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Educar para la democracia

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Como sociedad estamos fracasando estrepitosamente en la educación política de nuestros niños.

El Instituto V-Dem, en su reporte mundial sobre la democracia, dice que los avances logrados en los últimos 35 años se han esfumado, debido a que el 72 % de la población mundial vivió en autocracias durante el 2022; la libertad de expresión se deterioró en 35 países; la censura gubernamental de los medios de comunicación empeoró en 47; la represión gubernamental de las organizaciones de la sociedad civil se está agravando en 37, y la calidad de las elecciones empeora en 30.

Señala el informe que desinformación, polarización y autocratización se refuerzan mutuamente, cuando los principales países en vías de democratización reducen sustancialmente la propagación de la desinformación y, en cierta medida, también la polarización.

El Latinobarómetro, en su informe de 2023, señala un evidente declive del espíritu democrático en América Latina. Dice que “se expresa en el bajo apoyo que tiene la democracia, el aumento de la indiferencia al tipo de régimen, preferencia y actitudes a favor del autoritarismo, el desplome del desempeño de los gobiernos y el desplome de la imagen de los partidos políticos. Varios países están en estado crítico de su democracia y otros ya pasaron a no tenerla”.

Colombia es un país que siempre se ha preciado de sus instituciones democráticas, pero los indicadores no son alentadores. Según el informe, solamente el 17 % de los colombianos manifiestan sentirse satisfechos con la democracia. Esto significa que los ciudadanos han perdido la esperanza en el buen desempeño de sus gobiernos y, junto con otros cinco países, nos convierte en territorio propicio para el florecimiento del populismo y del autoritarismo.

Es de suma importancia estimular de manera persistente la capacidad crítica de niños y jóvenes usando estrategias pedagógicas que les permitan conocer las diversas realidades del país.

El punto central de esta reflexión es que como sociedad estamos fracasando estrepitosamente en la educación política de nuestros niños y jóvenes. Solo 48 % de la población dice preferir la democracia a otros modelos de gobierno, mientras 33 % se declara indiferente entre la opción democrática o la autoritaria.

Día a día aparecen por todas partes los escándalos de los líderes políticos nacionales y locales, la corrupción, el irrespeto de las leyes, las diversas formas de polarización que se exacerban desde las redes sociales y las plazas públicas y el desgreño administrativo que parece crear más problemas que soluciones a las demandas públicas. Los informes mencionados señalan estos fenómenos como causas directas del decaimiento de la confianza en la democracia en todo el mundo.

La Constitución de 1991 le dio la mayor importancia a la formación democrática a lo largo de todo el proceso educativo y, en la ley general de educación se establecieron mecanismos que introdujeron formas de participación activa de los estudiantes en los gobiernos escolares, para que la organización escolar fuera en sí misma un modelo del tipo de sociedad que estaba plasmada en nuestra concepción de país. Sin embargo, colegios y universidades no parecen suficientemente preocupados por este tema del cual depende nuestra supervivencia como una sociedad capaz de resolver problemas y diferencias a partir de un debate basado en el sano ejercicio de la razón. Por eso es de suma importancia estimular de manera persistente la capacidad crítica de niños y jóvenes usando estrategias pedagógicas que les permitan conocer las diversas realidades del país, los hechos y análisis científicos que las explican, las diversas visiones posibles y las formas de identificar la manipulación malintencionada de la información.

Es una práctica tradicional en muchos países el desarrollo de debates entre estudiantes sobre los temas más variados, pues en ese ejercicio no solo se descubren grandes talentos y liderazgos, sino que se estimula el rigor lógico y se constata que la inteligencia puede ser mucho más atractiva que la gritería en las calles o en las redes.

Francisco Cajiao

Publicado en El Tiempo, Bogotá

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