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Alfredo Cortés

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Escribir y publicar mi primera novela significó para mí aprovechar la oportunidad de contar, con palabras, la dura y extrema realidad de vivir, a la fuerza, un voto de castidad que negaba y condenaba el amor humano y de los esfuerzos que tuve que realizar para encontrarlo y rehacer mi vida.

Esta historia comienza en un lejano mes de marzo de 2009, en Cartagena, adonde nos habíamos ido a vivir con la ayuda de una neumóloga que me aseguró que teníamos que abandonar Chía cuanto antes, y buscar algo al pie del mar. “Póngalo, por escrito, le dije, será como una orden para Elsa, mi querida compañera de viaje”. 

Esa mañana, a mis sesenta y cinco años, sentado en el balcón del apartamento, sentí que pronto sería tarde, muy tarde, para contar lo más importante de mi historia, la búsqueda y el encuentro del amor humano y, sin pensarlo, me acordé de aquellos versos de Hölderlin, de su Himno al amor y los escogí como epígrafe de una novela que aún no tenía nombre y mucho menos personajes, ni trama alguna: 

“Dejad de lado a los amigos, ofended a parientes, agraviad a los poetas
¡qué agradecidos!, 

y que Dios absuelva.
Pero debéis respetar
el alma de los que se aman”. 

Tema resuelto. El Amor. Protagonista: un sacerdote. Y me acordé entonces de George Bernanos: “ma paroisse est une paroisse come les autres”, la primera frase de su novela “Diario de un cura de aldea”. El título se impuso: IN AETERNUM. 

Fue así, por generación espontánea, como cobró vida un sacerdote jesuita, párroco de una iglesia al sur de Bogotá, quien tenía que ir un día a la semana a Chapinero a rendir cuentas de su trabajo, a recibir instrucciones para el mejor desempeño de sus labores. 

Hasta que un día empieza a aburrirse de su vida de párroco. 

“Ya estoy viejo. Pero como una gota de agua fría que cae segundo a segundo sobre mi cuello, repito diariamente las palabras del Introito: 

Introibo ad altare Dei
Ad Deum qui laetificat iuventutem meam. 

No quiero acordarme de una juventud que ya no existe, que duró menos que un relámpago y cuya luz no descubre ningún camino, porque ya se extinguió. 

Los altares no se hicieron para la alegría sino para el sacrificio.” 

Y un día de descanso toma la decisión de irse de viaje, cerca al mar pues, como decía Virgilio: “Simula un rostro esperanzado pero un profundo dolor le oprime el corazón”. (La Eneida I, 209). 

Cerca a Tolú, conoce a la dueña del rancho donde se hospeda, se enamora sin freno de Valeria y descubre, por fin, el amor humano, con todas sus felices consecuencias. 

Pág.142… mi protagonista resume muy bien, al final de la novela, lo que significó para él encontrar y vivir el amor humano. 

“De este cuerpo, al que me enseñaron a despreciar y a castigar, nacieron las caricias más puras que pude imaginar, gracias a este cuerpo que se estiraba en mis manos, traté de entender un mundo que pretendieron negarme, por la inquietud de estas pupilas reorienté mis miradas a la mujer que quisimos ignorar, de esta boca, que perdonó tantos pecados inexistentes, brotaron sin control los besos más esperados, más buscados, nunca temidos sino deseados, como si los acabara yo mismo de inventar. 

Gracias a este cuerpo, cargado de sentimientos y emociones, pude reconocer y disfrutar los abismos inexplorados del cuerpo de Valeria, feliz en mi frenesí, dispuesto a escudriñar sus secretos una y mil veces, sin pretender que fueran respuestas a nada o a nadie, solo para reafirmar la locura del amor. 

Ya el cirio se había desprendido de mis manos, ya el espiral de su fuego se había tropezado con las lenguas de paja que caían del techo, la vida se sacudía de mi muerte, miraba para otro lado como ignorándome, pero solo esas llamas sabían interpretar y festejar la emoción de mi partida. 

Ya no había olvido ni memoria, apenas la soledad del fuego que todo lo consumía y las consabidas preguntas de los que aún quedaban en esta tierra. 

Este cuerpo y esta sangre, que ya empiezan a desaparecer conmigo, y a quienes tuve que zafar de su supuesta realidad para llevarlos al abismo, serán tierra o ceniza, pero desde allí entonarán en silencio y por siempre, el canto de mi amor por Valeria”. 

Terminé la novela en Alicante, en noviembre de 2010 y, con la ayuda de Elsa y de mis hijos, la publiqué en Bubok.

Alfredo Cortes Daza

Agosto, 2023

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Esa Cartagena que nunca deja de darnos sorpresas, nos revela aquí que también alimenta la poesía y la imaginación de los buenos escritores.

Brígida Entralgo volvió a sentir esa mañana el mismo dolor que casi la desbaratara dos meses atrás. Le empezaba en el tobillo izquierdo y luego se convertía en un tornado que le revolvía la rodilla y no la dejaba caminar.

Pero caminaba sin descanso, como las vendedoras de frutas de la playa, repitiéndoles de memoria a los turistas las historias oscuras del Palacio de la Inquisición, la construcción de la catedral, la ascensión a los cielos de Lucas y Juan, apostados a lado y lado del campanario, la ventana diminuta por donde Pedro Claver divisaba la mancha negra de los barcos negreros, Santo Domingo, Santo Toribio de Mogrovejo, y lo poco que se sabía de las frescas casas coloniales, donde las familias poderosas gozaban en silencio sus historias particulares y se asomaban a los balcones para pregonar una inocencia en la que nadie creía.

Después del mediodía, el dolor la obligó a suspender sus relatos a un grupo de turistas españoles que se enteraban, con una envidia cargada de nostalgia, de la aparente buena estrella de sus antepasados.

Faltaban dos días para el festejo grande de la Virgen de la Candelaria. El olor de los fritos tomaba posesión de las alamedas que rodeaban el castillo de San Felipe, de los caños del mercado de los pobres y de los barrios, como corrales de gallinas, donde se multiplicaba la desesperanza y la angustia de los desposeídos.

“Este año sí me hace el milagro”, se dijo Brígida y, con la misma resolución que le había permitido superar sus desgracias, se apoyó en las muletas cansadas que le prestó una vecina y se dedicó a lavar y planchar su mejor vestido, a sacar un lustre imposible a sus únicos zapatos de cuero y a recomponer un sombrero de caña-flecha para protegerse del sol de febrero.

El sábado la ciudad se despertó temprano, envuelta en un aire transparente, como si hubiera dormido en el fondo del mar, despojándose de su cansancio y de sus vergüenzas.

Brígida se vistió de prisa, apuró un desayuno ligero y salió a la calle a embarcarse en el primer colectivo que la dejara a los pies del Cerro de la Popa, donde la Virgen reinaba en su santuario. Plena de energía, ahogando las muecas de dolor en una sonrisa inalterable, comenzó el ascenso en medio de una multitud ruidosa, que rezaba el rosario como si fuera la letra de una champeta* y tomaba agua de coco “bendecida”  por todos los santos de la ciudad.

Ya se aproximaban a la cima, cuando un murmullo ronco y con cara de rabia se fue apoderando de los peregrinos y la noticia se regó como un incendio que nadie se atrevía apagar.

“La Virgen vuelve mañana”, le alcanzó a escuchar a un cura desgarbado que extendía sus brazos como un espantapájaros para aplacar a la multitud.

La romería se enroscó entonces como una serpiente venenosa, reventó los goznes de las puertas seculares del claustro de Santa Catalina y se apoderó del santuario, decidida a no marcharse de allí hasta que apareciera la imagen prófuga. Brígida se vió de pronto en el centro del remolino. Los más revoltosos empezaron a rasgar las pocas cortinas que se mecían en los corredores, a desbaratar altares y veladoras, a no dejar ni el rastro de las cayenas en los floreros, en un carnaval de candelabros caídos y reclinatorios convertidos en astillas, donde los monjes guardianes no habían sido invitados.

Alguien gritó desde el púlpito: “El cerro es nuestro. Que arda el santuario!”

‘No estando la Entralgo viva’ respondió Brígida, trepada en el Altar Mayor.

Y blandiendo sus muletas como aspas de un molino enceguecido, se enfrentó sola a la romería engañada y la obligó a abandonar el recinto, bajo un murmullo de maldiciones y de advertencias iracundas.

Salió de última, cerró con su escaso aliento el portón del santuario, engarzó muletas y sombrero en los candados herrumbrosos y con el ocre de una piedra escribió con rabia en la pared blanca del convento:

“Brígida no vuelve mañana ni nunca. El milagro ya está hecho!”

* La Champeta es un género musical y cultural colombiano, de hecho social y musical. Culturalmente, se originó en los barrios marginales de Cartagena de Indias y musicalmente en las zonas afrodescendientes (cf. Google).

Alfredo Cortés

Febrero, 2023

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