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Diálogos de ultratumba – ¿Homo sapiens?

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¿Te enteraste, Darwin? Descubrieron el eslabón perdido que faltaba entre el mono y el homo sapiens.

  • ¡Fenomenal! ¿Y quién es?
  • El hombre.
  • Qué bromista estás, Schopenhauer. 
  • Ni tanto. Nos hemos autodenominado sapiens pero no lo somos suficientemente. Basta ver cómo funciona el mundo con nuestras locuras, delirios y pasiones incontroladas.
  • El asunto, Schopen, es que no hemos evolucionado suficientemente. Todavía muchos humanos tienen más operativo el cerebro reptiliano que el neocórtex. 
  • Fuera de sus casillas, Blaise Pascal exclamó: Del mono descenderán ustedes pues yo vengo directamente de Adán y Eva, creados a imagen y semejanza de Dios.
  • Viendo de qué es capaz la imagen, entiendo perfectamente por qué se le teme tanto al original, respondió sarcásticamente Schopen.
  • No gasten el tiempo en discusiones metafísicas -terció Baruch Spinoza- no hay que culpar a nadie, simplemente somos lo que somos. Por eso adopté como norma de conducta no detestar ni lamentarme de las acciones humanas, sino tratar de entenderlas.
  • Yo traté de entenderlas y llegué a la conclusión de que el hombre es lobo para el hombre, sentenció Hobbes.
  • Por eso mismo, para sobrevivir, aconsejé la estrategia de los erizos, pues hay que cuidarse de la maldad innata del género humano, dijo Schopen.
  • Explícanos el tal cuento de los erizos, dijeron los presentes.
  • El “Buda de Frankfurt” nos narró entonces la siguiente fábula, no sin cierta ironía en el tono de su voz: “Unos erizos quisieron acercarse mucho unos a otros en un gélido día de invierno para no helarse de frío y darse mutuo calor. Pero sintiendo enseguida los pinchazos recíprocos de sus respectivas púas tuvieron que separarse. Pronto el deseo de calor los empujó a acercarse de nuevo, pero entonces se repitió este segundo mal; de manera que fueron pasando de un sufrimiento a otro hasta que lograron encontrar una distancia adecuada desde la que pudieron soportarse mejor. De la misma manera el deseo de compañía, surgido del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los seres humanos a buscarse los unos a los otros, pero sus múltiples características repugnantes y sus insoportables errores los separan otra vez. La distancia media que finalmente encuentran, gracias a la cual es posible soportar la compañía, la proporcionan la cortesía y las finas costumbres. A aquel que no guarda esta distancia prudencial se le grita en Inglaterra: ¡Keep your distance! (¡mantente a distancia!). Así solo se satisfará de manera imperfecta la necesidad de calor, pero a cambio no se notarán los pinchazos de las púas. Ahora bien, quien tiene mucho calor propio en su interior prefiere apartarse de la sociedad para no provocar ni recibir molestias”. 
  • Caramba, Schopen, bien merecida tienes tu reputación de empedernido pesimista, dijo un molesto Rousseau.
  • Qué le vamos a hacer; mi experiencia me enseñó que cuanto más se acercaban dos seres humanos, más probable era que se lastimaran entre sí.  
  • No es muy complicado tener una visión pesimista de los humanos sobretodo cuando se ha llegado a una edad venerable y se han podido apreciar las incesantes batallas de egos en las que recurrimos a las mentiras, las traiciones y el mezquino maquillaje de nuestras verdaderas intenciones, agregó Hobbes. 
  • ¡No! ¡No! -exclamó Rousseau-, el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe.
  • Por eso hay que invertir mucho dinero en la educación. Y si les parece que la cosa es demasiado cara, prueben con la ignorancia, dijo amablemente la gran dama María Montessori.
  • Con educar no basta, replicó enfáticamente Karl Marx. ¿Acaso no han abundado déspotas y asesinos cultos? ¡Cuántos nazis leían a Goethe o escuchaban a Beethoven mientras mandaban a los judíos a los hornos crematorios! Se necesita justicia e igualdad para construir al “hombre nuevo” que abrirá la ruta hacia un radiante porvenir lleno de mañanas luminosos.
  • Karl, tu sociedad comunista igualitaria es una hermosa teoría. El problema es que se refiere a la especie equivocada, le refregó en la cara Edward O. Wilson, padre de la sociobiología y gran especialista de los insectos sociales. Desde hace dos mil años se habla del advenimiento del “hombre nuevo” y hasta ahora no hemos visto sino más de lo mismo.
  • Alvaro Mutis, que acababa de tomarse unos rones para calmar los nervios después de una disputa con Fidel Castro, intervino vehementemente diciendo: “No podemos tomar en serio los anuncios de paraísos en la tierra, nimbados con la luz de un ilusorio progreso indemostrable, pues los humanos son una especie que lleva en sí el sello cainita de matar por placer”.
  • Entonces ¿qué?. ¿Nos resignamos a que nada cambie?, objetó Marx.
  • Los que están jodidos -replicó Mutis- siempre buscarán la manera de que las cosas cambien… pero a su favor. Tratarán, simplemente, de “que la tortilla se vuelva”, como cantan con entusiasmo tus seguidores marxistas. Pero se necesita ser obtuso para no darse cuenta que, hasta ahora, las revoluciones sociales han sido un cambio de dominación, no la abolición de toda dominación, ni mucho menos la transformación de la naturaleza humana. 
  • ¡Mutis, eres un asqueroso reaccionario!, le gritó un demudado Marx.
  • El poeta le respondió airado: “Después de Auschwitz, después de Hiroshima, después de Vietnam, después del Gulag, [y me atreví a añadir: después de Irak, después de Afganistán, después de Siria, después de Ucrania] quien guarde alguna ilusión sobre las virtudes y la capacidad de progreso moral de nuestra especie es un cándido y un sandio”.
  • Luis Cernuda, quien sintió el ambiente muy cerquita del infierno, desvió hábilmente nuestra atención hacia el shopenhaueriano erizo y se puso a declamar:

         Como los erizos, ya sabéis, 

         los hombres un día sintieron su frío.

         Y quisieron compartirlo.

         Entonces inventaron el amor.

         El resultado fue,

         ya sabéis, como en los erizos. 

         ¿Qué queda de las alegrías y penas del amor cuando éste desaparece?

          Nada,

         o peor que nada; 

         queda el recuerdo de un olvido.

  • ¡Ah!, el amor. Él redime la parte bestial de nuestra naturaleza, suspiró Mutis al evocar emocionado la agonía de Alar el Ilirio, general del ejército bizantino, cuando ante esa última batalla perdida de antemano que es la muerte y a medida que su sangre se escapaba, lo inundó el recuerdo amoroso de Ana la Cretense para decirle al Estratega que su vida no había sido en vano, que nada podemos pedir, a no ser la secreta armonía que nos une pasajeramente con ese gran misterio de los otros seres y nos permite andar acompañados una parte del camino
  • Todos quedamos conmovidos por esas palabras y sumidos en un pasajero silencio que rompió Agustin Lara al entonar con su voz ronca pero cálida:  

         Que nunca llegue la hora del olvido
         Que nunca venga la desilusión
         Que nunca suene el último latido
         De nuestro aventurero corazón.

  • María Félix, apoyada sensualmente en el piano de Agustín, le lanzó una mirada incandescente al tiempo que el “Flaco de oro” susurraba melodiosamente:

         Que nada empañe tu cielo pagano
         Que mi alma riegue flores en tu altar
         Y que las gotas de tu amor profano
         Sean el mejor licor
         Para olvidar.

  • En ese momento afloraron en los dialogantes recuerdos de amores terrenales ya marchitos y hasta por las mejillas del misógino Schopenhauer se deslizó una furtiva lágrima.

Rodolfo Ramon de Roux

Abril, 2023

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