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Desde la irrupción de internet y el acceso a las redes sociales se nos ha venido promulgando que es “el tiempo de la gente” o, lo que es lo mismo, “el tiempo en que la gente puede manifestar su poder”. Sí, el tiempo en que todos podemos expresar nuestros deseos, hacer públicos nuestros sentires y, más importante aún, participar de una manera más activa en las decisiones de nuestros destinos colectivos, sean del ámbito local, regional, nacional o global. 

En cierto sentido, el “poder de la gente” ha tenido muchas interpretaciones y usos. Y desafortunadamente muchas veces ese mismo poder se ha vuelto en contra de los ciudadanos al ser manipulado y orientado por fines egoístas y sentimientos de odio y exclusión. Hoy en particular quiero referirme a aquella faceta positiva del poder, al poder que concede espacios de participación, reflexión y acción ciudadana sobre el destino común que compartimos y queremos y que en últimas nos hace mejores seres humanos y miembros de una colectividad.

De alguna manera esta faceta del poder de la gente se ha evidenciado en los acontecimientos mundiales del último mes. Concretamente, ante la guerra en Ucrania, hemos visto las manifestaciones de la población civil defendiendo su territorio a pesar de no contar con los recursos mínimos que le darían carácter de “contendientes” tradicionales u oficiales en un conflicto armado y cómo, con su “poder”, han logrado refrenar de manera inesperada y prolongada a un adversario cuya superioridad numérica, estratégica y militar sería inconcebible enfrentar. Este poder de la gente, tanto el coraje y patriotismo de los ucranianos, como la solidaridad en múltiples manifestaciones de los no nacionales, son actos que creo que nos han puesto a muchos de rodillas y a confiar de nuevo en la humanidad. 

Frente a esta reciente evidencia de lo que denomino el “poder de la gente”, me pregunto ante la situación política y electoral que vivimos en nuestro país: ¿será posible que en Colombia salga lo mejor de nosotros y no solo elijamos bien, sino también pongamos nuestro grano de arena para hacer de nuestro país un lugar donde todos puedan ejercer su dignidad, desarrollar sus talentos y convivir en paz? Ante la zozobra mundial de si Putin y los demás líderes proceden como actores racionales o no, en el plano nacional pareciera que nuestra tranquilidad y decisiones dependieran de las alianzas que hagan los políticos o de quien en últimas se “apropiará” de los votos. 

Me pregunto, entonces: ¿será posible que nosotros como ciudadanos podamos anticipar en algo las grandes decisiones que en últimas influirán en forma importante ‒por lo pronto en los próximos cuatro años‒ en nuestro destino como nación? Personalmente, me resisto a esperar un suceso como tal, pues pienso que mi voto no es propiedad de nadie, ni de un partido o candidato, y solo obedece a mi conciencia. Sin embargo, también soy consciente de que para que un proceso colectivo sea eficaz, es decir, lleve a buenos resultados, se requiere que las conciencias confluyan en una misma dirección y así pueda emerger el verdadero “poder de la gente”. 

¿Cuáles podrían ser los criterios que lleven a esa confluencia? Propongo dos criterios: el bien común y el sentido común.

Comienzo por el bien común. Y es que, en una sociedad como la nuestra, dominada por la doctrina “del bien particular”, pareciera que hablar del bien común fuera una cosa extraña. Sin embargo, pensaría que en Colombia sí tenemos implícitamente muchas claridades sobre qué entendemos o soñamos como bien común. Sin ser exhaustiva, lo que encuentro de común en mis conciudadanos es que a todos nos enorgullece vivir en un país favorecido por importantes recursos naturales y gran biodiversidad, un país donde el talento y la creatividad están a flor de piel, donde la acogida y la solidaridad se hacen siempre presentes cuando se necesitan, donde no hay pereza para trabajar, superar los obstáculos y progresar y, por último, un país donde todos podemos hacer gala de nuestra autonomía al expresar nuestras ideas y construir nuestras propias vidas, es decir, no nos gusta que otros decidan qué necesitamos y, menos aún, cómo solucionamos esas necesidades. 

Arriesgándome, por lo tanto, a “tipificar” cuál podría ser el bien que todos queremos, el bien común para todos colombianos, incluiría principios relacionados con: 

1) la protección del medio ambiente; 

2) la autonomía para crear, emprender y expresarse;

3) la capacidad y oportunidad de trabajar y construir el propio destino, y 

4) el fomento de la solidaridad, el cuidado y la cooperación para tener una cultura de confianza mutua. 

Pienso que todos como colombianos ‒independientemente de diferencias de clases, razas, etnias o niveles de educación‒ coincidimos en estos principios comunes y que nuestro bien o bienestar aumentaría exponencialmente si lográramos priorizarlos y acordarlos en forma colectiva. 

El otro criterio que propongo para nuestro discernimiento colectivo es el del sentido común ‒más conocido como el menos común de los sentidos‒. Aquí también sucede igual que con el bien común, que a primera vista podría pensarse que en nuestra sociedad no existe el sentido del bien común y, muy por el contrario, como lo indiqué antes, el sello del bien común hace parte de la esencia de “ser colombiano”.  

¿Por qué digo que el sentido común también está presente entre nosotros? Porque una de las lecturas que podría hacerse a los resultados de la pasada consulta es que sí hay sentido común entre los ciudadanos. Y que ‒me atrevo a decir‒ no hemos perdido todavía la cordura. 

Los resultados mostraron que las personas, cuando se toman el tiempo para pensar y considerar sus principios ‒los que rigen el bien común y el particular‒ y no se atienen a las cábalas electoreras ni a las apuestas y especulaciones de los “expertos”, optan por escoger “personas con las que se identifican”, personas como ellas, candidatos que muestran con su vida una “naturaleza buena”, son bien intencionadas, muestran amor por su país, favorecen el bien común, el interés por seguir progresando, por corregir y mejorar situaciones de inequidad e injusticia, por favorecer el respeto y las libertades, y no se mueven por el odio ni por retrovisores que magnifican lo malo y no reconocen los aciertos. 

Todos sabemos que es parte del sentido común reconocer que tenemos aciertos y desaciertos, triunfos y derrotas, y que si magnificáramos las derrotas y los desaciertos eso nos conduciría a la parálisis y al sinsentido. Por ello, el sentido común nos lleva a ponderar ambos: aciertos y desaciertos y así seguir construyendo sobre lo aprendido y avanzado, sin pretender ser “superhéroes” o “mesías”. Sabemos que ni somos ángeles ni tampoco los más expertos, pero que haciendo equipo con otros todo se puede lograr. Y esto también lo extendemos a aquellos a quienes nos podrían gobernar o representar: sentido común en acción. 

El sentido común también aparece cuando se rechazan o repelen expresiones y actos engañosos, manipuladores y extorsionadores. Frente a ellos, nuestro sentido común se siente indignado e incómodo y nos recuerda claramente que cuando pensamos en sociedad, en colectivo, en generar confianza, el juego en el que uno gana y el otro pierde no lleva a ningún camino. Ejemplos de otros países e injusticias y restricciones que sufren sus habitantes son evidencia pura para aceptar lo que el sentido común nos dice acerca de cómo podríamos elegir.

Sé que habrá muchos aspectos que quedan por mencionar. Solo quiero abrir una discusión sobre cómo los colombianos podríamos ejercer nuestro “poder” en las elecciones presidenciales que se avecinan, reflexionando y actuando con esos dos criterios: el bien común y el sentido común.

Pienso que nuestro poder podría incluso sorprender a los políticos y a nosotros mismos, mostrando que no queremos alargar nuestros temores y zozobras y que al tener claro qué queremos para nosotros y nuestro país, solo queda el “manos a la obra”. 

¡Las cartas están sobre la mesa y en esta primera vuelta podemos evidenciar nuestro poder como ciudadanos de una vez por todas!

Marta Elena Villegas L.

Abril, 2022

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