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Comision para el esclarecimiento de la verdad

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Una sobrina de nuestro compañero Carlos Torres Hurtado, que vive en Estados Unidos hace 17 años, nos comparte su punto de vista sobre el Informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Como colombiana que no vive en Colombia, el Informe final de la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición me gusta por tres razones principales.

La primera: me siento orgullosa de que tengamos la madurez de hacer una introspección y reconocer nuestro penoso pasado. Solo así vamos a salir adelante. No es fácil mirar nuestra historia. Es duro, es vergonzoso, es deprimente. La violencia, la corrupción y la negligencia han sido parte de Colombia, desde su nacimiento. Y oírlo, no de manera abstracta, sino de boca de las personas que han vivido lo invivible lo hace real y concreto. Creo que al igual que pasa con un individuo, solo al reconocer nuestras falencias y hablar abiertamente de cómo nos hemos equivocado, vamos a poder salir adelante. 

Hay veces en que ser colombiana es muy frustrante, pero este proceso me dio esperanza de que tal vez estemos en un punto de inflexión, donde por fin después de 212 años, este tal vez sea el acto simbólico que nos pone en un camino diferente. No soy tan inocente de pensar que todo cambió inmediatamente y nos volvimos Suecia. No, pero tal vez, dentro de muchas generaciones los nuevos colombianos puedan mirar atrás y reconocer el punto de partida donde empezamos a forjar nuestro potencial y donde aprendimos a vivir con dignidad.

Segunda: es polifónico, tiene muchos puntos de vista. Nuestra realidad e historia es muy compleja y no puede reducirse a algo binario, como buenos contra malos, liberales contra conservadores, izquierda contra derecha, etc. Soy consciente de que hay mucha gente a la que no le gusta esta complejidad, que necesita una historia más sencilla, donde hay un solo tipo de víctima y un victimario, pero esa no es nuestra realidad. El Informe es profundo y quiere que no sigamos haciendo procesos de paz que no funcionen. Quiere sacarlo todo al aire para que no quede maleza escondida que vuelva a crecer.

Tercera: es únicamente colombiano. Es un proceso que está basado en historias personales contadas oralmente. Para nosotros, como colombianos, como dice el escritor Juan Gabriel Vásquez, es muy importante que “…nos oigan nuestro cuento…”. Mucha gente que dio su testimonio a la Comisión de la Verdad solo quería que la escucharan, que unos oídos le dieran validez a su sufrimiento, más allá de buscar venganza o sembrar odio. 

Admiro profundamente al padre Francisco de Roux y a las personas que oyeron por horas y horas relatos inconcebibles, llenos de una violencia inefable, pero admiro más a las víctimas por tener el valor de hacerlo y encontrar las palabras. Creo que todos tenemos la obligación de leer el Informe y las historias del conflicto. Es nuestro deber entender al otro y es nuestro derecho saber la verdad.

No soy la mejor colombiana, no he seguido de cerca el proceso, ni la política y, para mi gran vergüenza, ni siquiera pude votar este año por descuido en la logística. Sin embargo, las audiencias de la JEP y la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición despertaron en mí una ilusión muy grande. No creo que sean perfectas, pero sí son serias. Y, a pesar de tener muchos bloqueos y estar en medio de un fuego político cruzado, lograron seguir un proceso profesional y respetuoso con las víctimas. 

Me pregunto si esta búsqueda de la verdad, como el satyagraha de Gandhi ‒que significa la fuerza de la verdad‒, nos va a impulsar a todos los colombianos a aprender a vivir con dignidad.

María Catalina Torres

Septiembre, 2022

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¿Qué nos pasó? ¿Por qué nos pasó? ¿Por qué no nos dimos cuenta? Estas preguntas han sido una invitación a pensarlas originalmente en primera persona del singular, es decir ¿qué me pasó a mí?

Coherente con mi método, que he compartido en otros artículos, me pregunto: ¿qué requerimientos experimenté a lo largo de estos casi 72 años? Y, también, ¿qué respuesta les he dado?

El contexto de la meditación de la mañana, en que escribo esto, estuvo marcado por la “parábola del trigo y la cizaña” (Mt. 13,36-43).

Requerimientos básicos de ¿qué comer y beber?, ¿dónde y con quién habitar?, ¿cómo vivir saludable y cómo sanarme?, ¿qué aprender?, ¿cómo movilizarme?, ¿cómo ser productivo y aportar a la economía?, ¿cómo protegerme de los riesgos? y ¿cómo recrearme? Estos y muchos otros requerimientos, diría que son comunes a todos los que compartimos la peregrinación por este país.

El problema de lo que nos pasó radica en las respuestas que damos y en el documento de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, La Convivencia y la No Repetición ha quedado plasmado. Hemos aprendido a comportarnos como personas no solo distintas, cosa que somos por naturaleza, sino como personas desiguales. 

Desde muy pequeño aprendí a compararme y a distinguir por diferencias en el coeficiente intelectual, en los ingresos económicos de las familias, en el color de la piel, en la mayor o menor habilidad en muchos campos, en creencias religiosas o en posturas políticas. 

Mirando hacia mi propia formación debo reconocer que encontré muchos valores ‒el “trigo” ‒, pero también muchas deficiencias ‒la “cizaña”‒. Simultáneamente, aprendí en la Congregación Mariana y en los Boy Scouts valores de servicio, de trabajo en equipo, de sensibilidad social, de compañerismo, de alegría y de superación para estar siempre listo. Y, por otro lado, en las clases formales de primaria y bachillerato aprendí comportamientos poco generadores de civilidad: a competir por el primer puesto, a vencer a los demás en las competencias académicas o deportivas, a excluir a quienes no me simpatizaban, a desconocer a los que “se portaban mal” y ‒lo que es peor‒, a juzgar mal a quien yo no entendía. 

Esta experiencia personal, agrandada al contexto del país, generó muchas personas muy valiosas, con numerosas cualidades, que le han agregado mucho valor al país, pero que también se han comportado, desde posiciones privilegiadas, con actitudes que generan grandes injusticias en esta sociedad desigual. 

Veo a la Iglesia, a la que pertenezco y a la que serví como su ministro por 10 años, con grandes logros y méritos en su servicio al país y a muchas personas de este, pero también la veo con grandes errores en comportamientos económicos, políticos, sexuales y sociales. 

Trabajando como servidor público por 20 años pude apreciar el influjo de grupos de poder que promovían una desigualdad rampante, a la hora de tratar las deshonestidades de sus miembros y los errores de quienes no pertenecían a sus grupos. 

Pensando en el futuro de mis nietos quiero dejarles algunos principios mínimos de convivencia que siembren en sus vidas y con ellos puedan contribuir a la construcción de una sociedad mejor y más justa:

  1. Todos somos igualmente dignos, aunque seamos muy distintos.
  2. Logramos más colaborando que compitiendo.
  3. Al final de nuestros días solo nos llevaremos el bien que hemos hecho a otros.
  4. Los errores propios y ajenos son motivo de grandes y duraderos aprendizajes.
  5. Cuidemos las emociones para que ellas nos impulsen siempre hacia el bien. 
  6. Escuchemos a todos y quedémonos con lo que nos haga mejores.
  7. Preguntemos siempre acerca de lo que queremos saber. 

El Maestro nos enseñó a aceptar que trigo y cizaña crezcan juntos y que solo al final se separen.

Juan Gregorio Vélez (Goyo)

Septiembre, 2022

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Nada es más poderoso que la comprensión de la historia. Es la forma de entendernos como humanos.

La idea de llevar el informe de la Comisión de la Verdad a los colegios abrió de nuevo un debate indispensable para el país. Lo importante es que se adelante en forma sensata y con argumentos inteligentes, que no siempre ocurre en estos casos.

Los primeros en saltar fueron quienes consideran el trabajo de la Comisión ilegítimo y sesgado ideológicamente, de lo cual deducen que llevarlo a las instituciones educativas es un ejercicio de adoctrinamiento guerrillero para mostrar no sé cuántas inequidades contra la Fuerza Pública y sectores destacados de la política y la sociedad. Eso, desde luego, no es inteligente y tampoco es verdad.

Lo que debe estar claro es que el informe no pretende ser la historia de Colombia, sino un elemento que ayuda a constatar lo ocurrido en un período de tiempo y específicamente en relación con las inocultables situaciones de violencia que ha vivido el país. Quienes han hecho este trabajo han sido claros en que su labor no agota todos los detalles y los matices de una tragedia colectiva que, desafortunadamente, habla de quiénes somos como sociedad, de cómo fuimos complacientes por más de medio siglo ante el homicidio, la tortura, el desplazamiento, el secuestro y la aniquilación física y psicológica de centenares de comunidades con víctimas y victimarios de muy diverso origen y motivación. Los niños, los adolescentes y los jóvenes no solo tienen el derecho a conocer los datos y los testimonios de este período, sino que debieran tener la obligación de hacerlo para experimentar una gran vergüenza colectiva, porque semejante tragedia prolongada por décadas habla de la banalización de la muerte y el sufrimiento de nuestros semejantes.

Es importante que niños, niñas y jóvenes puedan comprender las relaciones profundas de nuestra cultura con los grandes procesos históricos del mundo.

El informe no es la historia de Colombia y tampoco es un camino para tomar partido y descubrir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Es para entender que de una u otra manera todos somos artífices de un país que produce las monstruosidades que narran las víctimas y que hasta ahora hemos sido incapaces de encontrar caminos para vivir y resolver nuestras necesidades de forma civilizada.

Otra cosa es la urgencia de hacer de la historia el eje central de la formación que se ofrece a las nuevas generaciones. No solo es indispensable conocer nuestra historia, que no se agota en el devenir político, sino que incluye su proceso de desarrollo económico, científico, demográfico y cultural. También es importante que niños, niñas y jóvenes puedan comprender las relaciones profundas de nuestra cultura con los grandes procesos históricos del mundo.

Dice el Ministerio que la comisión encargada de adelantar la propuesta de lineamientos para reinstalar esta asignatura lleva dos años trabajando en el asunto. La cuestión no es si la historia se debe incluir como central en el currículo o no. Se trata, más bien, de discutir cuál es el camino pedagógico para explorar el pasado, a sabiendas de que no hay verdades únicas ni relatos oficiales capaces de explorar y explicar los hechos que han ido forjando nuestro presente.

Por más de veinte años, en muy diferentes medios, he insistido en que nada puede ser más poderoso que la comprensión de la historia. No hay otra forma de entendernos como humanos. No hay otra manera de vislumbrar el futuro. Pero es claro que relatos oficiales a la manera memorística tradicional son inútiles.

Hay otras interesantes alternativas como la que desarrolló el Ministerio de Educación con motivo del bicentenario de la independencia, titulada Historia Hoy. Fue un ejercicio enorme de participación que dio importancia a la historia local, a la capacidad de niños, niñas y maestros de explorar fuentes, de indagar acontecimientos y de reflexionar sobre puntos de vista de enorme riqueza. Ojalá el nuevo ministro, que ha recibido del presidente electo la instrucción de dar prioridad a este tema, rescate lo aprendido durante el tiempo en que se realizó este ejercicio.

Francisco Cajiao

Septiembre, 2022

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Volvió el Hay Festival a las calles de Cartagena. El año pasado el confinamiento y la pandemia obligaron a que esta fiesta de la palabra fuera virtual y que en lugar del encuentro cercano con escritores y las tertulias sin final con amigos y desconocidos, tuviéramos que verlos por Internet en la soledad de nuestras habitaciones.

Este año, todavía limitados por el virus, el gran esfuerzo de los organizadores logró un festival mixto, con unos eventos presenciales, otros virtuales y la posibilidad de verlos todos en la página web del festival. El resultado fue maravilloso, entre otras cosas porque la tecnología permitió la participación a distancia de personalidades como el artista chino Ai Weiwei, la filósofa Adela Cortina o el expresidente español Felipe González.

Hubo temas y autores para todos los gustos. Por supuesto, la literatura; la internacional con el nobel africano Wole Soyinka o autores ya consagrados, como Leonardo Padura, Irene Vallejo (la de El infinito en un junco) y Jonathan Franzen. Y la nacional, con escritores bien conocidos como Juan Gabriel Vásquez, Evelio Rosero, Pablo Montoya o Ricardo Silva, para no citar sino unos cuantos.

 La “maldita desigualdad” fue un tema predominante, con la presencia del economista Tomás Piketty junto con otros autores que la analizaron desde perspectivas políticas, filosóficas ambientales y de género. Se habló también de las amenazas a la democracia, del papel del periodismo con el punzante diálogo de Los Danieles, de la emergencia climática y de la corrupción de la farmacéutica norteamericana, que se ganó millones de dólares vendiendo opiáceos adictivos.

Para varios de los asistentes, uno de los conversatorios más impactantes fue el de la periodista María Ximena Duzán con el sacerdote jesuita Francisco de Roux*, presidente de la Comisión de la Verdad. Emocionante fue el largo y conmovedor aplauso con que lo recibió el auditorio, merecido reconocimiento a una vida dedicada a los pobres y a la construcción de la paz y la reconciliación, muchas veces con riesgo de ser asesinado por paramilitares o guerrilleros, a los que se enfrentó con igual entereza.

El relato del padre Pacho de lo que han escuchado y recopilado en la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición está marcado por el dolor de las víctimas, de familiares de secuestrados o de masacrados para despojarlos de sus tierras, de madres cuyos hijos fueron asesinados por miembros del ejército para cobrar recompensas, de mujeres abusadas, de los millones de desplazados. Y también relatos esperanzadores de victimarios y víctimas que han encontrado el camino de la reconciliación.

Se necesitaba una persona con las calidades morales y la trayectoria del padre Pacho para dirigir el difícil trabajo de la Comisión, que como él lo dice no es decidir cuál es la Verdad, sino descubrirla en las voces de todas las víctimas. Es un ejercicio complejo y doloroso, pero indispensable si queremos que en Colombia se supere esta larga guerra de 60 años, se sanen las heridas y podamos vivir en una sociedad justa y en paz. Gracias, padre Pacho, por su abnegado trabajo.

*        *        *

Adenda: Ya el gobierno anuncia las fechas de los nuevos días sin IVA para este año ‒con claros motivos electorales al fijarlas en vísperas de las elecciones parlamentarias y de la segunda vuelta presidencial‒ y todavía el país no conoce el costo que tuvieron los del año pasado cuando, según la DIAN, se facturaron más de $30 billones.

Mauricio Cabrera Galvis

Enero, 2022

* Puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=aETdcKeR3tM

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Hace pocos días participé en una conferencia virtual del padre Francisco de Roux. “Pacho”, como lo llamamos desde hace mucho tiempo, cuando compartimos algunos años de nuestra juventud, puso ante nosotros lo más genuino y profundo de su trabajo y el impacto que en su corazón de sacerdote y de ciudadano le ha causado esa labor de conocer, de primera mano, el horror que la guerra ha causado entre los colombianos y la ingente tarea que debe cumplirse.

El presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia, Francisco de Roux, nos habló de la tarea que le fue encomendada a la Comisión y de los objetivos que deben cumplir, y respondió varias preguntas que le formulamos en el tiempo que tuvimos para conversar con él. 

El texto que sigue es una transcripción de su charla y de las preguntas que la siguieron. Por su extensión, lo dividí en cuatro partes. El resultado lo comparto con todos aquellos que quieran ver, comprender, asimilar y poner en el corazón, de manera privilegiada, la enorme responsabilidad ética que todos tenemos que emprender, si queremos vivir en paz y reconstruir la Colombia con la que siempre hemos soñado. 

Bernardo Nieto

Tengo la responsabilidad de ser el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia. Así se llama. No es Comisión de la Verdad, sino Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Esta institución nace, como ustedes saben, de los acuerdos de La Habana y, posteriormente, de la firma del Acuerdo de Paz, y se origina cuando en el Acuerdo se toma conciencia de que había que hacer realmente un sistema de verdad, justicia, reparación y no repetición, sustanciado en la verdad. Nosotros formamos así, con la Jurisdicción Especial para la Paz, que es la parte jurídica de esto, y con la Unidad para encontrar a las personas dadas por desaparecidas, ese sistema. La Comisión no es una entidad jurídica. Nosotros no estamos para encontrar culpables, nosotros no condenamos a nadie ni hacemos sentencias sobre nadie, esa es la tarea de la JEP. A nosotros se nos dieron cuatro objetivos distintos. 

El primer objetivo es el esclarecimiento de lo que nos pasó en este conflicto tan largo, por lo menos desde el año 1958 hasta el año 2016, hasta finales de 2016, cuando las Farc pasan a ser el partido de lo que hoy en día se llama el partido Comunes y termina, por lo menos, la guerra central con las Farc.

Esclarecimiento quiere decir lograr una comprensión entre todos nosotros, que sea significativa para el país y que le llegue a la totalidad de los colombianos sobre qué nos ocurrió realmente para que nos viésemos metidos en un conflicto que, según el registro formal de víctimas del Estado, tiene más de nueve millones de víctimas, de las cuales, cerca de un millón, son personas que murieron y la inmensa mayoría, por supuesto, civiles. 

Una comprensión cuyo propósito es avanzar hacia la posibilidad de la convivencia y la reconciliación entre nosotros. No es una comprensión para incentivar entre nosotros odios, apetitos de venganza, señalamientos, recriminaciones, sino una comprensión colectiva. ¿Por qué caímos en esta tragedia que hizo de Colombia una de las crisis humanitarias más profundas que se viven en el mundo? Llegamos a ser, por ejemplo, el segundo país del mundo en minas antipersona. En personas desaparecidas, pasamos de 120.000. Llegamos a tener más de 30.000 secuestros; llegamos a tener más de 2200 masacres. Y así, podríamos traer otras cifras que son realmente muy impresionantes. Ese es el primer objetivo.

El segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Cuando me refiero a eso, hablo del respeto de las víctimas, a acoger a las víctimas que ha habido en el país, de todos los lados. Este es un punto muy importante porque en la situación colombiana las víctimas se dieron a todos los niveles en Colombia. En las clases medias y medias altas y en las clases más pudientes, lo fueron fundamentalmente el secuestro, como ustedes lo saben, la extorsión y también los asesinatos selectivos. 

Pero cuando uno comienza a avanzar hacia sectores de clase media y clase media baja, sectores populares, es el desplazamiento masivo de cerca de ocho millones de personas. Se perdieron más de siete millones de hectáreas que pertenecían a los campesinos y allí sí se encuentra uno, mucho más a fondo, con los golpes durísimos recibidos en los pueblos, muy particularmente las masacres y este tipo de victimización; particularmente las desapariciones y también una de las cosas sobre las cuales quisiera que conversáramos con cuidado: los llamados falsos positivos, cuando jóvenes colombianos fueron tomados por el ejército, llevados a la montaña, asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate, dentro de la idea del body count, que consistía en mostrar con cadáveres que se estaba ganando la guerra.

Nosotros tenemos esa tarea: dignificar a las víctimas. No solamente reconocerlas. Y por eso, la Comisión ha hablado personalmente con más de 23.000 personas. Nos hemos encontrado con los empresarios del Valle del Cauca, los empresarios de Antioquia, los empresarios de Barranquilla y de la Costa, los empresarios aquí en Bogotá. Pero, igualmente, hemos tenido conversaciones con las universidades, estudiantes de universidades y universidades en todo el país, con numerosas organizaciones de víctimas, entre otras, la mesa nacional y las mesas regionales de víctimas. Igualmente, con el mundo de las mujeres, el mundo de los niños, el mundo de los negros o afros en sus diferentes organizaciones; el mundo indígena, que es supremamente amplio, y las organizaciones campesinas. Hemos recibido más de 1000 documentos, 1200 documentos de todas estas organizaciones. 

Tenemos un banco de datos que, sin duda, es lo más grande que tiene Colombia sobre el conflicto, en que recogemos todo lo que hay en lo que se llama la Unidad de Víctimas, más de nueve millones de víctimas. Pero, igual, lo que tiene la Fiscalía, lo que tiene la Procuraduría. Hemos recibido cerca de 90 documentos del Ejército, además de las solicitudes especiales que le hemos hecho a las distintas fuerzas. 

Repito, el segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Allí, para nosotros, hay un elemento muy importante. Nosotros no somos la Unidad de Víctimas. No estamos para reparar a las víctimas, sino para responder a algo que las víctimas consideran sustancial y es la verdad de lo que les pasó en el conflicto. 

Yo podría ponerles a ustedes muchos ejemplos lo que continuamente nos ocurre. Les doy un caso de tantos. La señora que está en un pueblo de Antioquia. No quiere hablar. Eso hay que hacerlo con extraordinario respeto. Después de un par de horas de estar acompañándola, una señora que vive sola en una pequeña casita, de pronto nos dice: ¿ustedes vieron el cuarto que está ahí afuera del rancho? Efectivamente, es un cuartico en el que los campesinos guardan sus cosas. Y, sí, vimos un cuartico destrozado. Entonces ella dice: es que cuando yo sentí la explosión, inmediatamente pensé en mi niño de ocho o nueve años. Salí corriendo, pero el cuarto estaba incendiado. Y tuve que esperar a que bajara la temperatura, que el cuarto se enfriara y me permitiera entrar. Y cuando pude entrar, me di cuenta de lo que había pasado. Y lo que se me ocurrió al ver lo que pasó, quedé muy impactada. Fue traer un balde y fui raspando de la pared los pedazos de mi hijo y llenando el balde con lo que iba raspando para tratar de recoger todo lo que pudiera de mi niño. 

Cuando termina de contar eso, muy quebrantada, dice: yo quiero que me digan la verdad. Yo quiero que me digan quién dejó ese artefacto, que debió ser una granada, en el patio de mi casa. ¿Por qué vinieron a meterse en esta vereda, que había sido siempre una vereda que estaba en paz? ¿Qué les interesaba? ¿Querían la tierra? ¿Querían que nosotros nos fuéramos de aquí? ¿Era por razones políticas, por razones militares? Yo quiero que me digan la verdad. 

Y uno, realmente, queda muy impresionado, porque uno podría decir en un primer momento: ¿qué más verdad que el dolor de esta mujer que nos está hablando así? 

Es una cosa mucho más honda. La víctima quiere una explicación de lo que pasó. Y la dignifica conocer esa explicación. Muchísimas veces las personas nos han dicho: nosotros no queremos plata, no queremos cosas que ya sabemos que no podemos tenerlas: nuestras víctimas están muertas. Queremos que nos expliquen qué pasó. Y con eso va, con mucha frecuencia de parte de las víctimas, el reconocimiento de la dignidad de sus seres queridos. 

Muchas personas asesinadas fueron después, supuestamente, presentadas como terroristas o como guerrilleros o paramilitares. La gente necesita que sea honrada la memoria de sus seres queridos. 

Por otra parte, para nosotros la dignificación es lograr que las víctimas pasen de esa situación de postración, de humillación y de dolor, a tomar una posición proactiva, de gran capacidad ética para hablarle a los colombianos. Nadie tiene, nadie, ningún sacerdote, ninguno de nosotros profesionales, nadie tiene la autoridad que tiene la víctima cuando llama a la reconciliación de los colombianos o llama a que veamos las cosas de una forma distinta desde la profundidad de su sufrimiento. 

En eso les puedo poner el ejemplo de lo que viví en La Habana cuando, después de tres años de conversaciones que avanzaban muy poquito en ese momento, entre la gente que estaba por parte del Estado y la que estaba por parte de la insurgencia, se les ocurrió en el empantanamiento en que estaban, en un momento difícil, llamar a las víctimas. Se le pidió a la Iglesia, a Naciones Unidas y también al rector de la Universidad Nacional, que ayudásemos a conformar grupos de víctimas, víctimas de los tres grandes actores que estaban confrontados: las Farc, los paramilitares y las fuerzas de seguridad del Estado. Y que esas víctimas vinieran y hablaran delante de los responsables sobre lo que realmente había acontecido. Entonces vinieron unos grupos grandes.  

Durante seis sesiones seguidas, fue realmente muy interesante. A mí me tocó viajar con los grupos. En un escenario muy respetuoso fueron recibidos delante de los distintos responsables que estaban allí. Desafortunadamente, eso no se filmó. Se quiso mantener en absoluto secreto. Básicamente, lo que las víctimas fueron a decir, si ustedes quieren ‒para traducir eso en términos muy concretos, porque lo explicaron en formas muy distintas‒, fue decir: miren, nosotros sabemos que ustedes están en una discusión de asuntos estructurales. Y es verdad, hay unos problemas estructurales muy grandes en el país que tienen que resolverse para que la tranquilidad de los colombianos sea posible, para que la inclusión de todo el mundo sea verdadera, para que la dignidad de todos sea respetada, pues son problemas económicos, políticos, culturales, que tienen que ver con la corrupción, con el narcotráfico, con los problemas de la tierra; esos problemas estructurales son ciertos. 

Sin embargo, el problema estructural más grave somos nosotros mismos, los colombianos, la manera como nos hemos irrespetado, como nos hemos enfrentado unos a otros, la forma como hemos llegado a desconfiar unos de otros, a matarnos entre nosotros. Resolvamos primero este problema que somos nosotros y después podemos entrarles a los otros problemas estructurales que ustedes están planteando. Ese fue, más o menos, el tipo de discurso que las personas plantearon. 

Y, efectivamente, eso llegó a ser determinante en las conversaciones de La Habana. Porque, ¿qué hacen las víctimas? Las víctimas, en primer lugar. Yo podría ponerles muchos ejemplos…

La señora del club El Nogal que vio en la bomba puesta por las Farc en el Club, a sus dos hijos tremendamente afectados. Uno estaba arriba con la novia, un muchacho de 22 años: la pareja murió; el otro, quedó parapléjico. Y qué les dice a los de las Farc: ¿por qué lo hicieron? Yo era una empresaria, unos medio empresarios, o empresarios medianos que estábamos creando empleo. 

Yineth Bedoya, de la cual han oído ustedes hablar estos días, que cuenta cómo estaba haciendo una investigación en la cárcel sobre cosas que habían vinculado a policías y gente de las fuerzas de seguridad, la cogen a la entrada de la cárcel, se la llevan, la secuestran y cerca de ocho hombres la violan. 

El general Mendieta que cuenta los 12 años que estuvo cautivo entre rejas en la selva, en las humillaciones más profundas.

La indígena de Tierradentro que cuenta cómo a su hijo de 18 años, que estaba con su novia luego de una fiestecita, les echaron bala. Las mamás fueron a recoger sus cadáveres, pero el ejército no los dejó coger. Al día siguiente aparecieron en un periódico de Cali: “¡Terroristas dados de baja en combate…!”. Los dos muchachos fueron vestidos de guerrilleros… 

Leitner Palacio, que perdió 24 familiares en la bomba de Bojayá, y cuenta lo terrible que fue esa bomba cuando cayó sobre el techo de la iglesia.

El campesino sin piernas que dice: ustedes pusieron la mina justo en el sitio donde ordeñábamos las dos vaquitas que teníamos y aquí estoy.

Esto es muy interesante: las víctimas nos hacen sentir muy profundamente lo sucedido. 

El caso del Salado, por ejemplo, en Córdoba. Una mujer cuenta cómo, delante del pequeño parquecito que hay enfrente de la iglesia, colocaron a las mamás y a los niños como en un círculo y en la mitad metieron a los hombres y a los jóvenes mayores y delante de ellos, de las mamás y de los niños, los fueron degollando a todos, en una acción muy cruel de los paramilitares. 

Bien, después de estas cosas, en que las víctimas nos hacen sentir a todos en una forma muy dura la capacidad que tenemos en Colombia de destruir al otro, de romperlo, de humillarlo, de dejarlo sin nada, esas mismas víctimas, es una forma paradójica e inesperada, sin que hubiéramos programado nada, en diversas formas comienzan a dar otro mensaje, dentro de su declaración o su testimonio para decirnos: los colombianos no somos eso. No podemos aceptar que seamos eso. Los colombianos tenemos una grandeza interior que queremos mostrarla nosotros mismos. Nosotros somos capaces de volvernos a mirar a los ojos, somos capaces de darle la mano al que nos hizo tanto daño. Somos capaces de volver a reconstruir este país. Lo que está en juego son nuestros nietos y nuestros hijos para muchos de nosotros. Y nos vamos a quedar aquí para reconstruir esto.

Hay un montón de cosas que a uno lo hacen reflexionar. 

Víctor Jara, secuestrado durante siete años, dice: yo no vengo a pedir aquí que se lleven a la cárcel a ustedes, mis secuestradores: yo vengo a pedir aquí es que nunca más vuelva a haber secuestros en Colombia. Y Léider Palacio dice: yo les adelanto mi perdón, pero ¡por favor, que nunca más haya guerra. La guerra todo lo que tocó lo dañó en este país. La guerra de todos los lados. 

Y la señora que les estaba contando, la indígena que contó lo que había pasado con su hijo, el muchacho de 18 años y la novia a quienes presentaron como guerrilleros dados de baja en combate, toma un velón que había en el centro de la sala y se lo lleva al general Mora que era, entonces, el comandante general del ejército, se lo pone sobre la mesa y le dice: general, yo no vine aquí a que sigamos sumidos en la oscuridad. Le pongo esta luz aquí para que venga con nosotros y vamos a disipar estas tinieblas de la violencia que hay en Colombia, en una posición de buscar la reconciliación entre los colombianos. 

Eso crea un impacto muy profundo. Por supuesto. E, inmediatamente, muestra lo que yo les decía. Las víctimas, cuando toman esta posición y cuando invitan a los colombianos desde su dolor, no solamente desde su dolor físico, no solo desde los impactos emocionales sino, también, la pena de la pérdida de sus seres queridos, cuando toman esta posición, esas afirmaciones tienen una fuerza moral muy grande. 

Ustedes comprenden, la situación de la víctima es parecida. No hay diferencia entre el dolor de la mamá de un muchacho que fue asesinado por un falso positivo del ejército, al dolor de la mamá cuyo hijo fue secuestrado por la guerrilla, nunca pudo volverlo a ver y nunca regresó. O el dolor de la mamá de un guerrillero cuyo hijo murió en la montaña y tampoco sabe dónde quedó su hijo. Son dolores donde la posibilidad de encontrarnos puede ser muy profunda.

Entonces, ese es nuestro segundo objetivo: la dignificación de las víctimas. Que las víctimas comprendan que tienen este estatus tan importante de decirle a Colombia que esto es intolerable; nos pasó y no queremos que jamás vuelva a pasar. Pero queremos que Colombia lo vea y se dé cuenta de lo que nos ha acontecido.

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

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