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Diálogos de ultratumba – Ni ángeles ni bestias

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Una vez instalados cómodamente en una mesa de “La condición humana”, nuestros dialogantes continuaron conversando sobre el tema que daba su nombre a tan reputado establecimiento, bien conocido por sus famosos “Dry Ambrosía” que contribuyeron a avivar los espíritus, comenzando por el del agudo y apasionado Blaise Pascal.

PASCAL.- El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aun cuando el universo le aplastara, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo no sabe nada de esto.

LINGUACUTA.- Irrisorio consuelo es ser conscientes de nuestra indefensión frente al poderío de las fuerzas del universo. Pero me gusta eso de que somos “caña pensante”: grandeza y miseria, en definitiva, del ser humano.

PASCAL.- La grandeza del hombre es eminente en la medida en que se sabe miserable; un árbol no se reconoce miserable. Así pues, es miserable reconocerse como tal, pero es grande reconocer que se es miserable. Y para aceptarse limitado y miserable, hay que destruir el ego: el yo es odioso -le moi est haïssable-.

LINGUACUTA.- Y bien odioso lo es, por peligroso: engendra vanidad, que bien alimentada es benévola, pero hambrienta es déspota.

PASCAL.- Esa “caña” es frágil no solo ante las fuerzas de la naturaleza sino que se fragiliza ella misma por su orgullo, egoísmo, inconstancia, cobardía, miedo a la verdad y a la muerte…

ARTHUR KOESTLER.- Mira, Blaise, existen dos partes en el cerebro: una pequeña parte ética y racional -todavía muy reducida- y una enorme parte trasera del cerebro, bestial, animal, territorial, llena de temores, de irracionalidades, de instintos asesinos; y creo que todavía tendrán que transcurrir millones de años para que la evolución moral enmiende nuestra condición, nuestras técnicas de destrucción y de agresión.

SIGMUND FREUD.- Por mi parte pienso que la cultura y la civilización constituyen una capa tremendamente fina, como una corteza sobre un volcán, y que jamás podrán resistir totalmente a los embates de las profundas pulsiones de destrucción y muerte que nos habitan.

GEORG F. HEGEL.- No estoy de acuerdo. El esfuerzo educativo y cultural ha desarrollado y va a

seguir desarrollando nuestra humanidad. La “astucia de la Razón” nos llevará muy lejos.

LINGUACUTA.- Pues durante la época nazi ya llevó bastante lejos a tu querida Alemania, reputada por ser un país muy culto. ¿Acaso por ser cultos nos convertimos en inocentes y bondadosas personas?

HEGEL.- ¿Abogas, entonces, por la incultura?

LINGUACUTA.- En manera alguna. Pero habiendo visto de lo que son capaces muchos humanos “cultos” no me hago la ilusión de que con educación y cultura se cambiará sustancialmente lo que somos y se solucionarán por arte de birlibirloque todos nuestros problemas.

HEGEL.- ¿Y qué somos?

EDGARD MORIN [Que está a punto de mudarse a Ultratumba].- Antes de entrar en sutilezas sobre la miseria o la grandeza de la condición humana no olvidemos que somos animales de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género Homo, de la especie Sapiens.

LINGUACUTA.- Si lo olvidamos y pretendemos ser ángeles terminamos comportándonos no como animales humanos sino como bestias salvajes.

PASCAL.- Eso lo dije yo, aunque en otro contexto: “El hombre no es ni ángel ni bestia, y nuestra desgracia quiere que quien pretende hacer de ángel haga de bestia”.

LINGUACUTA.- Esperemos que no terminen haciendo bestialidades los que ahora en la Tierra – ensoberbecidos con los adelantos científicos y tecnológicos – hablan del Homo Deus, capaz de crear algo superior a la propia condición humana.

PASCAL.- Dejemos que Morin continúe desarrollando su punto de vista. Le habíamos cortado la palabra.

MORIN.- Gracias, Blaise. El hombre es un ser de afectividad intensa e inestable, que sonríe, ríe, llora, un ser ansioso y angustiado, un ser gozón, ebrio, extático, violento, amoroso, un ser invadido por lo imaginario, un ser que conoce la muerte y no puede creer en ella, un ser que segrega mitos y magia, un ser poseído por espíritus y dioses, un ser que se alimenta de ilusiones y quimeras, un ser subjetivo cuya relación con el mundo objetivo es siempre incierta, un ser sujeto al error y al extravío, un ser excesivo que produce desorden.

LINGUACUTA.- Qué compleja condición. Como dijo Nassim Taleb, “estudiar neurobiología para entender al ser humano es como estudiar la tinta para entender la literatura”.

MORIN.- Y como llamamos locura a la conjunción de ilusión, exceso, inestabilidad, incertidumbre entre lo real y lo imaginario, confusión entre lo subjetivo y lo objetivo, error y desorden, nos vemos obligados a ver que homo sapiens es homo demens.

LINGUACUTA.- Parte de esa demencia, a veces sublime a veces mortífera, es la búsqueda de gloria.

PASCAL.- La mayor bajeza del hombre es la búsqueda de la gloria, pero es esto mismo lo que constituye la mayor marca de su excelencia; porque cualquiera que sea la posesión que tenga en la tierra, cualquiera que sea la salud y la comodidad esencial que posea, no está satisfecho a menos que tenga la estima de los hombres.

LINGUACUTA.- Muchos buscan esa estima -y es loable- tratando de dejar a su muerte un mundo mejor que el que encontraron al nacer, pero lo primero es no dejarlo peor, y a esa importante tarea contribuye una miríada de anónimos benefactores de la humanidad.

MARY ANN EVANS.- Que las cosas no sean tan malas como pudieran haber sido se debe, en

parte, a muchas personas que vivieron fielmente una vida discreta y duermen en tumbas que nadie visita.

LINGUACUTA.- Levantemos, pues, por ellos nuestras copas.

Rodolfo Ramón de Roux

Febrero de 2024

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