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Diálogos de ultratumba Servidumbre voluntaria

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No se puede creer cómo el pueblo en cuanto es sometido, cae en un olvido tan grande de la libertad sirviendo de tan buena gana que diríase que no perdió su libertad, sino que ganó su servidumbre.

Étienne de La Boétie

Con menos de dieciocho años de edad, La Boétie -cual Mozart de la filosofía política-, escribió su apasionado y brillante “Discurso sobre la servidumbre voluntaria”, texto radical sobre la libertad. Con gran virtuosismo retórico, La Boétie la emprende contra toda forma de dominación política, allí donde quiera que se dé. Para él, todo poder concentrado en una sola persona es, por naturaleza, abusivo. Sus reflexiones continúan interrogándonos a la luz de los totalitarismos del siglo XX, que llevaron tan alto el culto a la personalidad y la sumisión de todos a los delirios de grandeza y de poder del Uno, llámese “Duce”, “Führer”, “Conducator”, “Caudillo”, “Vozhd”, “Guía supremo” o “Gran Timonel”. Por lo demás, los autócratas no se han extinguido ni se extinguirán. La lucha continúa.

Acompañado por mis hijas fui en “peregrinación” a Sarlat -bella ciudad medieval del suroeste de Francia- donde nació La Boétie un 1 de noviembre de 1530. Mientras visitábamos su casa natal, situada frente a la catedral, tuve un arrobamiento -¿embobamiento?- donde vi claramente, como en un mediodía soleado, la figura del joven magistrado que viajó a Ultratumba a la temprana edad de 33 años, dejando en la más profunda desolación a su amigo del alma, Michel de Montaigne.

— Tu Discurso sobre la servidumbre voluntaria sigue siendo muy actual. 

LA BOÉTIE.- Me asombra la repercusión de ese escrito juvenil que no fue publicado sino después de mi muerte.

— De lo contrario te hubiera traído no pocos problemas.

LA BOÉTIE.- No lo dudo. La primera utilización política del Discurso fue la de servir a los protestantes de arma contra la monarquía francesa, muy particularmente después de la terrible “Masacre de San Bartolomé”, cuando miles de ellos fueron asesinados en 1572 en el contexto de las guerras de religión en Francia. Poco después también lo utilizaron los ultracatólicos, que tildaban de tiranos a los Valois por sus políticas moderadas, especialmente cuando en 1595 Enrique de Navarra, un protestante convertido al catolicismo, fue nombrado rey con el nombre de Enrique IV.

— No es de extrañar que con el triunfo de la monarquía absoluta tu escrito haya prácticamente desaparecido en el siglo XVII. 

LA BOÉTIE.- Pero con el advenimiento del Siglo de las Luces y de la Revolución francesa volvió a circular ampliamente.

— Me consta que de ahí en adelante han abundado las ediciones de tu Discurso y que sigue siendo utilizado por todos los que predican sacudirse el yugo de una tiranía. 

LA BOÉTIE.- Comprendo que así sea pues mi preocupación fue “entender cómo puede ser que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces a un tirano solo, que no tiene más poder que el que ellos le dan, que no tiene el poder de hacerles daño, sino en tanto que ellos tienen la voluntad de soportarlo, que no podría hacerles ningún mal, sino en la medida en que ellos prefieren sufrirlo antes que contradecirlo”. 

— El supuesto tradicional era que el poder contrariaba la voluntad de los sometidos. Y tú nos dices que el poder es querido por los que somete. Inviertes así la perspectiva al señalar que el arcanum del poder, su secreto, no debe buscarse en los que lo ejercen, sino en quienes lo soportan.

LA BOÉTIE.- Así es. El tirano no tiene por sí mismo poder alguno, no tiene otro que el que le proporcionan los que a él se someten. El poder viene siempre de abajo, de esos que aparentemente no lo tienen. Los de abajo no lo ejercen, se ejerce sobre ellos; sin embargo, ellos son los que lo generan. 

— Mejor dicho, si hay poder de dominación es porque el dominado está dispuesto a que lo haya. 

LA BOÉTIE.- Resuelve no servir más y serás inmediatamente libre. No digo que levantes tu mano contra el tirano para derribarlo, sino simplemente que no lo apoyes más; luego verás cómo, igual que un gran Coloso cuyo pedestal ha desaparecido, cae por su propio peso y se rompe en pedazos.

— Afirmas que el sometimiento a un gobernante arbitrario y con poder ilimitado no se debe tanto al empleo de una gran fuerza, sino a que las gentes lo aceptan engañadas o seducidas. Por lo que dices, los tiranos son expertos en convertir a sus vasallos en su propia cárcel.

LA BOÉTIE.- De alguna manera, los tiranos hipnotizan a su pueblo. Es un espectáculo desolador ver a un millón de hombres sirviendo miserablemente con el cuello bajo el yugo, no obligados por una fuerza mayor, sino de algún modo encantados y seducidos por la simple mención de uno cuyo poder no habrían debido amar, ya que se mostraba salvaje e inhumano con ellos. 

— Que el carisma de un tirano puede funcionar como el hechizo de una poción amorosa es algo que han demostrado muchos autócratas hasta épocas recientes. ¡Basta ver las larguísimas filas de devotos llorando mientras desfilaban ante el féretro de Stalin!

LA BOÉTIE.- No niego que nuestra debilidad hace que frecuentemente tengamos que obedecer a la fuerza. Pero la originalidad de mi Discurso consiste en explicar cómo es posible la servidumbre voluntaria. 

— Ilumina mis entendederas.

LA BOÉTIE.- El tirano está de suyo derrotado solo con que el país no consienta en su servidumbre; no es preciso que se le quite nada, basta con no darle nada. No le entreguemos nada y se vendrá abajo, no hagamos lo que espera, mantengámonos pasivos al respecto. Y si ni siquiera esto somos capaces de hacer, entonces solo cabe decir que servimos voluntariamente. 

— Lo que sugieres te enlaza con la cultura de la desobediencia civil, de Henry David Thoreau en adelante. Se trata del antiguo non serviam -no serviré-.

LA BOÉTIE.- Son los pueblos mismos quienes se dejan o se hacen maltratar, ya que rehusando servir se librarían de ello. Es el pueblo el que se somete, quien se corta el cuello, quien teniendo la opción de ser siervo o ser libre abandona la libertad y se pone el yugo, quien consiente en su mal o aun lo persigue.

— Por eso abundan las marionetas con cadenas en lugar de hilos.

LA BOÉTIE.- Si el cuerpo del tirano tiene muchos ojos para espiarnos y numerosas manos para golpearnos, no es sino porque le damos nuestros ojos y manos. 

— Pero no todos los tiranos son iguales. Por eso existen “dictablandas” y “dictaduras”.

LA BOÉTIE.- No te engañes. Servidumbre es servidumbre. Hay tres clases de tiranos y se distinguen por su origen: los que acceden al poder por la fuerza, los que lo reciben en herencia, y los que son elegidos. Todos acaban comportándose del mismo modo opresivo. Los primeros tratan a sus súbditos como gente conquistada; los segundos no son por lo general apenas mejores, toda vez que, acostumbrados como están a dominar, toman a los regidos como «siervos hereditarios»; y en cuanto a los terceros, los elegidos por el pueblo, de los que se esperaría una conducta distinta, y puede que en efecto sea así al principio, una vez que son alzados sobre los demás, adulados y se acostumbran al ejercicio del poder, tratan de dejar a los propios hijos como herederos, caen en la corrupción moral y terminan superando en vicios e incluso crueldad a los demás tiranos. 

— Todavía no me has explicado cómo es posible la servidumbre voluntaria.

LA BOÉTIE.- La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre. Una vez dada la desgracia bien de la coacción o bien del engaño, lo primero que pierde el humano es el deseo natural de la libertad, y con él se pierden el valor en la lucha y la honestidad, puesto que se facilita la corrupción. El paso del tiempo no hará sino consolidar la dominación. E incluso los tiranos intentarán apoyarse en ese largo pasado de dominación para acreditar la legitimidad de su poder. 

— Si el tiempo arraiga las costumbres de servidumbre ¿no hay ya nada qué hacer?

LA BOÉTIE.- No todo lo puede la tiranía. Piensa que siempre hay algunos que sienten el peso del yugo y que no pueden evitar sacudírselo, que no se amansan nunca con el sometimiento. Es gente que ha sabido educar sus capacidades naturales y nunca se acostumbrará a la tiranía.

— Observo con satisfacción que relacionas educación y libertad. Lo mismo hizo Paulo Freire, eximio pedagogo brasilero, en su notable libro “La educación como práctica de la libertad”.

LA BOÉTIE.- ¡Que buena noticia! Hay que educar para la libertad, para que dé frutos su semilla. Como dije en mi Discurso: “La naturaleza del hombre es ser libre y querer serlo, pero también su naturaleza es tal que espontáneamente adopta el pliegue que la educación le da”. 

— Recuerdo que también dijiste que cuando unos pocos individuos se liberan, a menudo es porque sus ojos se han abierto mediante el estudio de la historia. Aprendiendo de tiranías pasadas similares, reconocen el modelo en su propia sociedad. 

LA BOÉTIE.- La tiranía no desconoce la capacidad crítica de esos ilustrados y sabe que si evita el intercambio de ideas, si impide la publicación de libros, dificultará el entendimiento de reconocerse en tiranía y de odiarla.  

— Admito que las ideas saltan como piojos de persona a persona, el problema es que no suelen morder a todas, como me dijo Jerzy Lec. 

LA BOÉTIE.- Te añado que no basta el entendimiento ilustrado y la libre circulación de ideas para sacudirse el yugo de la opresión. También es preciso tener valor. Sin él, la sabiduría queda inerme.  

— Pero la falta de libertad corrompe el carácter de la gente, y su valor. 

LA BOÉTIE.-  Es una circularidad trágica: la cobardía y la debilidad conducen al sometimiento y este a aquellas. 

— También Maquiavelo señala que fácilmente las personas se vuelven cobardes y débiles bajo los tiranos. Ellos saben perfectamente cómo utilizar el miedo para gobernar.

LA BOÉTIE.- El miedo y las prebendas. Con la distribución de cargos, ganancias y privilegios, al final ocurre que hay casi tantos de aquellos a los que la tiranía parece ser provechosa como de aquellos a los que la libertad sería agradable. 

— Multiplicando favores los tiranos acostumbran al pueblo no solamente a la obediencia y a la servidumbre, sino incluso a la devoción. 

LA BOÉTIE.- Desde el momento en que un gobernante se vuelve déspota y regala favores, todos los que tienen una ardiente ambición y una notable avaricia se amontonan a su alrededor y lo sostienen para tener parte en el botín y ser, bajo el gran tirano, tiranuelos ellos mismos. 

— ¡Que tristeza!

LA BOÉTIE.- Viendo a quienes se ponen a disposición del tirano para hacerle los trabajos sucios, a menudo soy presa de asombro ante su maldad, y a veces de compasión ante su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es aproximarse al tirano, sino alejarse más de la libertad y, por decirlo así, abrazar y estrechar con las dos manos la servidumbre? 

— Sacudido por la vehemencia de mi interlocutor, volví a mis cabales. La Boétie seguía allí, interpelándome.

Rodolfo Ramón de Roux

Abril de 2024

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