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La violencia se ha reiterado en el título de este extenso ensayo, que ya va más allá de la mitad. El siguiente texto entra de lleno en La Violencia (con mayúscula) que llevó a su consumación el orden establecido por la Regeneración y la tradicional dialéctica colombiana de enfrentamiento y reconciliación entre conservadores y liberales.

8. La Violencia, consumación de la Regeneración

Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948. Su inesperada muerte dio rienda suelta a conflictos largamente postergados. La ira del pueblo contra la oligarquía, alimentada por Gaitán, se dirigió contra los jefes del orden oligárquico y sus símbolos: fue atacado el Palacio donde residía el presidente Ospina (1946-1950); periódicos y residencias de notables conservadores y de algunos liberales, templos e imágenes sagradas, fueron asediados y algunos fueron destruidos. Las masas enfurecidas arrasaron e incendiaron barrios enteros de la antigua Bogotá. 

El imperturbable Ospina respondió a la turba enfurecida y ebria con una masacre indiscriminada. Los dirigentes liberales se dividieron: un sector entró a participar en el gobierno, con el propósito de garantizar la estabilidad institucional, mientras el otro auspiciaba la conformación de guerrillas liberales y comunistas. Gracias a la división de los enardecidos gaitanistas, las élites liberales recuperaron el control de sus dos vertientes: la antioligárquica del primer Gaitán y la oficialista del segundo, cuando se convirtió en jefe del directorio Liberal. La reacción del pueblo se combinó con un violento y último enfrentamiento entre liberales y conservadores. Además, en ese conflicto se anudaron pasiones religioso-políticas y conflicto de intereses de terratenientes que aprovecharon el caos para incrementar sus propiedades, como lo analizan muy bien Gonzalo Sánchez y Donny Maertens. A partir de entonces, se desató una violencia sanguinaria que duraría por lo menos hasta 1953. 

En La Violencia, con mayúsculas (1948-1953), llegó a su consumación el orden establecido por la Regeneración y la tradicional dialéctica colombiana de enfrentamiento y reconciliación entre conservadores y liberales. La cifra de sus víctimas, que oscila entre 200.000 y 400.000 muertos, constituyó su holocausto final. La salvaje brutalidad desplegada en las masacres desbordó con mucho los imperativos de la guerra y revistió, más bien, el carácter cuasirreligioso de un sacrificio expiatorio o de una retaliación absoluta entre el bien y el mal. Revelaba, de este modo, la quintaesencia religiosa de la lucha entre los partidos. La Violencia y sus increíbles excesos, que amenazaban la estabilidad institucional, la agotaron como recurso para la relación entre los partidos. No era posible seguirla utilizando por más tiempo. Había que buscar caminos de reconciliación.

En 1950, triunfó Laureano Gómez con una escasa votación frente a un partido liberal disminuido y en desbandada. A la vez que acentuaba la violencia oficial contra liberales y comunistas, Gómez pretendió ‒como ya sugerí‒ implantar un régimen de cristiandad que reviviera, tardíamente, el espíritu católico de la Contrarreforma y la Regeneración. Sin embargo, la descomposición de la guerrilla en bandidaje y su parcial transformación en lucha campesina contra el poder terrateniente condujo al comandante de las Fuerzas Armadas, general Gustavo Rojas Pinilla, a deponer a Gómez mediante el golpe militar de 1953 y a buscar la “pacificación” del país a sangre y fuego. Los obispos, el alto clero y los conservadores ospinistas saludaron el golpe, aunque luego, cuando Rojas comenzó a matar estudiantes y obreros, manifestando a la vez su propósito de permanecer en el poder, lo declararon dictador. Masivas y continuas protestas ‒animadas además por una parte del clero‒ lo obligaron a renunciar y fue reemplazado por una Junta de cinco altos mandos militares que le darían paso a un arreglo entre los dirigentes políticos de los dos partidos tradicionales.

El orden establecido por la Regeneración y su dinámica de enfrentamiento y reconciliación, que ya describí, permiten comprender la coexistencia de estabilidad institucional y crónica violencia interpartidista, que sacudió a Colombia desde el siglo XIX hasta 1953 e incluso más allá. El mutuo respaldo entre Iglesia y Estado perduraría con altibajos incluso después de concluido el monopolio conservador del poder y condicionaría, en adelante, la cultura y el régimen político colombianos, por lo menos hasta mediados del Frente Nacional (1958-1974). Incluso el partido Liberal y hasta los mismos comunistas terminarían amoldándose a las pautas de comportamiento definidas por la cultura de la Regeneración. Tan profundas raíces echó el pacto entre Iglesia y Estado en la nación que ‒a pesar de sus numerosas reformas‒ le dio vigencia al espíritu de la Constitución de 1886 durante más de un siglo, hasta 1991. 

Más que Bolívar o Santander, fue esta alianza entre Iglesia y partido Conservador, impulsada por el cartagenero Núñez, la que marcó la cultura política colombiana. Como ya expresé, no tanto el “santanderismo” sino el “nuñizmo” católico ofrece la clave para descifrar la índole de las élites colombianas y su estilo de conducción política.

Para poner fin a una Violencia que se tornaba amenazante, las élites de los partidos tradicionales comenzaron a buscar su reconciliación definitiva. 

9. Mediación militar para la reconciliación bipartidista (1953-1991)

Tras la Junta militar, los jefes de los dos partidos, el conservador Laureano Gómez y el liberal Alberto Lleras, lanzaron el Frente Nacional (1958-1974), que consagró como norma constitucional el monopolio bipartidista del poder que duraría, formalmente, 16 años y, en la realidad, algo menos de 30, hasta la nueva Constitución de 1991, cuando ya los dos partidos tradicionales habían desaparecido y se habían subdividido en numerosos y pequeños grupos, de intereses con frecuencia oscuros, que reclamaban para sí el nombre de “partidos”. Esa mutante carioquinesis política de partidos y movimientos sigue avanzando sin cesar.

De este modo, la antigua y fanática cultura política reacia a la modernidad, que sin embargo estaba basada convicciones y valores, fue reemplazada por empresas electoreras que intercambiaban plata, tejas de zinc, almuerzos y traslados a pie de urna, por votos ya marcados y controlados; para ello contaban además con el apoyo de la fuerza pública ‒prácticas a la vez clientelares y coercitivas, a las que solo por analogía podríamos asignarles el nombre de cultura política‒. La agotada clerocracia colombiana le cedió entonces el paso a la democradura, editada en su original formato civil. 

Si damos una mirada muy general a los gobiernos militares de los años 50 y a los gobiernos civiles del Frente Nacional podemos decir que sus numerosas diferencias constituyen apenas distintos énfasis dentro de un largo período de transición burocrático-militar, que va desde el agotamiento y la quiebra del antiguo orden clerical de la Regeneración, producidos por La Violencia (1953), hasta la implosión final de la democradura, que dio lugar a una nueva Constitución (1991), totalmente opuesta a la de 1886.

10. La alianza bipartidista y la Iglesia

Los efectos del Frente Nacional fueron múltiples, inesperados y, a mi juicio, no suficientemente analizados. Subrayo tres que contribuyeron de modo particular a vaciar de contenido la tradicional cultura política y a debilitar, de paso, la legitimidad del Estado. El pacto bipartidista no solamente selló la paz entre liberales y conservadores como se suele repetir, sino que, de paso, suprimió también sus diferencias y los vació de contenido, socavando su arraigo en el sentimiento y la pasión popular. Mucha gente comenzó a mirar a los partidos como simples maquinarias electoreras de políticos corruptos. En segundo término, el Frente Nacional abandonó parcialmente los intentos modernizadores emprendidos por “la revolución en marcha” del primer López Pumarejo, y convirtió al Estado en simple botín burocrático de los dirigentes políticos y sus clientelas. Finalmente, el Frente Nacional trajo consigo una consecuencia habitualmente ignorada: una forzada secularización de la actividad política y, en consecuencia, la pérdida del antiguo principio seudorreligioso de identidad nacional, cohesión social y legitimación política. 

En la Regeneración, la Iglesia había desempeñado un lugar central. Constituía el núcleo legitimador del régimen político y la instancia integradora de la cultura y la sociedad nacionales. El pacto bipartidista la desalojó de su lugar de privilegio. Ante todo, eliminó su arbitraje entre los partidos y una parte significativa de su influencia en el manejo del poder. Liberales y conservadores aprendieron a perpetuarse en el gobierno prescindiendo de la Iglesia y sin recurrir casi nunca a los encontrados sentimientos religiosos del pueblo colombiano. El Frente Nacional introdujo, pues, una secularización desde arriba que le sobrevino repentinamente a una sociedad arcaica, no preparada para asumir la política con criterios modernos.

A esta súbita desacralización de la política se sumó luego la secularización inducida por la rápida y desordenada “modernización” de la sociedad colombiana. La violencia en el campo, sumada al desarrollo industrial de la ciudad que demandaba mano de obra, aceleró el éxodo campesino, el proceso de urbanización y la rápida pérdida de los valores rurales de carácter comunitario. De contera, podemos añadir que la inmigración campesina amontonó inorgánicamente en torno a las ciudades las llamadas “clases populares”, potencial sujeto de una verdadera democracia o carne de cañón de un clientelismo demagógico y finalmente autoritario, apoyado por la coerción de la fuerza pública.

La alianza bipartidista tuvo también altos costos internos para la Iglesia. Al perder su exclusiva referencia al partido Conservador, la Iglesia dejó de constituir un bloque políticamente unificado. Fueron apareciendo en ella divisiones políticas que contribuyeron a restarle cohesión, fuerza y credibilidad. Comenzando por Camilo Torres, algunos sacerdotes, religiosas y laicos se acercaron al ELN de la época. Y esas actitudes contestatarias reforzaron a su vez en los obispos, durante los años 70 y 80, la postura defensiva y francamente reaccionaria que les era habitual. El resultado fue la fragmentación y polarización de la Iglesia. 

Por la brecha abierta en la unidad y el poder de la Iglesia católica penetraron en Colombia otras confesiones e iglesias cristianas, numerosas sectas, innumerables creencias e increencias y ritos de toda naturaleza. El papel de cohesión cultural que desempeñaba el catolicismo se debilitó sustancialmente y, en su lugar, encontramos hoy una extendida atomización de la antigua consciencia religioso-política nacional. Hasta hace poco perduraba, sin embargo, en la cultura colombiana su antiguo talante católico, es decir, dogmático y autoritario, sobre todo en las élites de Antioquia, del eje cafetero, el Tolima y el Huila, así como también en los Santanderes y el Cauca. 

En suma, la Iglesia católica dejó de ser el “fundamento del orden social” colombiano sin que su papel de cohesión cultural fuera sustituido por una racionalidad política moderna ni por una élite dispuesta a desarrollarla. Su desdibujamiento fue dejando tras de sí un enorme vacío de valores y normas compartidas, y un notorio déficit de legitimación del régimen político. En suma, legó división, caos y virtual anarquía. En reemplazo de la Iglesia, el Frente Nacional desarrolló una formidable maquinaria bipartidista de legitimación electoral a punta de compra de votos y, en su respaldo, acudió a la coerción policiva y militar. La fuerza pública adquirió entonces la importancia y el peso que no había tenido hasta ese momento y que se incrementaría de manera alarmante desde fines del siglo XX y primeras décadas del XXI.

Al mismo tiempo, desde mediados de los 50 se multiplicaron los centros educativos de orientación laica y tuvieron un notable desarrollo los medios de comunicación masiva, como la radio, la televisión y el cine, con lo cual el monopolio cultural ejercido desde el púlpito, la cátedra y el confesionario se vio rápidamente barrido por una intensa competencia multicéntrica y una cotidiana penetración doméstica de nuevas informaciones y opiniones plurales. 

Ni qué decir del imperio actual de los celulares, que de una generación a otra van rompiendo los lazos de los jóvenes no solo con las iglesias y sus propios padres y maestros, sino incluso con la generación precedente. Estamos ante una sociedad nacional y mundial en acelerada y constante transformación. Podemos hacer parte del proceso o, desorientados, optar simplemente por ser sus espectadores.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

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Hasta el fin del Frente Nacional (1974), en Colombia existió una singular convergencia de dos fenómenos en apariencia contradictorios: por una parte, una excepcional estabilidad institucional y, por otra, unos altísimos índices de corrupción, ilegalidad y violencia, considerados como de los más altos del mundo. Esa deplorable situación se ha prolongado hasta ahora.

La coexistencia de violencia y estabilidad institucional dio ocasión a dos importantes trabajos: Orden y Violencia. Evolución socio-política de Colombia entre 1930 y 1953 (1987), de Daniel Pécaut, y Colombia: Violencias y Democracias (1987), obra de los llamados “violentólogos”, coordinados por el profesor Gonzalo Sánchez. Ambos títulos apuntan a la misma paradoja: la existencia simultánea de dos extremos contrarios: por una parte, estabilidad institucional, y por la otra, corrupción y violencia. Los autores de la Comisión califican el sistema institucional colombiano como “democracia”, mientras Pécaut le asigna el apelativo de “orden”. Por razones que irán apareciendo más adelante, prefiero esta segunda denominación, sin desconocer por ello la relativa validez de los motivos en los que se apoya la primera. 

Quiero introducir en esta reflexión un tercer elemento, habitualmente olvidado en el análisis político: la cultura colombiana y, en particular, una cultura política impregnada desde los tiempos de la Colonia por el espíritu de la religiosidad católica española de la época, espíritu que ha pervivido en Colombia por lo menos hasta mediados de los años 60. 

En realidad, se trataba en la Colonia de un catolicismo integrista, francamente antimoderno, radical y beligerante, que subyacía y condicionaba toda la cultura de los colombianos, y cuyo formato gravita aún en el inconsciente de muchos connacionales. Sus formas han pasado incluso a ser el “alma” profunda y desconocida de la cultura laica nacional. Le pido al lector mantener muy presente esta hipótesis que le da una perspectiva inesperada a muchos aspectos del análisis que me propongo desarrollar. 

No sobra recordar que no soy historiador, y que en este caso soy apenas un ensayista, por lo que estoy abierto a todas las sugerencias y correcciones a las que hubiese lugar. Pero sí reitero que cuando se ignora el pasado, se arriesga a repetirlo. De este ensayo deberían derivarse provechosas lecciones para el presente y el próximo futuro.

Llama la atención, al menos en términos sociológicos, que Colombia haya sido probablemente uno de los países más católicos (si no el más) de América Latina y que sea, al mismo tiempo, el pueblo más violento del continente. Por poner un ejemplo, la población antioqueña se distinguía en el pasado por la presencia simultánea de una profunda tradición católica y conservadora y, por lo menos desde el último tercio del siglo XX, de una inusitada y creciente corrupción y violencia. Vale recordar que una constelación similar podría hallarse también en otros pueblos particularmente católicos, como Italia y en particular Sicilia, el país vasco español, Irlanda del Norte o Filipinas. No pretendo, sin embargo, adelantar aquí esta comparación que constituiría sin duda un interesante tema de investigación. 

En el presente ensayo, escrito a mediados del 2022, quiero limitarme a esbozar algunas respuestas a preguntas como estas: ¿existe en Colombia una relación entre estos tres factores, orden, religión y violencia, o su existencia simultánea es meramente fortuita? ¿Qué tiene que ver con ellos la crisis ética y política en la que se ha sumido el país bajo una aparente defensa de la legalidad, repetida hasta el cansancio desde hace por lo menos veinte años? ¿Hay razones que nos permitan esperar que esta simbiosis contradictoria esté en vías de desaparición? Las respuestas que ofrezco a preguntas tan vastas y complejas constituyen apenas hipótesis de trabajo y como tales las presento al lector. 

Antepongo una observación. Durante los años 70 y 80 del siglo XX, la historia de Colombia se vio enriquecida por importantes contribuciones analíticas que partían, casi todas ellas, de la historia económica y social del país, y buscaban la clave de los acontecimientos en el desarrollo de los conflictos de clase. Allí están los excelentes trabajos de Luis Eduardo Nieto Arteta, Jesús Antonio Bejarano, Salomón Kalmanovitz, Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado y otros. No desconozco la luz que estas perspectivas, no siempre marxistas, arrojaron sobre muchas dimensiones de la historia nacional. Con todo, me parece que no se ha prestado suficiente atención al peso de la cultura católica en la historia del país y que, en ocasiones, se construyeron conflictos con una forzada lógica de clase que no corresponde a la realidad. En efecto, conviene tener en cuenta que los pueblos nunca se movilizan por la mera fuerza de los hechos, sino por la representación colectiva que de ellos se forjan. “Lo importante no son los hechos, sino lo que recordamos de ellos”, dijo sabiamente Gabo. Y esta imagen depende en gran medida de la cultura política.

Este trabajo supone que la historia colombiana se vio durante un siglo “sobredeterminada” (categoría de Louis Althussermarxista francés), esto es, influida en exceso por la cultura. Más en concreto, desde fines del siglo XIX, el movimiento de la Regeneración liderado por Rafael Núñez ‒liberal radical convertido luego en conservador autoritario‒, ya como presidente impuso un sólido orden político-religioso, cuya lógica llegó a su plenitud y consumación en la Violencia de los años 50. Desde ese funesto periodo, la nación busca a tientas un nuevo fundamento para su existencia colectiva. Ante la incapacidad para ofrecerlo, las élites impusieron una tutela clientelista-militar sobre la sociedad mediante un Estado de Conmoción interior, que recortaba los derechos ciudadanos, empoderaba aún más al ejecutivo y a las fuerzas militares, y que fue aplicado durante 21 años, desde 1970 hasta 1991. Aunque los gobiernos que han seguido hasta ahora no lo han decretado, sí lo impusieron de hecho. En concreto, este es el caso del gobierno que ahora concluye (2022). Hoy, ese régimen de dominación clientelista-militar da muestras dramáticas de agotamiento. Por esa brecha profunda se abrieron camino las sorpresivas candidaturas de Rodolfo Hernández y Gustavo Petro, en ruptura al menos aparente con la tradición. A la búsqueda de una nueva base para la convivencia obedece la derrota de Hernández y la elección del nuevo presidente  Gustavo Petro. Nunca he sido petrista. Sin embargo, por el bien de todos, espero que su gobierno acierte y tenga éxito. Sin renunciar a la crítica razonable y razonada, estoy dispuesto a colaborar, al menos desde mis publicaciones en Facebook.

Antes de adentrarme en el tema, llamo la atención sobre un hecho universal: la “política”, esto es, la convivencia de los seres humanos en una polis ‒o al menos su pacífica coexistencia‒, se mueve siempre entre cuatro tendencias ideológicas: la defensa de la libertad individual, los derechos universales, la equidad y la democracia con todas sus formas, ritos y procedimientos; a la izquierda, sigue la anarquía, que no es otra cosa que el desarrollo radical del individualismo liberal de corte manchesteriano; hacia la derecha tienden tanto un ala moderada como, finalmente, los regímenes autoritarios y las dictaduras. 

Cuando las pasiones se exacerban, todos se acusan unos otros: la derecha moderada señala a la izquierda razonable de tendencias anarquistas o dictatoriales, mientras la izquierda contenida sindica a la derecha de autoritarismo o dictadura. Y en esa lucha permanente de todos contra todos, uno a veces no sabe muy bien quién es quién. En medio de una permanente controversia las distintas corrientes se enredan y aparecen mezclas nada fáciles de discernir. El debate y la batalla entre las distintas formaciones políticas nunca cesa. Puede producir cierta saturación en los que no participamos directamente en la política, sino que la miramos, la padecemos, la observamos y tratamos de desenredar el ovillo. Al menos esa es mi situación. Espero que este escenario general nos ayude a comprender lo que nos pasa, porque la política nos involucra a todos, así no lo queramos. En el próximo artículo vuelvo al relato.

La ruptura de los colombianos con el orden autoritario impuesto desde fines del siglo XIX se había formalizado desde antes de las recientes elecciones de 2022 en una nueva Constitución. Con algunas contradicciones, la Carta fundamental de 1991 sentaba unas bases más modernas, liberales y democráticas para la convivencia entre los colombianos. Con todo, muchas de las actitudes infundidas por la oculta supervivencia de la Regeneración han dejado hasta ahora sin vigencia parte esencial de la Constitución, a la que desde 1991 no han cesado de introducirle sucesivas reformas, no siempre democráticas. Si a fines del siglo XIX, Núñez instauró su movimiento con la consigna de “¡regeneración o catástrofe!”, el destino de la nueva época histórica se inscribiría más bien, desde fines del siglo XX, en la disyuntiva entre “democratización” y “barbarie”. Esperemos que, a partir del 7 de agosto, con el nuevo gobierno y los que le sigan, esta antinomia comience a resolverse. Esa es la esperanza de una creciente mayoría de colombianos. 

Luis Alberto Restrepo M.

Agosto, 2022

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El breve recuento en los artículos anteriores del turbio pasado y complejo presente de la Iglesia católica me permite entrever algunos de los monumentales retos y cambios que esta institución tendría que acometer si alguna vez quisiese retomar el camino de Jesús, el Cristo, y así hacer un aporte significativo al mundo de hoy.

En un reto más externo, el Papa tendría que renunciar al Estado Vaticano, sucesor del palacio de Letrán y herencia de Constantino, y reincorporar ese territorio a Italia. Las propiedades de la Iglesia podrían entregarse en fideicomiso u otra figura a una empresa internacional que se encargara de su mantenimiento y administración y las convirtiera en un centro de cultura, en un polo de turismo o en ambas cosas combinadas. Una parte de la renta le permitiría a una reducida burocracia eclesiástica instalarse en algún modesto edificio, atender a las necesidades de la comunidad universal y apoyar sobre todo a las comunidades que enfrenten mayores dificultades. La guardia suiza debe desaparecer. Todos los archivos vaticanos deben quedar abiertos a los investigadores. 

¿Tendrá la Iglesia la fe y el coraje para hacerlo? ¿O le teme a ese tipo de verdad? Creo que si no se estrellara contra el infranqueable muro de los poderosos príncipes de la Iglesia y de millones de católicos cuya fe descansa aún en la magnificencia y el poder del aparato eclesiástico, hacia allá marcharía con gusto el papa Francisco. Y una vez que Bergoglio desaparezca, veremos el más tenaz choque entre la Iglesia de algunos países menos avanzados, que lucha por volver a la inspiración original de la fe, y los nostálgicos rezagos de una Cristiandad europea que se desmorona.

Sin embargo, el reto más serio que enfrenta la Iglesia es la revisión de sus concepciones teológicas. Ese desafío me obliga a reiterar esta consideración: la fe cristiana no es fe en algo, sino en alguien: Jesús de Nazaret. Sus seguidores no recibieron de él un cuerpo de doctrina al que debían adherir. Simplemente, vivieron un proceso de maduración de la fe y la confianza en su persona. Comenzaron por admirar su firme talante, sus acciones y palabras; luego, se fueron sintiendo seducidos por su personalidad y comenzaron a seguirlo; más tarde, llegaron a considerarlo como el Mesías anunciado por los profetas y elegido por Yahveh para salvar al pueblo de Israel. Finalmente, Pablo de Tarso ‒quien no lo había conocido personalmente‒ tuvo una profunda experiencia de su presencia y lo reconoció como el Hijo único de Dios enviado a todos los seres humanos. De allí nació la fe cristiana como adhesión más o menos profunda ‒hasta llegar a ser incondicional‒ a Jesús, el Cristo. Esta adhesión no entrañaba la aceptación intelectual de una doctrina, sino una nueva forma de vida. Seguimiento de su testimonio y su palabra, adopción de su mirada sobre la sociedad e incorporación de sus valores. 

Sin embargo, durante los primeros siglos los cristianos se vieron confrontados con los interrogantes filosóficos que les planteaban una sociedad y una cultura helenizadas. En consecuencia, los concilios de Nicea y Constantinopla intentaron darles respuesta. Desde entonces, la fe cristiana pasó a ser identificada con la aceptación intelectual de una doctrina supuestamente “verdadera” que transmitía una imagen de Jesús teológicamente aséptica, disecada e inmunizada. Y, en esa condición, pasó a convertirse en la ideología político-religiosa de la Cristiandad (sustituto ‘religioso’ del Imperio romano), así como de su larga, corrupta y violenta decadencia. Bajo su legado, se asfixian aún hoy la fe y la Iglesia católica. 

Con el paso de los siglos, la “sana” doctrina de la fe cristiana quedó convertida en un inexpugnable búnker dogmático y teológico que desalienta a quien quiera revisarla, con el agravante de que cualquier intento de retorno a las fuentes ‒si no se limita a la Biblia y sobre todo al Nuevo Testamento (la sola Scriptura que, con buenas razones, reclamaba y aún reclama la Reforma)‒ recae forzosamente en las interpretaciones helenizantes de los Santos Padres, que confunden la fe con la adhesión a una compleja doctrina.

No solo la Iglesia católica enfrenta hoy grandes desafíos. Todas las religiones ‒en particular, las tres religiones monoteístas‒ tienen dos retos mayores. El primero, la inadmisible competencia entre dioses diferentes, cuyos fieles pretenden que el suyo sea superior a los demás o, peor aún, el único “verdadero”. El segundo, el derrumbe completo de la visión del cosmos en el que se sustentan los libros sagrados de las tres religiones mencionadas.

Comencemos por el primer desafío: la absurda competencia entre dioses diferentes. Hasta ahora, cada religión y espiritualidad ha pretendido ser la “verdadera” y definitiva portadora del único mensaje de “salvación” de validez universal. Para los judíos, Yahveh es el único Dios verdadero, creador de todos los pueblos, aunque la fe en él sea privilegio exclusivo de Israel, el pueblo elegido. El cristianismo asumió una pretensión similar y entendió a Jesús como el Hijo único de Dios y su manifestación definitiva. Siguiendo esa tradición, Mahoma y el islam reclaman al Corán como el único libro realmente necesario, rebajaron a Jesús a la condición de un profeta más y el islam exaltó a Mahoma como el último y definitivo profeta.

Sin duda, de la pretensión de superioridad y absoluta primacía de su “Dios” han derivado buena parte de su fuerza histórica esas tres religiones. A Israel y al judaísmo les ha dado los arrestos para conservar la esperanza y sobrevivir a veinte siglos de persecuciones, sufrimientos y derrotas ‒y, también, para alimentar ahora su agresiva arrogancia‒. El cristianismo y el islam han hallado en esa misma convicción su fuerza expansiva y misionera, y también su fuerza represiva y guerrera. 

Hoy, el reclamo de validez exclusiva y universal de cada uno de los tres “dioses” diferentes –Yahveh, Jesús y Alá– ha dejado de ser sostenible. En la medida en que el reclamo de validez exclusiva o de mera superioridad de cada religión todavía se mantiene, el mutuo entendimiento y la pacífica convivencia de los pueblos que las profesan se hacen imposibles. Sus promotores entran inevitablemente en disputa por territorios y población, y conducen al conflicto y la violencia. Tras la desaparición de la URSS y con la crisis actual de la democracia, las religiones se están convirtiendo en un importante argumento movilizador al que recurren los políticos oportunistas, desde Isis hasta muchas iglesias pentecostales. Mientras perdure la competencia entre dioses excluyentes, todo ecumenismo resulta falso. Es, si acaso, un vano ejercicio de diplomacia, urbanidad y cortesía entre sus dirigentes.

Hasta hace poco, las religiones y los pueblos se ignoraban casi por completo unos a otros. El gran público desconocía otras culturas y, en todo caso, estaba lejos de sentirse interpelado por ellas. Hoy, en un mundo cada día más unido por redes globales ‒mercados, turismo, televisión por cable, internet, redes sociales‒ todos vamos convirtiéndonos en vecinos de barrio. Y una especie de siete mil seiscientos millones de seres pensantes, asediada cada día por innumerables conflictos terrenales e inmediatos, se resiste cada vez más a creencias que no le traen paz, sino nuevas fuentes de enfrentamiento.

Vayamos más a fondo. Si queremos salir de la trampa que nos tiende el enfrentamiento entre los dioses, debemos descartar los calificativos de “verdadero” o “falso” para cualquier dios o religión. Y, con mucha mayor razón, si esta calificación depende de sus dogmas doctrinales. 

Creo que las distintas religiones pueden ser calificadas como más o menos “consistentes” según el tipo de vida que inspiren a sus fieles. Su “verdad” no depende tanto de la corrección y el acierto de sus distintas doctrinas, sino de su capacidad para inducir en sus seguidores una solidaridad efectiva entre sus semejantes, hecha de servicio, generosidad y perdón con quienes los rodean y, sobre todo, con los más débiles de la sociedad; en suma, en la medida en que aporten cada día a la “creación” de una sociedad menos bárbara y más humana. Desde el punto de vista cristiano, este principio es completamente consistente con el punto de vista de Jesús: “En esto conocerán que son mis discípulos, si se aman unos a otros”.

Solo si las diversas religiones dejan de disputar por una supuesta verdad exclusiva de su propia doctrina y se consagran a complementarse en un esfuerzo conjunto por “terminar de crear” a la humanidad, humanizándola mediante un amor efectivo, podrán ser creíbles y avanzar en su aproximación ecuménica. De lo contrario, si persisten en exaltar la exclusiva primacía de sus doctrinas e identificar su fe con ellas, el ecumenismo seguirá siendo una farsa y las tres religiones se irán desacreditando por sus disputas.

Si la fe cristiana es confianza y seguimiento de Jesús en una solidaridad práctica con el otro, ¿por qué no extender la “comunión” de las comunidades cristianas a los fieles del judaísmo y del islam, que también creen en un Dios-Amor o, incluso, a los practicantes del más originario budismo zen, abierto al silencio interior y la compasión hacia los demás, o al hinduismo, para el que todo es de alguna forma divino? Sin pretensiones de superioridad cada comunidad creyente o cada corriente espiritual de hoy podría compartir con las demás su amor solidario, sin pretender imponerles a los otros su propio paquete de creencias.

Más aún, ¿por qué no incluir en esa gran comunidad universal a todos aquellos seres humanos que, en algún grado, admiran y siguen a Jesús, así no lo crean Dios o, simplemente, a quienes creen en la fuerza del amor y tratan de vivirlo? Esta gran comunidad universal de mujeres y hombres de buena voluntad podría dar lugar a una fiesta de la esperanza, la solidaridad y la paz en el mundo actual. El actual aparato de la Iglesia católica podría dedicar talvez sus energías y recursos a impulsar esta gran comunidad espiritual.

Más complejo es el segundo desafío que enfrentan las tres religiones herederas de la Biblia. Todo su relato, incluyendo el Nuevo Testamento, descansa sobre la imagen de un mundo que ha desaparecido por completo. Para el Libro, todo el universo fue creado por Dios como el hogar del ser humano. Un hogar seguro, gobernado por el poder misericordioso de su creador. Nuestra casa, la Tierra, ocupa el centro del firmamento; incluso el Sol gira alrededor suyo. Desde el cielo, “Dios” guía al hombre y a la mujer como Padre amoroso. Son su obra maestra, fabricada “a su imagen y semejanza”, a quienes insufló el hálito de vida y les confió el planeta para que se multiplicaran y lo dominaran. En ese universo ordenado y estable los seres humanos parecían vagar a la deriva. Por eso, para conducirnos por el camino de regreso, Dios envió a su Hijo al mundo. En esta casa, los cristianos se han sentido abrigados y seguros, pero desde el inicio de la modernidad nuestra casa comenzó a derrumbarse a pedazos. En los últimos cien años una avalancha de conocimientos fue derrumbando el techo y las paredes de nuestro ‘hogar’ y arrasando con el vecindario del que no quedan ni rastros. Hoy vivimos al descampado, a la vera del camino: hasta nuestra historia familiar ha cambiado de raíz.

Kepler demostró que el Sol no gira alrededor de la Tierra, sino al contrario. El Sol y el sistema solar hacen parte de la Vía Láctea, una galaxia en espiral conformada por unos 300.000 millones de estrellas. En 1923, Hubble descubrió que fuera de la Vía Láctea existen otras muchas galaxias. En la actualidad, su número se estima entre uno y dos billones, en las que pueden hallarse unos 700 cuatrillones de estrellas. 

Entonces, la Tierra es muchísimo menos que una mota de polvo entre miles de millones de galaxias y planetas. Su formación parece haber sido un improbable producto del azar. El mismo ser humano tampoco es resultado de una directa intervención divina, sino producto de una azarosa evolución que comenzó hace más de 13.500 millones de años y que terminó generando nuestro mismo espíritu. Así, pues, somos el producto de millones de millones de complejas y azarosas combinaciones y nos hallamos perdidos en una esquina insignificante de una desconocida, misteriosa y silenciosa inmensidad. El proceso evolutivo natural parece haber concluido. En cambio, damos los primeros pasos en una nueva era en la que la evolución estará en parte gobernada por los mismos seres humanos. La ingeniería genética irá extendiendo sus alcances sin que sepamos aún sus límites.

Gracias a investigaciones de la NASA y de otros centros similares, ahora sabemos que en torno a más o menos una quinta parte de las estrellas, giran planetas en una franja donde las temperaturas permiten la existencia de agua líquida en la superficie y que podrían sostener la vida tal y como la conocemos. Solo en nuestra Vía Láctea podría haber más de 10.000 millones de planetas potencialmente habitables. ¿Estaremos solos? Casi diría que esa soledad resulta improbable. Ante esta nueva comprensión del universo ¿dónde quedan las imágenes de la Tierra y del ser humano que nos brindaban las religiones “verdaderas”?

De los notables avances de la ciencia en los últimos cien años talvez muchos concluyan que las religiones fueron mitos infantiles de sociedades primitivas y quizá miren por encima del hombro a los ingenuos e ignorantes que aún creen en Dios. Según lo que he señalado antes, razones no les faltan. Para mí, estos recientes hallazgos de la ciencia –que se harán cada día más rápidos y sorprendentes– no resuelven el Gran Enigma que llamamos “Dios”; más bien lo ahondan y amplían hasta dimensiones que no alcanzamos a concebir. 

A mi juicio, a los seres conscientes se nos plantearán siempre dos grandes preguntas: de dónde venimos y para dónde vamos. No creo que nos satisfaga saber que venimos del Big-Bang y que marchamos hacia la extinción del universo causada por su expansión y enfriamiento progresivos. Como dice la teología católica, “Dios siempre es más grande”. Si no fuera así, toda esta gigantesca aventura humana, tan llena de hondas alegrías e inmensos dolores de miles de millones de seres que luchan por vivir con dignidad, sería apenas una mala broma de algún perverso dios desconocido. Y aun si pretendemos acallar estos interrogantes, nos habita a todos una extraña pulsión de perpetuidad que no se satisface con la aceptación resignada de una existencia efímera.

Las religiones son creaciones culturales de distintos pueblos. “Dios” es un ser siempre manifiesto para quien se abra a su Enigma, pero nuestra capacidad de comprensión es infinitamente limitada y se encuentra ensombrecida. Los grandes genios espirituales de los pueblos, inspiradores de su religión –seres especialmente sensibles y abiertos a los enigmas del universo–, han creído poder descifrar el Gran Enigma y han transmitido su profunda experiencia en los conceptos y representaciones propias de su tiempo y lugar. En este sentido, puede decirse que “Dios” se les ha “revelado”, de modos muy diversos. Cada religión ofrece un camino y un sentido final y respetable de la vida. Sus mensajes no son ciencia en el sentido moderno, ni historia, aunque algunas se sustenten en un trasfondo de hechos históricos. Son expresiones de sabiduría existencial sobre el sentido final de la vida y sus valores.

El judaísmo ancla su fe en la figura de un mítico Abraham, quien ‒frente a las creencias en múltiples dioses‒ habría afirmado la existencia de un solo principio y fin de toda realidad: Yahveh. A diferencia del distante y silencioso Ser de los filósofos griegos, el Yahveh de Israel es para el judaísmo alguien que se comunica con su pueblo e interviene en su historia. 

Jesús de Nazaret da un paso más. Para él, ese alguien es un “Padre” común en quien deposita su confianza y cuyo propósito final apunta a suscitar un amor incondicional entre los seres humanos, que incluya la defensa intransigente ‒nunca violenta‒ de la justicia y solidaridad especial con los más vulnerables. Ese es su Reino. Quizá lo más arduo y excepcional de ese amor es el perdón a los enemigos: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo” (Mt 5,43-45); “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). El perdón a los enemigos es entonces el test decisivo de la fe cristiana. (¿Hemos creído alguna vez los colombianos en el Dios de Jesús?…).

El Corán, por su parte, exalta la unicidad de ‘Dios’ y consagra a Mahoma como su último y decisivo profeta. Funda su moral en la ley natural y tiene por principios fundamentales la oración, la limosna, el ayuno, la peregrinación. Los escritores mahometanos alaban el estilo del Corán, quizás su mayor atractivo. Es sublime cuando describe la majestad y los atributos de ‘Dios’, detalla bellamente los eternos placeres del Paraíso, y es terrible cuando habla de las llamas devoradoras. En contraste con Jesús, Mahoma y el islam recurren a la violencia para defenderse de sus enemigos y para conquistar nuevos pueblos para el islam.

Luis Alberto Restrepo M.

Mayo, 2021

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