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Diálogos de ultratumba- Diógenes el Cínico: “Perro” que ladra y muerde todavía.

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Antes de buscar al hombre, hay que haber encontrado la linterna. 

¿Tendrá que ser la linterna del cínico?

F. Nietzsche, Humano, demasiado humano.

“Cínico” se ha convertido en un insulto. “No sea cínico” es sinónimo de no ser procaz y desvergonzado. Pero ese comportamiento “perruno” (del griego kynikós) de los filósofos cínicos fue un grito de libertad, de rebelión contra los conformismos sociales y un llamado a vivir de manera sencilla y autosuficiente, “conforme a la naturaleza”. 

La escuela cínica, fundada por Antístenes de Atenas (444 – 365 a.C.) tiene su figura más representativa en su discípulo Diógenes de Sínope, el “Cínico” (404 – 323 a.C.), figura legendaria por su comportamiento excéntrico, su extrema austeridad y su intrépido ejercicio de la libertad. De palabra y de obra, llevó al extremo la vida de filósofo, con la intención, según relató, de seguir “el ejemplo de los instructores corales, que fijan un tono ligeramente alto para asegurarse de que el resto alcanza la nota adecuada”. 

Nómada libre de preocupaciones domésticas y sin ningún vínculo amistoso, Diógenes se enorgulleció de su condición de exiliado apátrida, reivindicando para sí el título de “cosmopolita”, o sea, ciudadano del mundo: viajaba de un lugar a otro, permaneciendo la mayor parte del tiempo en Atenas o Corinto, donde no habitaba en una casa, sino en una gran tinaja de barro. 

Para vivir de la forma más natural posible y acostumbrarse a las penurias, Diógenes se arrojaba en verano sobre la arena caliente y en invierno se abrazaba a estatuas cubiertas de nieve. No dio conferencias en público, ni formó discípulos en privado, ni mostró interés alguno por los asuntos públicos o por el poder político. Pero el “Perro” -como también se le llamó- sigue siendo hasta nuestros días ejemplo extremo de una vida de independencia primitiva, libre de deseos innecesarios y posesiones materiales. Provocadoramente irrespetuoso de normas y costumbres de la “buena sociedad”, Diógenes podría ser considerado como un santo patrono de los modernos “hippies”. Sobre la vida del “Cínico”, su homónimo Diógenes Laercio (180 – 240) nos dejó una multitud de anécdotas -inverificables pero sabrosas- en su conocida obraVidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres.

Un día me topé por pura casualidad con el de Sínope, cuando él regresaba a la tinaja donde vivía, después de pasearse a plena luz del día con una lámpara encendida gritando infructuosamente:“¡Busco un hombre!”. He aquí el vívido recuerdo de nuestro breve encuentro.

− ¿Por qué ustedes los cínicos se identificaron con la figura del perro?

DIÓGENES. – Por la sencillez y naturalidad de la vida de los canes. Creemos que la felicidad viene acompañada de una existencia simple, de acuerdo con las leyes de la naturaleza -como los animales- sin riquezas innecesarias, sin preocuparnos por el “qué irán a decir de mí”.

− ¿Por eso vives en Atenas como un vagabundo, durmiendo en una tinaja y convirtiendo la pobreza extrema en una virtud?

DIÓGENES. – Mi voluntario despojamiento de todo lo accesorio es una manera de asegurar mi independencia y libertad. Puedes ver que mis únicas pertenencias son un manto y un bastón. Tenía también un cuenco, hasta que vi a un niño que bebía en sus manos y abandoné el cuenco. Una vez alguien me reprochó que me metía en lugares infectos y le respondí: “También el sol entra en los retretes, pero no se mancha”.

− Que réplica tan lancinante.

DIÓGENES. – Asumí como misión sacudir a la gente para que reaccionara. 

− Bien sacudido quedó el hijo de una prostituta que estaba lanzándole piedras a los presentes cuando le gritaste: “Cuidado, no vaya a ser que golpees a tu padre”. 

DIÓGENES. – Hubieras visto la cara que pusieron unos sacerdotes cuando conducían a alguien que había robado una vasija del templo y comenté en voz alta, para que se oyera bien: “los ladrones grandes llevan preso al pequeño”.

− ¡Blandías diestramente el cuchillo rojo de tu lengua!

DIÓGENES. – A pesar de mi mordacidad, no faltaban los curiosos que se me acercaban, aun corriendo el riesgo de salir con el rabo entre las piernas. Como aquella vez cuando estaba comiendo en el ágora y algunos comenzaron a gritar repetidamente: “¡Perro!”. Les contesté: “Perros son ustedes que me rodean cuando como”. Otro día, en medio de un grupo de personas, alguien me preguntó por qué la gente les daba dinero a los pobres y no a los filósofos. Y le respondí: “Porque creen que pueden llegar a ser pobres, pero filósofos, nunca”. Unos se molestaron, otros rieron.

− Esas risas me indican cuán paradójica era tu popularidad. A diferencia de Sócrates, nunca fuiste llevado a juicio y, a diferencia de Aristóteles, nunca te viste obligado a huir de Atenas por miedo. No se te consideraba una amenaza, quizá porque la mayoría de la gente no te tomaba en serio. En cambio, eras alabado como un alegre provocador, o como si fueras un loco sagrado.

DIÓGENES. – Eso dijo mi detestado Platón: me tachó de ser “un Sócrates enloquecido”.

− Por lo que sé, diste motivos para ello. Además de tusrespuestas agresivas, tenías fama de tirarte ruidosos pedos en cualquier lado, orinar y defecar donde fuera, e incluso masturbarte en público mientras gritabas: “ojalá fuera tan fácil quitarme el hambre con tan sólo frotarme la barriga”. 

DIÓGENES. – Lo hacía para mostrar no solo de palabra sino también y sobre todo con mis acciones, que no hay que avergonzarse de nuestra naturaleza. Por eso reivindico el que nos llamen “cínicos”: como los perros, comemos, cagamos, hacemos el amor en público, vamos descalzos y dormimos en la calle.

− Si todos nos comportáramos con tanta desfachatez, la vida en sociedad sería muy desagradable. Reconozco que soy incapaz de comportarme como tú.

DIÓGENES. – Pues regálame ya tu ausencia si no valoras mi presencia.

− Que menosprecies el discreto encanto de la cortesía y su capacidad para poner unos gramos de fineza en un mundo lleno de ordinariez y bestialidad no me impide ver el lado positivo de tu anhelo de liberarte de convenciones sociales que consideras inútiles.

DIÓGENES. – No solo inútiles sino también nocivas e hipócritas. Me niego a rendir homenaje a “lo respetable” y pretendo denunciar la inautenticidad de esa respetabilidad, que los demás aceptan por costumbre y comodidad más que por razonamiento.

− Los buenos modales -y aun la hipocresía de ciertos buenos modales- son la vaselina de las relaciones sociales.

DIÓGENES. – Tanta cortesía y cumplimiento no son sino eso: cumplo y miento. Puedo ser truculento y escandaloso, pero no engañoso. Desconfía, en cambio, de las buenas maneras de las malas gentes: son las bellas flores de unas malas hierbas.  

− He aprendido que, si quiero vivir en sociedad con relativa paz,de nada me sirve ofender y provocar a los demás: también hay que saber lidiar con las malas hierbas.

DIÓGENES. – Yo me quité de encima ese problema del “saber vivir en sociedad”.

− Y te quedaste sin familia y sin amigos. 

DIÓGENES. – Ese no fue un problema para mí.

− Pero sí lo es para la inmensa mayoría de los mortales.

DIÓGENES. – Preferí ser, como Sócrates, un tábano; pero bien agresivo.

− Pues lo lograste, y con creces: dejaste fama de fustigador, en particular de los más pudientes y poderosos. Bien conocida es la anécdota de tu encuentro con Alejandro Magno. 

DIÓGENES. – El tal Alejandro era muy pagado de sí mismo y le di una lección inolvidable. El macedonio andaba de ruta visitando sus recientes conquistas, en aquella ocasión Corinto, donde yo me encontraba. Al parecer, Alejandro se interesó por mi forma de vivir y decidió ir a buscarme. Yo estaba desnudo tomando el sol. Alejandro se acercó y me dijo: “pídeme lo que quieras, porque puedo dártelo”. Me quedé mirándolo y le contesté: “apártate de donde estás, que me haces sombra y me quitas el sol”.

− No le debe haber hecho mucha gracia tu impertinencia.

DIÓGENES. – No lo creas, Alejandro no se disgustó. El disgustado fue Aristipo de Cirene -primer discípulo de Sócrates que enseñó la filosofía por estipendio- cuando en cierta ocasión, lavando yo unas hierbas para comer, me dijo: “Si supieras tratar a los demás no estarías comiendo hierbas”. Y le respondí: “Si hubieras aprendido a comer hierbas, no solicitarías los palacios de los tiranos”. 

− Dejando a un lado el aspecto chocante de tus provocaciones,pienso que tu llamado a una vida frugal y con lo mínimo necesario, debería hacer de ti un precursor de los actuales apóstoles del “decrecimiento” que predican la necesidad de reducir el consumo y la producción global, abogan por unas sociedades ecológicamente sostenibles y señalan el daño causado por la búsqueda del crecimiento ilimitado en un mundo de recursos limitados.

DIÓGENES. –  Lo propio de los dioses es no tener necesidad de nada y lo propio de las gentes semejantes a los dioses es desear pocas cosas: eso las hará libres y felices.

− Sin necesidad de llegar a tu extremo ascetismo comparto contigo la urgencia de una terapia del deseo. Tenemos que salir de la toxicodependencia a bienes de consolación con obsolescencia programada que aseguran la supervivencia de una sociedad del despilfarro llamada “sociedad de consumo” en la cual el destino de los consumoadictos es nacer, crecer, endeudarse y morir.

DIÓGENES. – Ese es el precio de vivir según la divisa “Compro, luego existo”.

− El hiperconsumo y el mito prometeico que pone nuestra salvación en la técnica y en el dominio de la Naturaleza por los humanos, no solo no nos han hecho más felices, sino que están amenazando gravemente todos los ecosistemas. La maldita cupiditas dominandi nos ha convertido en la corona de espinas de la Creación. Es urgente movilizarse para salvar el planeta.

DIÓGENES. – No seas ingenuo, o hipócrita. Cuando muchos mortales gritan angustiados “Salvemos el planeta” lo que buscan es salvar “nuestro” planeta, el que necesitan para no extinguirse como especie.

− ¿No te das cuenta de que la situación se está volviendo apocalíptica?

DIÓGENES. – Si apocalipsis hay, no será el fin “del” mundo, sino el fin de “un” mundo. Y no será la primera ni la última vez que suceda. El planeta -y el Universo- seguirán su curso, indiferentes a tus rezos y sollozos, e indiferentes a la extinción de los mortales. 

− Por todos los dioses del Olimpo, Diógenes, que respuesta tan cínica.

Rodolfo Ramon de Roux

Agosto 2023

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