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Anoche soñé que una voz me decía: no escribas en Facebook tantas bobadas, dedícate de hablar de Dios en estos últimos años de tu vida. Y ese mensaje me puso ante un dilema difícil de resolver.

Con eso de ‘Dios’, tengo muchos interrogantes. Talvez no haya otra palabra bajo cuya invocación los pueblos y sus distintas religiones hayan cometido más abundantes y peores crímenes y traiciones en toda la historia de la humanidad. Sin embargo, dejemos mis reparos a la mera palabra. Me imagino que la voz de anoche estaría pensando más precisamente, no se si en Cristo, en Mahoma o en el Budismo Zen, para no hablar de las complejas divinidades hindúes. Aunque me inclino a creer que me hablaba de Cristo. Y es ahí donde le nace la pata al cojo…

Todo parece indicar que sí, que en la pequeña población judía de Nazareth habría nacido de familia humilde un varón llamado Jesús. Ya en su edad adulta, ese Jesús se mostró como un hombre de gran carisma, recio, de fuerte personalidad y de palabra inspirada y poderosa, que, desde su pobre comarca de Galilea (donde no faltaban algunos ricos migrantes griegos), denunció sin miramiento alguno las innumerables injusticias de sus propias autoridades religiosas que residían en la orgullosa y lejana capital, Jerusalén, y sometían a los pobres bajo el poder de los más afortunados buscando ganar junto a ellos influencia, poder y dinero. Finalmente, Jesús les resultó incómodo e intolerable, y lo hicieron matar. La eterna historia. La conocemos.

Años después, al judío Pablo de Tarso, implacable perseguidor de cristianos, una luz y una voz lo tumbaron del caballo en el que andaba dejando una estela de ‘falsos positivos’, y quien -con una voltereta a lo Roy Barreras-, pasó a exaltar a Jesús a la condición de Cristo, es decir, de ‘Ungido’, de piedra angular de una nueva religión, el cristianismo. No me atrevo a juzgar la experiencia de Pablo. En todo caso, a ese Jesús de la historia sí lo miro con profunda admiración y respeto.

Debo confesar también que, a pesar de todos sus crímenes, prefiero al cristianismo sobre las demás religiones, en especial sobre el Islam, no así ante el Budismo zen, con el que encuentro sorprendentes convergencias. Pero no discutamos sobre religiones, porque aun los ateos tienen la suya. Los únicos que quizás no la tienen son los indiferentes, si no es que lo son por mera pose. Lo que sí rechazo sin vacilación alguna es el papel asumido a lo largo de 20 siglos por la Iglesia católica romana y en especial por el Vaticano con toda su corte de cardenales, arzobispos y obispos regados por el mundo. Me parece que no hay nada más opuesto al testimonio de la vida y muerte de Jesús, que esa larguísima pasarela histórica del poder religioso.

Reconozco que el Papa Francisco viene haciendo enormes esfuerzos por lograr que la Iglesia católica vuelva a su fuente de inspiración, la vida, palabra y obra de Jesús de Nazareth. Latinoamericano tenía que ser para atreverse a tanto con frescura. De hecho, gracias a Francisco, en Colombia la mayor parte de los curas de pueblo y algunos obispos urbanos están cumpliendo una valiosa labor en defensa de los pobres y de la paz. Para los humillados y desvalidos son hoy quizá el más fuerte punto de apoyo en este país. Quienes no lo crean, recorran los pueblos del Chocó, Putumayo, Cauca y Valle, entre muchos otros.

Como sé que a muchos, todo este cuento de Jesús, cristianismo e Iglesia les sabe a cacho y les importa un huevo, no sobra quizás recordarles que del encuentro del imperio romano con el cristianismo surgió toda la cultura occidental y su idea tan preciada de libertad y democracia, gracias a la cual hoy cada uno cree en lo que da la gana o no cree en nada. Esa cultura nació de la ‘secularización’ de la fe cristiana, de su aterrizaje en el mundo. Aunque tampoco ignoro que quizás los días de la libertad occidental estén contados y que talvez sea la comunidad de los cristianos que sobrevivan, la única fuerza que tenga la paciencia, la esperanza y el coraje de recuperar algún día el espíritu de libertad.
Pero más que en Jesús y ‘su’ Iglesia -que me producen reacciones encontradas y más bien negativas-, me acojo a esa poderosa corriente de energía, que produce a borbotes todo el inconmensurable universo y que también -en un ínfimo recodo de ese espacio interestelar-, lanza a rodar este pequeñísimo planeta de esplendorosa belleza e incontables horrores, con sus mares, ríos, plantas, toda suerte animales nobles y buenos o feroces, y sobre todo con esta especie humana tan contradictoria, tan pronto amorosa como asesina y depredadora, que no vacila en seguir destruyendo a velocidad de crucero su pequeña y frágil vivienda planetaria. Una especie llena de mentira y engaño, que no ama la verdad. Basta escuchar las entrevistas a personajes opuestos sobre un mismo episodio controversial, para asombrarse de la seriedad y seguridad con la cual cada uno afirma lo contrario del otro. Uno se queda en babia o juzga según sus propias inclinaciones políticas. ¿Muy pesimista? Quizás. Y no me extiendo más para no seguirlos cansando.

En fin, dudo mucho que este texto haya satisfecho a la voz que me hablaba en sueños, igual que a usted, estimado lector, pero qué le vamos a hacer! C’est la vie! Au revoir!

Luis Alberto Restrepo

Abril, 2022

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