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La poesía de Meira se volvió memoria simbólica de Barranquilla, como pasó con sus ancestros venidos del Líbano. En Inmigrantes canta: “una tierra con cedros, con olivos, una dulce región de frescas viñas, dejaron junto al mar, abandonaron por el fuego de América (…) hasta llegar por fin a la candente orilla”, donde “el fragor de los ríos remedaba el rugido del jaguar y del puma ocultos en la selva”.

Hace pocas semanas se conmemoraron los cien años del natalicio de Meira Delmar, la gran poeta de Barranquilla: “Porque nació frente al alba y en el sitio de la brisa, le dieron un nombre claro de flor o de lluvia fina”. Esa es la Barranquilla* de Meira. Y también porque el alba es su buena madrina frente al mar: “El mar de gritos azules, el mar del habla encendida, le trae canciones remotas y barcas de otras orillas”.

Palabras que celebran, al contrario de lo que mucho se ha dicho sin pensarlo bien: que la nuestra es una ciudad que no tiene mar. Sí que lo tiene. Y que corrigen otra expresión que hemos repetido taxativamente: que Barranquilla le dio la espalda al río. ¿Qué hace ahí en pie, entonces, la Intendencia Fluvial, edificio restaurado que repara la memoria esquiva? Meira lo canta en el poema: “El río, tenaz viajero, con largo asombro la mira, y le regala blancura de garzas estremecidas”. 

Guardo en mis recuerdos una madrugada en que llegué muy niño a Barranquilla de la mano de mi madre. El barco de vapor en que veníamos, con el corazón palpitante de alegría, encalló en la margen oriental del río Magdalena, despertándonos con un ruido estremecedor que nos hizo temer que la embarcación se iba a pique. Al frente estaba Barranquilla, casi inalcanzable. Salimos al fin de aquel barranco y atravesamos el río caudaloso y rugiente, para arribar sonrientes a la ciudad. “Porque el alba madrina, le dio aquel nombre que pide para decirlo, sonrisa…”, repito recordando aquellos momentos en sus versos que impregnan mi historia personal. 

La poesía de Meira se volvió memoria simbólica de Barranquilla, como pasó con sus ancestros venidos del Líbano. En Inmigrantes**canta: “una tierra con cedros, con olivos, una dulce región de frescas viñas, dejaron junto al mar, abandonaron por el fuego de América (…) hasta llegar por fin a la candente orilla”, donde “el fragor de los ríos remedaba el rugido del jaguar y del puma ocultos en la selva” de este trópico.

Los abuelos trocaron las viejas palabras “por las palabras nuevas para llamar las cosas, y el corazón supieron compartir con largueza” ‒dice Meira en el poema‒ y lo han contado sin cesar los descendientes de familias palestinas, hebreas, sirias, alemanas, interminables apellidos que hoy son el tejido de la genealogía barranquillera, sin dejar por fuera las familias de distintas regiones del país que migraron hacia acá buscando una ciudad que los acogiera con la generosidad que la caracteriza.

En esa memoria simbólica aparecen constantemente el mar, como en Presencia: “Mar delirante, navegante de mi bahía desvelada”; el río, en Encantamiento: “a la orillita del río, mirando correr el agua”; las islas secretas, los navíos, las lluvias de abril y mayo, los brisas únicas de aquí, como en Diciembre: “ya mi Diciembre costero (…) sal y sol derramándose en la playa”; y el sitio del amor, que está allí, gozoso o herido, en Corazón***: “yo tengo el corazón para que tú lo tomes, como el cuerpo del mar, multiforme”. 

¡Qué más pedirle al que ama, si responde: “estoy, amor, en ti”! 

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https://www.poemas-del-alma.com/meira-delmar-romance-de-barranquilla.htm

** https://www.poeticous.com/meira-delmar/inmigrantes?locale=es

*** https://www.poesi.as/Meira_Delmar_CORAZON_Este_es_mi_corazon_Mi_enamorado.htm

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Octubre, 2022

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La conexión ineludible de Cartagena con Mompox sirve de contexto para contar las historias de la bifurcación del río por Calamar y la de la construcción del canal del Dique, esa gran obra de ingeniería colonial hecha con el sudor tormentoso de hombres que lo cavaron a manos y con palas.

Pasó mucho tiempo en que el río Magdalena fue ignorado por los habitantes de Barranquilla, una ciudad que por naturaleza es fluvial y en donde termina el río que atraviesa el país antes de desembocar en el mar Caribe. 

Mucho antes de que existiera la Avenida del Río, un amigo francés que vino a dictar unas conferencias me dijo que primero que todo lo llevara a la orilla del río. Lo dijo con tanta urgencia que al día siguiente de su llegada lo llevé a Las Flores, donde vimos pasar majestuosa la corriente de agua dulce, color de caramelo por los sedimentos que arrastra. La emoción que embargaba a mi amigo me contagió. Entonces comprendí que viviendo en las riberas no estamos compenetrados con la caudalosa fluencia del Magdalena que nos abraza y nos define.

Regresé a esa sensación que tuve entonces leyendo Magdalena, el libro más reciente de Wade Davis, un antropólogo canadiense que lo conoce mejor que cualquier colombiano. Y no solo por todo lo que sabe sobre él; es porque lo ha recorrido a pie, en lancha, en barco, hasta su nacimiento en el páramo de las Papas en el macizo central de los Andes. 

La descripción que Davis hace de la subida que hizo hasta esas alturas montañosas produce asombro. Uno siente que está viviendo con sus palabras una experiencia como solo la puede tener quien explora con pasión los riachuelos, arroyos y cascadas que se desprenden por la cordillera para unirse y dar origen a varios ríos, entre ellos, el Magdalena. Ahí nos cuenta un poco la historia de los sabios como Humboldt, Mutis y Caldas, que nos legaron la ciencia que gira en torno a la fauna y la flora, la geografía y la geología, únicas en un país como Colombia, uno de los pocos del planeta con mayor riqueza biodiversa.

La parada que hace la narración de Davis en la depresión momposina contiene relatos cargados no solo de historia, sino también de rico sabor sobre la Costa. Al borde de unos de los brazos del río, Mompox, una ciudad viva “más que un pueblo colonial estancado en el tiempo”, como suele pensarse, es recobrada en el libro de Davis cuando evoca en palabras de sus habitantes a Simón Bolívar, que se detuvo en ella no solo cuando ya bajaba en su laberinto hacia la muerte ‒como lo cuenta García Márquez‒, sino por su significado para la gesta libertadora: “Si a Caracas le debo la vida, a Mompox le debo la gloria”, dijo el Libertador en una de sus proclamas. 

La conexión ineludible de Cartagena con Mompox sirve de contexto para contar la historia de la bifurcación del río por Calamar y la de la construcción del canal del Dique, esa gran obra de ingeniería colonial, hecha con el sudor tormentoso de hombres que lo cavaron a manos y con palas. Los últimos capítulos del libro nos ofrecen descripciones memoriosas de la Costa, de sus pueblos indígenas, de su gastronomía, y en particular de su música, porque en la corriente del río viene engarzada la música del Carnaval de Barranquilla, que mana sin descanso de las poblaciones del bajo Magdalena para llegar a nutrir la fiesta más grande de Colombia, que es sin duda la del río. 

Jesús Ferro Bayona

Febrero, 2022

 Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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Las coincidencias suceden en la vida. El nombre de una cantante famosa, cuya madre en una ocasión no pagó un taxi, quedó debiéndolo muchos años y jamás lo canceló con creces, se convierte en salvación para la esposa del autor, ante una situación desesperada con una funcionaria del aeropuerto de Dubai.

Shakira a sus 13 años

Esa mañana de mayo de 1999, después de saludar a mis alumnos de un curso de posgrado en la Universidad del Norte en Barranquilla, les pregunté: 

–¿Ustedes conocen a Himerio de la Cruz?

–No –me dijeron.

Entonces, les narré lo que me había ocurrido la víspera en la noche.

–Himerio fue quien me recogió en su taxi en el aeropuerto –les expliqué.

Himerio, un hombre amable, de complexión recia, que pasaba de los 50 años, era uno más entre los cientos de taxistas de la ciudad, pero tenía una historia muy especial que me compartió, y yo se las conté a mis alumnos.

Al comenzar el viaje hacia el hotel, Himerio y yo hablamos de Barranquilla. Le comenté que tenía buenos amigos allí: algunos fueron mis compañeros de estudio en Bogotá o Medellín, y otros eran empresarios o directores de gremios. 

En nuestra charla, hablamos de personajes famosos, como la inolvidable compositora y cantante Esthercita Forero (llamada “La Novia de Barranquilla”), quien pronto cumpliría 80 años. Himerio y yo fuimos también recordando varios nombres (él mencionaba uno, yo continuaba con el siguiente, como en un juego de ping-pong). 

Hablamos del cantante Mario Gareña, autor de la popular canción “Yo me llamo cumbia”; también de la prestigiosa diseñadora de modas Silvia Tcherassi, y de algunas estrellas de la pantalla: la reconocida Judy Henríquez y Sofía Vergara, una de las mejores actrices cómicas de la televisión estadounidense.

Yo le expresé mi admiración por Alejandro Obregón, nacido en Barcelona, pero criado en la ciudad, famoso por sus pinturas, muchas sobre el mismo tema. “Es difícil decidir cuál de sus cóndores, a pesar de su aparente repetición, es más original y bello que los otros”, le comenté a Himerio. 

En ese momento él, que era un gran aficionado al futbol, me habló de los jugadores Efraín Sánchez (lo llamaban el Caimán) y de Iván René Valenciano. 

Himerio aún recordaba al barranquillero Marcos Coll, el único que ha marcado un gol olímpico en toda la historia de los campeonatos mundiales: fue en el partido de Colombia contra Rusia en aquel lejano torneo de Chile en 1962, cuando el juego quedó empatado a cuatro goles. 

Himerio era muy niño en esos tiempos, pero esta historia se recordaba y disfrutaba con frecuencia en las reuniones de amigos: ya era casi un mito fundacional de la ciudad. 

–¡Todos ellos son también barranquilleros! –me explicó con orgullo.

Y es que desde comienzos del siglo XX Barranquilla fue la puerta de entrada de muchas innovaciones a Colombia: no solo el fútbol, sino también la aviación, la radio comercial, la telefonía… 

Finalmente, le expresé mi admiración por nuestra talentosa Shakira. 

Y fue entonces cuando Himerio me confió su historia con la destacada cantante, ocurrida diez años antes, en 1989.

–Ella tenía 12 o 13 años. Su madre, Nidia Ripoll, me pedía que las llevara a visitar las empresas de Barranquilla, en busca de un patrocinio para la carrera que desde niña ya quería emprender –me explicó Himerio, y luego se lamentó:

–La verdad es que no le fue muy bien, no consiguieron ningún apoyo, y muchas veces me quedaron debiendo el costo de mi servicio. 

Comprendí la situación: eran los años de la bancarrota de William Mebarak, el papá de Shakira. Le expresé a Himerio mi admiración por su generosidad, y le pregunté si los había vuelto a ver. Me contó lo siguiente:

–Sí, hace dos años (era 1997) llegaron al aeropuerto, y el automóvil que los debía llevar a la ciudad tuvo un problema mecánico, entonces me contrataron a mí.

Mientras Himerio me narraba su historia, yo iba rememorando el arrollador triunfo de Shakira durante los años recientes, gracias a sus exitosos álbumes Pies Descalzos y ¿Dónde están los ladrones? y a sus giras internacionales de conciertos, en los que casi siempre se agotaba la boletería. Porque la cantante es un gran ejemplo de fe en sí misma y en su inmenso talento, y también de superación de los difíciles obstáculos que tuvo que enfrentar en los primeros años de su carrera. Esa dura experiencia la animó a crear en 1997 la fundación Pies Descalzos que con sus cinco escuelas en Colombia educa y apoya con alimentación a 4000 niños.

Entonces, yo quise saber:

–Himerio: ¿ellas se acordaban de ti cuando te pidieron que las llevaras a la ciudad?

–Sí, Shakira y su madre me saludaron muy amablemente.

–¡Y me imagino que te pagaron el triple por tu servicio!

–No, solo me pagaron la tarifa normal –me confesó.

–¿No se les ocurrió pagar con creces todos esos servicios que te habían quedado debiendo hacía tantos años? ¡Porque para Shakira, en ese momento, su único problema de plata era decidir qué hacer con ella!

–No, señor –me contestó escuetamente.

Y así seguimos charlando hasta llegar al hotel. Cuando él me ayudó a bajar mi maleta, se me ocurrió una broma. Lo miré y le propuse este negocio:

–Himerio, no me cobres nada, y cuando yo sea tan famoso como Shakira, te pago el triple.

Él me miró, tomando mi frase mitad en serio y mitad en broma, me contestó que no, yo le pagué y nos despedimos.

-o-o-o-o-o-o-

Años después, en abril de 2007 y en otra ciudad muy lejana de allí, ocurrió algo también relacionado con un aeropuerto y con Shakira. 

Fue la cantante quien entonces “salvó” a mi esposa Cristina de un grave problema en Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, a más de 13.000 kilómetros de Colombia. Nuestra hija y su esposo (profesores en la American University), la habían invitado por varias semanas al vecino Emirato de Sharjah. Querían que los acompañara en ese momento tan importante del nacimiento de nuestro primer nieto. 

Un par de semanas después de la llegada del niño, la llevaron al aeropuerto de Dubái, desde donde debería regresar a Medellín, con escala en Nueva York. A ellos no les permitieron entrar a acompañarla mientras esperaba la salida de su vuelo, pues aún no habían ampliado la zona de pasajeros que ya se quedaba muy corta. 

Y allí empezó el problema.

La funcionaria de la aerolínea que atendió a mi esposa, una mujer de mirada adusta y voz recia, se empeñaba en negarle la posibilidad de abordar el avión.

–No puede viajar: su rostro no corresponde a la foto del pasaporte –le dijo secamente. 

Discutieron durante un rato tan largo que se hizo casi interminable. Cristina, en su angustia y temerosa de perder el vuelo, le señalaba los sellos de inmigración en su documento: 

–Ahí lo puede ver: yo viajé desde Medellín a Nueva York y de allí vine a Dubái con ese mismo pasaporte, y sin ningún problema.

Pero la funcionaria, inflexible, se negaba a permitirle el viaje. Mi esposa, al borde del desespero, gritó en español:

–¿Es que aquí no hay nadie que le ayude a una colombiana?Text Box:  (Foto propiedad de iStock, Getty Images)

Entonces se sorprendió al ver a un funcionario emiratí que se acercó a ella sonriendo, mientras exclamaba entusiasmado en español:

–¡Oh, sí, Colombia, Shakira, Colombia!

“Me llamó la atención su perfume suave y agradable y la limpieza impecable de su vestimenta”, me dijo después mi esposa.

El funcionario ordenó que le entregaran el pasaporte y las maletas. Él mismo las llevó al siguiente puesto, donde dio instrucciones precisas. Luego se ofreció a acompañarla hasta el avión. En el trayecto, le contó que había vivido en España, donde aprendió el idioma. 

–¿Pero por qué me habla de Shakira? –le preguntó ella agradecida.

–¡Ah, es que hace tres meses ella dio aquí un concierto maravilloso –le confesó el funcionario –y quedé enamorado de Colombia! 

¡Y así fue como nuestra cantante, sin saberlo, “salvó” a mi esposa de esa situación tan molesta!

Christian Betancur Botero 

Mayo, 2021

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