo de Austria, era hasta ahora uno de los testimonios de adornos indígenas más visibles, pero tristes, de lo que fue la destrucción de una de las civilizaciones precolombinas más importante y extendida del continente americano.  

La foto de un indígena con su penacho de plumas coloridas inclinándose para saludar al papa Francisco, a su vez tocado por otro penacho y sentado en una silla de ruedas, durante la reciente visita del Pontífice a una de las comunidades nativas en la provincia de Alberta, Canadá, me trajo el recuerdo de la imagen de las cajetillas de cigarrillos Pielroja, que hace años eran los que fumaba la mayoría de fumadores del país. 

Pero la imagen de las cajetillas Pielroja que la memoria guarda de otras épocas no encaja ahora en las  viles historias de cuando los niños eran llevados a los internados indígenas del país nórdico de América a recibir una educación que en el interior de los claustros terminaba convirtiéndose en abusos y maltratos sistemáticos a los que los educadores los sometían siguiendo los dictados de una política de asimilación cultural forzada de menores que se veía con ojos benignos, o “por medio de la indiferencia”, según lo expresó el papa Francisco quien, pese a sus dolencias físicas en una de las rodillas fue a Canadá a pedir perdón por los atropellos cometidos por clérigos de la iglesia. 

Lo que sucedía en la red de internados de las 139 instituciones canadienses similares a las que el papa visitó en la región de Alberta fueron actividades de educación perversa, según los informes de las investigaciones históricas realizadas desde hace algunos años en torno a las prácticas  escolares residenciales desde el siglo XIX hasta 1990 en Canadá. Hay que reconocerle al papa Francisco el valor moral de ir a afrontar en persona una oprobiosa culpa comunitaria del pasado eclesial. La historia de la conquista y colonización de América se ha ensañado más que todo en las iniquidades de líderes militares españoles como Hernán Cortés en México o Francisco Pizarro en Perú, para citar apenas un par de ejemplos dramáticos. El solo penacho de plumas de quetzal, igualmente colorido, del emperador azteca Moctezuma, que se exhibe permanentemente en un museo de Austria, era hasta ahora uno de los testimonios de adornos indígenas más visibles pero tristes de lo que fue la destrucción de una de las civilizaciones precolombinas más importante y extendida del continente americano.  

No todo fue destrucción y exterminio. La obra educativa de frailes franciscanos, dominicos y jesuitas fue un valioso rescate y revaloración de las culturas de comunidades mayas, incaicas y guaraníes durante la época de la conquista y la colonia. Un fraile como Bernardino de Sahagún, que convirtió una escuela de nativos mexicanos en lo que puede llamarse la primera universidad de México, o las misiones de los jesuitas en el Paraguay, y la Orinoquia colombiana, son ejemplos de respeto y conservación de los valores culturales de los pueblos nativos dignos de admiración, como lo atestigua el misionero jesuita Joseph Gumilla en su libro sobre la Historia natural, civil y geográfica de las naciones de las riberas del río Orinoco. Que reconocer y expiar las infamias del pasado sirva para distinguir lo que fue bueno y debe ser mejor en la educación.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Agosto, 2022

6 Comentarios
0 Linkedin