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Comision de la verdad

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Con ese título, nuestro querido Pacho presentó esta conferencia invitado por el Boston College de los Estados Unidos, el pasado 20 de marzo. Estamos orgullosos de alojar este documento -en su totalidad- en nuestro blog. Dividido en 7 entregas, a partir de hoy, creemos que su lectura nos puede acompañar durante esta Semana Santa, con la seguridad de fortalecernos y poder contribuir a la construcción de una Colombia mejor.

Los invito a tener presentes durante mi charla, dos interrogantes que están implícitos en el título que anuncia esta conferencia: Primero, ¿qué le sucede a una sociedad que es confrontada en su verdad histórica y ética por un grupo con autoridad pública e institucional? Y también, ¿qué pasa con el grupo de buscadores de la verdad que desafían a esta sociedad, con hallazgos relacionados con años de violencia política y guerra?

Permítanme comenzar con una breve introducción.

Primero, la misión acaba de comenzar.

El informe final debe entenderse como una plataforma de despegue. La tarea de preparación ha terminado. Ya no somos una institución estatal. Somos simples ciudadanos, sin ningún tipo de apoyo o protección particular, pero el camino por delante es inmenso, con muchas tareas nuevas. Debemos profundizar en lo que hemos esclarecido en nuestra investigación, ampliarlo, incorporar datos faltantes, corregir eventuales errores y buscar mejores explicaciones. También tenemos que acompañar al Comité que se creó por ley para dar seguimiento y evaluar la implementación de las recomendaciones de la Comisión.

En segundo lugar, el miedo a la verdad.

Mucha gente en Colombia piensa que sería mejor olvidar lo ocurrido durante el conflicto armado, en la medida en que el recuerdo puede destruir la posibilidad de construir el futuro. Las instituciones temen perder legitimidad una vez que se descubran los crímenes de sus miembros. El miedo de los políticos fue el más fuerte, porque sienten que la verdad puede amenazar su popularidad y destruir su imagen. El miedo finalmente se apodera de todos aquellos que niegan los hechos. Según ellos, nunca hubo masacres, no se maltrató a las mujeres, no hubo desapariciones ni desplazamientos en Colombia. Así como en el caso de Alemania, hay grupos de personas que niegan el holocausto y en el caso de Argentina, Brasil y Chile, hay quienes dicen que nadie fue desaparecido.

Tercero, resistencia a la compasión.

Además del temor a la verdad, la Comisión encontró una falta generalizada de emociones y compasión frente a todo el sufrimiento y la devastación que se encuentra en las personas y comunidades. A veces la verdad no se puede negar, porque es extremadamente brutal o angustiante. Por ejemplo, cuando escuchas a los niños llorar, a las madres desesperadas, o incluso a los perpetradores confundidos. Sin embargo, la mayoría de la sociedad actúa como si estuvieran anestesiados y no sintieran dolor. Uno sabe lo que pasó y está pasando, pero no puede permitir que afloren las emociones correspondientes. Al final no te mueves. En cambio, racionaliza su conducta, pensando que está demasiado ocupado con “cosas realmente importantes”, como una discusión teológica conceptual, una disputa de partidos políticos sobre candidatos o algún tipo de negociación comercial. El sufrimiento es algo real para millones de seres humanos, pero tú pareces pertenecer a un tipo diferente de personas a las que no les importan las trivialidades.

Y si no hay vulnerabilidad frente al sufrimiento, ¿cómo se puede construir una ética humana?

Cuarto, estar al lado de las víctimas

Hemos aprendido que la autenticidad en la búsqueda de la verdad humana sólo está presente cuando hay una comunión diaria con el sufrimiento humano. Entre los vecinos heridos en Colombia hay alrededor de siete mil muertos y 9 millones de sobrevivientes. Estamos en contacto con muchos de ellos. En lugar de abandonarlos, es hora de ponernos completamente a su lado. Y esto no solo pasa en Colombia. Puedes encontrar al prójimo herido -por causas humanas- en todas partes, todos los días y en cualquier camino que tomes. Cuando te vuelves parte del dolor de la víctima y de su sufrimiento, cruzas una línea y entras en un camino que no tiene vuelta atrás.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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En el muy serio y respetuoso diálogo que se tuvo entre “exjesuitas en tertulia” el 30 de agosto de 2022 sobre el informe de la “Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición” del conflicto surgió en repetidas ocasiones la vieja pregunta “¿qué es la verdad?”, a la que se sumaron estas dos: “¿qué es la verdad histórica? y ¿quién puede decir que tiene la verdad sobre lo sucedido?”. Ofrezco aquí una breve y modesta contribución sobre el alcance y límites del conocimiento histórico, tema sobre el cual se ha escrito abundantemente.

La palabra “historia” viene del sustantivo griego ιστορία = historía (conocimiento a través de la investigación o de la formulación de preguntas, narración) y del verbo ἱστορεῖν = istorein (preguntar acerca de algo, examinar los hechos, relatar).

El primero en utilizar el término fue Heródoto de Halicarnaso, quien en el siglo V antes de Cristo hizo un viaje por el Mediterráneo y Grecia, preguntando a los lugareños acerca de sus tradiciones y de sus relatos sobre las Guerras Médicas entre griegos y persas. Heródoto hizo así unas investigaciones y le dio justamente ese nombre a su obra escrita: Ἱστορίαι (Historiae, en castellano Historias, también conocida como Historia).

En su investigar ‒preguntando a las personas o a todo tipo de documentos‒ el historiador no pretende, pues, tener LA verdad absoluta. Y es bien consciente de que su conocimiento no es EL conocimiento, sino un determinado tipo de conocimiento que produce un determinado tipo de discurso: el llamado discurso histórico.

Ese discurso histórico es un diálogo continuo entre el presente ‒al que pertenece el historiador‒ y el pasado ‒al que pertenecen sus hechos‒. Como dice E.H. Carr en su sugestiva obra What is History (1961):

”El historiador empieza por una selección provisional de los hechos y por una interpretación provisional a la luz de la cual se ha llevado a cabo dicha selección, sea esta obra suya o de otros. Conforme va trabajando, tanto la interpretación como la selección y ordenamiento de los datos van sufriendo cambios sutiles y acaso parcialmente inconscientes, consecuencia de la acción recíproca entre ambas. Y esta misma acción recíproca entraña reciprocidad entre el pasado y el presente, porque el historiador es parte del presente, en tanto que sus hechos pertenecen al pasado. El historiador y los hechos de la historia se son mutuamente necesarios. Sin sus hechos, el historiador carece de raíces y es huero, y los hechos sin el historiador, muertos y faltos de sentido”.¹ 

Una palabra sobre el hecho histórico. El tal hecho ya no existe; fue una realidad que existió. El historiador no la aprehende sino a partir de testimonios del pasado que subsisten en el presente. El conocimiento del pasado está a la merced del descubrimiento o de la desaparición de los testimonios. El estado actual de los testimonios (“fuentes”) es una primera limitación del presente en la elaboración del conocimiento del pasado, pues las fuentes que utiliza el historiador determinan los grandes trazos de su obra.

La personalidad del historiador es otra limitación que desde el presente se le impone al discurso histórico, pues los hechos de la historia nunca nos llegan en estado “puro”: siempre hay una refracción al pasar por la mente de quien los recoge. El hecho histórico no existe independientemente del historiador. Como escribe E.H. Carr:

 “… los hechos históricos no se parecen realmente en nada a los pescados en el mostrador del pescadero. Más bien se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar. En general, puede decirse que el historiador encontrará la clase de hechos que busca. Historiar significa interpretar”.² 

Las fuentes contienen una multitud de datos en bruto (fechas, nombres de lugares y personas, sucesos, etc.) que el historiador debe estructurar para darles la relevancia de “hecho histórico”. Y es que los hechos históricos no son aerolitos caídos del cielo que el historiador se encuentra por un golpe de azar. No. Aquello que llamamos muchas veces “un simple hecho histórico” es algo complejo, construido por la subjetividad del historiador que se apoya en un método de investigación y en su propio instrumental mental (visión de mundo, experiencia, sensibilidad, bagaje cultural, etc.) que condicionarán la mayor o menor validez del conocimiento histórico por él producido.

Socialización del discurso histórico y construcción de una narrativa

Una vez que el historiador ha reconstruido el pasado a través de una investigación, le queda por delante la tarea de compartir sus conocimientos, pues, como discurso, la obra histórica se dirige a un interlocutor al que trata de presentar una narración convincente de lo acontecido.

Para construir su narrativa, el historiador recurre a dos formas de organizar sus materiales: el orden cronológico y el temático o estructural. El modo narrativo de expresión, cuya lógica es el encadenamiento de las acciones, fue durante mucho tiempo la única forma del discurso histórico. La narración respondía a la preocupación por reconstruir los hechos dándoles sentido como elementos de una intriga. La apertura del historiador a los fenómenos estructurales y de larga duración ha introducido en la historiografía nuevas modalidades de expresión, que a veces opacan el aspecto narrativo.

Sin embargo, el discurso histórico continúa siendo básicamente una narración, dado que es un medio eficaz para hacer sensible una temporalidad en la conciencia del lector. Por eso dicho discurso ‒aunque incluya elementos estructurales‒ toma la forma de una narración, es decir, de una puesta en escena, con una trama y un desenlace. De hecho, el trabajo histórico, arte de tratar los restos documentales “científicamente”, es decir, con rigurosidad, es también un arte de la escenografía.

Como escribiera Octavio Paz en su Prefacio al libro Quetzalcóatl y Guadalupe, del historiador francés Jacques Lafaye:

“La imaginación es la facultad que descubre las relaciones ocultas entre las cosas. No importa que en el caso del poeta se trate de fenómenos que pertenecen al mundo de la sensibilidad, en el del hombre de ciencia de hechos y procesos naturales y en el del historiador de acontecimientos y personajes de las sociedades del pasado. En los tres el descubrimiento de las afinidades y repulsiones secretas vuelve visible lo invisible. Poetas, científicos e historiadores nos muestran el otro lado de las cosas, la faz escondida del lenguaje, la naturaleza o el pasado. Pero los resultados son distintos: el poeta produce metáforas; el científico leyes naturales, y el historiador ‒¿qué produce el historiador? ‒.

El poeta aspira a una imagen única que resuelve en su unidad y singularidad la riqueza plural del mundo. Las imágenes poéticas son como los ángeles del catolicismo: cada una es en sí misma una especie. Son universales singulares. En el otro extremo, el científico reduce los individuos a series, los cambios a tendencias y las tendencias a leyes. Para la poesía, la repetición es degradación; para la ciencia, la repetición es regularidad que confirma las hipótesis. La excepción es el premio del poeta y el castigo del científico. Entre ambos, el historiador. Su reino, como el del poeta, es el de los casos particulares y los hechos irrepetibles; al mismo tiempo, como el científico con los fenómenos naturales, el historiador opera con series de acontecimientos que intenta reducir, ya que no a especies y familias, a tendencias y corrientes.  (…)

La historia participa de la ciencia por sus métodos y de la poesía por su visión. Como la ciencia, es un descubrimiento; como la poesía, una recreación”.³ 

Por eso, por más cuidadoso y crítico que sea un trabajo histórico, no será sino un desvelamiento parcial de la realidad, una mezcla de ciencia y de ficción. De ciencia, porque en ese trabajo intervienen reglas y controles que nos precisan lo que ya no es posible afirmar a partir de ciertos datos e hipótesis. De ficción, porque una vez conocidos y asimilados estos valores “negativos” de la ciencia, nos queda todavía por delante la construcción de una narración, de un relato. Y entre muchas posibilidades, solamente una va a tomar forma: escenario construido donde el historiador va a mostrar su habilidad para fabricar un texto a partir de restos documentales y para elaborar un discurso convincente sobre la realidad.

El historiador es también un ser histórico

Aunque el historiador otorgue prioridad a un resultado “objetivo” al revivir en su discurso una situación pasada, reconoce en esta reconstitución el orden y el efecto de su propio trabajo. Ese trabajo histórico no es el pasado, sino la producción que el historiador hace siguiendo las huellas de una ausencia. Hay que descifrar esas huellas para restituirles una presencia significativa.⁴ 

Es ingenuo pensar que los datos hablan por sí solos; el uso que el historiador hace de ellos implica un proceso de elaboración. El historiador, lo sepa o no, tiene que adoptar algún criterio al seleccionar y ordenar los hechos. En virtud de lo que incluye o excluye, valora o desvalora, él no permanece al margen, no es totalmente neutral. Esto no significa que el historiador sea el amo tiránico de sus datos, aunque tampoco es su humilde siervo. Entre el historiador y sus datos ‒ya lo dijimos‒ existe una continua interacción.

En el hecho de que el historiador no sea una máquina registradora, sino un activo recreador de la realidad histórica, radica su grandeza y también la relatividad de su trabajo. Trabajo que supone implicación y desprendimiento.

Implicación, porque el historiador no puede captar su objeto de investigación sino recreándolo por medio de un esfuerzo de comprensión. Desprendimiento, porque no debe ni puede identificarse completamente con el objeto (o los sujetos) de su investigación.  Se trata de saber controlar la propia distancia frente a lo que se construye o reconstruye. Esto hace parte de una indispensable capacidad de elucidarse porque ‒quiéralo o no‒ el historiador (y su trabajo) se inscriben en el interior (y no en el exterior) de las luchas socio-económicas y políticas.

No solo fluyen los acontecimientos, sino también el historiador que es, él también, un fenómeno social, producto y a la vez portador, consciente e inconsciente, de la sociedad a la que pertenece y en la que ocupa una situación específica. Por otra parte, los discursos históricos ‒en particular los discursos sobre una historia reciente y conflictiva‒ se inscriben e intervienen en una determinada realidad sociopolítica, donde son más o menos útiles para los distintos actores en pugna.

Nos encontramos, por lo tanto, con que los límites a la objetividad del discurso histórico no son solo de orden epistemológico, sino también ético, pues para cualquier grupo ‒como para cualquier historiador‒ los hechos van asociados a determinados valores. Los grupos ‒y los individuos‒ se enfrentan precisamente porque valoran y califican diversamente unos mismos hechos a la luz de intereses encontrados.

Admitir que el conocimiento histórico es parcial y susceptible de ampliarse o de ser rebatido a la luz de nuevos aportes y perspectivas no significa negar su relativa validez. Hay quienes piensan que si no se puede ser completamente objetivo se es entonces completamente subjetivo y que todo discurso histórico se reduce a meras opiniones, que valen lo mismo las unas que las otras. Pienso que ese “todo o nada” es desacertado. La parcialidad tiene sus límites y sus controles. 

Felizmente condenado a una buena dosis de subjetividad, el historiador “se salva” clarificando sus orientaciones, acompañando la historia de un pasado con el itinerario de un recorrido, precisando no solo el lugar desde el cual habla, sino también el movimiento que ha hecho, el trabajo que ha ejecutado a partir de determinados métodos, interrogantes y documentos. 

Nuestra objetividad ‒me asumo como historiador‒ consistirá entonces, en buena parte, en saber calibrar nuestra parcialidad y en decirla. Tal vez así nos neutralizaremos, sin dejar por ello de ser parciales.

‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒‒

¹ Carr, E. H. (1978). ¿Qué es la Historia? Barcelona: Seix Barral, 8ª. edición, p. 40.

² O. c., pp. 31-32.

³ Lafaye, Jacques (1977). Quetzalcóatl y Guadalupe. México: F.C.E., pp. 11-12.

⁴ Michel de Certeau (1975) ha reflexionado de manera fina sobre el particular en su libro L’écriture de l’histoire. Paris:Gallimard.

Rodolfo Ramón de Roux

Octubre, 2022

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Una sobrina de nuestro compañero Carlos Torres Hurtado, que vive en Estados Unidos hace 17 años, nos comparte su punto de vista sobre el Informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Como colombiana que no vive en Colombia, el Informe final de la Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición me gusta por tres razones principales.

La primera: me siento orgullosa de que tengamos la madurez de hacer una introspección y reconocer nuestro penoso pasado. Solo así vamos a salir adelante. No es fácil mirar nuestra historia. Es duro, es vergonzoso, es deprimente. La violencia, la corrupción y la negligencia han sido parte de Colombia, desde su nacimiento. Y oírlo, no de manera abstracta, sino de boca de las personas que han vivido lo invivible lo hace real y concreto. Creo que al igual que pasa con un individuo, solo al reconocer nuestras falencias y hablar abiertamente de cómo nos hemos equivocado, vamos a poder salir adelante. 

Hay veces en que ser colombiana es muy frustrante, pero este proceso me dio esperanza de que tal vez estemos en un punto de inflexión, donde por fin después de 212 años, este tal vez sea el acto simbólico que nos pone en un camino diferente. No soy tan inocente de pensar que todo cambió inmediatamente y nos volvimos Suecia. No, pero tal vez, dentro de muchas generaciones los nuevos colombianos puedan mirar atrás y reconocer el punto de partida donde empezamos a forjar nuestro potencial y donde aprendimos a vivir con dignidad.

Segunda: es polifónico, tiene muchos puntos de vista. Nuestra realidad e historia es muy compleja y no puede reducirse a algo binario, como buenos contra malos, liberales contra conservadores, izquierda contra derecha, etc. Soy consciente de que hay mucha gente a la que no le gusta esta complejidad, que necesita una historia más sencilla, donde hay un solo tipo de víctima y un victimario, pero esa no es nuestra realidad. El Informe es profundo y quiere que no sigamos haciendo procesos de paz que no funcionen. Quiere sacarlo todo al aire para que no quede maleza escondida que vuelva a crecer.

Tercera: es únicamente colombiano. Es un proceso que está basado en historias personales contadas oralmente. Para nosotros, como colombianos, como dice el escritor Juan Gabriel Vásquez, es muy importante que “…nos oigan nuestro cuento…”. Mucha gente que dio su testimonio a la Comisión de la Verdad solo quería que la escucharan, que unos oídos le dieran validez a su sufrimiento, más allá de buscar venganza o sembrar odio. 

Admiro profundamente al padre Francisco de Roux y a las personas que oyeron por horas y horas relatos inconcebibles, llenos de una violencia inefable, pero admiro más a las víctimas por tener el valor de hacerlo y encontrar las palabras. Creo que todos tenemos la obligación de leer el Informe y las historias del conflicto. Es nuestro deber entender al otro y es nuestro derecho saber la verdad.

No soy la mejor colombiana, no he seguido de cerca el proceso, ni la política y, para mi gran vergüenza, ni siquiera pude votar este año por descuido en la logística. Sin embargo, las audiencias de la JEP y la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición despertaron en mí una ilusión muy grande. No creo que sean perfectas, pero sí son serias. Y, a pesar de tener muchos bloqueos y estar en medio de un fuego político cruzado, lograron seguir un proceso profesional y respetuoso con las víctimas. 

Me pregunto si esta búsqueda de la verdad, como el satyagraha de Gandhi ‒que significa la fuerza de la verdad‒, nos va a impulsar a todos los colombianos a aprender a vivir con dignidad.

María Catalina Torres

Septiembre, 2022

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¿Qué nos pasó? ¿Por qué nos pasó? ¿Por qué no nos dimos cuenta? Estas preguntas han sido una invitación a pensarlas originalmente en primera persona del singular, es decir ¿qué me pasó a mí?

Coherente con mi método, que he compartido en otros artículos, me pregunto: ¿qué requerimientos experimenté a lo largo de estos casi 72 años? Y, también, ¿qué respuesta les he dado?

El contexto de la meditación de la mañana, en que escribo esto, estuvo marcado por la “parábola del trigo y la cizaña” (Mt. 13,36-43).

Requerimientos básicos de ¿qué comer y beber?, ¿dónde y con quién habitar?, ¿cómo vivir saludable y cómo sanarme?, ¿qué aprender?, ¿cómo movilizarme?, ¿cómo ser productivo y aportar a la economía?, ¿cómo protegerme de los riesgos? y ¿cómo recrearme? Estos y muchos otros requerimientos, diría que son comunes a todos los que compartimos la peregrinación por este país.

El problema de lo que nos pasó radica en las respuestas que damos y en el documento de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, La Convivencia y la No Repetición ha quedado plasmado. Hemos aprendido a comportarnos como personas no solo distintas, cosa que somos por naturaleza, sino como personas desiguales. 

Desde muy pequeño aprendí a compararme y a distinguir por diferencias en el coeficiente intelectual, en los ingresos económicos de las familias, en el color de la piel, en la mayor o menor habilidad en muchos campos, en creencias religiosas o en posturas políticas. 

Mirando hacia mi propia formación debo reconocer que encontré muchos valores ‒el “trigo” ‒, pero también muchas deficiencias ‒la “cizaña”‒. Simultáneamente, aprendí en la Congregación Mariana y en los Boy Scouts valores de servicio, de trabajo en equipo, de sensibilidad social, de compañerismo, de alegría y de superación para estar siempre listo. Y, por otro lado, en las clases formales de primaria y bachillerato aprendí comportamientos poco generadores de civilidad: a competir por el primer puesto, a vencer a los demás en las competencias académicas o deportivas, a excluir a quienes no me simpatizaban, a desconocer a los que “se portaban mal” y ‒lo que es peor‒, a juzgar mal a quien yo no entendía. 

Esta experiencia personal, agrandada al contexto del país, generó muchas personas muy valiosas, con numerosas cualidades, que le han agregado mucho valor al país, pero que también se han comportado, desde posiciones privilegiadas, con actitudes que generan grandes injusticias en esta sociedad desigual. 

Veo a la Iglesia, a la que pertenezco y a la que serví como su ministro por 10 años, con grandes logros y méritos en su servicio al país y a muchas personas de este, pero también la veo con grandes errores en comportamientos económicos, políticos, sexuales y sociales. 

Trabajando como servidor público por 20 años pude apreciar el influjo de grupos de poder que promovían una desigualdad rampante, a la hora de tratar las deshonestidades de sus miembros y los errores de quienes no pertenecían a sus grupos. 

Pensando en el futuro de mis nietos quiero dejarles algunos principios mínimos de convivencia que siembren en sus vidas y con ellos puedan contribuir a la construcción de una sociedad mejor y más justa:

  1. Todos somos igualmente dignos, aunque seamos muy distintos.
  2. Logramos más colaborando que compitiendo.
  3. Al final de nuestros días solo nos llevaremos el bien que hemos hecho a otros.
  4. Los errores propios y ajenos son motivo de grandes y duraderos aprendizajes.
  5. Cuidemos las emociones para que ellas nos impulsen siempre hacia el bien. 
  6. Escuchemos a todos y quedémonos con lo que nos haga mejores.
  7. Preguntemos siempre acerca de lo que queremos saber. 

El Maestro nos enseñó a aceptar que trigo y cizaña crezcan juntos y que solo al final se separen.

Juan Gregorio Vélez (Goyo)

Septiembre, 2022

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Nada es más poderoso que la comprensión de la historia. Es la forma de entendernos como humanos.

La idea de llevar el informe de la Comisión de la Verdad a los colegios abrió de nuevo un debate indispensable para el país. Lo importante es que se adelante en forma sensata y con argumentos inteligentes, que no siempre ocurre en estos casos.

Los primeros en saltar fueron quienes consideran el trabajo de la Comisión ilegítimo y sesgado ideológicamente, de lo cual deducen que llevarlo a las instituciones educativas es un ejercicio de adoctrinamiento guerrillero para mostrar no sé cuántas inequidades contra la Fuerza Pública y sectores destacados de la política y la sociedad. Eso, desde luego, no es inteligente y tampoco es verdad.

Lo que debe estar claro es que el informe no pretende ser la historia de Colombia, sino un elemento que ayuda a constatar lo ocurrido en un período de tiempo y específicamente en relación con las inocultables situaciones de violencia que ha vivido el país. Quienes han hecho este trabajo han sido claros en que su labor no agota todos los detalles y los matices de una tragedia colectiva que, desafortunadamente, habla de quiénes somos como sociedad, de cómo fuimos complacientes por más de medio siglo ante el homicidio, la tortura, el desplazamiento, el secuestro y la aniquilación física y psicológica de centenares de comunidades con víctimas y victimarios de muy diverso origen y motivación. Los niños, los adolescentes y los jóvenes no solo tienen el derecho a conocer los datos y los testimonios de este período, sino que debieran tener la obligación de hacerlo para experimentar una gran vergüenza colectiva, porque semejante tragedia prolongada por décadas habla de la banalización de la muerte y el sufrimiento de nuestros semejantes.

Es importante que niños, niñas y jóvenes puedan comprender las relaciones profundas de nuestra cultura con los grandes procesos históricos del mundo.

El informe no es la historia de Colombia y tampoco es un camino para tomar partido y descubrir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Es para entender que de una u otra manera todos somos artífices de un país que produce las monstruosidades que narran las víctimas y que hasta ahora hemos sido incapaces de encontrar caminos para vivir y resolver nuestras necesidades de forma civilizada.

Otra cosa es la urgencia de hacer de la historia el eje central de la formación que se ofrece a las nuevas generaciones. No solo es indispensable conocer nuestra historia, que no se agota en el devenir político, sino que incluye su proceso de desarrollo económico, científico, demográfico y cultural. También es importante que niños, niñas y jóvenes puedan comprender las relaciones profundas de nuestra cultura con los grandes procesos históricos del mundo.

Dice el Ministerio que la comisión encargada de adelantar la propuesta de lineamientos para reinstalar esta asignatura lleva dos años trabajando en el asunto. La cuestión no es si la historia se debe incluir como central en el currículo o no. Se trata, más bien, de discutir cuál es el camino pedagógico para explorar el pasado, a sabiendas de que no hay verdades únicas ni relatos oficiales capaces de explorar y explicar los hechos que han ido forjando nuestro presente.

Por más de veinte años, en muy diferentes medios, he insistido en que nada puede ser más poderoso que la comprensión de la historia. No hay otra forma de entendernos como humanos. No hay otra manera de vislumbrar el futuro. Pero es claro que relatos oficiales a la manera memorística tradicional son inútiles.

Hay otras interesantes alternativas como la que desarrolló el Ministerio de Educación con motivo del bicentenario de la independencia, titulada Historia Hoy. Fue un ejercicio enorme de participación que dio importancia a la historia local, a la capacidad de niños, niñas y maestros de explorar fuentes, de indagar acontecimientos y de reflexionar sobre puntos de vista de enorme riqueza. Ojalá el nuevo ministro, que ha recibido del presidente electo la instrucción de dar prioridad a este tema, rescate lo aprendido durante el tiempo en que se realizó este ejercicio.

Francisco Cajiao

Septiembre, 2022

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La nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de Mutis y Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad, única en el mundo? 

De los malos profesores de historia en el colegio, lo peor no fueron las listas de fechas de batallas y nombres que había que aprenderse de memoria, sino lo desenfocada que era su enseñanza, reducida a enumerar sus partes como si fueran las de un esqueleto que ha perdido toda vida. Después de esa experiencia escolar no es de extrañar que a los sobrevivientes no nos haya quedado ningún gusto por conocerla, confirmando la sentencia atribuida a Santayana: “quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”.

Por eso, no sorprende que en el Informe de la Comisión de la Verdad, una de las conclusiones que uno puede destacar es que las violencias cometidas en cincuenta y más años son la repetición de matanzas y sufrimientos infames que los victimarios más feroces han infligido a cientos de miles colombianos inermes y vulnerables, particularmente campesinos y habitantes de poblaciones perdidas en la geografía tan extensa que tiene al país. Los testimonios innumerables y dolorosos que se recogieron entre las víctimas, durante un tiempo largo de indagación, rompen el alma.

A raíz de la publicación del Informe se ha abierto un debate, que como suele pasar cuando se mezclan hechos con ideologías, ha desviado la atención sobre lo realmente importante que es la tragedia infinita de las víctimas que no necesitan de discusiones doctrinarias y polarizadas entre quienes son buenos y malos, sin que deje de ser central saber quiénes son los victimarios, individual o grupalmente tomados, ideológicamente de izquierdas o de derechas. En fin de cuentas, el objetivo esencial que se le asignó a la Comisión fue “el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición” de lo que sucedió en el conflicto armado colombiano. 

El Ministerio de Educación del gobierno entrante se ha propuesto llevar al conocimiento de niños y jóvenes el Informe de la Comisión. Está bien el propósito si no se distorsiona el objetivo pedagógico. El problema radica en que la transmisión de ese conocimiento histórico es muy sensible en términos sociales y políticos. Se requiere que se haga con pedagogía sin partidos para que no vuelva a darse lo que decía al inicio de este escrito: la ignorancia de la historia, una de las formas del adoctrinamiento. La enseñanza dogmática de la historia no solo lleva a la ignorancia; también conduce a repetir lo malo que sucedió en ella, como fueron las violencias del conflicto armado. Volveríamos al eterno retorno de las tragedias humanas por causa de la reproducción de victimarios. 

Vale decir que la nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben los niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de un Mutis y un Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad única en el mundo? Hay que conocer sin parcialidad la verdad de nuestra historia. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Septiembre, 2022

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Impactados por la presentación que hizo nuestro compañero Francisco de Roux S.J. al país y, luego, al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, del Informe final de la Comisión que él preside sobre la gran tragedia nacional del conflicto armado en Colombia, nuestro grupo decidió dedicar dos sesiones para compartir reflexiones, impactos y aprendizajes de la lectura individual del Informe. 

En estas segunda sesión, compartieron sus reflexiones nuestros compañeros Juan Gregorio Vélez, Carlos Enrique Velasco, Luis Arturo Vahos y Oscar Borrero. También compartimos la presentación de Jorge Luis Puerta quien no logro conectarse. Fue una sesión estupenda donde,  con mucho respeto y apertura, expresamos nuestros puntos de vista diferentes en las percepciones con respecto a los acercamientos a la verdad del conflicto de nuestro país que hizo esta Comisión en sus más de tres años de trabajo.  

Exjesuitas en tertulia – 28 de Julio, 2022
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El Informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición no es un tratado académico, como tantos que se han hecho sobre la guerrilla, la violencia o el narcotráfico en Colombia. Es un relato primordialmente humano, pues ha rescatado la pesadilla de los miles y miles de hombres, mujeres y niños abusados, maltratados, humillados, silenciados y asesinados por justificaciones ideológicas, intereses políticos, desmesurado deseo de control y autoridad, por los silencios cómplices, indiferencia de multitudes, desinformación constante; por amenazas, persecuciones y eliminaciones de aquellos que se atrevían a denunciar lo que estaba ocurriendo. 

El Informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición es un informe-radiografía de 60 años de encarnizada lucha de toda una sociedad desarticulada e indiferente a la descomunal masacre nacional que ese estaba viviendo. “Lo hace desde la consideración de que reconocer este impacto y el respeto por la vida humana son el punto de partida para cualquier proceso de reconstrucción, diálogo social y propuesta de transformación” (p. 22). 

La amplitud del número de entrevistados

El análisis y las conclusiones que presenta el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición son el resultado de haber conversado con multitud de víctimas, victimarios, instituciones, estratos estatales de la policía, del ejército, de la guerrilla, de organizaciones humanitarias; en fin, de representantes de todos los involucrados, tanto víctimas como victimarios. En términos concretos, la Comisión llevo a cabo “14.000 entrevistas y se establecieron conversaciones con más de 30.000 personas de todos los sectores sociales, regiones, identidades étnicas, experiencias de vida, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas” (p. 12). Una muestra que supera grandemente estudios previos del conflicto y que le dio voz, sin mordaza, a los que más directamente sufrieron su impacto.

Esta extensa muestra de participantes permitió a la Comisión definir el perfil de los actores del conflicto, demostrando que era un “entramado de alianzas, actores e intereses” cuya responsabilidad directa abarcó “sectores políticos (de todas las ideologías), económicos, criminales, sociales y culturales” que dejó “más de nueve millones de víctimas” y que tuvo “responsables directos e indirectos que deben responder por las decisiones que tomaron” (p. 13).

El Informe es la expresión directa del dolor, del impacto en sus vidas, del sufrimiento forzado que vivieron las víctimas. Es la voz de los sin voz que por fin pudieron expresar la tragedia como la vivieron, no como la reportaron los medios o fuentes parcializadas que representaban más bien los intereses propios de su organización política, económica o estatal.

Temas-realidades investigados

Los temas-realidades abarcados son extraordinarios. El Informe de la Comisión logra desenmarañar el entramado formado por las inacciones del Estado, la corrupción de políticos, latifundistas y narcotraficantes; las barbaries llevadas a cabo por la guerrilla, los paramilitares, el ejército, la policía las autodefensas. No excluyó los impactos de la guerra en la ecología, en los abusos y violaciones de los derechos humanos, en el silenciamiento cómplice de todos los que nolevantamos nuestras voces para denunciar las injusticias que se llevaban a cabo. 

Puso de relieve el desarrollo de modelo de inseguridad aceptado por todos como la forma normal de vida diaria, la impunidad como factor clave para que el conflicto armado siguiera existiendo por tanto tiempo. Hizo evidente que el mantenimiento de la guerra tuvo un impacto social en el que se aceptó “el uso de la violencia en las relaciones interpersonales de la vida cotidiana” hasta convertir el país en “un campo de lucha de buenos y malos, de amigos y enemigos”, obviamente dependiendo de quién acusaba al otro de ser el malo o el enemigo (p. 19).

Impacto de la guerra

El Informe estima que entre 26.900 y 35.641 niños, niñas y adolescentes fueron reclutados en el periodo 1986-2017. Es fácil entender que niños y niñas arrebatados de sus hogares y forzados a vivir con la guerrilla y a actuar como combatientes sufrieron un impacto emocional en su desarrollo por el simple hecho de estar alejados de sus familiares, tan necesarios para la construcción de su personalidad. La falta de futuro es un impacto dramático y, a la vez, invisible en esa niñez afectada por la guerra (p. 21). 

Se calcula que, en el contexto del conflicto armado, ocho millones de hectáreas fueron despojadas en forma violenta. De acuerdo con la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, 32.812 personas han declarado haber sido despojadas de sus tierras y 132.743 han expresado la pérdida de bienes muebles o inmuebles asociada al conflicto armado (p. 24).

El Informe expone sin temor que “la guerra ha resultado beneficiosa para sectores que acumularon tierra y propiedades, ha fortalecido las economías ligadas al conflicto armado y al narcotráfico y los que ganaron poder político”, mientras explotaban a la población rural empobrecida y a los pueblos étnicos (pp. 25-26).  

Radiografía sin temor del país durante el periodo del conflicto

Si hay algo importante por resaltar del Informe es su audacia para hacer una radiografía descarnada de todos los sectores que estuvieron involucrados en semejante delirio de control del país para su beneficio institucional y aun personal. De ahí que el Informe no tiene miedo de enumerar a todos los sectores involucrados en mantener dicha situación de violencia porque les brindaba las posibilidades de seguir explotando al país en todos los ámbitos donde habían anclado sus garras.

Así pues, el Informe evidencia que tanto el ejército, como la guerrilla, la policía, los paramilitares, como el narcotráfico, los terratenientes, los políticos del momento, los maleantes, los controladores de la economía del país, los medios de comunicación, las organizaciones extremistas, las posiciones ideológicas de la Iglesia, y la masa de los indiferentes no querían admitir lo que estaba ocurriendo. Todos, de alguna manera, participaron en el proceso, en hilvanar el entretejido que llegó, no pocas veces, a justificar los horrores que se estaban cometiendo porque se hallaban más interesados en defender sus posiciones de privilegio o de control que en admitir su rol en la tragedia nacional.

El gran mérito del Informe

El gran mérito que del Informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición es que los análisis y juicios hechos se efectuaron con base en el diálogo constructivo que tuvieron con todos los entrevistados al darles oportunidad de expresar el horror sufrido bajo el abuso de los que tenían las armas y el permiso para usarlas en contra de ellos. Los entrevistadores pudieron rescatar lo no-dicho, lo no-descrito por aquellos que tenían el poder y los medios para hacerlo, pero que optaron por guardar un silencio indiferente.

El Informe, centrado en las víctimas, rescató del olvido y del silencio cómplice la esencia humana que había sido pisoteada, negada, descartada y, en la práctica, declarada inexistente. Puso de relieve los múltiples escenarios en que los derechos humanos más básicos fueron pisoteados, negados a todos las víctimas asesinadas, ultrajadas, obligadas a migrar.

El Informe declaró, con audacia, la total ausencia en todas esas actividades, de una ética y moralidad básicas que puso de relieve cuán desnaturalizado fue todo el proceso, pues las víctimas fueron objetivadas como molestias y obstáculos que impedían a los actores grupales, estatales o militares alcanzar sus objetivos y que, por lo tanto, fueron sistemáticamente eliminadas o neutralizadas. 

El Informe logra rescatar la dignidad y los derechos humanos como el parámetro más elemental sobre el cual debe llevarse a cabo el diálogo constructivo de una paz duradera. A todos los implicados se nos pide tomar conciencia de lo ocurrido, donde quiera que uno esté ubicado, y a participar en este diálogo nacional de reconciliación, pues es la solución para establecer una paz duradera y una reorganización profunda de las estructuras gubernamentales, económicas y sociales de quienes participaron en el conflicto. Esto implica el reconocimiento de todas las partes de su participación y responsabilidad en lo ocurrido, declarando dicha participación, pidiendo el perdón correspondiente y aceptando la reparación necesaria que el proceso legal y de justicia establezca.

Concluyo haciendo el más caluroso reconocimiento a la integridad, ecuanimidad, arrojo, equilibrio, profundidad de análisis y liderazgo de los comisionados. Estoy seguro de la redacción de porciones claves del Informe porque en ellas se detecta enseguida la integridad moral de un individuo comprometido con la lucha en pro de la dignidad del ser humano al que le ha dedicado su vida de hombre involucrado, de religioso convencido, de humanista integral que vivificó todo el proceso, imprimiéndole esa profundidad y dignidad que la tienen los grandes de la historia. Así es Pacho de Roux, jesuita y presidente de la Comisión.

Reynaldo Pareja

Agosto, 2022

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“La verdad de la no repetición” – ¿Un mundo posible? 

En la entrega anterior planteaba esta hipótesis: si lográramos tener unas creencias e imaginario colectivo compartido sobre los valores en que creemos y la forma como  queremos vivirlos, nuestras acciones como personas, familias, comunidades, regiones y como país lograrían el cambio que deseamos. Sin embargo, creería que además de compartir unos valores, se haría preciso tener unas verdades comunes y, entre ellas, propondría la verdad de “la no repetición”. 

Todos hemos sentido de alguna forma el rigor del proverbio que dice “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra” y que, según el Instituto Cervantes*, significa que “el ser humano no siempre sabe discernir conforme a la razón y por esa causa no aprende de la experiencia y vuelve a equivocarse en una situación semejante”. Ante ese vaticinio me sigo preguntando: ¿será que la violencia, el maltrato, la discriminación y la exclusión serán piedras con las que siempre tropezaremos? ¿Habrá un mundo posible donde la “repetición” de estos flagelos no se dé?

Esto viene rondando mi cabeza especialmente desde que el equipo que conforma la Comisión de la Verdad, liderada por Francisco de Roux, con su trabajo juicioso y riguroso, se ha dado a la tarea de esclarecer la verdad sobre el conflicto en Colombia y buscar la no repetición. En esa búsqueda de la verdad nos han permitido escuchar las voces de las víctimas y de los victimarios, todos ellos bajo diversas identidades, procedencias, ropajes y roles que en su momento les permitieron sufrir o alimentar el conflicto. 

En esa búsqueda de la verdad, ¡magna tarea que le han dado a los comisionados!, se han escuchado todas las versiones, desde las fundamentadas en hechos concretos, hasta aquellas que solo tienen como soporte la memoria, la ausencia y el dolor de la desaparición. La lucha entre lo objetivo, lo interpretado, lo corroborado y lo contrastado se vuelve cada día un reto mayor ante una sociedad que cada vez está más perpleja y desconcertada ante esta catarsis colectiva de víctimas que ha inundado el país. Luego de escuchar a Francisco de Roux, quien con su mirada compasiva nos invita a hacer lo mismo, nos dice que “los victimarios antes que nada han sido víctimas”, y de conocer sobre tanta crudeza y dolor, me sigo preguntando: y con esta realidad, ¿cómo podría ser Colombia el país en que me gustaría vivir?

Si bien la Comisión tiene muy claros sus objetivos y metodologías para lograr su cometido, me sigue inquietando saber cuál es la verdad común que necesitaríamos tener como colombianos para hacer de Colombia el país en que nos gustaría vivir. Es más, al escuchar en días recientes el diálogo o, mejor dicho, la interlocución entre Salvatore Mancuso y Rodrigo Londoño facilitado por esa misma Comisión, recordé una de las populares doloras de Ramón de Campoamor: “y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira /”, y observaba cómo cada uno de ellos tenía “su verdad” o “su cristal”… empañado muchas veces por el odio y/o “el fin justifica los medios”, mostrando ambos con gran maestría su impotencia para “justificar lo injustificable”.

Imposible no reconocer la insensatez y la deshumanización que lleva consigo la guerra. Allí no hay lógica, no hay racionalidad, solo hay seres que se dejaron arrastrar por sus instintos animales y sacaron lo peor de sí mismos y de los demás. Un gran testimonio para reconocer que el camino de la violencia, del maltrato, la discriminación y la exclusión solo trae dolor y odio y, lo peor, no beneficia a nadie. Al escucharlos no solo llegaron a mi mente imágenes y sonidos de dolor y atrocidad que se han vivido y se siguen viviendo en nuestro país, sino también otros hechos que hemos vivido como familia humana en nuestro planeta a lo largo de la historia.

Gandhi, Mandela, Martin Luther King, el juicio de Nuremberg, el juicio de Tokio y el nacimiento de la Corte Penal Internacional, los campos de concentración, el muro de Berlín, el Museo del Apartheid en Johannesburgo, el Museo del Holocausto en Jerusalén… personajes, hechos y símbolos de la historia reciente que están ahí para no olvidarlos, que nos invitan a “No repetir”, a que saquemos no lo peor, sino lo mejor de nosotros mismos. Y eso, “lo mejor”, por la equidad de la creación, todos lo tenemos; es más, todos lo llevamos en nuestro interior.

Estoy convencida de que el proceso que estamos viviendo en Colombia puede convertirse en una gran luz de esperanza, en dejarnos la gran verdad colectiva y compartida de la no repetición, la verdad del reconocimiento, la comprensión y la convicción de que el camino de la violencia, el maltrato, la discriminación y la exclusión solo trae dolor y odio y no beneficia a nadie. Una luz que nos invita y alerta a que no repitamos lo que nos daña y destruye, a que no tropecemos de nuevo con estas piedras.

Porque vivir en una Colombia donde su verdad fundamental compartida sea la no repetición de palabras y actos que dañan y destruyen, es donde me gustaría vivir. Un país en que esa gran verdad colectiva ha surgido de unos ciudadanos valientes y audaces que enfrentaron sus propios demonios y les dieron la cara y les dijeron: no más. Un país con una gran tarea pedagógica y de compromiso con las generaciones presentes y futuras y con el propósito de restaurar la dignidad y la vida de los que han sufrido lo insufrible. Una Colombia que cuente con todos los testimonios, voces y lágrimas de los actores del conflicto para hacer que nuestra conciencia como ciudadanos se abra a la transformación y no repitamos más actos de violencia, maltrato, discriminación y exclusión. ¡Un mundo posible que está en nuestras manos alcanzarlo! 

Porque fuimos creados para ser más y no para ser menos humanos.

https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58612&Lng=0

Marta Elena Villegas

Septiembre, 2021

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