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¿Cuál es la situación real de la economía colombiana? ¿Está recalentada y es necesario enfriarla, subiendo las tasas de interés, o está débil y es necesario estimularla para acelerar el crecimiento? ¿O ninguna de las anteriores?

El contrapunteo reciente entre el presidente Duque y la Junta del Banco de la República sobre la subida de las tasas de interés ha hecho evidente que entre las autoridades económicas hay diferencias profundas frente al diagnóstico y las políticas que deben seguirse en estos momentos. Por eso, ambos están incumpliendo el mandato constitucional que ordena que las funciones del Banco Central “se ejercerán en coordinación con la política económica general”.

Para el Banco de la República el problema es la inflación, pues el incremento de los precios va para el 6 % anual. Por eso, en cuatro meses ha subido sus tasas de interés desde 1.75 % hasta 4 %, con un último aumento de 1 % que sorprendió a los analistas.

La preocupación del Banco por la tasa de inflación es válida, pero exagerada. Es cierto que ya es el doble de su meta, pero hay que recordar que hace solo cinco años llegó casi al 9 % sin consecuencias graves para la economía. Sin embargo, es equivocado utilizar el instrumento de subir las tasas de interés, pues el origen de la inflación no es un recalentamiento de la economía por exceso de demanda, sino que es una inflación de costos, de origen externo.

En efecto, los precios están aumentando en todo el mundo; en Europa y en Estados Unidos la inflación es mayor que en Colombia. ¿Las causas? El aumento del precio del petróleo y las materias primas, los problemas logísticos que han triplicado el costo de los fletes y la escasez de insumos básicos de la producción por las disrupciones de la pandemia.

En estas circunstancias, un apretón monetario que reduce el consumo y la inversión sí puede disminuir el aumento de los precios, pero a costa de frenar la economía y, eventualmente, provocar una recesión.

Por su parte, el gobierno también se equivoca en sus políticas. Se siente orgulloso por haber sido reconocido como uno de los países de más rápido crecimiento del PIB después de la pandemia y espera que este llegue a 10 % en 2021, pero sigue manteniendo innecesarios estímulos y gabelas tributarias de elevado costo fiscal, como si la economía todavía estuviera en recesión, tales como días sin IVA, reducción del IVA a sectores privilegiados y subsidios a las empresas, que les mejoran las utilidades sin aumentar el empleo.

Una visión irónica diría que sí hay coordinación entre el gobierno y el Banco. Como los estímulos del primero ‒que pueden tener un propósito electoral‒ sí pueden estimular la demanda y recalentar la economía, el Banco tiene que poner el freno de mano para que a la inflación de costos no se sume una inflación de demanda y se le salga de control.

La combinación de acelerador y freno puede acabar siendo neutra en materia de la inflación promedio, pero tiene efectos negativos en materia de eficiencia y distribución. Los estímulos los reciben unos cuantos sectores privilegiados, mientras que el aumento de las tasas de interés golpea a todos los deudores y frena las decisiones de inversión de todos los sectores.

El país necesita en estos momentos una verdadera coordinación entre las diferentes autoridades económicas, con criterios técnicos y no políticos.

Mauricio Cabrera

Febrero 2022

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Hace unas semanas días, Cecilia López escribió en La República el artículo “¿Por qué no se cuestionan?”. Muestra que el grupo de economistas que el 13 de diciembre publicó la carta abierta a candidatos y precandidatos a la presidencia se niega a poner en tela de juicio “ese modelo de política económica ortodoxa que han defendido e implementado en muchos casos como altos funcionarios públicos”. 

La indignación de López es pertinente* y abre un debate fundamental. Siguiendo esta línea de argumentación, vale la pena recordar la frase de Keynes, refiriéndose a los economistas clásicos que lo antecedieron: “sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos reales”.

Los colegas que firmaron la carta** no se cuestionan porque examinan la realidad a partir de principios analíticos equivocados. Sus a priori, que son falsos, no les permiten proponer alternativas que permitan superar los males estructurales de la economía colombiana.

No es cierto, como dice la carta, que el diagnóstico propuesto sea aceptado por todos los candidatos. Se equivocan, ya que la “orientación ideológica del candidato” sí determina la visión de los problemas y sus jerarquías.

Los estudios que se citan en la carta no reflejan la heterogeneidad de visiones del pensamiento económico. Estas investigaciones apenas representan la visión de un grupo reducido de colegas. Los firmantes no salen de su claustro.

En el diagnóstico se reconoce que el saldo de la deuda pública sigue creciendo. Pero de allí no se saca la conclusión obvia: la regla fiscal ha sido un fracaso.

La lucha contra la informalidad se ha convertido en un eslogan vacío. Se la considera la causa principal de numerosos males. El afán de “formalizar” es similar a la angustia que anima la búsqueda del santo Grial.

Se sigue repitiendo que la causa del desempleo son los impuestos a la nómina. Este es el diagnóstico de la Misión de Empleo del gobierno. En la carta no se hace ninguna mención a otras concepciones del mercado laboral. Se dejan de lado las recomendaciones que hizo la Misión Alternativa de Empleo, conformada por organizaciones sociales, sindicatos y académicos, que tienen una concepción de las dinámicas del empleo que es completamente diferente a la de los firmantes de la carta.

Es cierto que la tributación es baja, pero no se insiste en impuestos progresivos, que efectivamente lleven a mejorar la distribución de la riqueza. Tampoco se observa preocupación por la escandalosa concentración de la tierra. Otra vez, los estudios que se mencionan son muy restringidos. Se desconocen investigaciones recientes sobre la desigualdad, como los de Luis Jorge Garay y Jorge Espitia.

La mención que se hace a la transición energética es muy débil. Este asunto debería ser el eje de un modelo de desarrollo alternativo. No se reconoce que para cambiar la situación actual es indispensable el liderazgo del Estado. Además, la financiación de la transformación energética obliga a replantear de manera sustantiva el papel actual del Banco de la República.

En la carta se reconoce que hay comportamientos monopólicos, pero no se cuestiona la concentración en el sector financiero, en los medios de comunicación, en el ahorro pensional (Porvenir y Protección), en la producción farmacéutica, etc.

Y el principal problema de la carta es que, desde su claustro, los firmantes insisten en imponer un pensamiento único.

Jorge Iván González

Enero, 2022

https://www.larepublica.co/analisis/cecilia-lopez-3024859/por-que-no-se-cuestionan-3277112

** https://www.eltiempo.com/economia/sectores/expertos-presenta-propuestas-a-precandidatos-a-la-presidencia-638811

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