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Cecilio

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A poco de terminar la primera mitad del siglo XX, el Noviciado de la Compañía de Jesús se trasladó de Bogotá a Santa Rosa de Viterbo, en el Departamento de Boyacá; de la ciudad al campo y años después en ese movimiento pendular de la historia, se regresó del campo a la ciudad.

La Casa de Formación de los Jesuitas en Santa Rosa de Viterbo se instaló a tal distancia de la población que no se ubicara ni tan lejos ni tan cerca del poblado y ello le permitió mantener su plena identidad de bucólica ruralidad sin perder las posibilidades de una apenas incipiente sociedad de verdad urbana. Los terrenos aledaños al poblado eran poco más que potreros transformados en el tiempo como vergel al estilo del jardín aquel del paraíso que narra la Escritura: toda clase de árboles, animales y plantas amenas.

Los “colonos” jesuitas transformaron el lugar al llenarlo de arboledas, huertos, senderos peatonales, grutas para darle mansión digna a imágenes de la Virgen María en distintas advocaciones y pequeños manantiales terminados en surtidores frente a las grutas donde reposaba la imagen de la Virgen; surtidores que el P. Manuel Briceño, S.J. inmortalizó en memorables poemas como aquel “surtidor de la Virgen, cariñoso y sincero / que a fuer de ser trovero te tornaste juglar”

Todo estaba completo y en plenitud en aquel “campo florido” del villancico una y otra vez entonado en la noche de Navidad, clima de alta sensibilidad anímica y que a la postre era intimidatorio: “No sé Niño hermoso / que he visto yo en ti / […] si acaso algún día / me atreva a salir / al campo florido / muy lejos de aquí”… La sonora y poco común voz del H. Oscar Buitrago, manizaleño, buen intérprete de la bandola y de personalidad encantadora nos hacía estremecer y hería nuestra muy exaltada sensibilidad religiosa ante la posibilidad de “abandonar” la vocación; Oscar lo haría luego pero se incardinaría el clero secular de Manizales. Permítaseme breve divagación en el relato.

Ausente el H. Buitrago entonó el tradicional villancico, el samario y médico Javeriano Eduardo Gámez del Valle, quien además de preciosa voz, mantenía preocupación constante por sus compañeros de Noviciado a tal punto que se inquietó por la salud del H. Lombana (Agustín) a tal punto que logró el permiso necesario para activar la rudimentaria e inactiva máquina de Rayos X de la Enfermería para observar el “desarrollo óseo” de su inesperado paciente; a esa sesión “radiológica” tuve la oportunidad de hallarme presente vigilado de cerca por el H. Gabriel Duque, S.J. enfermero oficial de la comunidad; diagnóstico, “crecimiento precoz”.

Desde la toma de sotana la noche del 24 de diciembre de 1954 el H. Gámez (Dr. Gámez) hacía patente su devoción y las emociones que le embargaban durante meditaciones y visitas al Santísimo a través de frecuentes y sonoros “suspiros”. Su colega y amigo, el también samario Dr. Carlos Lacoture Zúñiga, lo llamaba con cariño “capota” y nunca se me ocurrió preguntarle por qué.

Durante el consabido Ejercicio de Humildad de los lunes a finales de la mañana, su colega y coterráneo samario Carlos Lacoture Zúñiga dijo muy serio y tono a todas luces costeño: “me parece que el Hermano -refiriéndose a Eduardo- manifiesta con frecuencia respiración bradinéica”; el estupor se apoderó del recinto y una que otra risa nerviosa de algunos novicios, rompió el hechizo de aquel término técnico salido del corazón de un galeno y no de un novicio; Lacouture se “quejaba” de que el H. Gámez “suspiraba mucho” y con fuerza. Vuelvo al cuento.

Cierto día el monótono correr de la distribución ordinaria en el bucólico Santa Rosa de aquellos tiempos, se quebró de repente con la presencia de soberbio ternerillo en trance de volverse torete paseándose por los senderos peatonales a la par con las “ternas” prescritas para la ocasión de las “quietes” del medio día y los recreos de media tarde.

El recién llegado “novicio vacuno” acaparó la atención de todos e incluso, no faltó quién diera alguna cátedra de “bovinología”, tema sobre el que tenían alguna “experticia” quienes acreditaban antecedentes en las novilladas de El Mortiño. Rodrigo Ospina (el Gordo Ospina) al primer cabezazo del torete, revivió sus épocas de novillero incipiente en la Apostólica.

Aquel inesperado torete se acomodó de maravilla al ambiente recoleto del inmenso edificio solariego y clerical; se paseaba entre las “ternas” de la quiete en el medio día, muy a sus anchas. A la manera del Lobo de Gubio que cantara el inmortal Darío, los nuevos imitadores del de Asís le fueron tomando confianza hasta el punto de que ante la cercanía de negras sotanas, el becerro aquel dejó de lado los naturales mecanismos de huída y más bien parecía disfrutar de las palmaditas y el pausado rose de manos virginales recorriendo en fruición la lustrosa piel del animalejo por parte de quienes no tenían el menor empacho en violar a la vista de todos “la regla del tacto”.

El P. Manuel Briceño, S.J. popular entonces siempre por la “sal” que le ponía a sus coplas y versos festivos, resolvió bautizar al torete “Cecilio” y en complicidad con Guido Arteaga surgió el pasodoble: “Cecilio” con fanfarria de apertura de plaza y todo.

Letra: P. Manuel Briceño Jáuregui, S.J. Música: P. Guido Arteaga Sarasti, S.J.

(aire de pasodoble)

Coro

Tengo un torete

muy regordete

no hay en el mundo

nadie como él.

Es mi Cecilio

mi gran idilio.

¡Ay quién pudiera

ser como él!

Estrofa

Cinco mil pesos

en cada pata

[dos versos siguientes que no recuerdo]

¡Ay quién pudiera

Ser como él

Nunca le preguntamos al onomatólogo los orígenes del nombre Cecilio impuesto al bovino, pero con el correr de los años y la experiencia en el “talante burlón” de Briceño, pude establecerse al menos dos hipótesis plausibles: la una, etimológica, connatural a la formación de un egresado Oxoniense que deriva la palabra Cecilio del diminutivo coeculus y este a su vez, del adjetivo coecus, “ciego”. Los juniores de entonces desarrollamos un amor ciego por aquel animalejo amor ampliamente correspondido por joven bovino.

La otra hipótesis podría colegirse a partir de las “adiuncta” en el estudio De bello Yugurtino que estudiábamos en esos tiempos y Cicerón vapuleaba al de Numancia por sus intrigas palaciegas. Quinto Cecilio Metelo derrotó a Yugurta en África y de ahí que le asignaran el “cognomen” de Numídico. Yugurta era hijo bastardo pero a pesar de todo consiguió que le nombrase coheredero del reino de Numidia. ¿Sería aquel torete hijo bastardo de alguna vacada ajena?

El hecho es que el cuadrúpedo animalejo ya convertido en torete parecía deleitarse en los visajes que lanzaban los religiosos deleitados con aquella camaradería y como el de Gubio de Darío “La gente veía / y lo que miraba casi no creía. / Tras el religioso iba el lobo fiero, / y, baja la testa, quieto le seguía / como un can de casa o como un cordero”.

Cierto día, al rigor de las bajas temperaturas mañaneras se unió ese “frío” indescriptible que producen las ausencias del bienamado; Cecilio, el torete regordete desapareció como por encanto del paisaje monacal de La Quinta de los Padres; no así el pasodoble que siguió formando parte del repertorio musical en paseos y meriendas lautas por algún tiempo.

Jaime Escobar Fernández

Chía 14 de mayo de 2024

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