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Me preguntaron cual programa de gobierno de los candidatos a la Presidencia 2022-2026 me gustaba. Leí con detenimiento cinco de ellos, que cobijan el abanico de las diversas tendencias políticas, y todos me gustan. 

Me gustaron los cinco programas de gobierno que leí, los cuales han sido tejidos por personas que conocen la realidad del país y apuntan a resolver algunos de los muchos problemas en los que está atascada nuestra gente. Estoy hablando de los programas de gobierno oficiales y no de las distorsiones que se hacen de los mismos. Sin embargo, los programas de gobierno ‒me parece‒ son un elemento lógico, pero no el definidor de las elecciones… 

Hay otro elemento, que es el emocional, pero tampoco es el determinante en la elección de presidente. Es el proceso de desprestigiar al otro candidato, sacar trapitos al sol, distorsionar la verdad. Estos ataques pueden curarse total o parcialmente, de acuerdo como le asiente al candidato el “ungüento teflón”. 

En una campaña de elección popular el elemento definitivo de éxito, diría yo, es el dinero como condición sine qua non y primordial. Es crucial la capacidad del candidato para hipotecar el futuro de bienes públicos con el fin de cubrir hoy los gastos de la campaña, que requiere vallas por doquier; propaganda radial y televisiva; difusión en las redes sociales; desplazamientos en helicópteros, aviones privados y en líneas comerciales; hoteles; restaurantes para grandes comitivas; buses para desplazamientos masivos a las manifestaciones; mensualidades a líderes barriales para que vayan calentando a los electores meses antes; movilizaciones en taxis los días de votación; almuerzos y refrigerios el día de la elección;  arrendamientos de oficinas y equipos; compra física en efectivo de votos de $50.000 a $100.000, multiplicada por varios miles y miles; infraestructura de manejadores de campaña, por meses; comisiones por consecución de recursos económicos… 

Según Las 2 Orillas una curul al Senado puede costar en promedio $6000 millones. Sugiero que trabajemos una métrica financiera electoral con las siguientes cifras: la elección de 105 senadores, a $6000 millones cada uno, costaría $ 630.000 millones; a esto le sumamos el precio de elegir 188 Representantes a la Cámara, a unos $3000 millones cada uno: serían $564.000 millones, para un subtotal de $ 1.1 billones. A esto le sumamos los gastos de los cientos de candidatos que no alcanzaron a coronarse como senadores o representantes. Digamos que ese monto sería solo de $500.000 millones, lo cual nos daría un nuevo subtotal de $1.6 billones, solo para las elecciones de Senado y Cámara. Ahora bien, no pude obtener datos del costo de una campaña presidencial; obviamente, sería casi imposible calcular el monto de los gastos de los 18 candidatos involucrados en este momento en campañas presidenciales. Seamos cautelosos y digamos que van a costar solamente $400.000 millones, incluyendo la compra de votos en las dos vueltas presidenciales. Esto significa, que para el 7 de agosto del 2022 la elección del nuevo Congreso y del nuevo presidente habrá costado unos dos billones. No le pongamos más calificativos a esta cifra, que por ahora es extravagante, increíble y aterradora. 

Preguntémonos ahora: ¿de dónde sale toda esta plata? Todos sabemos que esos dineros no provienen ni del sueldo del presidente, ni del sueldo de los Congresistas, ni tampoco del patrimonio de los políticos. Claramente, existen personas, empresas, contratistas, uniones temporales, gremios, conglomerados financieros… que, con generosidad calculada, están prestos a invertir en candidatos promisorios y, por supuesto apostándole, por seguridad, a varios caballos simultáneamente, así sea de corrientes políticas de ‘tendencias divergentes’. 

Aquí es donde se empieza a cocinar la famosa formula de la mermelada. Estos dineros son préstamos superusureros que hay que pagar con creces, con unos intereses que asemejan en su rentabilidad al depredador gota-gota tan conocido en nuestro país. 

Los grandes financiadores son prácticos en sus aportes y juegan a dos o tres bandas, como en el caso Odebrecht, del cual fuimos testigos de sus lujos de marañas y embrollos en los estrados judiciales, cuando presenciamos el baile nervioso de candidatos y managers de las dos campañas presidenciales que participaron en la contienda de 2014, y en donde ‒finalmente‒ no pasó nada. 

Los grandes financiadores de las campañas tienen montado, de manera permanente, un tinglado para recuperar con creces la inversión, conformado por organismos para delinquir en EPPs: Empresas Público-Privadas. Estas cobran en diversas modalidades: contratos, exenciones de impuestos, proyectos legislativos favorables, bloqueo de legislaciones `inconvenientes`, nombramientos en puestos claves… Su sed de autorretribución es insaciable e inextinguible: no es sino ver el caso Tapias – Centros Poblados. 

La pregunta que me hago ahora es: ¿cómo priorizaría la importancia de los tres elementos necesarios para llegar a ser presidente? Estos son: 1. El componente racional: el plan de gobierno; 2. El componente emocional: la resiliencia ante los ataques de la competencia, y 3. El componente monetario: la capacidad de hipotecar el futuro de bienes públicos para conseguir hoy los recursos económicos que demanda la campaña.

Me atrevería a proponer unos porcentajes de importancia para cada componente: 

10% Componente racional – programa de gobierno: 

         • Fácil de formular, con muchos lugares comunes de necesidades imperantes. 

         • La gran mayoría de las personas no los conoce, ni menos los compara con otros programas. 

         • El voto de opinión, el cual es relativamente bajo. 

20% Componente emocional – resiliencia ante los ataques: 

         • La polarización política nos lleva a posiciones inmutables, de gran estupidez.  

         • Estamos anestesiados frente al sistema judicial paquidérmico-selectivo y al éxito de abogados mañosos para obtener prescripciones de procesos claves. 

70% Componente económico – capacidad para hipotecar el futuro de bienes públicos: 

         • Los costos de una campaña presidencial son préstamos reembolsables. 

         • Sin hipoteca no hay paraíso = préstamos, y es grave no pagarlos. 

         • El modelo para sobrepagar las hipotecas no falla; es efectivo, funciona. 

Para terminar, diría que la financiación de las campañas políticas es el primer ingrediente de la fórmula de la mermelada, a la que luego se le añade un diálogo muy rentable entre Presidencia, legisladores electos y financiadores; a continuación se  revuelve todo en una mezcla confusa-concreta de negociaciones de contratos, exenciones tributarias y legislaciones favorables. Luego, por descuido, se filtran sin querer  algunos acuerdos que los medios de comunicación ‘chivean’ para que  la población se enardezca por unas horas, y todo el proceso se recubre con una capa viscosa de abogados mágicos y  justicia paquidérmica que congela, archiva o prescribe procesos judiciales en curso y se abandona en forma precipitada  porque ya va a empezar la campaña electoral del 2026, en donde todos los candidatos se envolverán en la bandera de la ‘lucha fresca y auténtica’ contra la corrupción.  

Silvio Zuluaga 

Febrero 2022

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No hay soluciones definitivas a ninguno de los grandes problemas del país. La única forma de comenzar a resolverlos es hacer las cosas bien. Una diferencia fundamental entre los países que han avanzado notablemente en ciencia, tecnología, industria y bienestar social y aquellos que parecen detenidos es el hábito de hacer las cosas bien desde el principio.

Las proyecciones de crecimiento de este año, así como los reportes de reactivación económica que se vienen presentando en los últimos días, son alentadores y abren ventanas de esperanza después del tremendo daño causado por la pandemia.

Contrastan estos datos con los que provienen de los organismos que se ocupan de la situación social. Hay preocupantes cifras sobre los estudiantes de educación básica que aún no regresan a la presencialidad (cerca de 30 %); los problemas de salud mental, los procesos asociados con salud sexual se han visto seriamente afectados y el empleo recuperado en gran medida es informal. Se suma el malestar en las ciudades por la inseguridad, la incapacidad para armonizar el desarrollo de obras públicas con medidas que faciliten la movilidad, las fallas en los servicios públicos, el estado general de las vías…, en fin, una letanía de pequeñas y grandes situaciones que generan desconfianza sistemática hacia todo.

En estas circunstancias se adelanta una extraña campaña presidencial en la que predomina la escasez de propuestas, pues parece más un concurso de popularidad centrado en mecanismos de selección y eliminación de aspirantes que en la urgencia de sembrar un compromiso auténtico con las grandes prioridades que garanticen no solo la supervivencia de una democracia que se ha ido debilitando por sectarismos encarnados en individuos que se sienten providenciales, sino que permitan avanzar hacia nuevos estados mentales que faciliten el desarrollo y el bienestar colectivos.

Esto es lo que muchos quisiéramos. Más que hablar de derecha, izquierda o centro, sería deseable centrarse en la sensatez, porque si se examina con detalle, en todas las tendencias se encuentran altas dosis de lo mismo que no nos gusta. Que nos libre la diosa Fortuna de las chambonadas que han mostrado muchos de los que se ufanan de la experiencia, de quienes ofrecen imposibles, de quienes son incapaces de convocar con generosidad al esfuerzo y al trabajo colectivos.

Sería una verdadera suerte que, al final de este caótico proceso, resultara de la ruleta electoral alguien suficientemente sensato como para aceptar de entrada que no hay soluciones definitivas a ninguno de los grandes problemas del país, pero que la única forma de comenzar a resolverlos es hacer las cosas bien.

Una diferencia fundamental entre los países que han avanzado notablemente en ciencia, tecnología, industria y bienestar social y aquellos que parecen detenidos es el hábito de hacer las cosas bien desde el principio. Es algo que debe infundirse desde la infancia, haciendo posible que los niños experimenten el placer de conseguir retos, de superar dificultades, de perfeccionar más y más sus aprendizajes. Sin esta actitud es imposible interpretar con maestría un instrumento musical, construir una vía, hacer una cirugía cardiovascular, avanzar en un descubrimiento científico o gobernar un país.

Chambonear, decimos en Colombia a todo lo que se hace mal, a las patadas, por salir del paso, por ejecutar a última hora un presupuesto, por ganar una licitación, por quedar bien con el profesor. Nos hemos creído el cuento de que somos ingeniosos y recursivos, que salimos fácil de cualquier embrollo. Pero esta es la rendija por donde se cuela la corrupción y los edificios se caen, las carreteras no cumplen las especificaciones, las empresas no entregan su producción a tiempo, los acuerdos se incumplen y tanto los negocios como el desarrollo de lo público se hunden en una perpetua desconfianza.

Para remediarlo se inventan instancias de control, que como tampoco hacen las cosas bien requieren otro control y así hasta el infinito, haciendo que todo sea lento y dispendioso. De nuevo invoco a la buena Fortuna, la que se representaba con la cornucopia, y no a la mala Fortuna, que se ha encariñado en exceso con nosotros.

Francisco Cajiao

Diciembre, 2021

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