Ser como bambú

Por: Ramiro Valencia Cossio
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En dos casas de campo que he tenido con mi familia he sembrado guadua, una de las especies del bambú, planta que siempre me ha fascinado. En mi primera casa, el guadual creció tan rápido y tan frondoso que hubo que controlarlo para que no ocupara toda la finca.

En dos casas de campo que he tenido con mi familia he sembrado guadua, una de las especies del bambú, planta que siempre me ha fascinado. 

En mi primera casa, el guadual creció tan rápido y tan frondoso que hubo que controlarlo para que no ocupara toda la finca. Muchas tardes pasé meditando o leyendo bajo su sombra. Escuchar ese típico ruido de sus ramas cuando eran besadas por el viento me producía una paz indescriptible. El máximo goce venía entre cinco y seis de la tarde, cuando llegaban cientos de pájaros a pasar la noche. Un verdadero concierto de cantos y gorjeos.

En mi segunda casa, en un sitio donde pudiera apreciar su majestuosidad desde la terraza, también sembré un guadual que veía crecer casi a diario. No han venido los pájaros a convertirlo en hogar, pero en las tardes puedo apreciar un bellísimo baile, una multicolor danza al son de su propio canto. El viento y el guadual se funden como enamorados.

Cuando encontré este antiguo cuento zen, comprendí mi fascinación por el bambú:

“Hace mucho tiempo, dos agricultores iban caminando por un mercado, cuando se pararon ante el puesto de un vendedor ‒sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto‒.

‒ Mercader, ¿qué semillas son esas? ‒preguntó uno de ellos.

‒ Son de bambú. Vienen del Oriente y son muy especiales.

‒ ¿Por qué son tan especiales? ‒dijo uno de los agricultores.

‒ Si las llevan y las plantan, verán por qué. Solo necesitan agua y abono.

Así los agricultores, motivados por la curiosidad, compraron algunas semillas, volvieron a sus tierras y las plantaron. Pasado un tiempo, las semillas no germinaban, mientras los otros cultivos crecían y daban frutos. Entonces, uno de los agricultores le dijo al otro:

‒ Aquel viejo nos engañó. De estas semillas no saldrá nada y decidió dejar de cultivarlas, pero el otro siguió haciéndolo. Pasó más tiempo sin resultados, hasta un buen día, cuando el agricultor, a punto de dejar de regarlas, se sorprendió al encontrarse con que el bambú había crecido. No solo eso, sino que las plantas alcanzaron una altura de treinta metros en unas semanas. ¿Cómo era posible que, tardando muchos meses en germinar, alcanzaran tal tamaño en semanas?

La verdad es que, durante esos largos meses de aparente inactividad, el bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener su crecimiento posterior”.

En esta época de cambios vertiginosos, de lo rápidamente desechable, de relaciones efímeras y escasos compromisos personales y laborales, bien valdría la pena volver los ojos al bambú. Efectivamente, el bambú puede crecer unos 11 centímetros diarios y alcanzar su altura entre 26 y 32 metros en solo seis meses. Pero pasa mucho tiempo creciendo bajo tierra, generando las raíces que le permitirán sostener su altura…

¿Cuánto tiempo hemos empleado en crear nuestras raíces, nuestros valores, nuestros criterios de vida, nuestros conocimientos?

¡Qué bueno resultaría ser como un bambú!

Ramiro Valencia Cossio

Marzo, 2021

3 Comentarios

Hernando Bernal A. 25 marzo, 2021 - 11:20 am

Hermosa Reflexión! Gracias

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Carlos Posada 25 marzo, 2021 - 11:37 am

Qué par de relatos o historias tan llenas de enseñanzas nos entrega este escrito de Ramiro! Nuestra vida ha sido un constante sembrar, un constante echar raíces y un constante abonar con pensamientos y sentimientos. A veces no hemos regado lo suficiente, a veces no hemos abonado, sino que hemos regado venenos que retrasan el crecimiento. Pero esa y no otra ha sido nuestra propia realidad; así hemos construido nuestra vida. Aprendamos a retirar las malezas, a regar con más generosidad y a recoger con serenidad y aceptación los frutos que hemos cultivado en nuestro huerto personal. Somos juncos, somos bambús movidos por el viento!

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MARGARITA CAICEDO 10 abril, 2021 - 10:25 am

Maravillosa analogía, no conocía el cuento Zen. Mil gracias

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