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Maestro es quien acompaña al aprendiz, le enseña, lo guía, le corrige y le sirve de modelo y ejemplo

Me resulta muy difícil escoger a una sola persona como el maestro o maestra que más influyó en mi formación. Lo que sé y lo que soy es resultado de múltiples aprendizajes y de muchas influencias. Así como el saber científico es producto de los aportes de miles y miles de seres humanos que, a lo largo de la historia, han buscado respuestas inteligentes y probadas a los problemas que encuentran en sí mismos, en la naturaleza y en el universo, yo soy resultado de la riqueza de muchos seres humanos que me han acompañado en mi desarrollo y crecimiento. De todos modos, debí escoger a un formador: Fernando Londoño Bernal S. J.

Salimos en bus para el noviciado de Santa Rosa Viterbo el 25 de noviembre de 1963 desde el patio del Colegio de San Bartolomé La Merced. Llegamos al imponente edificio santarrosuno con nuestras maletas y con la alegría de ver a nuestros antiguos compañeros del Mortiño y, en mi caso, a mi hermano Daniel, quien ya tenía un año de noviciado. Con el encuentro, pude suavizar un poco la tristeza que me causó despedirme de mis padres y otros hermanos.

Nunca se me pasó por la cabeza pensar en estaría once años en la Compañía de Jesús y que serían para mí los definitivos en mi formación humana, espiritual, académica y profesional, con la que he enfrentado hasta hoy los retos que me ha puesto la vida, con todos los altibajos, pero siempre exitosamente. 

Desde el primer momento me impresionaron el porte y talante de Fernando. Nos saludó en Santa Rosa ‒donde pasé cinco años‒ mirándonos fijamente a los ojos y con un apretón de manos que me dio a entender que él marcaría el rumbo y el camino por donde transitaria mi vida durante once años. 

Era un magnífico orador, deportista, de finos modales y dueño de un gran sentido artístico, cantor y director del coro. Su ejemplo de vida espiritual, su ascetismo y cercanía con el Señor, con María, con la espiritualidad ignaciana, me marcaron para siempre. Cuando murió, hace ya algunos años, escribí para su primo hermano y mi amigo, Germán Bernal Londoño, estas palabras que resumen su impacto en mi vida.

“En el noviciado y en el juniorado fui formado por Fernando en la sencillez, en la generosidad auténtica, en la austeridad que nos libera de amarras y ataduras. En las tardes dominicales, mientras compartíamos un agua de panela o una taza de chocolate, junto a la gruta de la Virgen, abrigados con nuestras ruanas boyacenses, nos transmitió su elocuente sentido de la belleza, de la armonía, de la búsqueda incansable de las cumbres más altas. Nos cuajó en la armonía coral como expresión de la más profunda armonía espiritual y de la paz que la acompaña. Nos mostró cómo Jesucristo es el conductor de la historia humana y personal.

En los Ejercicios Espirituales nos abrió al encuentro amoroso con el Señor resucitado, con su vida y su mensaje. Nos transformó la vida. Nos hizo amar a la joven de Nazaret que cuidó a Dios hecho hombre en el pesebre, que lo acompañó hasta la cruz y lo vivió grandioso en la gloria de la Resurrección. Desde su profunda experiencia espiritual nos mostró a un Ignacio de Loyola transformado por Cristo, de soldado desgarrado y vano, a un místico líder, compenetrado con Jesús y hecho hermano de sus compañeros y de los seres humanos más necesitados. Por eso seguimos unidos, como Javier y los primeros compañeros, que se juraron fidelidad en París y fundaron la Compañía de Jesús. 

Contemplando el cielo estrellado en las noches de Santa Rosa nos hizo hermanos inseparables y nos dijo que el amor del Señor trasciende el tiempo y la distancia. Solo en el servicio a los demás se encuentra la verdadera dicha. Jugamos, cantamos, oramos, nos reímos, estudiamos a fondo y nos formamos como seres de carácter y de nobleza. El canto y la música nos fundieron y nos purificaron. La alegría, don de Dios, nos plenifica y fortalece para las duras jornadas de este camino. 

El horizonte hay que verlo y buscarlo “de tejas para arriba”, en la estrella de la tarde y en el sol de la mañana. Hoy, al despedirlo y, mientras nos volvemos a encontrar, le doy gracias por darnos a entender que la fe hay que vivirla sin complicaciones, sin teorías, con la sencillez de un campesino que aprendió a ver a Dios en todas las cosas. Que hay que demostrarla en obras, más que en palabras. Solo el amor, infinito e inagotable, convertido en servicio desinteresado a los hermanos más necesitados, en pura fraternidad, es la muestra viviente de que Jesús ha resucitado y de que, en Él, viviremos para siempre”.

A Fernando lo tuve en mi casa, cantando con nosotros, los amigos de toda la vida, junto con Enrique Gaitán y otros compañeros, hasta la madrugada cuando el sueño y el cansancio de tanto amor lo vencieron. Lo llevamos a Chapinero y le dimos las gracias por haber sido guía y ejemplo en nuestra vida. Pude visitarlo con mi esposa en su retiro de anciano nonagenario y enfermo en Medellín, cuando canté con él algunas de las canciones que él aún recordaba y que le conmovieron hasta el alma. 

Gracias, Fernando. Ya llegaste al paraíso. Espéranos, que pronto volveremos a cantar contigo.

Bernardo Nieto Sotomayor

Mayo, 2022

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