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Botero hasta el último suspiro

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Sus hijos han dicho que estuvo creando hasta el último momento de su vida. Uno de ellos dijo a la prensa que Fernando Botero murió en su ley. Ojalá los colombianos aprendiéramos todos a morir en esa ley, que es la de enaltecer la propia vida como una obra de arte y de prodigar el bien a los demás.

Cuando vi por primera vez, hace bastante tiempo, los cuadros y esculturas de Fernando Botero, no simpaticé con los gordos y las gordas, como dicen, figuras que caracterizan su obra que goza de admiración universal. Las lecturas de los conocedores de su arte y de diversas publicaciones contribuyeron a afinar mi mirada para cambiarla. Menciono entre ellas una del Banco de la República editada con pulcritud y comentarios explicativos de sus cuadros y de la colección de pintores de su colección particular con el título  Donación Botero, muestra de su generosidad con el país al que donó obras de inmenso valor.

Con motivo de su fallecimiento he repasado varias de esas publicaciones. He recordado exposiciones de sus obras, esculturas regadas por calles, museos, plazas, incluso réplicas en lobbies de hoteles en los que me he alojado.  

El maestro Fernando Botero honró a Colombia con su arte que lleva a primer plano a nuestra gente, la violencia, muertos y sicarios, con realismo impresionante. Fue su mirada diferente sobre nuestro mundo, y el retrato que de todo ello plasmó,  lo que me enseñó a apreciar, tras largas reflexiones, los voluminosos trazos de su pincel sobre el lienzo. 

La mejor apreciación de las obras de arte es resultado del aprendizaje que es consecuencia de una pedagogía artística que debiera hacer parte integral de la educación desde la escuela pasando por la universidad, insertándose en la comunicación periodística, por ejemplo. La apreciación artística se aprende leyendo literatura, oyendo música, viendo obras de arte, entre otros aspectos del aprendizaje de las humanidades. Se sustenta en la disciplina que se adquiere como fue la vida del maestro Botero, un pintor disciplinado. 

Sus hijos han dicho que estuvo creando hasta el último momento de su vida. Uno de ellos dijo en la prensa que Fernando Botero murió en su ley. Ojalá los colombianos aprendiéramos todos a morir en esa ley que es la de enaltecer la propia vida como una obra de arte y de prodigar el bien a los demás. 

Seríamos un país diferente. Un país que significara exaltación de la vida, un país que ha abolido, para siempre, el estigma de la violencia. Podremos llegar a la construcción de una sociedad de bienestar, de solidaridad, de una convivencia justa y armoniosa en la medida en que desde la infancia, y sin parar, nos enseñen a crecer en conocimientos que aporten bienestar social pero también humanismo, fundado todo en el esfuerzo de cada día para ser mejores individuos y en la disciplina de vida que nos lleve con dignidad hasta el último suspiro.

Jesús Ferro Bayona

Octubre, 2023

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