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Diálogos de ultratumba

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En la gran “Explanada Cósmica”, una multitud de estupefactos ultratúmbicos observaba en grandes pantallas las imágenes procedentes de la Tierra, gracias al potente telescopio Galileo. De manera intermitente se veían los destellos de los bombazos que iluminaban la superficie del lejano planeta. Al terminar tan humano espectáculo, un grupo de asistentes entabló el siguiente diálogo.

SUN TZU.- Estas imágenes me interpelan. Tengo que actualizar mi “Arte de la guerra” pues pasan los siglos y los Sapiens siguen destrozándose entre ellos, pero con mucha más eficacia. Nada ha progresado tanto como la ciencia militar.

HOBBES.- Dije que el hombre era un lobo para el hombre. Le pido perdón al lobo: no hay predador más temible que el humano.  

LINGUACUTA.- “Maximus praedator” que no sólo marca su territorio, sino que le tiene desmedido amor al ajeno.

MOISÉS.- Por qué creen que tuve que grabar en las tablas del Decálogo: “No robarás”, “No matarás”, “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.

MAQUIAVELO.- Y a pesar de tan divinas prohibiciones con su consiguiente promesa de castigo eterno, Maximus praedator sigue utilizando toda clase de astucias, engaños, justificaciones y violencias para lograr sus propósitos, al mismo tiempo que se llena la boca proclamando a los cuatro vientos que “el fin no justifica los medios”. 

LINGUACUTA.- Basta ver cómo se están destripando en estos momentos rusos y ucranianos, palestinos y judíos. Y ya verás que los estadounidenses van a vender cara la pérdida de su hegemonía, como cara la han vendido todos los imperios que en el mundo han sido.

CAÍN.- La sangre no ha dejado de correr desde que me cargué a Abel. 

FLAVIO VEGECIO.- Y va a seguir corriendo. Por eso dije: Si vis pacem para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra).

VÁSQUEZ MONTALBÁN: ¡Qué desgracia! La vida se vuelve así para muchos como la escalera de un gallinero: corta y llena de mierda.

LINGUACUTA..- Mierda es eso de que la guerra es arte y ciencia; es simplemente dolor, lágrimas y muerte.

ORTEGA Y GASSET.- Esperemos que cambien las circunstancias.

LINGUACUTA.- Bien recuerdo que dijiste “yo soy yo y mis circunstancias”, pero las circunstancias nos terminan tragando. Ya hemos visto suficientemente que en determinadas circunstancias -como en las guerras- somos capaces de perpetrar horrores que jamás creímos que pudiéramos hacer. 

SOFROSINA.- Al paso que vamos, regresaremos a las cavernas.

MALTHUS.- Ya es imposible: ¡Somos demasiados!

SOFROSINA.- Menos mal la tristeza de la vida no es definitiva.

LINGUACUTA.- Tampoco la alegría: en el mundo caben felicidades, no la felicidad. 

SCHOPENHAUER.- Si la vida y la existencia fueran estados de felicidad, todos se sumergirían a regañadientes en el estado inconsciente del sueño y saldrían a flote de buen grado. Mas sucede justo lo contrario, pues todo el mundo se va de buena gana a dormir y se levanta de mala gana. 

SOFROSINA.- No me explico cómo siendo tú un pesimista redomado pudiste escribir El arte de ser feliz. 

SCHOPENHAUER.- Precisamente mi convicción de que la existencia humana oscila entre el dolor y el aburrimiento me mostró la importancia de encontrar reglas de vida para soportar nuestra condición y esperar, si no la felicidad perfecta, al menos una felicidad relativa, la que consiste en la ausencia de sufrimiento.

SOFROSINA.- Me parece que no hay que mirar tan ferozmente el mundo: ahí hemos de estar hasta el final.

LINGUACUTA.- Por eso los optimistas zurcen sus corazones cada nuevo día.

SOFROSINA.- Schopen, danos alguno de tus consejos para ser felices…relativamente.

SCHOPENHAUER.- Mira, cuando era joven entablé amistad con Goethe quien, viendo mi propensión al pesimismo, un buen día me dejó una nota con este par de versos: “Si quieres conocer el gozo de vivir, valor al mundo tendrás que atribuir”.

SOFROSINA.- Bonito pensamiento.

SCHOPENHAUER.- Pero no me impresionó. En uno de mis cuadernos, al lado del consejo de Goethe, puse esta cita de Nicolás de Chamfort: “Más vale aceptar a los hombres por lo que son, que tomarles por lo que no son”. 

SOFROSINA.- ¿Y qué piensas que somos?

SCHOPENHAUER.- Somos seres habitados por una fuerza poderosa que altera todos los planes y juicios de la razón. La llamé “voluntad de vivir” (Wille zum Leben): es el inherente impulso humano de mantenerse vivo y reproducirse.

SOFROSINA.- No veo problema alguno. Me suena semejante al conatus de Spinoza, ese esfuerzo de toda cosa por perseverar en su ser.

SCHOPENHAUER.- El problema es que nuestra voluntad de vivir lleva en sí misma una insatisfacción radical y unos impulsos que acarrean muchos sufrimientos, a nosotros y a los otros. Por eso afirmé que “vivir, por regla general, significa experimentar una serie de desgracias, grandes o pequeñas”.

JERZY LEC.- De ahí que no se debe alargar la vida humana sino acortando sus sufrimientos.

SOFROSINA.- Tremenda cosa lo que ustedes dicen.

SCHOPENHAUER.- Por supuesto que es tremenda. Al género humano se le puede comparar con el resto del reino animal, donde la única manera en la que cada animal puede conservar su existencia es suprimiendo constantemente a otro animal. Así, el ser humano que busca la supervivencia no encuentra otra manera de salvarse sino en una constante lucha con otros seres, incluidos los de su misma especie. “Struggle for life“, como dijo Darwin. 

SOFROSINA.- Schopen, para Darwin la “lucha por la vida”, el esfuerzo -el conatus- para mantenernos en vida y mantener la vida no tiene porqué reducirse a un combate de todos contra todos, ni justificar que el más fuerte aplaste al más débil.  

SCHOPENHAUER.- Ya quisiera que ese conatus, esa “voluntad de vivir”, estuviera exenta de dolor, violencia y frustración. Pero no es así. Por eso albergamos en nuestros corazones algo incurable: la esperanza.

LINGUACUTA.- Que solo existe como presagio, y sin garantía.

SOFROSINA.- ¡Ah, la esperanza! Es una maravillosa proyección en el tiempo que nos impulsa a vivir aguardando lo mejor, sabiendo que detrás se puede esconder también lo peor.

LINGUACUTA.- La mejor ilusión: la peor decepción. A quien nada en la esperanza le aconsejo ser prudente y quedarse donde pueda tocar fondo. 

JERZY LEC.- Escuchándolos y recordando las terribles imágenes de muerte que acabamos de ver, no puedo sino decir: “Amo al hombre. Jamás lo hubiera creado”.

SOFROSINA.- Jerzy, veo que estás de vuelta de muchas cosas.

JERZY LEC.- No vuelvo de nada: después de haber vivido en Polonia bajo el nazismo y luego bajo el comunismo, desde hace tiempo ya no voy.

SOFROSINA.- No hay como la provecta edad para observar mejor la realidad porque entonces se asume la oscuridad más claramente. 

JERZY LEC.-  Con la vejez terminé por despreocuparme de muchas tonterías.

LINGUACUTA.- ¿Como cuáles?

JERZY LEC.- Cuando llegues a vieja lo sabrás.

LINGUACUTA.- Ya veremos: puede que la sabiduría aumente con el tiempo, pero la tontería también. 

JERZY LEC.- En teoría la sabiduría debe encontrarse en abundancia; en efecto, ¿quién la utiliza?

LINGUACUTA.- Aclaro que no soy pesimista, simplemente no me cabe un gramo más de optimismo.

SOFROSINA.- A mí el optimismo me tentó, pero requiere un esfuerzo intelectual agotador.

JERZY LEC.- Optimismo y pesimismo se diferencian sólo por la fecha del fin del mundo.

SOFROSINA.- Que tarde o temprano llegará: todo se compone de hechos históricos y todo en ellos se descompone, a menos que suceda un milagro.

JERZY LEC.- Yo mismo presencié un milagro. Fue cuando las cosas aún podían arreglárselas sin ellos.

SOFROSINA.-  Noto cierta nostalgia en lo que dices.

JERZY LEC.- Es normal: con la vejez se reducen las alternativas y se acrecientan las nostalgias.

SOFROSINA.- Y a mayor nostalgia del pasado menor confianza en el presente.

LINGUACUTA.- Atento, Jerzy, que vivir de recuerdos es morir de suspiros.

JERZY LEC.- ¿Y qué? si ya exhalé el último.

Rodolfo Ramon De Roux

Octubre de 2023

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EPICURO: No lograrás calmar las inquietudes de tu espíritu tratando de saciar tus deseos: tienes un buen coche, quieres el último modelo; tienes casa propia, quieres tener también casa de campo; eres millonario, quieres ser multimillonario. Como decía Schopenhauer, “somos máquinas deseantes”. Eso lo saben bien los publicistas y los amantes.

− Ya he verificado que los deseos son como el agua de mar: mientras más la bebemos más sed tenemos. Pero del deseo no se libran ni los budistas: desean no desear.

EPICURO: Qué irónico estás.

− La ironía es el arma de la impotencia.

EPICURO: Buen destello de lucidez.

− Aunque para ser medianamente feliz no hay que ser excesivamente lúcido.

EPICURO: Por eso abunda la lucidez: muchos la desechan para evitar encontrarse consigo mismos.

− No nos alejemos del tema: explícame tu terapia del deseo.

EPICURO: Pienso que la vida es para disfrutarla teniendo el mayor placer y el menor dolor posibles. Pero la capacidad de disfrutar de la vida se ve mermada por cuatro grandes miedos: a los dioses, a la muerte, al dolor y al futuro. Como estimo que la filosofía debe ser una “medicina del alma” ofrezco cuatro remedios para superar esos miedos, ése es mi “tetrafármaco”.

− ¿En qué consiste?

EPICURO: Fácilmente lo sabrás leyendo mi breve Carta a Meneceo, uno de los pocos escritos míos que sobrevivieron al triunfo del cristianismo que, por supuesto, trató de borrarme del mapa pues se trata de una religión del pecado, la culpabilidad y el castigo eterno que exalta el dolor redentor, la felicidad, pero post mortem y para algunos elegidos –extra Ecclesiam nulla salus– y el amor divino -no el sensual-, todo ello en las antípodas de lo que yo pregonaba.

− Pero, admite que el cristianismo es también la religión del amor al prójimo y que eso de tener como objetivo una vida placentera es algo bastante limitado y que no entusiasma a quienes buscan un sentido trascendente a sus vidas.

EPICURO: ¿Acaso te parece poca cosa una vida dichosamente serena? Al menos yo no sé qué pensar del bien, si excluyo el gozo proporcionado por el gusto y el olfato, si excluyo el proporcionado por las relaciones sexuales, si excluyo el proporcionado por el oído y si excluyo las dulces emociones que a través de las formas llegan a la vista. 

− Por eso a los epicúreos se les ha acusado de ser unos voluptuosos y vulgares materialistas.

EPICURO: Incluso nos han tratado de “cerdos” libidinosos. Recuerda que Horacio -excelso poeta que amaba la vida y el placer de ser feliz- reivindicó ser “un cerdo de la piara de Epicuro” (Epicuri de grege porcum).

− Por algo tuvo que decirlo.

EPICURO: Lo dijo irónicamente, pues confundir el epicureísmo con el libertinaje es un grosero error. Expliqué suficientemente que ni las bebidas ni las juergas continuas ni tampoco los placeres que presenta una mesa suntuosa originan una vida gozosa. Fue mi enseñanza -de palabra y obra- la de una gozosa sobriedad. Analicé el carácter insaciable de muchos deseos que se tornan imposibles de satisfacer y se vuelven así una fuente de frustración, de envidias, de violencias, de angustias que, por ende, nos apartan de la felicidad. 

− ¿Me vas a volver a decir que lea la Carta a Meneceo?

EPICURO:  Ni que fueras adivino. Pero lee también el De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas)En esa admirable exposición en verso del epicureísmo, mi discípulo Lucrecio dice que nuestra alma es un vaso en el que vertemos el líquido de los placeres. Pero es un vaso resquebrajado y, por lo tanto, imposible de llenar. Las grietas que lo surcan son los deseos ilimitados. 

− Bella imagen.

EPICURO:  Lucrecio me elogia por haber advertido que el defecto se halla en el vaso mismo, repleto de poros y agujeros que hacen que todo cuanto en él se vierte se pierda y no haya forma alguna de llenarlo.

− Entonces ¿no hay nada que podamos hacer?

EPICURO: Para sellar las grietas del vaso de nuestra alma tenemos que elegir nuestros deseos con cuidado. Ningún placer es, en sí mismo, un mal; pero nuestra actitud hacia ellos puede hacer peligrar nuestra felicidad: no conviene desear todo placer. Es aconsejable proceder a un cálculo cuidadoso y racional de los placeres, mediante un ascetismo razonado de los deseos.

− ¿Quieres decir que no es posible vivir gozosamente sin hacerlo sobriamente, con sensatez y de forma justa, ni tampoco vivir sobriamente, con sensatez y de forma justa sin hacerlo gozosamente? 

EPICURO: Has entendido la gozosa sobriedad.

− Pero no es fácil elegir qué deseos experimentar y cuáles rechazar para alcanzar la gozosa sobriedad.

EPICURO: Amigo, la felicidad de la gozosa sobriedad es una conquista. Hay mucho en juego: tal es la condición de nuestra libertad. Nuestras pasiones nos alienan, nos despojan de nosotros mismos en favor del objeto de nuestro deseo. Es fácil ser adicto a ciertos placeres, convertirse en sus esclavos. Y son tantas las adicciones entre las que elegir: el sexo, el dinero, el poder, el alcohol, las drogas, las “redes sociales”, los videojuegos…

− ¿Podrías aconsejarme algo práctico?

EPICURO: Te recomiendo un ejercicio muy sencillo: la anticipación. Ante cualquier deseo hazte la siguiente pregunta: ¿qué me sucederá si se cumple el objeto de mi deseo y qué si no se cumple? 

– Esa recomendación me recuerda la historia de un hombre que tenía un ombligo muy protuberante. Aquello le ocasionaba mucha vergüenza, porque cuando iba a la piscina, se burlaban de él. Como era muy creyente, le pedía fervorosamente a Dios que le quitara ese ombligo. Una noche soñó que un ángel se lo extraía y lo dejaba encima de la mesa. Al despertar comprobó que el sueño era realidad. Muy feliz saltó de la cama y… se le cayeron las nalgas.

EPICURO: ¿Ya lo ves?. Hay deseos cuyo cumplimiento conlleva más dolores que gozos. Antes de cambiar algo, aunque pienses que es para mejor, examina sus posibles efectos secundarios.

− El sabio Chuang Tse, que nos había estado escuchando, nos contó entonces la siguiente historia.

CHUANG TSE: Un día, un hombre se encontró en posesión de un arco excepcional. Hecho de un viejo trozo de sándalo rojo, era sólido y flexible al mismo tiempo: su manejo era excepcional. El hombre estaba encantado con su arco. Pero, al mismo tiempo, le parecía que no era lo bastante bonito, demasiado sobrio. Así que pidió al artesano más hábil del país que lo adornara con una escena de caza. El artesano puso todo su talento en grabar la escena de caza, y el resultado fue asombrosamente realista. Caballos corriendo en pos de la presa, jinetes disparando flechas con sus arcos, el sol y el paisaje… no faltaba nada. Magníficos adornos completaban el cuadro, grabados en toda la superficie restante del arco. El hombre estaba encantado con el resultado: su arco era ahora perfecto. Lo cogió, colocó una flecha y tiró de la cuerda enérgicamente hacia él. Y entonces, pum, el arco se rompió: el excesivo embellecimiento había debilitado la madera y le había pasado factura.

– Al que vive encendiendo la llama de las cosas perfectas, cada día le depara nuevas frustraciones.  Y te advierto -me dijo Linguacuta, que por allí pasaba-: la noria de nuestros insaciables deseos también opera a escala social: la lucha por “un mañana mejor” no nos protege de quienes quieren a toda costa “un pasado mañana aún mejor”.

Rodolfo R. De Roux

Septiembre de 2023

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Duró semanas interminables la proyección de la serie documental “Civilizar y salvar a los pueblos” pues era inmenso el material acumulado a lo largo de siglos. Al final de la proyección reinó un silencio sepulcral en el ultratúmbico teatro “La commedia è finita”. Muchos de los asistentes habían sido protagonistas -activos o pasivos- de los intentos de civilizar o de llevar la salvación a los demás y se interrogaban sobre los métodos y consecuencias de aquellas empresas salvífico-civilizadoras.

A la salida del cinematógrafo, cruzaron entre sí las siguientes palabras el sabio taoísta chino Chuang Tse y el letrado español Juan Ginés de Sepúlveda, cronista y capellán del emperador Carlos V, preceptor de Felipe II y gran defensor de la “empresa civilizadora y evangelizadora” de España en las otrora llamadas Indias Occidentales. Rápidamente se entremetió en la conversación la mordaz Linguacuta, la de candente lengua.

CHUANG TSE.- Los innumerables intentos de llevarles la “civilización” y/o la “salvación” a otros pueblos me dejan perplejo al ver tantas injusticias y masacres cometidas “con las ​mejores intenciones”… que muchas veces encubren a las peores.

SEPÚLVEDA.- ¡No se hace una tortilla sin quebrar huevos! Yo estaba convencido -y lo sigo estando, como muchos otros- del carácter civilizador que correspondía al imperio español sobre los “indios”, para elevarlos a un grado mayor de razón y a costumbres mejores. 

LINGUACUTA.- Convicción que te llevó a legitimar sin ambages las guerras de conquista como lo hiciste en tu tratado “Sobre las justas causas de la guerra contra los indios”.

SEPÚLVEDA.- Y reitero lo que allí dije: “¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más​conveniente ni más saludable que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo; de torpes y ​libidinosos, en probos yhonrados, de impíos y siervos de los demonios, en cristianos y adoradores del verdadero Dios?”.

CHUANG TSE.- Juan Ginés, te voy a contar una historia que narré en el capítulo XVIII de mi libro conocido simplemente como “Maestro Chuang Tse”.

SEPÚLVEDA.- Te escucho.

CHUANG TSE.- Un día, un ave marina se posó en las afueras de la capital del país de Lu. Encantado por la noticia, el soberano de Lu fue respetuosamente a buscar el ave y la depositó en el templo de sus antepasados. Allí le obsequió la más hermosa de las ​celebraciones -incluida mucha música- y le ofreció los vinos más finos y las carnes más delicadas. Pero el ave, con aspecto sombrío y abatido, no tocó ni la carne ni el vino. Al cabo de tres días murió de hambre y sed. 

SEPÚLVEDA.- ¿Cómo pudo suceder tal cosa?

CHUANG TSE.- El soberano de Lu había tratado al ave como él se hubiera tratado a sí ​mismo, no como se trataría a un pájaro. Para tratar al ave desde su propia perspectiva​tendría que haberla puesto en un bosque profundo, liberarla en terrenos pantanosos y dejarla flotar en ríos y lagos. Debería haberle dado de comer anguilas y pececillos, permitir que se juntara con las demás aves de su especie y que se posara donde quisiera. Oír hablar a la gente ya era un suplicio para este pobre pájaro, así que ¿cómo iba a soportar además el estruendo de la música? 

SEPÚLVEDA.- ¿Qué quieres insinuarme?

CHUANG TSE.- Que no basta tener las mejores intenciones y tratar al otro como te tratarías a ti mismo. Es necesario tener en cuenta la existencia de otras expectativas y costumbres.

LINGUACUTA.-  Juan Ginés, medita sobre este consejo que me dio Oscar Wilde: “No le hagas a los demás lo que quisieras que te hagan a ti; ellos pueden tener gustos diferentes”.

CHUANG TSE.-  Gustos, necesidades, creencias y valores diferentes.

LINGUACUTA.- ¡Ah, las buenas intenciones! Son dosis ingentes de sincero compromiso y de buena voluntad que pueden alimentar admirablemente errores catastróficos.

CHUANG TSE.- No sin razón dicen que de buenas intenciones está pavimentado el infierno.

LINGUACUTA.- Hay que cuidarse del abrazo que protege: fácilmente se convierte en abrazo que asfixia. Dejemos que los demás marchen al ritmo de su propio tambor.

CHUANG TSE.- Cuando uno quiere hacer a toda costa la felicidad de los demás desde la ​perspectiva propia, la mano que redime termina siendo la que oprime.

LINGUACUTA.- Permítanme traer a colación una ​historia relativamente reciente: en el siglo XIX, con la euforia y el optimismo generados por la llamada Revolución industrial en Europa y en los Estados Unidos de América, se gestó una ideología del progreso que postuló que todos los pueblos marchaban hacia una meta ideal de civilización.

SEPÚLVEDA.-  Hasta ahora no veo cuál es el problema.

LINGUACUTA.- En esa carrera hacia la “civilización” algunos pueblos merecían el calificativo de “atrasados” y otros el de “adelantados”. A estos últimos correspondía tomar bajo su amparo a los otros para hacerlos progresar y, de paso, administrar sus riquezas naturales.

CHUANG TSE.- Me parece, Juan Ginés, que ya vas sospechando hacia dónde se dirige Linguacuta.

LINGUACUTA.- Llegó a hablarse del “deber de civilizar a las razas y pueblos inferiores”. Lo cual se interpretó como un “altruismo agresivo”. No se olvidó tampoco el argumento religioso, como se observa en las palabras del presidente de los Estados Unidos de América, William McKinley, destinadas a justificar la política de su país hacia Filipinas, después de la guerra con España en 1898.

SEPÚLVEDA.-  Como español estoy muy interesado en oírlas.

LINGUACUTA.- Escúchalas: “Ninguna otra cosa podíamos hacersino tomar a los filipinos y educarlos; elevarlos, civilizarlos y cristianizarlos; y por la gracia de Dios, hacer por ellos -prójimos nuestros por quienes Cristo también murió- todo lo que estuviera a nuestro alcance”.

CHUANG TSE.- ¡Juan Ginés, parece como si hubieras reencarnado en la persona de McKinley!

SEPÚLVEDA.-  No sólo en McKinley. Tengo una miríada de seguidores. Escuchen no más a Jules Ferry, portavoz de la política colonial francesa, diciendo en el debate parlamentario del 28 de julio de 1885: “Repito que las razas superiores tienen un derecho porque tienen un deber. Tienen el deber de civilizar a las razas inferiores”. O hablen con Rudyard Kipling, ​premio Nobel de Literatura en 1907 e inspirado ensalzador de la misión civilizadora del imperialismo británico. ¡Por favor, abran los ojos! ¿Acaso están ustedes en contra del ​progreso moral y material de la Humanidad?

LINGUACUTA.- El problema es que no todos quieren o pueden bailar la música de “tu” progreso, y mucho menos obligados. Los mesías armados me ponen nerviosísima.

SEPÚLVEDA.-  Pues vas a tener que seguir tomando mucha valeriana y pasiflora mientras existan los humanos. Mira cómo, a pesar de la reciente quiebra de la Casa Marx, no faltan adeptos suyos que siguen soñando con imponer la dictadura salvífica del proletariado la ​cual, supuestamente, nos conducirá a “mañanas luminosos”. Y ni para qué te enumero la serie de gobernantes estadounidenses convencidos de estar investidos por la Providencia divina de la misión de difundir -así sea por la fuerza- las bondades de la democracia liberal capitalista.

CHUANG TSE.- No es necesario que sigas. Ya sé que la cosechade vocaciones mesiánicas es inagotable. Pero también sé que los mesías desarmados terminan crucificados; y los armados, crucificando en nombre del “progreso moral o material de la Humanidad”. 

LINGUACUTA.- Por eso cuando alguien grita “¡Viva el progreso!”, me pregunto siempre: el progreso ¿de qué?, el progreso ¿para qué?, el progreso ¿para quién? 

CHUANG TSE.- A los ebrios del progreso salvífico habría que enviarlos a centros de desintoxicación.

LINGUACUTA.- ¡No te escapes, Juan Ginés! 

Rodolfo Ramon de Roux

Agosto 2023

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Todo cementerio está lleno de gente “indispensable”. Pero ninguno alberga tantos “famosos” como el del “Père Lachaise” en París. Nada mejor que un paseo por los senderos de sus 40 hectáreas para meditar cuán pronto pasa la gloria de este mundo. 

Allí podemos recogernos ante las tumbas de músicos y cantantes como Chopin, Cherubini, Bizet, Rossini, Poulenc, María Callas, Edith Piaf o Jim Morrison; literatos de la talla de Molière, La Fontaine, Beaumarchais, Musset, Apollinaire, Colette, Proust, Paul Éluard, Oscar Wilde, Julio Cortázar, Miguel Angel Asturias; pintores como David, Ingres, Delacroix, Géricault, Pissarro, Corot, Modigliani; filósofos como Augusto Comte, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, y dejo de contar el ingente número de políticos y militares víctimas de un prematuro olvido.

En mi última visita a tan famosa necrópolis quedé particularmente ensimismado frente a la tumba de Pedro Abelardo y Eloísa, protagonistas de una historia de amor más novelesca que la de Romeo y Julieta. Abelardo -quien nació a finales del siglo XI- va a convertirse en un ilustre profesor de filosofía en París. Allí inicia una relación turbulenta con Eloísa, una muchachita de diecisiete años, de la que es tutor, a la que dobla en edad y con la que tiene un hijo, Astrolabio, el cual es entregado a una hermana de Abelardo para que cuide de él. 

La historia de tan tormentoso idilio no necesitó de un Shakespeare para ser contada pues el mismo Abelardo la narra en su “Historia calamitatum” (Historia de mis desdichas), una de las narraciones autobiográficas más originales de la Edad Media. Eloísa, por su parte, nos da su punto de vista en las cartas que intercambió con su amante. Dichos escritos no solo ofrecen la rara oportunidad de asomarnos sin intermediarios a la célebre relación entre el prestigioso profesor y su brillante alumna, sino también a la sociedad y cultura de los comienzos del siglo XII, periodo de fermentación intelectual que vio el nacimiento de las universidades, el desarrollo del movimiento filosófico y teológico de la escolástica, el auge de los cantares de gesta, la construcción de las primeras catedrales góticas. 

Por otra parte, Abelardo y Eloísa no se ajustan a la corriente ideal del “amor cortés” con su énfasis en la devoción del amante a la casta e inalcanzable señora. Eloísa, muy en particular, nos habla un lenguaje diferente de franqueza sensual, de realismo pagano en el amor y de fortaleza estoica clásica en la adversidad. Guerrera del corazón, dotada de una profunda sensibilidad reforzada por una aguda inteligencia, Eloísa es considerada como una de las primeras mujeres letradas del Occidente cristiano, cuyo nombre ha llegado hasta nuestros días. 

En 1817, nuestros amantes fueron trasladados al cementerio del Père Lachaise. Sus restos se hallan depositados en un elegante panteón gótico de columnas esbeltas y artística cúpula, con sus estatuas yacentes sobre un túmulo de piedra rodeado por una verja de hierro. Cuenta la leyenda que ambos permanecen abrazados dentro de sus tumbas, así como abrazados vinieron a mi encuentro.

  • ¡Qué emoción me da encontrarlos! Fuisteis viajeros apasionados por los caminos del corazón y de la inteligencia.

ELOÍSA.- La vida es un camino, vivir es recorrerlo, y a nosotros nos tocó recorrer uno empinado.

ABELARDO.- Estábamos sedientos en el desierto de Eros y nos ahogamos en el espejismo del deseo.

  • Cuenta, cuenta.

ABELARDO.- Estaba yo dotado de gran prestancia física, de elocuencia precisa y tajante y de extraordinaria potencia dialéctica que me hacía invencible en las disputas. Permanecía rodeado de alumnos que me seguían y admiraban. No tardó en llegar el éxito, acarreándome alegrías, pero también envidias y persecuciones.

  • Era de esperar. La envidia es el lado oscuro de la admiración y el adversario de los más afortunados.

ELOÍSA.- Admite, Abelardo, que te buscaste problemas con tu arrogancia pues se te subieron los humos a la cabeza, tanto que llegaste a decir que eras «el único filósofo que quedaba en el mundo». 

ABELARDO.- No agachaba ante nadie la cabeza.

  • Tampoco lo hago yo…se ve demasiado grande mi papada.

ABELARDO.- No digas tonterías.

  • Lo hago para humillarme.

ELOÍSA.- El que se humilla quiere ser ensalzado. Abelardo, ese dardo me lo lanzaste en una de tus cartas.

ABELARDO.- Bueno, bueno, volvamos al tema. Dios corrigió duramente mi arrogancia. Al ponerme yo en tus brazos, Eloísa, el Señor me deparó una ocasión providencial para descender abruptamente de mi pedestal.

  • ¿Cómo así?

ELOÍSA.- Era yo una huérfana, bajo la tutela de mi tío el canónigo Fulberto, quien se empeñó en darme una esmerada y costosa educación. Mi conocimiento del latín, del griego y del hebreo me hizo pronto famosa entre todas las mujeres de París. Mi belleza nada vulgar y mi amor a la ciencia despertaron pronto la admiración de Abelardo, que consiguió llegar a mí como profesor. 

ABELARDO.- Fue así como iniciamos una historia de amor apasionado. Lo dije claro en mi Historia calamitatum: “Con pretexto de la ciencia nos entregamos totalmente al amor. Y el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba. Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección. Había más besos que palabras. Mis manos se dirigían más fácilmente a sus pechos que a los libros. Con mucha más frecuencia el amor dirigía nuestras miradas hacia nosotros mismos que la lectura las fijaba en las páginas”.

ELOÍSA.- Fue un amor imprevisto e imprevisible –como todos– que nos llevó a donde no sospechábamos. 

ABELARDO.- “Ninguna gama o grado del amor se nos pasó por alto. Y hasta se añadió cuanto de insólito puede crear el amor. Cuanto menos habíamos gustado antes estas delicias, con más ardor nos enfrascamos en ellas, sin llegar nunca al hastío. Y cuanto más dominado estaba por la pasión, menos podía entregarme a la filosofía y dedicarme a las clases. Me había reducido a mero repetidor de mi pensamiento anterior. Y si, por casualidad, lograba hacer algunos versos, eran de tipo amoroso, no secretos filosóficos”.

ELOÍSA.- “Tenías –he de confesarlo– dos cualidades especiales que podían deslumbrar al instante el corazón de cualquier mujer: la gracia de hacer versos y de cantar, cosa que no vemos floreciera en otros filósofos”. Tus poesías y canciones corrían por toda Francia, y mi nombre era cantado y conocido en todos los hogares. Eso me halagaba sobremanera.

ABELARDO.- Nuestra relación llegó a su punto álgido cuando Eloísa quedó embarazada de Astrolabio.

ELOÍSA.- Hubiera preferido seguir siendo tu amante, pero nos casamos, y además en secreto, temiendo que la boda dañase tu fama y tu carrera como profesor. Después, muy a mi pesar, me recluiste -sin ser monja- en el convento de Argenteuil, cerca de París, donde había sido educada cuando era niña. 

ABELARDO.- Mientras tanto, pretendí ocultar lo que todos sabían ya, manteniendo un prudente distanciamiento de Eloísa. Esto fue interpretado por su tío Fulberto como una forma de abandono. El asunto fue zanjado por el canónigo de la forma más vil y cruel. Amparándose en la oscuridad de la noche, unos hombres pagados a sueldo me sorprendieron durmiendo y me castraron.

  • Placer de amor dura un instante, pena de amor toda una vida.

ABELARDO.- Con nuestro matrimonio tenía la esperanza de haber calmado la cólera de Fulberto, pero a veces la esperanza no es lo último que se pierde, sino lo que nos pierde.

  • Nuestros problemas pueden alimentarse con lo que le damos de comer a nuestra esperanza.

ABELARDO.- La vida es como una escuela. Con algunos tienes física; con otros tienes química y con otros, historia. Con Eloísa tuve física inolvidable y química intensa; pero con Fulberto la historia fue desgarradora. Te confieso, sin embargo, que aun años después de lo sucedido, “no podía dejar de pensar en lo justo del juicio de Dios por haberme castigado en aquella parte del cuerpo con la que había delinquido”. 

  • Tu historia me pone la carne de gallina.

ABELARDO.- Desesperado, tomé los hábitos religiosos, no sin antes asegurarme de que Eloísa también lo hiciera. 

  • Menos mal la religión te ayudó a sublimar tu desgracia.

ABELARDO.- “Confieso que, en tanta postración y miseria, fueron la confusión y la vergüenza más que la sinceridad de la conversión las que me empujaron a buscar un refugio en los claustros de un monasterio”. 

ELOÍSA.- Me obligaste de nuevo a hacer algo que no quería. Sin vocación religiosa terminé de monja, siendo una joven con las hormonas alborotadas. Tuvieron que pasar muchos, muchos años para que se me fuera calmando la libido. Recuerda ese lamento que te repetía aun siendo monja y que pusiste en el poema dedicado a nuestro hijo: “Si no pudiera salvarme más que a condición de arrepentirme del pecado que cometí, me condenaría. Los goces saboreados juntos fueron tan dulces que a su solo recuerdo no siento sino placer”.

ABELARDO.- Me escribías, siendo ya abadesa, cosas que me hacían sonrojar. Por aquí tengo una de tus cartas en la que me decías: “Tú eras el único dueño de mi cuerpo y de mi voluntad. Dios sabe que nunca busqué en ti nada más que a ti mismo. Te quería simplemente a ti, no tus cosas. No esperaba los beneficios del matrimonio, ni dote alguna. Finalmente, nunca busqué satisfacer mis caprichos y deseos, sino –como tú sabes– los tuyos. El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de            amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz. (…)  Dios sabe que yo nunca dudé en precederte o en seguirte hasta las llamas del Infierno si tú te precipitabas o tú me lo mandabas. Mi alma no estaba en mí, sino contigo. Y ahora mismo, si no está contigo, no está en ninguna parte. Tan verdad es, que sin ti no puede existir”.

  • ¡Qué amor tan admirable!

ABELARDO.- Amada Eloísa, como quieres que no me perturbara leer lo que me decías en otra de tus cartas -siendo tú una apreciada abadesa-: “He de confesar que aquellos placeres de los amantes –que yo compartí con ellos– me fueron tan dulces que ni me desagradan ni pueden borrarse de mi memoria. Adondequiera que miro siempre se presentan ante mis ojos con sus vanos deseos. Ni siquiera en sueños dejan de ofrecerme sus fantasías. Durante la misma celebración de la misa –cuando la oración ha de ser más pura– de tal manera acosan mi desdichadísima alma, que giro más en torno a esas torpezas que a la oración. Debería gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por lo que he perdido. Y no sólo lo que hice, sino que también estáis fijos en mi mente tú y los lugares y el tiempo en que lo hice, hasta el punto de hacerlo todo contigo, sin poder quitaros de encima, ni siquiera durante el sueño. A veces me traicionan mis pensamientos en un movimiento del cuerpo o me delatan en una palabra improvisada. (…)  Los hombres dicen que soy casta, porque no saben lo hipócrita que soy. Soy tenida por religiosa en un tiempo en que queda poco en la religión que no sea hipocresía”.

  • Alabo tu honestidad.

ELOÍSA.- Con el tiempo mi pasión erótica se fue haciendo soportable, pero lo que más me dolió, Abelardo, fue que te escribí cartas que me contestabas con reproches y amonestaciones. Te negabas a consolarme. Incluso a mis declaraciones de amor respondías que te alegraba la supresión de un miembro que no te impedía someterte a Dios y, de paso, asegurabas que las mujeres son un obstáculo para la vida intelectual y para la vida santa de los hombres. 

ABELARDO.- ¡Ay, Eloísa!, una vez crucificado -por no decir, emasculado- no me quedó sino esperar la resurrección de la carne.

  • Supe que te volviste muy piadoso.

ELOISA.- Lo cual terminé por comprender y aceptar: el peso de la edad y de los remordimientos suele encorvar hacia la devoción y la piedad religiosa. También te convertiste, amado mío, en ejemplo de humildad, después de haber sido un pozo sin fondo de vanidad.

  • A ese propósito, Maestro Abelardo, le cuento que desde que leí hace más de medio siglo el poema que usted le escribió a su hijo Astrolabio (Carmen ad Astrolabium), se me grabó en la memoria el verso “gracior est humilis meretrix quam casta superba” (una ramera humilde es más agraciada que una casta orgullosa).

ABELARDO.- Tal vez de manera inconsciente te sirvió como advertencia contra las asechanzas del vanidoso “yo”.

  • Pues se lo agradezco, aunque en esa materia no he sido un discípulo aventajado.

Inesperadamente, Eloísa me susurró al oído estas sabias palabras de Hecatón: “Te voy a dar un filtro de amor que no necesita drogas, ni yerbas, ni conjuros mágicos: Si quieres ser amado, ama”. Abelardo la miró con ternura, abrazó a su amada y ambos revivieron con gozo aquellos intensos instantes en que la alegría del amor los hizo sentirse justificados de existir.

Rodolfo Ramon de Roux

Julio, 2023

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El arte de conversar

Amablemente el amigo Montaigne regresó para consolarme del ridículo final de nuestro precedente encuentro. Esta vez aproveché para pedirle consejo sobre el arte de conversar, que maneja con tanta soltura y sobre el cual disertó en el capítulo 8 del libro III de sus famosos Ensayos.

Me parece que tus Ensayos son una extensa y franca conversación con tus lectores, a quienes -reflexionando sobre ti mismo- haces reflexionar sobre sí mismos.

Aprecio tu disposición a aceptar las ideas de los demás. No eres un terco, empecinado en sus opiniones.

– Nada detesto tanto como las afirmaciones categóricas. De ahí mi lema “Que sais-je?” (¿Qué sé yo?). Si quiero pensar libremente, debo respetar la libertad de pensamiento ajena. Y si quiero expresar libremente lo pensado, debo aceptar que los demás también puedan expresarlo libremente. 

No deja por ello de ser agobiante escuchar a los que no hablan para decir algo sino que dicen algo por hablar, esos tales me fatigan aunque no sean prolijos, pues hablar poco pero mal, ya es mucho hablar.

– ¡Paciencia! Hasta que estires la pata encontrarás gente de mente cerrada a la cual le encanta tener la boca abierta.

Me he topado con algunos que tal vez son inteligentes, pero asintomáticos.

– A otros los persigue la inteligencia, pero son más rápidos.

Con esos mejor no discutir: te llevan a su terreno y ahí te vencen, por experiencia.

– De todas maneras, si eres listo, hasta de los necios podrás aprender algo sobre la condición humana.

Hace poco te oí decir: “Ninguna proposición me asombra, ninguna creencia me ofende, por más opuesta que sea a la mía”. Eso es el culmen de la benevolencia y de la humildad intelectual.

– Es que “celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse. Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral, me complace que me reprendan. Y me acomodo a los acusadores, a menudo más por cortesía que por enmienda; me gusta gratificar y alentar la libertad de advertirme cediendo fácilmente” (III, 8). 

Te admiro. Es difícil respetar la verdad, sobre todo cuando la dice alguien antipático. Y es dificilísimo no sentir la contradicción como una humillación. A ti, en cambio, te gusta que te corrijan si te equivocas. 

– Trato, simplemente, de estar dispuesto a cambiar de opinión ante mejores razones de las que dispongo, así como de someter sin reservas mi propia opinión a la crítica ajena.

Por lo visto los juicios contradictorios ni te ofenden ni te alteran; tan sólo avivan tu seso.

– Me expongo gustosamente a la corrección cuando llega en forma de discusión, no de admonición. Lo que no soporto son los interlocutores arrogantes, seguros de sí mismos, intolerantes. En suma, no concibo la discusión como un combate en el que se trata de vencer. Te doy un consejo: no te empeñes en tener siempre la última palabra.

Me cae como anillo al dedo. Muchas veces me pillo tratando de convencer, lo cual es, a fin de cuentas, vencer. Escuchándote, comprendo que conversar implica superar el propio ego, en un encuentro sincero con nuestro interlocutor y consigo mismo.

– Probablemente no es mérito mío, sino asunto de carácter y de formación pero “me complace tanto que me juzguen y conozcan, que me resulta casi indiferente de cuál manera lo hacen. Mi imaginación se contradice y se condena tan a menudo, que me da igual que lo haga otro, habida cuenta, sobre todo, que no le concedo a su reprensión sino la autoridad que yo quiero. Pero rompo con aquel que se comporta con tanta arrogancia como alguno que conozco, que lamenta haber dado un consejo si no le hacen caso, y considera una injuria que alguien se resista a seguirlo” (III,8). 

Eres excepcional pues a casi nadie le gusta que le lleven la contraria y como eso los humilla, en vez de seguir dialogando se encierran en sus convicciones. Pero observo que no sólo le das la razón a tus interlocutores por urbanidad o para animarlos a  darte la réplica, sino también porque no estás muy seguro de ti mismo, porque tus opiniones son variables y tú mismo te contradices. 

– Así es. Me gusta la contradicción, pues soy consciente de que aun estando solo, me llevo yo mismo la contraria. Como te dije, lo que más detesto son las personas demasiado orgullosas que piensan tener siempre la razón. Eso es el culmen de la petulancia y la fatuidad. 

Que tu escepticismo no sea ajeno a la preocupación por la verdad lo expresan bien estas  palabras que hace poco me dijiste: “celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro”.

– Y te añado, aun a riesgo de ser redundante: “Cuando me contradicen, despiertan mi atención, no mi cólera; me acerco a aquél que me contradice, que me instruye. La causa de la verdad debería ser la causa común a uno y a otro” (III,8).

Aspiras, pues, a la verdad, pero no a la verdad del dogma. 

– Tú lo has dicho. No pretendo poseer la verdad definitiva sobre nada, sencillamente hago un movimiento hacia la verdad.

Tu actitud me recuerda a Francisco Sánchez, médico escéptico que vivió en Toulouse y que fue contemporáneo tuyo. En su libro Quod nihil scitur (Que nada se sabe) -publicado en 1580- escribe lo siguiente: “no te prometo absolutamente la Verdad, pues la ignoro como todo lo demás; pero en la medida en que pueda he de perseguirla. Tú mismo la perseguirás, […] mas no esperes atraparla nunca, ni poseerla a sabiendas; bástete lo mismo que a mí: acosarla”.

– Suscribo esas palabras de Sánchez. En alguna oportunidad he rememorado con él mi estadía en Toulouse, donde estudié Derecho cuando tenía trece años.

¡Cómo rendía el tiempo de estudio cuando no había televisión, ni video juegos!

– En aquella época, Sánchez tuvo la oportunidad de conversar con Giordano Bruno, quien vivió en Toulouse entre 1579 y 1581. Con Bruno y Sánchez, a veces cantamos tangos con Carlos Gardel.

¿Es cierto que nació en Toulouse?

Qué se yo. Lo cierto es que sigue cantando como un zorzal: “es un soplo la vida”.

…y las nieves del tiempo blanquearon mi sien.

Por eso no te doy un “adiós” sino un “hasta muy pronto”.

Antes de esfumarte quiero decirte que ojalá te leyera la legión de líderes iluminados e infalibles que, enamorados del sonido de su propio nombre e infatuados con sus incuestionables pensamientos, son incapaces de escuchar y corren a su perdición, no sin antes haber causado muchas desgracias.

Me parece que tus Ensayos son una extensa y franca conversación con tus lectores, a quienes -reflexionando sobre ti mismo- haces reflexionar sobre sí mismos.

Rodolfo Ramon de Roux

Marzo, 2023

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