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EL ENCANTO ENCANTADOR DE LA GRECIA CLASICA

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Años atrás, el Club Metropolitano de Bogotá organizó una “Semana Griega”; en ese entonces me invitaron a participar y a conversar con los asistentes sobre el tema.

Contra todos mis cálculos, la asistencia fue numerosa a lo largo de toda la semana y para sorpresa mía, tuve mucho público aquella noche. Mi exposición en ese entonces fue tal como encabezo el escrito; por razones de espacio y algo de actualización, tanto como para no aburrir, resumo cuanto en aquella ocasión expuse ante un público muy diverso.

“El encanto encantador”; título extraño, si se quiere, pero es que Grecia y “lo griego”, la Hélade y los Helenos han ejercido sobre Occidente el extraño encanto de gustar siempre aunque por distintos motivos. La cultura europea y nosotros sus herederos, fue gestada en las a veces extravagantes preguntas e inquietudes de los intelectuales, las veleidades de los políticos o la sensibilidad exorbitada de los artistas; como la mantequilla, surge a la manera del largo “revuelto” de aquella crema exquisita que nuestras abuelas recogían con amor en la leche ordeñada de cada día.

¿Qué hay detrás del mágico vocablo de “Grecia” para que a su conjuro todavía hoy se reúnan entendidos, profanos, columnistas, “opinólogos”, curiosos diletantes -que nunca faltan- y profanos en los centenares de páginas de la Internet que reúnen a incontables “gomosos” de todo el mundo para conversar sobre esta cultura milenaria, su lengua, literatura, arquitectura, mitología y hasta religión? ¿Cómo es posible que todavía no hayamos podido agotar en conferencias, artículos, libros y conversaciones esa “Fuente Castalia” que no termina de suministrarnos lo mejor de sí en generosas cuotas a través de asociaciones, ¿centros de investigación, artículos eruditos y profanos, conferencias, encuentros, congresos y eventos de todo tipo?

Al parecer y sin darnos cuenta, vivimos inmersos en los restos de una civilización que a pesar de todo, se resiste a desaparecer. Escribió Thomas Kahill que nuestros conciudadanos viven “Como peces que no saben que nadan en agua, nosotros apenas tenemos conciencia de la atmósfera de los tiempos por donde nos movemos, de lo extraños y singulares que son”. Desde el notable historiador Thomas Cahill hasta el ciudadano educado, nos movemos por la vida como el pez: ciegos a cualquier realidad que no sea nuestro propio aquí y ahora.

El intelectual brasileño Carlos de Laet, de quien dijo Gilberto Amado que “Ningún brasileño de su tiempo era más grande”, escribía en el Journal do Brasil

hace casi cien años: “Admitir a la educación superior jóvenes que no están debidamente preparados en la literatura clásica griega y romana sería como formar no ya médicos, sino curanderos y cuando mucho, peritos; no ya jurisconsultos sino rábulas; no ya ingenieros o arquitectos sino simples maestros de obra”; tal entusiasmo no puede brotar sino de una mente perdidamente enamorada, ciega a ninguna otra atracción que pudiera ser objeto de su amor. Si como dicen algunos que hasta un reloj parado tiene razón dos veces al día, quizás también la tenga Carlos de Laet.

A pesar de los pesares, los ciudadanos que hemos alcanzado altos grados de educación superior -mucho más los que no- vamos por la vida como los peces de Cahill: incapaces de ver que nos movemos entre la exuberante raigambre de ese roble majestuoso y prolífico que la tradición llama “cultura griega”.

Desde finales del siglo XIX, los otrora florecientes estudios de lenguas y literatura llamadas clásicas han sido desplazados sistemáticamente de todos los programas universitarios y por supuesto, los nuevos profesionales se mueven en ambientes ricos en vestigios del pasado que no pueden reconocer por la ceguera cultural congénita que les dejan los años dedicados al aprendizaje de “lo que sirve para conseguir dinero, mucho dinero”.

A los peces les conviene, de vez en cuando, breve estadía por fuera del agua que no es más que aquella que necesita el pescador responsable para decidir si el fruto de su paciente búsqueda deba regresarlo al agua o llevarse a casa. ¿Por qué siguen importando los griegos? Cuanto acá les comparto sería el testimonio y el recuento de la experiencia de un modesto pescador artesanal empeñado en mostrar a sus contemporáneos y especialmente a los jóvenes admitidos a la educación superior, por qué razones después de más de dos mil años, los griegos siguen importando.

Por relato de algún veterano docente de fisiología me pregunto si yo habré sido ese Profesor del 5% que él describe de esta manera: “En todos estos años observé que de cada cien alumnos, apenas cinco son realmente aquellos que hacen diferencia en el futuro; apenas 5% se vuelven profesionales brillantes que contribuyen de forma significativa a mejorar la calidad de vida de las personas; el otro 95 % sirve sólo para hacer volumen; son mediocres y pasan por la vida sin dejar nada útil.

[…] Es una pena muy grande no tener cómo separar este 5 % del resto pues si eso fuera posible, dejaría apenas los alumnos especiales de este salón y mandaría a los demás afuera; entonces tendría […] una buena clase y dormiría tranquilo sabiendo que he invertido en los mejores, pero desgraciadamente no hay cómo saber cuáles de ustedes son esos alumnos y sólo el tiempo es capaz de mostrar eso; por lo tanto, tendré que conformarme e intentar dar una buena clase”.

Creo haber dado a conocer a mis alumnos la cultura griega con el auxilio del dialecto ático que traté de enseñar con empeño, dedicación y cariño, pero debo resignarme a ignorar si fui parte de ese 5% de profesores que marcaron la diferencia y consiguieron que el 5% de sus estudiantes fueran especiales y hayan llegado al grupo de ese otro 5% de personas especiales que nadaron como los peces de Kahill en las aguas no siempre claras en que traté de convertir el aula de clase.

Tucídides afirmaba que nada era tan oculto que el tiempo no sacara a flote; me iré de este mundo con la esperanza de que algún día el tiempo saque a flote la disciplina y el tesón que marcaron mi personalidad los años de formación como jesuita y que apliqué en mis años de docencia del dialecto Ático.

Jaime Escobar Fernández

Chía, 16 de abril del 2024

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