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Dr. Alberto Alvarado -sociólogo- Mi personaje inolvidable

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“Non omnis moriar multaque pars mei vitabit Libitinam (Od. III, 30, 6-7), era el grito triunfal de Horacio ante la inexorable Libitina, la Muerte. Jorge Robledo Ortiz -el poeta de la raza- en cambio, se dolía del olvido: “Cuando nos resignamos a vivir con su ausencia / es porque ha envejecido por dentro, el corazón / y entonces ya la vida / no vale una canción”. 

Mis recuerdos todavía no se han resignado “a vivir con su ausencia” y se aferran a la convicción de Horacio que bien le cabe en plenitud a mi personaje inolvidable Alberto Alvarado Acevedo.

El primer contacto con Alberto fue a mediados de diciembre de 1954, pocos días después de mi arribo al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Cercano a la fecha del registro que señala mi ingreso “oficial” a la Compañía de Jesús, en condición de “Postulante a Novicio”, debí pasar a manos del “novicio-peluquero” designado para empezar a manifestar, con signos visibles, el abandono de las vanidades “del mundanal ruido”; debía dejar atrás mi un tanto descuidada cabellera juvenil y reducirla a su mínima expresión mediante el proceso denominado “corte militar”; esto es, muy al límite por todo el contorno de la cabeza.

Mi “peluquero oficial” que empezaría a despojarme del “hombre viejo” fue el Hermano Alvarado quien según me enteré después y lo experimenté, gozaba de amplio prestigio como maestro en ese arte tonsorio. No era el momento propicio para evaluar al personaje; eso vendría después y de momento, sólo me llamó la atención la alegría desbordante, la picaresca hilarante de su conversación al realizar la tarea de cortar el cabello de los novicios quienes se peleaban el turno de acudir a su tijera, proceso que terminaba siempre con la orden perentoria: “¡Saque pecho”! Al conjuro del mandato, el “cliente” debía llevar el mentón lo más próximo posible al pecho para que la parte posterior de la cabeza sobresaliera un poco y permitiera un acabado más perfecto.

Luego de la “peluquiada”, el H. Alvarado realizaba el ritual higiénico de sacudir los restos del corte de cabello que se habían resistido a terminar en el piso y preferían permanecer en la cabeza o anidarse en hombros, orejas y cuello. Todo el proceso de peluquería, en esos tiempos, se adelantaba en silencio reverente por aquello de la “separación de clases” obligada en tiempos del postulantado; quizás también por la tristeza no manifiesta de abandonar las cabelleras más o menos cultivadas con vanidad incipiente. 

Diez minutos, a lo sumo 15, duraba ese diálogo mudo entre el “peluquero” y el “postulante”; jamás había tenido “comunicación informal” tan estrecha, tan íntima y tan silenciosa como durante el primer paso a peluquería para caer en la inclemencia de las tijeras y pulidoras del Hermano Alberto Alvarado, silencio que se tornaría animado durante los años posteriores de aquella experiencia.

El 16 de diciembre, Novicios y Postulantes rezamos en común la Novena de Navidad con los elementos necesarios para contrarrestar la “murria” que nos embargaba al pasar la primera Navidad en la nueva familia. Según la Real Academia murria es una “Especie de tristeza y cargazón de cabeza que hace andar cabizbajo y melancólico a quien la padece”. 

La Novena de Navidad se realizaba en ambiente de profundo recogimiento durante la ceremonia y al final venían los villancicos acompañados de acordeón, panderetas y maraca y en el orden del “manual” que recogía lo más granado del repertorio tradicional. En medio del alegre bullicio posterior al rezo de Novena, busqué con cierta paciencia y recato interior a “mi peluquero” y no paré de observarlo; desbordaba alegría y entusiasmo notabilísimos.

A lo largo de mi “espionaje” empecé a notar que el H. Alvarado utilizaba con frecuencia la expresión “esa vaina” en distintas modalidades: “qué vaina”, “por qué vainas”, “envainado”, expresión completamente ajena a mi cultura paisa y por lo demás también ausente en el vocabulario de los demás Novicios autóctonos. El asunto quedó ahí hasta la llegada de mis primeros y sucesivos “Ejercicios de Humildad” de todos los lunes al final de la mañana; aquello era como el juego de “el banquillo de los acusados”; en ese ambiente volvió a surgir la figura del H. Alvarado. 

La Composición de Lugar para el “Ejercicio de Humildad” es el “salón de pláticas”; ingreso de Novicios un tanto ansiosos como quien marcha a  “patíbulo ominoso”; el Padre el P. Cándido Gavilla, S.J., cerraba el desfile con rostro grave y luego de breve oración, nos iba llamando uno a uno; pasábamos al frente, besábamos el suelo y juntas las manos a la altura del pecho empezábamos a escuchar el ritornelo de los improperios: “me parece que el hermano camina agachado”; “se duerme en meditación de reglas”; “lleva mal el fajín de la sotana”; “no se le oye tomar la disciplina”. Al llegar el turno para el H. Alvarado, la casi unanimidad de voces era “me parece que el Hermano dice mucho ¡“Esa vaina”!

Los 25 de diciembre se reunía toda la Comunidad en el “Teatro” todavía en construcción, ubicado en la planta baja del edificio central, en forma de “ocho”; allí convergíamos todos para asistir a dos actos centrales: la zarzuela y el espectáculo más esperado “Que llegó Papá Noel”. En el diciembre de 1955, quizás en 1956, el H. Agustín Lombana salió al escenario vestido con el atavío propio del viejo bonachón y su costal repleto de “regalos navideños”.

¿Qué regalos venían en el costal de sorpresas navideñas? Todos aludían a “defectos”, “embarradas” o “proyectos frustrados” de algún miembro de la comunidad. Muchos regalos en ese “talego navideño” pero el momento culminante se presentó cuando Papá Noel sacó con ostentosa solemnidad la funda en cuero de un machete que mostró a todo el “respetable”; como se prolongaba el silencio mientras tratábamos de “interpretar” el significado del extraño regalo, no le quedó más remedio a Papá Noel que exclamar con aire de triunfo: ¡“Pero miren esa vaina”!

Dicen los eruditos que “gobernar es prever” y el P. Cándido Gaviña, S.J. lo aplicaba en la vida espiritual tanto como en lo material. El H. Alvarado iba a terminar sus años de noviciado con fama merecida de excelente peluquero a tal punto que era necesario “apartar turno” con anterioridad. Me llamó la atención el oficio de corte de cabello y con “permiso del P. Maestro”, empecé el currículo de peluquero con la guía experta de la estrella del momento: el Hermano Alberto Alvarado Acevedo.

Lo más “duro” del entrenamiento no era el manejo de la pulidora que antes como hora, deben avanzar en línea recta y a la misma altura de corte; dos condiciones indispensables en el corte del cabello. El método del H. Alvarado consistía en llevar al “discípulo” a accionar la pulidora manual sobre vidrio sostenido en la mano izquierda y desde abajo para arriba llevar la maquinita en línea recta y a la misma altura. El maestro Alvarado era en extremo exigente y no “graduaba” hasta que no demostráramos las competencias adquiridas en el entrenamiento. A lo largo de tres o cuatro desempeños “en campo” la supervisión era estricta, acompañada de consejos prudentes y sabios. Me gradué de peluquero en el Noviciado.

La dieta diaria de la comunidad, estaba dominada por harinas en distintas formas y la proteína animal solía brillar por su ausencia. Unos años antes de yo ingresar a la Compañía, era legendario el H. Anaya Erauskin, S.J. un fornido hermano coadjutor vasco, habilísimo en el “puntillazo” y posterior tasajo de ganado en pie; ya en mi época, la carne para comunidad tan numerosa en ese momento era suministrada por proveedores externos. Con alguna regularidad, nos servíamos hígado a la plancha; cuando llegaba la bandeja al puesto del H. Alvarado, su comentario usual era: “¡Uf empezamos otra vaca”.

Agustín Lombana y Alberto Alvarado se hicieron muy amigos durante el juniorado; compartieron intereses por el teatro que estudiaron hasta donde fue posible en las bibliotecas de profesores y de juniorado. Durante la visita canónica del P. Provincial, muchos le manifestaban al superior el campo en que le gustaría prepararse para el “apostolado futuro”. Años después Alvarado recordaría con emoción agradecida que a la semana de haber terminado la visita del Provincial, recibieron dos cajas de libros sobre teatro.

Alberto prestó valiosa colaboración a la Arquidiócesis de Bogotá y el movimiento mundial de apostolado familiar “Los Equipos de N. Señora” al que colaboró no solamente con sus luces de sociólogo, sino también con servicios de dirección que le obligaba a viajar con frecuencia a Francia, casa matriz del movimiento. La biografía del fundador del Movimiento es obra de este laico que al parecer nunca dejó de ser ferviente religioso de la Compañía de Jesús.

Me actualiza sobre la vida y milagros de Alberto su amigo de muchos años Hernando Bernal y quien estuvo cerca de él hasta pocos días anteriores al encuentro de Alberto con Nuestra Señora a la que sirvió en sus “Equipos”. Alvarado regresó de su doctorado en Francia con el respaldo y prestigio académico de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, título que le permitió ser Decano de Sociología, colaborador en la creación de COLCIENCIAS, además de consultor en estudios de factibilidad social en grandes obras de ingeniería y muy diversos trabajos profesionales relacionados con su especialización; todo un personaje.

A veces, Alberto asistía a los almuerzos de compañeros en el Club del Comercio que durante tanto tiempo impulsó Jürgen Jolberg y organizó con maestría Goyo Vélez. Ese Alvarado ya maduro, moldeado por su andar académico y de asesorías, opinaba con sosegada emotividad sobre los temas que también adobaban los platos elegidos en el restaurante. Sospecho que para entonces ya experimentaba la intimidación “Damoclea” de la enfermedad que lo llevaría a la tumba; en aquellos esporádicos encuentros me venía a la memoria Virgilio y su reacción a la “sombra” de Néstor: “Ei mihi, qualis erat, quantum mutatus ab illo” (En. II, 274).

Jaime Escobar Fernández

Chía, 24 de abril del 2024

* Doctor en Sociología de la Universidad Université René Descartes, Sciences Humaines, Sorbonne. Licenciado en Sociología de la Universidad Pontificia Javeriana. Profesor Universidad de La Sabana. Experto en Responsabilidad Social.

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