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Acuerdo de paz

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El tema de las preferencias políticas es de enorme importancia y enorme complejidad. Es necesario enfrentarlo en dos niveles, que en cierta forma son diferentes: el de las ideas y el de las personas (o sea, los candidatos y sus grupos o partidos), aunque al final los dos niveles convergen en uno solo, cuando se llega el momento de depositar el voto en la urna. 

Pienso que América Latina se debate en este momento histórico en el tema de la igualdad y la equidad y que la polarización se centra en las posibles maneras de desatar este nudo gordiano. En gran medida los niveles de desigualdad y de diferencia en los ingresos han sido el resultado de un liberalismo económico desbordado, que propende por el incremento del producto bruto interno de los países (crecimiento económico), solo a través de las leyes del mercado, pero no por la distribución, utilización y usufructo de dicho bienes y servicios en forma equitativa para la sociedad. 

Dicho en términos populares, “cada vez más los pocos ricos son más ricos y los muchos pobres son cada vez más pobres”. Esto se debe a la consagración del dogma de la reproducción y concentración del capital como característica inalienable, una idea consagrada por el neoliberalismo o el liberalismo salvaje. Además, la globalización incrementó las diferencias en la productividad del capital, en razón del atraso tecnológico de nuestros países, debido a las raíces históricas e ideológicas que desafortunadamente heredamos de nuestra colonización y de los subsiguientes procesos libertarios, torpemente realizados por nuestras elites políticas, que nos han puesto en desventaja de competitividad con otros países y regiones del mundo.

En este panorama se incrementa la falsa esperanza en un líder que sea capaz de sacar adelante al país. Líder que las grandes masas consideran que es imposible que lo produzca la burguesía tradicional, como fue lo propio en los siglos anteriores. Por esa razón, un país económica y culturalmente más avanzado, como lo fue Chile, estrena como presidente una personalidad nueva, con dinámicas contrastantes muy profundas en contra del liderazgo desarrollista reconocido a nivel latinoamericano y que guio gran parte de los procesos económicos de posguerra en el continente a través de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL). 

Por esta misma razón Perú, país con indicadores económicos muy promisorios y con una multiculturalidad muy compleja, también elige a un maestro de escuela de una población minúscula y desconocida, pero él mismo (posiblemente muy inteligente) con escasa formación académica. Y en el contexto de estas elecciones democráticas y populares está el telón elaborado por ese embeleco que llaman “socialismo bolivariano”, que produce realidades tan crueles y lamentables como Venezuela y Nicaragua, y otras que tienen que ser recuperadas en lo posible, como es el caso de lo que se espera que pueda ocurrir en Ecuador y Bolivia. 

Siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Chile es muy posible que en las elecciones de este año en Colombia veamos finalmente enfrentados a los dos polos opuestos, con altas probabilidades de que la balanza se incline hacia la izquierda beligerante. Parecen efímeras y débiles las coaliciones políticas, tanto de centro izquierda como de centro derecha. 

Para mí, es preocupante que pierda fuerza la Coalición de la Esperanza, que consideraría de mis preferencias, porque en ella se conjugaría la veteranía y la experiencia de quien logró un acuerdo de paz, conjuntamente con el vigor en sus herederos, de quien soñó y trabajó por un nuevo liberalismo, reforzado por quienes propenden por una economía verde y circular, dinamizado además por la experiencia de dirigentes que han ejercido con voluntad y sacrificio diferentes cargos públicos, sin desconocer asimismo que puedan participar académicos con posiciones ideológicas utopistas. 

Espero que puedan limar sus diferencias, acordar unos principios y valores comunes y en especial trabajar con liderazgo de equipo, mancomunadamente –si llegan al poder–, deponiendo hasta lo posible los egos exaltados que a veces los caracterizan.

Hernando Bernal Alarcón

Febrero, 2022

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Ante la postración de los partidos políticos, hacer coaliciones interpartidistas se convirtió en el método preferido para seleccionar candidatos a la presidencia. Ya se están consolidando tres que abarcan todo el espectro político, la izquierda, el centro y la derecha: la del Pacto Histórico, la Coalición de la Esperanza y la de la Experiencia. Las tres son muy diferentes y, salvo la primera que ya está muy definida, las otras dos todavía tienen pendientes por resolver.

La Coalición de la Esperanza es una coalición de líderes políticos progresistas (De la Calle, Fajardo, Cristo, Robledo y Galán) –que podrían definirse como de centro izquierda– que ha tratado de construirse a partir de coincidencias ideológicas y programáticas, con el objetivo de conformar un equipo de gobierno duradero que logre el cambio social que necesita el país. Para ello pretenden presentar listas únicas para las elecciones parlamentarias.

Acordados sus principios y objetivos políticos en el documento de Bases Programáticas, la Coalición de la Esperanza tiene el reto de consolidar el centro progresista para lo cual es indispensable la participación de Alejandro Gaviria y que el Nuevo Liberalismo deje atrás ambiciones personalistas y ratifique su permanencia allí. El cónclave propuesto por el exministro Cristo que se reúne este domingo es definitivo para este propósito.

La Coalición de la Experiencia, o Equipo Colombia, es un intento de coalición totalmente diferente. Sin unidad ideológica ni programática, los precandidatos que la han integrado tienen en común la experiencia administrativa y el apoyo al actual gobierno, pero con orientaciones tan distintas como el conservatismo progresista de Echeverry, el neoliberalismo con tinte social de Peñalosa, la preocupación de Dilian por la situación social, la seguridad democrática de Gutiérrez, la indefinición ideológica de Char o el conservatismo tradicional de Barguil.

La unión de este diverso conjunto de políticos parece más una estrategia de corto plazo, sin intenciones de mantenerse unidos en el futuro. Por eso, los que pertenecen a partidos políticos presentarán listas propias para el Congreso, pues su interés es mantener bancadas parlamentarias numerosas que les permitan negociar con el próximo gobierno, cualquiera que sea.

Los grandes perdedores de este proceso de coaliciones son el Centro Democrático (CD) y el Partido Liberal. El CD, además de sus peleas internas por la escogencia de Zuluaga, pasó de ser el centro del poder y el elector de presidentes, a tener que mendigar que lo reciban en el Equipo Colombia, donde tienen temor de que la participación del uribismo sea una carta perdedora. Si no lo reciben, tendrá que armar una consulta con los pastores cristianos.

El ala clientelista del Partido Liberal fue rechazada de plano en la de la Esperanza, pero si sería recibido con gusto en la de la Experiencia, donde no tendría un candidato ganador, pero si mantendría sus listas propias al Congreso. El problema es que así confirmaría que perdió la vocación de poder y que giró a la derecha, dejando de ser una coalición de matices de izquierda como lo definió Carlos Lleras y lo dicen sus estatutos.

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Adenda: En el quinto aniversario de la firma del histórico Acuerdo de Paz con las Farc, a pesar de los múltiples intentos de sus enemigos de torpedearlo, cada día resuenan más alto las consignas de los defensores de la Paz: ¡La Paz no tiene reversa! ¡Por la Paz, ni un paso atrás!

Mauricio Cabrera

Noviembre, 2021

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