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El Misterio Humano

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Estamos acostumbrados a pensar en el misterio, dentro del ámbito religioso. Más aún, el Diccionario de la Lengua Española, entre nueve acepciones que traduce de la palabra misterio, seis de ellas son de sentido religioso. Entonces, ¿de qué hablamos aquí, al decir “El misterio humano”?

En un artículo anterior publicado en este blog y que llamé “Caminos a la certeza”, expresé que en un sentido, el misterio es provisional: cuando no sabemos o no entendemos algo, decimos que eso es un misterio para nosotros, pero cuando ese algo se conoce y se comprende, el misterio se aclara y se acaba. Al decir misterio humano, ¿es algo provisional o será un misterio permanente? 

“Hasta el momento no tenemos ninguna explicación en absoluto de cómo la mente surge del cerebro. (…) Estudiar la mente es una empresa diferente de estudiar el cerebro”[1].

“En el gran cuadro de la ciencia contemporánea hay muchas cosas que no entendemos, y una de las que entendemos menos somos nosotros mismos. (…) No disponemos todavía de una solución convincente y consensuada a la pregunta de cómo se forma la consciencia de nosotros mismos”[2].

“Si alguien me dijera ‘le explico cómo funciona la consciencia, pero luego lo mato’, yo le diría: ‘perfecto’”[3].

“Las grandes preguntas de la existencia siguen sin respuesta (…) ¿Qué es la consciencia?”[4].

Las declaraciones anteriores de científicos destacados nos indican que, por ahora, la consciencia y la mente son un “misterio” y, por lo tanto, el ser humano también. 

La inteligencia humana, que no es la única inteligencia, nos hace comprender que tenemos consciencia de nosotros mismos, del mundo que nos rodea, incluidos los demás seres humanos y tenemos consciencia de que tenemos consciencia de este tener consciencia.

Para los que no somos científicos, asomarnos al extenso universo del cerebro humano encerrado en un cráneo relativamente pequeño, es un “misterio”. Imaginarse millones y millones de neuronas, diferentes y especializadas, es casi imposible y, lo que es más innumerable: pensar en millones y millones de conexiones entre esas neuronas supera nuestra imaginación. 

Pero el asunto no termina ahí. Humberto Maturana y Francisco Varela son destacados biólogos chilenos y explican cómo no se pueden entender las bases biológicas del conocer sólo a través del examen del sistema nervioso, sino que es necesario entender cómo los procesos cognoscitivos se enraízan en el ser vivo en su totalidad. Y más allá: el operar recursivo del lenguaje es condición sine qua non para la experiencia que asociamos a lo mental [5]. Lo mental no es algo que está dentro de mi cráneo: la conciencia y lo mental pertenecen al dominio de acoplamiento social y es allí donde se da su dinámica.[6] En otras palabras: el ser humano no se puede comprender sin su ser social.

En síntesis, para comprender el fenómeno del conocer humano, de la consciencia y de la mente es necesario aclarar:

¿Cuál es la organización del ser vivo?

¿Cuál es la organización del sistema nervioso?

¿Cuál es la organización del sistema social?

(Se entiende aquí por organización a las relaciones que deben darse entre los componentes de algo para que se dé ese algo, para que se lo reconozca como miembro de una clase específica). 

Para entender bien todo un libro, hay que entender cada uno de sus capítulos, pero para entender bien alguno de sus capítulos, hay que entender todo el libro. Además, hay que regresar una y otra vez al texto. Y esto ocurre, no sólo para un libro… ocurre también para entender al ser humano. 

Para entender la totalidad del ser humano hay que entender cada algo de su ser, pero para entender algo del ser humano, hay que entender la totalidad del ser humano. 

Estábamos hablando del conocer, de la consciencia, de la mente… pero somos seres que perciben, deciden, ríen y lloran; ¿qué son nuestros valores, nuestros sueños, nuestras emociones, nuestro propio saber? ¿qué lugar ocupamos nosotros, seres humanos, en este gran fresco del mundo que ofrece la física contemporánea?; ¿qué somos nosotros en este mundo inmenso que abarca desde la estructura profunda de la materia-energía y del espacio hasta el límite del cosmos astronómico que conocemos?   

El sentido común, que es inteligente, nos hace comprender que el ser humano es un pequeño átomo en este inmenso universo, pero este inmenso universo no se comprendería ni tendría voz, sin el pequeño átomo que se llama ser humano. 

Y el ser humano no es simplemente un individuo, ¿no es un misterio la inmensa multitud de millones y millones de personas en el mundo actual? ¿no es un misterio la variedad de pueblos y culturas? ¿no es un misterio el recorrido de la historia humana y su “prehistoria”? ¿no es un misterio el mundo que quiere descubrir el hombre, a pesar de los avances de todas las ciencias, de las artes, de la inteligencia natural y artificial? 

No hemos hablado de la parte más dolorosa del misterio humano: ¿Quién comprende el abismo de la violencia, la criminalidad, la drogadicción, la corrupción, el homicidio, las guerras…?

Esta misteriosa realidad del mal concreto nos conduce al enigma del bien en la verdad: a la pregunta por el fundamento de la ética o moral, ¿por qué es posible el progreso y la decadencia y la recuperación o redención?

Si llegáramos a descifrar el misterio humano, el misterio de lo que somos, el misterio del obrar bien o mal, todavía nos faltaría saber ¿para dónde vamos?, ¿cuál es nuestro futuro?, ¿cuál es el destino de nuestra vida y de la humanidad, y del universo…?

Y así se encuentran el misterio humano y el misterio de Dios. 

El Espíritu de Dios nos enseña sobre nuestro espíritu. Jesucristo nos ilumina sobre el misterio de Dios y el misterio del hombre. La auto-revelación de Dios en Jesucristo nos aclara nuestro origen y nuestro fin. La fe es un don misterioso de Dios, y la fe refuerza nuestra inteligencia para comprender que el misterio que somos, como humanos, se disuelve en el misterio del amor de Dios y en Éste encuentra su realización y su felicidad. En eso esperamos y en la esperanza hemos sido salvados: eso aclara el Misterio humano.


[1] Harari, Yuval Noah (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Bogotá: Debate

[2] Rovelli, Carlo (2016). Siete breves lecciones de física. Barcelona: Anagrama

[3] Correa, Pablo (2017). Rodolfo Llinás: La pregunta difícil. Bogotá: Aguilar

[4] Hawking, Stephen (2018). Breves respuestas a las grandes preguntas. Barcelona: Crítica

[5] Maturana H. y Varela F., (1996) El árbol del conocimiento. Santiago de Chile. Editorial Universitaria, página 152.  

[6] Ibid. página 154.

Vicente Alcalá Colacios

Julio, 2023

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