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El arte de conversar

Amablemente el amigo Montaigne regresó para consolarme del ridículo final de nuestro precedente encuentro. Esta vez aproveché para pedirle consejo sobre el arte de conversar, que maneja con tanta soltura y sobre el cual disertó en el capítulo 8 del libro III de sus famosos Ensayos.

Me parece que tus Ensayos son una extensa y franca conversación con tus lectores, a quienes -reflexionando sobre ti mismo- haces reflexionar sobre sí mismos.

Aprecio tu disposición a aceptar las ideas de los demás. No eres un terco, empecinado en sus opiniones.

– Nada detesto tanto como las afirmaciones categóricas. De ahí mi lema “Que sais-je?” (¿Qué sé yo?). Si quiero pensar libremente, debo respetar la libertad de pensamiento ajena. Y si quiero expresar libremente lo pensado, debo aceptar que los demás también puedan expresarlo libremente. 

No deja por ello de ser agobiante escuchar a los que no hablan para decir algo sino que dicen algo por hablar, esos tales me fatigan aunque no sean prolijos, pues hablar poco pero mal, ya es mucho hablar.

– ¡Paciencia! Hasta que estires la pata encontrarás gente de mente cerrada a la cual le encanta tener la boca abierta.

Me he topado con algunos que tal vez son inteligentes, pero asintomáticos.

– A otros los persigue la inteligencia, pero son más rápidos.

Con esos mejor no discutir: te llevan a su terreno y ahí te vencen, por experiencia.

– De todas maneras, si eres listo, hasta de los necios podrás aprender algo sobre la condición humana.

Hace poco te oí decir: “Ninguna proposición me asombra, ninguna creencia me ofende, por más opuesta que sea a la mía”. Eso es el culmen de la benevolencia y de la humildad intelectual.

– Es que “celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse. Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral, me complace que me reprendan. Y me acomodo a los acusadores, a menudo más por cortesía que por enmienda; me gusta gratificar y alentar la libertad de advertirme cediendo fácilmente” (III, 8). 

Te admiro. Es difícil respetar la verdad, sobre todo cuando la dice alguien antipático. Y es dificilísimo no sentir la contradicción como una humillación. A ti, en cambio, te gusta que te corrijan si te equivocas. 

– Trato, simplemente, de estar dispuesto a cambiar de opinión ante mejores razones de las que dispongo, así como de someter sin reservas mi propia opinión a la crítica ajena.

Por lo visto los juicios contradictorios ni te ofenden ni te alteran; tan sólo avivan tu seso.

– Me expongo gustosamente a la corrección cuando llega en forma de discusión, no de admonición. Lo que no soporto son los interlocutores arrogantes, seguros de sí mismos, intolerantes. En suma, no concibo la discusión como un combate en el que se trata de vencer. Te doy un consejo: no te empeñes en tener siempre la última palabra.

Me cae como anillo al dedo. Muchas veces me pillo tratando de convencer, lo cual es, a fin de cuentas, vencer. Escuchándote, comprendo que conversar implica superar el propio ego, en un encuentro sincero con nuestro interlocutor y consigo mismo.

– Probablemente no es mérito mío, sino asunto de carácter y de formación pero “me complace tanto que me juzguen y conozcan, que me resulta casi indiferente de cuál manera lo hacen. Mi imaginación se contradice y se condena tan a menudo, que me da igual que lo haga otro, habida cuenta, sobre todo, que no le concedo a su reprensión sino la autoridad que yo quiero. Pero rompo con aquel que se comporta con tanta arrogancia como alguno que conozco, que lamenta haber dado un consejo si no le hacen caso, y considera una injuria que alguien se resista a seguirlo” (III,8). 

Eres excepcional pues a casi nadie le gusta que le lleven la contraria y como eso los humilla, en vez de seguir dialogando se encierran en sus convicciones. Pero observo que no sólo le das la razón a tus interlocutores por urbanidad o para animarlos a  darte la réplica, sino también porque no estás muy seguro de ti mismo, porque tus opiniones son variables y tú mismo te contradices. 

– Así es. Me gusta la contradicción, pues soy consciente de que aun estando solo, me llevo yo mismo la contraria. Como te dije, lo que más detesto son las personas demasiado orgullosas que piensan tener siempre la razón. Eso es el culmen de la petulancia y la fatuidad. 

Que tu escepticismo no sea ajeno a la preocupación por la verdad lo expresan bien estas  palabras que hace poco me dijiste: “celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro”.

– Y te añado, aun a riesgo de ser redundante: “Cuando me contradicen, despiertan mi atención, no mi cólera; me acerco a aquél que me contradice, que me instruye. La causa de la verdad debería ser la causa común a uno y a otro” (III,8).

Aspiras, pues, a la verdad, pero no a la verdad del dogma. 

– Tú lo has dicho. No pretendo poseer la verdad definitiva sobre nada, sencillamente hago un movimiento hacia la verdad.

Tu actitud me recuerda a Francisco Sánchez, médico escéptico que vivió en Toulouse y que fue contemporáneo tuyo. En su libro Quod nihil scitur (Que nada se sabe) -publicado en 1580- escribe lo siguiente: “no te prometo absolutamente la Verdad, pues la ignoro como todo lo demás; pero en la medida en que pueda he de perseguirla. Tú mismo la perseguirás, […] mas no esperes atraparla nunca, ni poseerla a sabiendas; bástete lo mismo que a mí: acosarla”.

– Suscribo esas palabras de Sánchez. En alguna oportunidad he rememorado con él mi estadía en Toulouse, donde estudié Derecho cuando tenía trece años.

¡Cómo rendía el tiempo de estudio cuando no había televisión, ni video juegos!

– En aquella época, Sánchez tuvo la oportunidad de conversar con Giordano Bruno, quien vivió en Toulouse entre 1579 y 1581. Con Bruno y Sánchez, a veces cantamos tangos con Carlos Gardel.

¿Es cierto que nació en Toulouse?

Qué se yo. Lo cierto es que sigue cantando como un zorzal: “es un soplo la vida”.

…y las nieves del tiempo blanquearon mi sien.

Por eso no te doy un “adiós” sino un “hasta muy pronto”.

Antes de esfumarte quiero decirte que ojalá te leyera la legión de líderes iluminados e infalibles que, enamorados del sonido de su propio nombre e infatuados con sus incuestionables pensamientos, son incapaces de escuchar y corren a su perdición, no sin antes haber causado muchas desgracias.

Me parece que tus Ensayos son una extensa y franca conversación con tus lectores, a quienes -reflexionando sobre ti mismo- haces reflexionar sobre sí mismos.

Rodolfo Ramon de Roux

Marzo, 2023

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