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Diálogos de ultratumba – Don Albedrío

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El neurobiólogo Robert Sapolsky, de la Universidad de Stanford, cuyo nuevo libro se titula Determined: A Science of Life Without Free Will, (algo así como Está determinado: una ciencia de la vida sin libre albedrío, en español) quiere que todo el mundo sepa que los humanos no tenemos libre albedrío. “El mundo está realmente jodido y es mucho, mucho más injusto por el hecho de que premiamos y castigamos a la gente por cosas sobre las que no tiene ningún control”, declaró Sapolsky al periódico LA Times. (Tomado del “Correo de Ultratumba”).

La noticia no causó revuelo alguno en Ultratumba pues, desde hace más de 2 500 años, se discute sobre el libre albedrío y el único acuerdo al que se ha llegado es que no hay acuerdo sobre el tema, tal como refleja el siguiente intercambio de opiniones entre quienes acababan de leer las declaraciones de Sapolsky.

SOFROSINA.- Nelson, ¿cuál fue ese poema que tuviste escrito en una hoja de papel durante tus años de prisión y que te ayudó a sobrellevar el encarcelamiento? 

NELSON MANDELA.- Se llama Invictus, es del inglés William Ernest Henley y fue publicado por primera vez en 1888.  

SOFROSINA.- ¿Recuerdas sus versos?

MANDELA.- ¡Cómo podría olvidarlos! Dicen así:

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror,
Y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.

No importa cuán estrecho sea el camino,
ni cuántos castigos lleve a mi espalda,Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.

Yes, Sofrosina, I am the master of my fate, I am the captain of my soul.

LINGUACUTA.- Puede que yo sea capitana de mi alma, pero no soy tan optimista como para afirmar que “soy el amo de mi destino”. Si la embarcación de la que soy capitana entra en una tormenta, puedo afrontarla con coraje o sumirme en lamentos; soy la capitana de mi alma. Pero no tengo el más mínimo control sobre las olas encrespadas ni sobre los vientos desencadenados: en esa determinación mayor de lo que me sucede, no soy en manera alguna el “amo de mi destino”. 

SÉNECA.- De acuerdo, por eso digo que el Destino conduce a quien lo abraza y arrastra a quien se le resiste: Fata volentem ducunt, nolentem trahunt.

SOFROSINA.- Esa es, en el fondo, la misma actitud de quienes aceptan -en las buenas o en las malas- la “voluntad de Dios” porque, dicen, estamos en sus manos, ignoramos sus designios y creemos que él puede “escribir derecho con renglones torcidos”. 

LINGUACUTA.- Desde hace centurias nos preguntamos si somos seres libres o marionetas en manos de los dioses, del Destino, de las leyes inflexibles de la Naturaleza, de las circunstancias biológicas y sociales.

SOFROSINA.- Es comprensible que ese interrogante preocupe al Sapiens pues la responsabilidad, el mérito, el deber, el remordimiento, la justicia, tendrán un significado diferente si creemos que todos nuestros actos están determinados por agentes más allá de nuestro control, o si creemos que cada ser humano en uso de razón puede, por su propio albedrío, ejercer un mando real sobre sus opciones.

JEAN-PAUL SARTRE.- Detesto a quienes niegan el libre albedrío. Para nosotros, los existencialistas, “el hombre no solo es libre, el hombre es libertad. A esto es a lo que me refiero cuando digo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se creó a sí mismo y, sin embargo, sigue siendo libertad, y desde el momento en que es arrojado a este mundo es responsable de todo lo que hace”.

LINGUACUTA.- ¿De veras? ¿Qué haces con las determinaciones que provienen de nuestra situación histórica, de nuestra clase social, de nuestra situación económica, familiar, laboral o de nuestras condiciones físicas o psíquicas que condicionan nuestra capacidad de elegir? 

JEAN-PAUL SARTRE.- Es uno quien elige resignarse a su situación o rebelarse contra ella y transformarla. Es uno quien descubre las adversidades de su cuerpo o de su realidad al proponerse objetivos que las desafían. Tomemos, por ejemplo, el caso del autor del poema Invictus. A los 12 años le dio tuberculosis y tuvieron que amputarle una pierna. Fue un ejemplo de fortaleza de espíritu y superación de la adversidad. 

SOFROSINA.- En un libre albedrío fuerte también suelen creer quienes tienen una visión dualista de la persona, dividida en cuerpo y alma, siendo el alma la dueña y señora de las decisiones que tomamos. Es el caso de la tradición platónica.

PLATÓN.- Bien lo has dicho. En mi diálogo Fedro expuse la conocida alegoría del alma como un auriga que conduce un carro tirado por dos caballos alados, uno hermoso y bueno, el otro feo y malo, por lo que la conducción del carro resulta difícil pero no imposible para el alma.

SOFROSINA.– La tradición cristiana dualista en la que fui educada -y que adoptó mucho del dualismo platónico- afirma igualmente un libre albedrío fuerte, como puede apreciarse en Agustín de Hipona, cuyas enseñanzas forman la base de mucha de la ulterior teología de la Iglesia católica sobre el libre albedrío.

AGUSTÍN DE HIPONA.- Gracias por recordarlo. En mi obra De libero arbitrio dejé bien claro que “el libre albedrío fue concedido al hombre para que conquistara méritos, siendo bueno no por necesidad, sino por libre voluntad”. Además, el libre albedrío es “soporte de todo el orden moral”.

SOFROSINA. Es lógico que quienes esperan o temen premios y castigos divinos necesiten creer en el libre albedrío. Por eso no me extraña leer lo que escribe al respecto el moderno Catecismo de la Iglesia católica, cuya versión oficial se publicó en 1997:

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Si 15,14.), ‘de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección'(Gaudium et Spes 17) (…) ‘El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos’ (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 4, 3). (…) Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo.” (Catecismo de la Iglesia católica, 3a Parte, 1a Sección, Capítulo 1, Artículo 3, n° 1730 – 1731.)

LINGUACUTA.- Ahora bien, con mucho realismo el Catecismo añade enseguida que “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales.” (Catecismo, n° 1735). Lo cual es admitir que ser hombre o mujer es ya de por sí una circunstancia atenuante.

ERASMO DE ROTTERDAM.- A primera vista pareciera que la creencia en el Dios personal y justiciero de las religiones monoteístas implicara el libre albedrío. Pero no necesariamente es así. En 1524, en plena Reforma protestante, escribí el libro De libero arbitrio. Al año siguiente Martín Lutero se me vino lanza en ristre con su De servo arbitrio (El arbitrio esclavo).

MARTÍN LUTERO.- Reafirmo lo que dije en la Introducción a mi De servo arbitrio: “…lo del libre arbitrio es pura mentira” pues todo en nosotros “es don de Dios y no fruto de nuestros buenas acciones”. El hombre está dominado por sus malos instintos. ¿Cómo podría no serlo si somos almas inmateriales apresadas en cuerpos materiales, almas corrompidas por el pecado original? Sólo la fe-confianza en Dios puede salvarnos. Por eso le escribí a mi amigo Felipe Melanchthon, “pecca fortiter sed crede fortius”, peca fuertemente, pero cree más fuertemente pues, por pecador que seas, puedes confiar en tu salvación porque tu Salvador no eres tú, ni tus obras, sino Jesucristo.

BARUCH SPINOZA.- Bajando de las alturas teológicas y ateniéndome al uso exclusivo de la razón, también negué el libre arbitrio al igual que, después de mí, lo hicieran otros pensadores de renombre como  Schopenhauer, Nietzsche, Freud y Einstein. 

LINGUACUTA.- ¿Qué razones diste?

SPINOZA.- Considero que la naturaleza humana no es sino un modo específico y limitado de aquello que llamamos Naturaleza -con mayúscula- donde todo se rige por un encadenamiento riguroso de causas y efectos. Por eso, cuanto mejor comprendamos nuestra naturaleza y la Naturaleza de la que hacemos parte, mejor entenderemos nuestros límites y actuaremos en consecuencia. Ser libre es, simplemente, aceptar la necesidad de lo que somos y actuar asumiendo nuestros condicionamientos. 

LINGUACUTA.- Ya lo veo. Si queremos seguir hablando sobre el libre albedrío no podemos tomarnos un vaso de ácido sulfúrico para animar el debate.

SPINOZA.- Mira, Linguacuta, creemos en el libre albedrío porque somos conscientes de nuestras opciones…el problema es que no conocemos la totalidad de las causas que determinan nuestras opciones.

NIETZSCHE.- En la misma línea de Spinoza, en mi escrito Humano, demasiado humano, formulé la negación del libre albedrío afirmando que al ser humano no se le puede atribuir ninguna responsabilidad, “siendo, como es, consecuencia absolutamente necesaria y resultado del entrelazamiento de los elementos y de las influencias de cosas pasadas y presentes; por lo tanto el hombre no puede ser hecho responsable de nada, ni de su ser, ni de sus motivos, ni de sus actos, ni de sus efectos. (…) Nadie es responsable de sus actos, nadie lo es de su ser; juzgar es sinónimo de ser injusto, y esto es verdad aun cuando el individuo se juzga a sí mismo. Esta proposición es tan clara como la luz del sol.” (parágrafo 39). 

SOFROSINA.- No tengo claro “como la luz del sol” que nadie es responsable de sus actos. Me inclino a pensar que nuestro albedrío no es ni libre ni inexistente, sino que está en estricta libertad condicional.

EPICTETO.- Me parece intuir hacia dónde vas, Sofro. Para nosotros, los estoicos, todos los movimientos del mundo están gobernados por rígidas leyes y encadenamiento de causas, lo que excluye el libre albedrío. Pero la Naturaleza de la que somos parte, nos ha dotado de razón y voluntad. Y, con esa razón y voluntad, podemos afrontar “lo que depende de nosotros”, o sea, aprender a controlar cómo reaccionamos ante lo que nos sucede.

SOFROSINA.- Es, precisamente, en ese pequeño resquicio de “lo que depende de mí” donde pienso que podemos encontrar un albedrío… en libertad condicional.

EPICTETO.- Explícamelo.

SOFROSINA.- No dudo que estamos moldeados por prescripciones, presiones, ambiciones, amores y odios, éxitos y fracasos. Admito que mi albedrío no existe independientemente de mis circunstancias, es decir, de mis condicionamientos biológicos, culturales, sociales. ¿Pero, significa ello que estamos rígidamente programados para optar y actuar en tal o cual forma? 

EPICTETO.- ¿Qué respondes a tu propia pregunta?

SOFROSINA.- Pienso que estamos condicionados por nuestras circunstancias pero que, a su vez, con nuestras respuestas a las circunstancias podemos terminar modificándolas, así sea mínimamente. Y es en esta continua y compleja interacción entre “yo” y mis “circunstancias” donde se abren espacios de indeterminación, así sean mínimos. 

LINGUACUTA.- Sofro, me haces pensar en el “dilema del libre albedrío”: éste no existe pues o nuestra elección es resultado de causas que están determinadas por causas anteriores y entonces no somos responsables de ella; o nuestra elección es producto de la casualidad y entonces tampoco somos responsables de ella. Sin embargo, te parece posible adoptar un punto de vista intermedio según el cual las condiciones pasadas no necesariamente determinan de manera absoluta nuestras opciones presentes.

SOFROSINA.- Por eso la vida en sociedad sigue dando sorpresas y no es la monótona repetición de lo mismo. La experiencia muestra que los humanos no estamos tan rígidamente programados como un enjambre de abejas que construye sus panales de la misma manera desde hace milenios. Además, hay que tener en cuenta la enorme complejidad de las situaciones. Tal vez no tengamos margen de maniobra en el proceso físico-químico de respuesta a una pasión amorosa fulgurante, pero más complicado es explicar como algo rígidamente determinado cada una de las innumerables decisiones que implica el proyecto de vida de construcción de una pareja a lo largo de años.  

LINGUACUTA.- ¿Quieres decir con esto que todavía somos incapaces de explicar muchas cosas que constituyen a los humanos como seres pensantes y volitivos? 

SOFROSINA.- Así es, y tampoco sabemos a ciencia cierta si todo en el universo está sujeto en forma mecánica a una ley inflexible de causa y efecto. El modelo del universo como un mecanismo de relojería, típico del siglo XIX, se ha resquebrajado con el advenimiento de la teoría de la relatividad y de la física cuántica con su principio de indeterminación o incertidumbre según el cual, aunque tengamos todos los datos, sólo podemos predecir la probabilidad de que algo ocurra.

LINGUACUTA.- ¿No te parece, sin embargo, que en el siglo XXI se ha avanzado mucho en cuanto al conocimiento del  funcionamiento de nuestro cerebro y la naturaleza de nuestra conciencia, lo cual ha vuelto a poner en cuestión, “científicamente”, la existencia de un libre albedrío? 

SOFROSINA.- Lejos estamos de poder hacer afirmaciones incontrovertibles. Mira lo que ha pasado con las explicaciones de las neurociencias acerca de cómo se organizan los sistemas nerviosos de los seres humanos y otros animales, cómo se desarrollan y cómo funcionan para generar la conducta. 

LINGUACUTA.- ¿Qué ha pasado?

SOFROSINA.- En la década de 1990, el desarrollo de las neurociencias consagró la teoría del “cerebro máquina”. Según ese modelo, el cerebro es una máquina hipersofisticada de tratamiento de información organizada en áreas especializadas, cada una responsable de funciones precisas: visión, oído, tacto, motricidad, atención, memoria, lenguaje, etc. Esas funciones han sido el objeto de descripciones cada vez más refinadas gracias a los avances de la imaginería cerebral -como las imágenes por resonancia magnética y las imágenes por tomografía computarizada-. 

LINGUACUTA.- Gran avance, ¿no te parece?

SOFROSINA.- Por supuesto, sin embargo, en el momento mismo en el que esta teoría parecía haber triunfado, fue cuestionada por las investigaciones sobre la “plasticidad cerebral”. En lugar de concebir el cerebro como una máquina o computadora superespecializada, las nuevas investigaciones muestran que el cerebro es, por el contrario, un órgano muy flexible, capaz de organizarse de manera diferente según los individuos. Se ha podido demostrar, por ejemplo, que algunas personas, después de un trauma, recuperan la capacidad de andar, de hablar o de ver utilizando circuitos cerebrales diferentes a los habituales, es decir, que se da una “substitución funcional” en la que se moviliza una parte del cerebro para cumplir funciones diferentes a las que habitualmente se le asignan.

LINGUACUTA.- O sea que el funcionamiento de nuestro cerebro no deja de dar sorpresas.

SOFROSINA.- Ya se sabe que las capacidades inéditas de reorganización y de adaptación del cerebro funcionan no sólo en casos de personas que han sufrido lesiones cerebrales, sino también en los procesos normales de aprendizaje. Aprender a leer, a tocar piano, a manejar un computador, no son conocimientos ya instalados, “precableados” en el cerebro. Cada uno tiene que “hacer su propio camino” a través de nuevos circuitos, e incluso crear en el cerebro su propio “centro de procesamiento” de la información. Parece ser que ciertos “ejercicios espirituales” como la meditación, contribuyen a la modificación del funcionamiento del cerebro y que no todo está tan rígidamente determinado. 

LINGUACUTA.- Por lo visto estamos lejos de poder reproducir la impresionante complejidad del funcionamiento del cerebro humano como para poder hacer afirmaciones taxativas sobre su determinismo o indeterminismo.

SOFROSINA.- ¿Qué quieres? Se estima que el cerebro de un humano adulto contiene unas cien mil millones de neuronas y cada una de ellas tiene un promedio de 7.000 conexiones sinápticas con otras neuronas. 

LINGUACUTA.- A fin de cuentas ¿podemos concluir algo sobre este asunto del libre albedrío?

SOFROSINA.- En el estado actual de los conocimientos sobre el ser humano no me parece razonable hablar, sin matizar, de “libre albedrío” pues, por lo que sabemos, no es posible liberarnos de nuestra carga genética, ni de todos nuestros condicionamientos sociales y culturales, lo que influye en nuestras creencias, quereres, decisiones y acciones. Queda por saber si los condicionamientos biológicos y culturales operan en cada uno de nosotros una programación inflexible e inexorable (determinismo duro). O si esos condicionamientos no son fijos, pues estamos programados para poderlos modificar. En este último caso, las posibles modificaciones de nuestros condicionamientos (por medio, por ejemplo, de procesos educativos, de autoanálisis o de meditación de conciencia plena) permiten hablar de un determinismo no inexorable, es decir, de un albedrío en “libertad condicional”, lo cual es mi posición. Pero advierto que sobre el particular se pueden tener preferencias, no verdades absolutas. 

LINGUACUTA.- Te noto muy cautelosa.

SOFROSINA.- El mero hecho de aceptar que estamos condicionados, nos ahorra la pretensión de formular respuestas definitivas a los enigmas de la existencia. Por más conocimientos acumulados, seguimos sin respuestas a las preguntas últimas sobre la realidad, la vida, la conciencia, la materia o la energía. Confesar esta ignorancia radical no tiene nada de vergonzoso. Por el momento no deja de ser un acto de fe lo que afirmemos de manera perentoria sobre el determinismo o el indeterminismo de nuestros procesos mentales. 

LINGUACUTA.- Pero no podemos dejar de vivir mientras se resuelve el tema de nuestro libre, inexistente o cautivo albedrío, asunto que tiene implicaciones éticas, políticas y penales: ¿cómo premiar o castigar a alguien si nuestras decisiones no son libres o, por lo menos, son muy condicionadas? 

SOFROSINA.- En cualquier caso, creamos o no creamos en el libre albedrío, la vida en sociedad nos hace responsables. Responsables significa que tenemos que responder por nuestros actos. Es un asunto de supervivencia social. Si actuamos contra la ley sabemos que tendremos que responder por ello, aunque se nos reconozcan “circunstancias atenuantes”. Por eso, aunque estuviera convencido de no tener libre albedrío, si quiero vivir en paz, sé que no puedo salir a la calle y darle una puñalada al primero que pase. Y no vale como excusa decir: “no tengo libre albedrío”. Inversamente, aunque crea en el libre albedrío no atravieso la calle con el semáforo en rojo y con los carros que se aproximan a toda velocidad. No lo olvidemos, lo que llamamos libertad es un poder actuar dentro de una red de condicionamientos, y entre ellos se encuentran las leyes sociales… y el instinto de supervivencia. Si no entiendo esto, tanto peor para mí. 

LINGUACUTA.- Esa es una posición simplemente pragmática.

SOFROSINA.- ¿Y qué? A fin de cuentas, lo que tratamos es de vivir sin sobresaltos… dentro de lo posible.  

Rodolfo R. de Roux

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