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Diálogos de ultratumba – Y dicen que el fin no justifica los medios

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Era el mediodía de un caluroso domingo de verano. Después de la tradicional bendición papal, me encontré en la Piazza San Pietro en medio de una interminable fila de turistas dispuestos a visitar la basílica dedicada al “príncipe de los Apóstoles”. Como la “cola” no avanzaba, un sol inclemente empezó a hacer estragos en mi trajinado cerebro, ya de por sí bastante propenso a los ensueños. Les aseguro que delante de mí apareció un señor serio y robusto, de nariz prominente, unos cincuenta años de edad y porte distinguido. Vestía una indumentaria propia de los humanistas del primer Renacimiento italiano y me dijo llamarse Lorenzo Valla.

— ¿Vas a alguna fiesta de disfraces en el Vaticano?

VALLA.- No. Estoy recogiendo mis pasos.

— ¿Cómo así?

VALLA.- Por aquí estuve a mediados del siglo XV cuando Nicolás V me contrató para la traducción del griego al latín de documentos tanto paganos como cristianos y tenía curiosidad de saber si todavía existían papas.

— ¿Los querías mucho?

VALLA.- ¡Qué va! Hartos problemas -aunque también mucha fama- me trajo publicar en 1440 mi escrito De falso credita et ementita Constantini donatione [Sobre la falseada y ficticia Donación de Constantino] que me convirtió en pionero de la crítica histórica. 

— Picas mi curiosidad. Explícame de qué se trataba el asunto.

VALLA.- Pues que el Papado se arrogaba el dominio de extensos territorios del llamado Occidente cristiano diciendo que  se los había otorgado el emperador romano Constantino. 

— ¿Constantino el Grande, el que dio la libertad de culto al cristianismo en 313 y contribuyó de manera decisiva a instalar la Iglesia en el Imperio, dando comienzo a un largo connubio entre “poder temporal” y “poder espiritual” en el orbe cristiano?

VALLA.- El mismo. Tal vez ya sabes que en el Medioevo los papas se convirtieron en “monarcas temporales”, que disponían incluso de ejércitos para imponer su dominio en los territorios que poseían. 

— Lo sé.

VALLA.- Pues bien, cuando tuvieron que justificar semejante situación tan contraria a las enseñanzas del humilde pescador de Galilea, los “soberanos pontífices” inventaron un documento en latín que ha pasado a la historia como la Donatio Constantini, o sea, la Donación de Constantino. 

— ¿Qué decía tal documento?

VALLA.- Que Constantino reconocía como soberano al papa Silvestre, le donaba la ciudad de Roma, las provincias de Italia y todo el resto del Imperio romano de Occidente. 

— Imagino que Silvestre se apresuró a mostrar dicho documento tan pronto se lo dio Constantino.

VALLA. Estás soñando. Fue mencionado por primera vez quinientos años después en una comunicación del papa Adriano I a Carlomagno, a principios del siglo IX. 

— ¡No lo puedo creer!

VALLA.- Más aún, solo a mediados del siglo XI fueron citados textos de la “Donación” en un documento papal oficial. Los utilizó el papa León IX como argumentos para requerir al patriarca ortodoxo de Constantinopla que debía reconocerse la sujeción a la sede papal de Roma, pues únicamente a ésta correspondía la jefatura universal del cristianismo. 

— ¿Cómo se pudo creer en un documento supuestamente emitido siglos antes y cuyo original nadie vio jamás?

VALLA.- Insondable es la capacidad de creer que tenemos los humanos. Pero también tenemos cerebro.

— ¿Cómo lo usaste para demostrar que se trataba de un documento falsificado?

VALLA.- Analicé cuidadosamente su contenido y mostré de manera fehaciente sus numerosas incongruencias e inexactitudes.

— ¿Por ejemplo?

VALLA.-  No es verosímil que el Senado y el pueblo romano hubieran aceptado, sin protestar, el que se donara la ciudad de Roma y el Imperio romano al jefe de un grupo religioso al que poco antes se estaba persiguiendo. Y no hay testimonio alguno de protestas. Por otra parte, los documentos escritos, la numismática y la epigrafía existentes confirman que Constantino y todos los emperadores posteriores a él poseyeron el imperio, y no los papas.

— Mencionaste no solo incongruencias sino también inexactitudes. Dime una, por lo menos.

VALLA.- No te voy a aburrir con detalles, pero precisamente en los detalles caen los mentirosos. Asevera el falso documento que Constantino hizo la “donación” al papa Silvestre días después de que lo bautizara, en agradecimiento por haberlo curado de la lepra.

— ¿Y?

VALLA.- No consta en los documentos de la época de Constantino que este haya tenido lepra. Y mucho menos que lo hubiera sanado milagrosamente Silvestre, que tampoco lo bautizó, porque quien lo hizo fue Eusebio de Nicomedia, poco antes de la muerte del emperador, acaecida el 22 de mayo de 337, ¡dos años después de la muerte del papa Silvestre! Te añado que también procedí a un minucioso análisis lingüístico del texto.

— ¿Y qué concluiste?

VALLA.- Que incorporaba giros idiomáticos y palabras que no existían en el latín de la época de Constantino. Señalé también la rudeza gramatical de ciertos pasajes, impropia de un decreto imperial.

— Cuán cierto es que con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanza de volver.

VALLA.- Bien lejos fueron los soberanos pontífices: la falsa “Donación” les sirvió para justificar y defender el dominio temporal de la Santa Sede, en particular, sobre los Estados Pontificios, desde el año 756 hasta 1870. Se trata de territorios que, en su máxima extensión, cubrieron las regiones italianas modernas del Lacio, Las Marcas, Umbría y Emilia-Romaña.

— ¡Y predican que el fin no justifica los medios!

VALLA.- ¿Acaso quieres que te hable sobre los métodos inquisitoriales para “salvar almas” o sobre los medios utilizados para ganar “guerras santas”?

Del sopor -y de la charla con Valla- me sacaron las sirenas de las motocicletas que escoltaban a una elegante limusina negra con vidrios ahumados y las letras SCV en sus placas. Un joven preguntó: “Qué significa SCV?”. Su padre le respondió: “Stato della Città del Vaticano”. Alguien añadió con sorna: “SCristo Viera”…

Rodolfo R. de Roux

Marzo de 2024

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