Home Tags Posts tagged with "cristianismo"
Tag:

cristianismo

person, human, pleasure-835453.jpg
Download PDF

El cristianismo ‒que en su versión católica va a imponerse en Europa como cultura hegemónica durante mil años‒ supuso una ruptura con la antigua sabiduría grecorromana e hizo una nueva propuesta sobre lo que es “aprender a vivir” una “vita bona”. Una nueva propuesta de lo que es aprender a vivir y a realizar su vida va a ir tomando fuerza progresivamente a partir de la segunda mitad del siglo XV.

A partir de la segunda mitad del siglo XV comienza lo que convencionalmente se ha dado en llamar en Occidente la Edad Moderna, caracterizada por grandes acontecimientos como fueron la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, la invención de la imprenta moderna, el “descubrimiento” (1492) y conquista de América y la crisis de la Iglesia católica con la Reforma protestante impulsada por Lutero.

Los europeos de finales del siglo XV y de todo el siglo XVI van a ser testigos y actores de múltiples transformaciones. Después de un siglo de mortandad debido a la peste negra y a la Guerra de los Cien Años (1337-1453), la población vuelve a crecer. Tras un largo periodo de crisis, la producción agrícola se incrementa. El comercio y la artesanía prosperan. Los metales preciosos que llegan de Asia, África y América enriquecen a reyes, banqueros y comerciantes. El mapa de Europa ya no se ve dividido en innumerables feudos, sino que muestra la existencia de “Estados modernos”, gobernados por reyes con soberanía absoluta. Aunque persisten numerosos aspectos señoriales típicos de la Edad Media, el feudalismo entra en decadencia y va asentándose progresivamente la burguesía con sus intereses, comportamientos y valores ‒entre otros la emancipación de la tutela político-religiosa ejercida por la Iglesia católica‒.

1. El humanismo del Renacimiento

En el campo de los cambios culturales, que es lo que aquí nos interesa, la Modernidad constituye un progresivo rompimiento con las tradiciones teológico-filosóficas medievales, una exaltación de las potencialidades de la naturaleza humana, un abandono de la creencia de que todo puede ser explicado mediante la religión, una búsqueda de explicaciones científicas de los fenómenos naturales y una revalorización, como maestros de vida, de los clásicos griegos y latinos, cuyas obras se redescubren y estudian, es decir, que se les da una segunda vida, por lo cual se denomina esta etapa cultural el Renacimientoy a sus intelectuales se les llama humanistas, porque centran su interés no en Dios, sino en el hombre, considerado como medida y centro de todas las cosas. Ese paso del teocentrismo al antropocentrismo es el rasgo principal del humanismo de la Modernidad.

Esta visión del hombre como artífice de sí mismo y centro del universo está magníficamente expuesta en el Discurso sobre la dignidad del hombre, una especie de Manifiesto humanista, escrito en latín en 1486 por Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494). Al inicio de su Discurso, Pico pone en boca de Dios la declaración siguiente (las negrillas son mías):

¡Oh Adán!, no te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de este modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrioentre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismoTe coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultorremates tu propia forma”.

Añade Pico: “No hay nada más admirable en el mundo que el ser humano”. Esta visión optimista se deja ver en la alegría y la vitalidad que reflejan muchísimas obras de arte del Renacimiento con su exposición osada del desnudo, tanto masculino como femenino, incluidas las figuras religiosas. Baste recordar los atléticos desnudos que cubren la bóveda de la Capilla Sixtina, incluido un imponente Cristo resucitado que tiene el aspecto de un fisioculturista. No sobra decir que tantos desnudos también escandalizaron a muchos devotos cristianos, de manera que después de la muerte de Miguel Ángel, el papa Pío V le pidió al pintor Daniele da Volterra que cubriera los genitales del Juicio Final, lo que le valió el apodo de Il Braghettone.

La vitalidad del humanismo es también una vitalidad de la curiosidad abierta a todo tipo de conocimientos. El personaje que la ha encarnado de la mejor manera es Leonardo da Vinci (1452-1519), figura prototípica del «hombre del Renacimiento», ese “hombre universal” ávido de cultura general, que se encuentra en las antípodas del actual ideal del hombre superespecializado (aquel que sabe cada vez más sobre menos y menos hasta que lo sabe todo sobre casi nada).

Considerando que el hombre está en posesión de capacidades intelectuales

potencialmente ilimitadas, los humanistas consideran la búsqueda del saber y el dominio de

diversas disciplinas como condición necesaria para el buen uso de nuestras capacidades

intelectuales. Hacen así suya la antigua máxima latina: “soy humano y nada de lo humano

me es ajeno”.

La convicción de que nada de lo humano le es ajeno le da a Pico della Mirandola la osadía de escribir en 1486 la obra que titula De todas las cosas que se pueden saber, y de algunas otrasEs precisamente la osadía intelectual una de las características de este humanismo que producirá gente de la talla del inglés Tomás Moro (1478-1535), el holandés Erasmo de Rotterdam (1466-1536), el español Juan Luis Vives (1492-1540) o el francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien se atreve a hacer de él mismo la materia de sus Ensayos1 y a divagar en ellos libremente sobre temas tan diversos como la muerte, la enfermedad, la amistad, la soledad, la guerra, el derecho, la filosofía, la moral, la religión, la educación.

La educación es un asunto que va a preocupar especialmente a los humanistas. Para ellos una buena educación es indispensable para «aprender a vivir» y, como dice Pico, para ser capaces de esculpirnos como hábiles escultores, haciendo de nosotros mismos una obra de arte. Estiman los humanistas que la educación es el mejor medio para volvernos más

independientes, más dignos y más humanos, gracias al desarrollo de nuestros conocimientos y de nuestro espíritu crítico. El humanismo ofrece así la particularidad de reflexionar sobre la realización del hombre en términos de cultura: educación y saber deberían hacer al humano más humano. Según los humanistas la cualidad de ser humano no es sinouna virtualidad cuando nacemos. Y esa cualidad cada quien debe realizarla (es decir, literalmente, “hacerla real”) gracias al esfuerzo personal y al estudio. Por eso Erasmo, a quien en su tiempo llamaron “príncipe de los humanistas”, afirma con fuerza en su tratado Sobre la educación de los niños (1528):

Los árboles nacen árboles, aun aquellos que no dan frutos o que los dan salvajes; los caballos nacen caballos, aunque sean inutilizables; pero los hombres, créeme, no nacen, se hacen, moldeándose”.

No nacemos hombres, llegamos a serlo, moldeándonos. Esta máxima resume la esencia del ideal humanista como construcción de sí. El hombre se diferencia de las demás criaturasporque es un ser de cultura. Es bien probable que Simone de Beauvoir se haya inspirado en esta máxima del humanismo cuando escribió cuatrocientos años después su famosa frase “No se nace mujer, se llega a serlo”, eslogan adoptado por los movimientos feministas.2

2. El humanismo de la Ilustración

Más allá de ese periodo preciso del Renacimiento, el humanismo de la Modernidad va

a conocer en el siglo XVIII un nuevo desarrollo con el movimiento cultural de la Ilustración, al que también se le llama en España, Las Luces (en Francia, Les Lumières y en Inglaterra, The Enlightment). Y se autodenominará precisamente Las Luces por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor mediante las luces del conocimiento y la razón.

¿Cuál es el ideal del humanista ilustrado? ¿Cuál sería la divisa que lo guía en su “aprender a vivir”? La respuesta breve y lapidaria nos la ofrece Immanuel Kant (1724-1804) en un breve escrito titulado Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? (1784):

La Ilustración significa la salida del hombre de su condición de menor de edad de la que él mismo es culpable. La minoría de edad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra personaEsta minoría de edad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. ¡Sapere aude! “Ten el valor de usar tu propio entendimiento”. He aquí la divisa de la Ilustración.

La pereza y la cobardía son las causas por las cuales una gran parte de los hombres permanece con gusto en minoría de edad a lo largo de la vida, no obstante que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de la tutela ajena; y por eso es tan fácil que otros se erijan en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia, un médico que dictamina acerca de mi dieta, y así sucesivamente, entonces no tengo necesidad de esforzarme (las negrillas son mías).

“¡Atrévete a saber! Atrévete a usar la propia razón sin la guía de otra persona”. Es decir, actúa de manera autónoma, alcanza así tu mayoría de edad y emancípate de tradiciones y doctrinas heredadas de manera acrítica. Es fácil darse cuenta de que los ilustrados, con este sapere aude, se están oponiendo al credere aude, o sea, al mensaje cristiano del atrévete a creer, atrévete a confiar en Cristo, que es “el camino, la verdad y la vida”, como proclama el Evangelio de san Juan (14, 6). Por el contrario, la Ilustración, en frase de uno de sus más importantes representantes, el francés D’Alembert,

lo discutió, analizó y agitó todo, desde las ciencias profanas a los fundamentos de la revelación, desde la metafísica a las materias del gusto, desde la música hasta la moral, desde las disputas escolásticas de los teólogos hasta los objetos del comercio, desde los derechos de los príncipes a los de los pueblos, desde la ley natural hasta las leyes arbitrarias de las naciones, en una palabra, desde las cuestiones que más nos atañen a las que nos interesan más débilmente.3

Los medios de que se valió el movimiento de la Ilustración para su difusión fueron múltiples, entre otros, las sociedades secretas, como la masonería; las sociedades de pensamiento específicas de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, como las Sociedades Económicas de Amigos del País4; las academias y los salones literarios, científicos y filosóficos ya existentes antes de la Ilustración, pero que fueron potenciados por pensadores ilustrados (“salones” regidos, en muchas ocasiones, por mujeres de letras).

Otros vehículos de enorme importancia en la difusión de los ideales de la Ilustración fueron la prensa periódica y la internacionalización de las ediciones. Pensemos, por ejemplo, en la Enciclopedia, publicada entre 1751 y 1766 en 38 volúmenes. Fue la primera obra de ese género que se hizo tan popular, como lo es ahora esa enciclopedia universal llamada Wikipedia. Por otra parte, la independencia económica del profesional de las letras, antes sujeto al mecenazgo, dio mayor autonomía a su pensamiento.

La Ilustración fue un movimiento cultural predominantemente europeo, pero no exclusivamente, pues al cruzar el Atlántico dio un paso decisivo en su expansión geográfica. Las nuevas ideas ilustradas despertaron la vida intelectual americana y estimularon el sentimiento revolucionario que desembocó en las independencias de las colonias europeas en América.

No olvidemos que los ideales principales de la masonería – tan cercana a la Ilustración se resumen en el eslogan “libertad, igualdad, fraternidad” que va a ser fuente de inspiración para los “padres fundadores” de Estados Unidos en 1776.5 Esos ideales de libertad, igualdad y fraternidad también animaron a los líderes de la Revolución Francesa de 1789, entre otros a Condorcet, Mirabeau, Saint-Just, Camille Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre.

Aunque existieron diversas tendencias entre los ilustrados (que, a veces, dieron lugar entre ellos a largas polémicas y a enemistades duraderas, como la de Diderot y Rousseau), todos reconocieron una línea maestra común que los hizo solidarios en su lucha. Consistió en la confianza en la Razón, convertida en un seguro instrumento de búsqueda. Se trata de una libido del saber que, para los ilustrados, era promesa de progreso científico y social, lo mismo que promesa de libertad y de autonomía del individuo. Por el contrario, para el ideal de vida cristiana ‒ideal en el que prima la fe sobre la razón‒, esta libido del saber era reprobable. Basta ver cómo la critica un importante “Doctor de la Iglesia”, san Pedro Damián, en su escrito elocuentemente titulado Sobre la santa simplicidad que debe anteponerse a la ciencia que infla.

Con el arma de la razón los ilustrados buscan luchar contra la superstición, contra las formas religiosas tradicionales y reveladas, contra el argumento de autoridad y contra las estructuras políticas y sociales anquilosadas, intentando eliminar cualquier elemento de misterio, extrañeza o milagro; es, por lo tanto, una ideología antropocéntrica, llena de optimismo frente al futuro, porque cree en el progreso conseguido a través de la razón, en la posibilidad de instaurar la felicidad en la Tierra y de mejorar la condición humana.

Como toda moneda tiene dos caras, veremos en el siguiente artículo que la exaltación humanista del antropocentrismo, de la razón, de la autonomía del individuo y de la ideología del progreso indefinido van a terminar siendo sometidas a duras críticas. Los adversarios del humanismo ilustrado (entre los cuales se encuentran las Iglesias cristianas) no han cesado de subrayar su parte oscura, o por lo menos, sus enceguecimientos. Desde hace dos siglos la razón ha mostrado suficientemente sus límites, pues puede ser puesta al servicio de la emancipación, pero también de la explotación humana. El liberalismo económico ‒promovido por los ilustrados‒ no ha traído siempre paz y prosperidad, pues ha alimentado igualmente la violencia y el imperialismo. Los adelantos científicos han permitido una industrialización masiva, de la que pagamos actualmente las consecuencias ecológicas.

Ya está bien cuestionada la ideología del progreso indefinido que, supuestamente, nos iba a liberar de todos los males. Se ha visto suficientemente que el progreso no tiene solo una cara amable (con nuestros impresionantes adelantos científicos y tecnológicos podemos destruir este planeta), y que su cara amable no es tan amable para todos, pues también progresan las desigualdades y los conflictos de intereses en la repartición de las riquezas, tanto entre naciones como entre grupos dentro de una misma nación.

Se ha cuestionado en igual forma el universalismo de los ideales de la llustración, acusándola de que su empeño en imponer la “civilización” y llevar las “luces” y el “progreso” a quienes supuestamente estaban en la oscuridad y el atraso sirvió para encubrir los intereses concretos del colonialismo europeo y, en fechas más recientes, los intereses del imperialismo estadounidense que considera como una misión divina llevarle al mundo la democracia, así sea con bombas.

En relación con las épocas anteriores se han ampliado enormemente nuestros conocimientos sobre el cosmos, sobre la naturaleza de la que formamos parte y sobre nosotros mismos. No es, pues, una sorpresa que vivamos momentos de rupturas e incertidumbres, pero son esos los momentos propicios para las grandes cosas. Como decían los estoicos, los obstáculos son el camino para dar lo mejor de nosotros mismos. En palabras menos elegantes, pero más punzantes, lo dijo Orson Welles: “Italia, durante treinta años, bajo los Borgia, tuvo guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre…, pero produjo a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjo? ¡El reloj de cucú!”. 6

_____________________________

1 «Yo mismo soy la materia de mi libro», dice Montaigne.

2 “On ne naît pas femme, on le devient”, en S. de Beauvoir, Le deuxième sexe.

Tomo la cita de https://laflordelavidadotnet.wordpress.com/2012/05/15/la-ilustracion/

4 Surgieron en España, Irlanda y Suiza, lo mismo que en Estados Unidos, México, Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile.

     5 Al menos 18 de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos eran masones conocidos, como George Washington,Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams. https://elcomercio.pe/mundo/eeuu/eeuu-4-de-julio-como-influyeron-los-masones-en-la-independencia-de-estados-unidos-estados-unidos-usa-noticia/?ref=ecr

Orson Welles, como Harry Limes, en la película El tercer hombre.

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2021

10 Comentarios
0 Linkedin
savior, religion, icon
Download PDF

No voy a explicar el largo y complejo proceso por medio del cual Jesús de Nazaret se vuelve Dios; el imperio romano se vuelve cristiano; el cristianismo se vuelve católico y la Iglesia católica se vuelve hegemónica durante mil años de historia europea, entre los siglos V y XV.

Ciñéndome al tema “Aprender a vivir”, quiero señalar simplemente cuál ha sido el meollo de la propuesta cristiana sobre el sentido de la existencia y sobre lo que implica vivir una “vita bona”, un “bien vivir”, una “vida realizada”. En pocas palabras, trataré de mostrar en qué consistió la novedad cristiana que irrumpió cuando el estoicismo era la principal doctrina de las élites culturales y administrativas del Imperio romano.1

La doctrina estoica nos promete la eternidad, pero como fragmentos inconscientes del cosmos. Para ella, la muerte es un paso que nos lleva de un estado personal y consciente a un estado de fusión con el cosmos, estado en el que perdemos nuestra individualidad consciente. El estoicismo ‒lo mismo que el epicureísmo‒ intenta desembarazarnos de nuestros miedos vinculados a la idea de la muerte, pero al precio de un eclipse del yo que muchas personas no están dispuestas a aceptar. ¿A quién no le gustaría reencontrarse después de muerto con sus seres queridos? En este punto el cristianismo no solo promete una inmortalidad personal, sino que también convierte al Destino anónimo y ciego (la Ananké, el Fatum) en Providencia divina, es decir, en una atención personalizada y benevolente comparable a la de un padre hacia sus hijos. Ante tan atractiva oferta de salvación las filosofías de la Antigüedad batieron en retirada y el cristianismo pasó a dominar el pensamiento del mundo occidental durante más de quince siglos, ayudado por los poderes terrenales que hicieron de él la religión oficial del Imperio romano a partir del año 380 de nuestra era. Pero ¿en qué consistió la novedad de la “buena noticia” (evangelio) cristiana?

Señalo a continuación siete puntos capitales:

1. El Logos, que se confundía en el caso de los estoicos con la estructura impersonal, armónica y divina del Cosmos como un todo, pasa a identificarse entre los cristianos con una persona concreta: Cristo. Para los estoicos, el Logos significaba la ordenación “lógica” del mundo. Por eso el Universo es Cosmos (“orden”), orden del que somos una minúscula parte. Escuchemos a Marco Aurelio meditando sobre el asunto:

Si es bueno para ti, oh Universo, es bueno para mí. Tu armonía es mía. El momento que elijas [para que las cosas sucedan] es el momento adecuado. Ni tarde ni temprano. Es fruto para mí todo lo que producen tus estaciones, oh Naturaleza. De ti procede todo, en ti reside todo, todo vuelve a ti (Meditaciones IV, 23).

Con el cristianismo estamos muy distantes de esta concepción de divinidad impersonal e inmanente a la Naturaleza. El cristianismo hereda del judaísmo la concepción de un Dios personal y creador del Universo. Ese Dios creador, exterior al Universo (pues no se confunde con él) y señor del mismo, es el Pantocrátor, o sea, el Todopoderoso. Ese Todopoderoso nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos ha puesto en el mundo no como minúscula parte del mismo, sino como sus señores, para dominarlo y explotarlo. Así está dictaminado en el mismo comienzo del libro del Génesis, el primero de la Biblia:

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra (Génesis, 1, 27-28).

A esa herencia judía, el cristianismo añade algo más: no solo identifica el Logos con el Dios creador del Universo, sino que también proclama que el Logos eterno e inmaterial se ha encarnado en la persona de Jesús de Nazaret. Lo dice el comienzo del Evangelio de san Juan:

En el principio la Palabra [el Logos] existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. (…) Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 1-3, 14).

Tengamos en cuenta que el término Logos, tomado directamente de los estoicos, se traduce por «Palabra». Para los pensadores griegos en general, y para los estoicos en concreto, no tiene sentido alguno la idea de que el Logos pudiera designar otra cosa que no fuera la organización racional, bella y buena del conjunto del universo. Desde su punto de vista, es puro delirio pretender que un hombre (Cristo) es el Logos encarnado. Igualmente les parecía absurdo que unas simples personas dijeran ser testigos de esa encarnación del Logos (“Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria”).

2. En el cristianismo la fe ocupará el lugar de la razón, incluso llegará a alzarse contra ella. Para los pensadores grecorromanos el acceso a la verdad de lo que somos y de cómo hemos de vivir pasa ante todo por el ejercicio de una razón humana capaz de aprehender la naturaleza de ese Todo cósmico del que formamos parte. En el cristianismo el elemento fundamental para acceder a la verdad de lo que somos y de cómo hemos de vivir ya no será la inteligencia, sino la confianza depositada en la palabra del Hombre Dios, Jesucristo, el Logos encarnado, en cuya boca se pone la afirmación: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 16).

Y en Jesucristo se va a creer porque hay testigos de sus milagros y de su resurrección: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15, 14). De ahí la importancia, no del propio raciocinio sino del testimonio de otros, como lo expresa en el Nuevo Testamento la primera epístola de san Juan:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida ‒pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto, y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos mostró‒, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros (1 Juan 1, 1-2).

No se trata de argumentar a favor o en contra de la existencia de un Dios que se habría hecho hombre, puesto que una argumentación racional al respecto sería imposible. Se trata de dar testimonio y de creer, de decir que uno ha visto a Cristo, la “Palabra encarnada”, que uno lo ha «palpado» y oído, y que ese testimonio es digno de fe. Y porque no es cuestión de inteligencia y de razonamiento, “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 3).

3. Tenemos así otra novedad del mensaje cristiano: lo necesario para practicarlo no es el entendimiento propio de los sabios, sino la humildad de las gentes simples. Es lo que proclama Pablo de Tarso en su primera epístola a los Corintios:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el intelectual de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación. Así, mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es (1 Corintios 1, 20-28) [Las negrillas son mías].                

Con estas palabras, Pablo evoca además la imagen, inusitada para la época, de un Dios que ya no es grandioso: no es colérico, ni aterrador, ni omnipotente, como lo era el del Antiguo Testamento, sino débil y misericordioso hasta el punto de dejarse crucificar, lo que, desde el punto de vista del judaísmo de la época, bastaría para demostrar que realmente no había en Él nada de divino. Pero tampoco es un Dios sublime y cósmico, como la divinidad panteísta griega. Y serán precisamente este escándalo y esta locura las que le harán fuerte. Será esa “humildad de Dios”, que él también exige de sus creyentes, la que le convertirá en el portavoz de todos los débiles, los pequeños, los humillados y ofendidos.

Nos encontramos, pues, en el cristianismo con una doble humildad: la de un Dios que acepta «rebajarse» hasta el punto de convertirse en un hombre; y la humildad del creyente que renuncia al uso de la razón para depositar toda su confianza en la Palabra de Jesús y darle así sitio a la fe.2 Es este el tema de la kénosis en la teología cristiana, término griego que significa vaciamiento, despojamiento. Escribe san Pablo en su Epístola a los filipenses que Cristo, siendo Dios, “se vació de sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2, 6-7). De la misma manera el cristiano debe vaciarse de sí mismo para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad de Dios. A la kénosis de Cristo corresponde la kénosis del cristiano.

Debido a la primacía de la humildad y de la fe sobre la razón, en el cristianismo la filosofía deja de ser una sabiduría de vida, una disciplina de vida ‒como lo había sido en la Antigüedad grecorromana‒, y se convierte en «sirvienta de la teología»como una ayuda para la interpretación de las Sagradas Escrituras y de los misterios de la fe.3

4. A la idea, compartida con los estoicos de que la humanidad es esencialmente una (por eso, los estoicos se consideraban cosmopolitas), el cristianismo añadirá que todos los hombres son iguales en dignidad (por ser todos hijos de Dios, y que Jesús ha venido a redimir a toda la humanidad). Se trata de una idea ‒inaudita para su época‒ que nuestro universo democrático heredará en su totalidad. Más aún, subrayará el cristianismo que todos debemos amarnos como hermanos, hijos de un mismo Padre celestial. El cristianismo se constituye así en la primera moral universal basada en el amor. Como enseña Jesús, en ese ajuste de cuentas definitivo que es el Juicio final, seremos juzgados por nuestro amor concreto a los demás:

Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí (Mateo 25, 34-40).

Este tema del valor salvífico de nuestras obras va a ser objeto de mucho debate desde los primeros tiempos del cristianismo en lo que concierne a la relación entre la fe y las obras. Sostienen algunos que solo nos salva la fe en Cristo. Para otros, aunque la fe sea lo primordial, no se excluye el valor de las buenas obras “porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2, 26). Por supuesto que, aun quienes insisten en el valor de las buenas obras, subrayan que para poder hacerlas necesitamos la ayuda de la gracia de Dios, dada nuestra “naturaleza caída” y las tentaciones a las que nos somete el Demonio.4 Este tremendo personaje ‒al que Jesús también llama Diablo, Satanás, Beelzebú, “príncipe de la mentira”, “príncipe de los demonios”‒ tienta al mismo Jesús (Mateo 4, 1-11) quien, a su vez, cuenta entre sus milagros la curación de endemoniados (Mateo 8, 28-34; Lucas 8, 26-39). Y es que este “príncipe de los demonios” está a la cabeza de una legión de ángeles malos que hacen de nuestra existencia un campo de batalla entre el Bien y el Mal.

Sí, Jesucristo con su pasión y muerte nos ha redimido del “pecado original”. Pero el Demonio continúa tentándonos para que pequemos y nos condenemos. De ahí que el mensaje cristiano insista también en la “gracia divina” que Dios nos otorga de manera suficiente para resistir a las tentaciones; en el “libre albedrío”, por el cual nos hacemos merecedores del premio o del castigo divino; en el sentimiento de culpa por haber “ofendido a Dios” con nuestros pecados, sabiendo que lo ofendemos hasta con nuestros “malos pensamientos”, pues “el ojo de Dios todo lo ve”, aun lo más íntimo de nuestra intimidad ya que, como dice san Agustín en sus Confesiones con una frase que se ha vuelto célebre: Dios es “más interior que lo más íntimo de mí mismo”.5

Este sentimiento de culpa por haber “ofendido a Dios” debería llevar a arrepentirnos, enmendarnos y así podernos salvar. Y si, para arrepentirnos, no nos basta el amor a Dios, que nos mueva entonces el temor a la condenación eterna.

5. Esta creencia en una eternidad feliz o desgraciada, con resurrección de los cuerpos incluida, constituye otra de las novedades del mensaje cristiano. Para el cristianismo lo que en verdad cuenta en última instancia no es el “aquí y ahora” sino el “después y más allá”. En este mundo estamos simplemente de paso, como se canta hasta el día de hoy en las celebraciones litúrgicas: “somos los peregrinos que vamos hacia el Cielo, la fe nos ilumina, nuestro destino no se halla aquí”.

Las escuelas filosóficas grecorromanas se preocupaban por alcanzar una forma de bien-estar en este mundo. Independientemente de sus diferencias, ninguno de sus adeptos creía en la existencia de un más allá en el que viviríamos eternamente, con nuestra individualidad, en compañía de nuestros seres queridos. El cristianismo introdujo la idea de que el único mundo que cuenta en verdad es el mundo del “más allá”, donde viviremos por toda la eternidad. Escuchemos, a ese propósito, lo que dice san Basilio de Cesarea en su Discurso a los jóvenes, escrito célebre en la historia de la educación cristiana. Basilio de Cesarea, preeminente clérigo del siglo IV es uno de los “Doctores de la Iglesia católica”, es decir, maestro de la fe para los fieles de todos los tiempos:

Nosotros, hijos míos, sostenemos que esta vida humana no vale absolutamente nada y de ningún modo consideramos ni calificamos de «bueno» nada que nos reporte la plena satisfacción, pero solo restringida a aquella.

Pues ni antepasados ilustres, ni fuerza física, ni belleza, ni estatura, ni los honores del mundo entero, ni la realeza misma, ni cualquier otra cosa humana que pudiera mencionarse la juzgamos importante, y ni siquiera deseable; ni tampoco nos fijamos en quienes las tienen, sino que en nuestras esperanzas vamos más lejos y todo lo hacemos en preparación de la otra vida.

Así, lo que contribuya a que la alcancemos [es decir, la otra vida], decimos que hay que quererlo y perseguirlo con todas nuestras fuerzas y lo que no se dirija a ella descartarlo como algo sin valor (A los jóvenes, II, 1-3). 6

Por otra parte, la «buena nueva» cristiana anuncia la resurrección y la inmortalidad no solo de las almas, sino también de los cuerpos singulares, de las personas como tales. A ese propósito escribe Pablo de Tarso a los cristianos de Corinto:

He aquí, os digo, un misterio: no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados [nota mía: algunos esperaban ver en vida la inminente segunda venida de Cristo, en gloria y majestad]. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: la muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15, 51-55).

Ahí donde para el sabio budista el individuo no es más que una ilusión, una agregación provisional destinada a la disolución y la falta de permanencia; ahí donde para el sabio estoico el yo está destinado a fundirse en la totalidad del cosmos, el cristianismo promete la inmortalidad de la persona singular, con cuerpo y alma.7 Es lo que se ha proclamado durante siglos al rezar el Credo“Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. ¿Con qué cuerpo renaceremos?, ¿a qué edad?, ¿qué queremos decir cuando hablamos de cuerpo espiritual, glorioso, etcétera? Son cuestiones que forman parte de los misterios de una revelación que, en este punto y según los cristianos, está fuera del alcance de nuestra razón.

6. Otra novedad del mensaje cristiano reside en el valor que se le atribuye al sufrimiento redentor. Según la visión cristiana, el Logos eterno se ha encarnado en Jesús para redimirnos del “pecado original” de Adán y Eva. La ofensa hecha a Dios era tan grande que solo Dios mismo podía lavarla con su sangre. Dice la primera epístola de San Juan:

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados” (1 Juan 4, 10).

Desde finales del siglo IV se canta solemnemente en el pregón de la Vigilia Pascual:

Nuestro Señor Jesucristo ha pagado por nosotros al Eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su Sangre, canceló la deuda del antiguo pecado. (…) Oh feliz culpa que nos mereció tan grande y glorioso Redentor”.8

Pero, para el cristiano, no basta el sufrimiento redentor de Cristo; también se necesita el sufrimiento de cada uno pues, como dice San Pablo, “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Colosenses 1, 24). ¿Y qué podría faltarle? Explican los teólogos que, para que la Pasión de Cristo me salve, es preciso que me asocie a ella prolongándola en mi vida, en mis miembros, en mi corazón y en mi carne. Debo hacerme uno con Cristo ‒es la imitación de Cristo‒, para completar en mí mismo su sacrificio por toda la humanidad.

Si para salvarnos bastaran los solos méritos de Cristo, todos nos salvaríamos y eso no sería justo. Por eso, se nos dice que para alcanzar la felicidad eterna hay que merecerla. Y para merecerla hay que saber sufrir. ¿Por qué sufrir? Porque somos pecadores, y porque Dios nos conduce a la luz a través de la cruz. Esta es la gran paradoja de una religión que sublima el sufrimiento terrenal en nombre de una felicidad futura.9

7. A los rasgos anteriormente mencionados de la novedad del mensaje cristiano añadamos el anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios10 y del Juicio final, cuando la justicia divina se cumplirá con rigor y separará radicalmente a los puros de los impuros:

Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed (…). Id, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.(Mateo 25, 31-46).

El contenido social de este mensaje es evidente y ha permanecido vivo a lo largo de siglos: el cumplimiento de la espera es revancha… y definitiva. No es un azar que el Nuevo Testamento cristiano se cierre con el libro del Apocalipsis, grandiosa y enigmática descripción del final de los tiempos que anuncia el triunfo definitivo de Cristo. Con frecuencia se dice que una situación es “apocalíptica” para significar que es catastrófica. Nada más alejado del mensaje del Apocalipsis, palabra griega que significa literalmente “revelación”. Ese apocalipsis, esa revelación, es un mensaje de consuelo dirigido a los cristianos que, a fines del siglo I, estaban siendo perseguidos duramente en tiempos del emperador Domiciano (81-96 d.C.). Y es mensaje de consuelo porque en él se revela el triunfo definitivo de Cristo y del Bien sobre el Mal, de los hijos de la luz sobre los hijos de las tinieblas. Por ello mismo, a lo largo de siglos las aspiraciones de los pobres se han nutrido no pocas veces de las profecías apocalípticas que vaticinan una prodigiosa lucha final entre los seguidores de Cristo y el Anticristo, con la subsiguiente renovación del mundo.

Concluyo condensando en tres palabras el mensaje cristiano para “aprender a vivir” una vida buena: Fe, Esperanza y Caridad. Fe en Cristo como camino, verdad y vida. Esperanza en la resurrección de los muertos y en su vida eterna. Caridad, no solo como amor a Dios sino como amor universal a los demás.

La antigua sabiduría greco-romana fue muy consciente de las trampas de la razón. Por eso, se preocupó por analizar en los tratados de Lógica cuáles eran las reglas del razonamiento correcto y cuáles eran los razonamientos falaces. Todavía hoy tenemos que estar en guardia contra los trucos de la retórica, ese “arte de convencer” que es capaz de hacernos pasar gato por liebre y que conocen muy bien los políticos populistas y los abogados penalistas. En el mundo cristiano, donde la fe prima sobre la razón, habrá que preocuparse por analizar las trampas de la fe, como lo hace Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales al exponer sus “Reglas para el discernimiento de espíritus” que buscan distinguir “lo que es propio de Dios y de sus ángeles” y “lo que es propio del ángel malo, que se forma sub angelo lucis”, en otras palabras, los engaños del demonio que toma la forma de un ángel de luz. En nombre de la Razón, el humanismo de la Modernidad será bastante ácido con las trampas de la fe cristiana como veremos en un próximo artículo.

_________________________

1 “Tras la muerte de Marco Aurelio, se considera que el estoicismo entra en decadencia. Las sucesivas crisis políticas, económicas y militares que asolan el Imperio romano durante el siglo III tienen como consecuencia una revalorización de la espiritualidad que el estoicismo no puede afrontar. Surge, entonces, el neoplatonismo, que a partir de 250 d.C. desplazará al estoicismo como principal doctrina de las élites. El giro cultural de esta época provoca que el plan de vida estoico pase a ser negativamente considerado; en esta época, esencialmente, el estoicismo ganará su fama de envarado y rígido. De igual manera, el auge del cristianismo afecta en forma negativa a todas las escuelas filosóficas helenísticas, al ser rechazadas muchas de sus enseñanzas por contrarias a la doctrina cristiana. Hacia el año 300, la única de estas capaz de objetar algo al cristianismo es el neoplatonismo, y el triunfo de aquel sentencia definitivamente al movimiento helenista en general, que formalmente concluye en el 529, cuando Justiniano cierra las escuelas filosóficas de Atenas (el Liceo, la Academia, la Stoá).” (Wikipedia, Estoicismo).

2 La filosofía grecorromana exaltaba el “conócete a ti mismo” y el “conoce la Naturaleza de la que formas parte para poder conocerte a ti mismo”. Como decía Sócrates, “una vida sin examen no merece ser vivida”. A lo que añade Virgilio en un conocido verso, “Feliz aquel que pudo conocer la causa de las cosas y puso así bajo sus pies todos sus temores y al inexorable destino” (Virgilio, Geórgicas, libro II). Por el contrario, en el cristianismo se hará el elogio de la “santa ignorancia” de quien cree con humildad (es la “fe del carbonero”). Se trata de la “santa ignorancia” opuesta al conocimiento que nos vuelve orgullosos, a esa ciencia que infla, de la que habla san Pedro Damián, cardenal y “Doctor de la Iglesia”, quien en el siglo XI escribió su obra Sobre la santa simplicidad que debe anteponerse a la ciencia que infla.

      Ese tipo de articulación entre fe y razón queda plasmado en la famosa máxima “la fe en busca de entendimiento”, método teológico enfatizado por Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, en el que uno comienza con la creencia en la fe, y sobre la base de esa fe pasa, ayudado por la razón, a una mayor comprensión de la verdad cristiana.

4 No fue el caso de la influyente doctrina del pelagianismo (que debe su nombra a Pelagio), condenada en 417 como herejía por la Iglesia católica. Negaba la existencia del pecado original, falta que habría afectado solo a Adán; por tanto, la humanidad nacía libre de culpa y una de las funciones del bautismo, limpiar ese supuesto pecado, quedaba así sin sentido. Además, defendía que la gracia no tenía ningún papel en la salvación; solo era importante obrar bien, siguiendo el ejemplo de Jesús.

   5 San Agustín, Confesiones, III, 6, 11.

6 Basilio de Cesarea, A los jóvenes: cómo sacar provecho de la literatura griega, Introducción, traducción y notas de Francisco Antonio García Romero. Madrid: Editorial Ciudad Nueva, 2011, p. 17.

7 No es solo el alma la que resucita. San Pablo lo dice claramente: “Y si el Espíritu de Aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que ha resucitado de entre los muertos, Cristo Jesús, también hará vivir vuestros cuerpos mortales a través de su Espíritu, que habita en vosotros” (Epístola a los romanos, 8, 11). Esta enseñanza la repite en el siglo II Justino, uno de los primeros apologistas del cristianismo, en su Diálogo con Trifón: “Si les sucede que se encuentran con algunos que se llaman cristianos (…) y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir son sus almas elevadas al cielo, no los tengan por cristianos.”, Justino Mártir. Diálogo con Trifón (Spanish Edition), p. 88. Edición de Kindle.

      8 Ver Wikipedia, “Felix culpa”, https://es.wikipedia.org/wiki/Felix_culpa

      9 Ver, por ejemplo, https://es.catholic.net/op/articulos/29861/cat/872/valor-del-sufrimiento.html#modal

10 “Venga a nosotros tu Reino” (Mateo 6, 10). El anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios es central en la predicación de Jesús. Más aún: “el Reino de Dios ya está en medio de vosotros” (Lucas 17, 21). Las actividades narradas de Jesús al sanar las enfermedades, expulsar los demonios, enseñar una nueva ética de vida y ofrecer una nueva esperanza en Dios al más pobre se entienden como una demostración de que el Reino de Dios está en acción. Por eso, la primitiva comunidad cristiana esperaba la inminente segunda venida de Cristo en gloria y majestad que señalaría el comienzo del fin, cuya conclusión es el Juicio final. La Iglesia católica se considera a sí misma como “el inicio sobre la Tierra” del Reino de Dios y que la plenitud de este se alcanzará después del Juicio final, cuando el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 Pedro 3, 13; Apocalipsis 21, 22).

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2021

11 Comentarios
0 Linkedin
adan, god, earth-4917567.jpg
Download PDF

En este texto tomo retazos, caprichosamente cortados con tijera y ampliamente condimentados con mis propias consideraciones, del excelente artículo de Édgar Bastidas Urresty, publicado en el Magazine Cultural de El Espectador el pasado 4 de noviembre de 2021*. Yo soy, pues, el único responsable de lo que aquí se presenta.

De ningún modo pretendo aludir con este título al bello Canto a mí mismo, de Walt Whitman. Pero nada ni nadie me impiden cantar.

En el ya distante 1988, la psicoanalista lacaniana y psicopedagoga Hélène Bonnaud analizó los acontecimientos de mayo del 68 en París, con motivo de su vigésimo aniversario. Bonnaud describe cómo en aquellos años hasta cardenales como Jean Daniélou desfallecían en los corredores de Saint Denis (un sector de la prostitución en París) “o se los encontraba muertos, desnudos, sobre las arenas”. Las iglesias y los seminarios estaban vacíos, y se destinaban a conciertos e inmobiliarias. El catolicismo era “víctima de su odio al cuerpo, de su ideología antinaturalista, antihedonista y de su ideología antiliberal, burocrática-autocrática”.

La científica francesa resalta el papel que jugó el cuerpo en mayo del 68, representado por la minifalda, la píldora anticonceptiva, la vida mixta en las ciudades universitarias, el color y tamaño del calzón masculino, la desnudez total que se generalizó y que condujo a la redefinición del hombre como un animal, un mono desnudo. “Los filósofos del Deseo (para Bonnaud, léase Foucault) triunfaban”. El cuerpo se definía como político y la política como corporal. Los juegos deportivos adquirieron un aire festivo y se convirtieron en deporte-espectáculo. Los años 1973 a 1975 favorecieron “la naturalización general”. Se instituyó la educación sexual en el Liceo, el divorcio por consentimiento mutuo y se desató una ola porno.

Me parece necesario añadir la notable influencia que en el vasto movimiento estudiantil del 68 tuvo Herbert Marcuse, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, quien por esa época se radicó en París. En su libro El hombre unidimensional, Marcuse muestra cómo tanto el capitalismo como el socialismo real han impuesto las severas normas del principio de realidad en contra de los deseos del principio de placer, ahora reprimidos.

El movimiento se extendió rápidamente por el mundo y en esa súbita explosión cambió de naturaleza. Al llegar a Estados Unidos se transformó en el gran festival de música y arte de Woodstock o, simplemente, en el Festival de Woodstock, realizado desde el viernes 15 hasta la mañana del lunes 18 de agosto de1969. En él convergieron el movimiento hippie norteamericano, su oposición a la guerra en Vietnam y su consumo generalizado de LSD y marihuana con la música rock. Por supuesto, la orgía fue general y pública. Todos cantaban en contra de la guerra adelantada por los norteamericanos en Vietnam. De allí nacieron, quizá, lemas de los estudiantes como aquel de ¡Haz el amor y no la guerra! “La gente de la generación teníamos ganas de cambiar el mundo con la música, la filosofía y las ideas, metiendo las manos para corregir un mundo tan roñoso y separado”, recuerda en entrevista Carlos Santana, el único mexicano que tocó en el escenario de ese pueblo cercano a Nueva York, en esos días de agosto**.

Como era de esperarse, a fines de la década de 1970 y comienzos de 1980, surgió la reacción. A ella estuvieron ligados Khomeini, que destruyó el “estado depravado”, el papa Juan Pablo II, con su “cristianismo marial, virginal, matrimonial”, y Reagan y Thatcher, quienes se declararon enemigos del mal. El repliegue del cuerpo coincidió con la muerte de Foucault. Y apareció el sida, que después de 1982 destruyó la sensualidad, las desvergüenzas de los 15 años precedentes y colocó en declive el hedonismo. Debo añadir que, muy probablemente, de la reacción hicieron parte los mismos padres hippies una vez se hicieron mayores, o por lo menos sus hijos, quienes ‒atrapados de nuevo por los encantos del capital‒, rechazaban el estilo de vida disoluto e improductivo de sus progenitores.

No obstante, anota Bonnaud en 1988, “el cuerpo conserva algunos de sus encantos en el tenis, las biotecnologías, la procreación y el porvenir”. El vencedor ha sido más bien “la libertad permisiva, la libertad moderna de Benjamín Constant, que libera del Estado y se cuida poco de controlarla”. Podemos salpimentar su observación y decir que hoy, en 2021, el Estado deja en manos de los particulares las decisiones sobre su vida íntima, la cual ni siquiera exige que la vida privada permanezca en el clóset. Más bien se ha extendido el orgullo de los diferentes.

Para Bonnaud, los grandes vencedores han terminado siendo el sexo, el cuerpo, el deseo y el placer. Por esto, según Bastidas Urresty, la psicoanalista lacaniana aspira a que, en la celebración del próximo aniversario de mayo del 68, se levanten barricadas menos románticas, menos festivas y ostentosas para que las luchas, quizá, conduzcan a la partición “de la riqueza, de la propiedad, del capital”. Sueña entonces con un aniversario diferente, en el que ciertos escépticos sean los precursores.

¿Usted, estimado lector, está de acuerdo o en desacuerdo con la francesa Bonnaud? ¿En que sí y en qué no? ¿Tienen alguna relación las movilizaciones sociales de hoy en el mundo y en Colombia con las anteriores consideraciones?

* Bastidas Urresty, Édgar (2021). 1968-1988 Las aventuras del cuerpo. Noviembre 4. https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/1968-1988-las-aventuras-del-cuerpo/

* * Life and Style (2019). Woodstock 1969: Los tres días que cambiaron el mundo. 15 de agosto. https://lifeandstyle.expansion.mx/entretenimiento/2019/08/15/woodstock-1969-los-tres-dias-que-cambiaron-el-mundo

Luis Alberto Restrepo M.

Noviembre, 2021

17 Comentarios
0 Linkedin