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Recuperar nuestra condición humana

En esta breve reflexión, su autor habla del enfrentamiento de dos extremos conceptuales, fruto de experiencias y de múltiples emociones de muchos seres humanos, que tienden a convertirse en posiciones radicales que están matando a los colombianos al reclamar para ellas la posesión exclusiva de la verdad.

En esta breve reflexión, su autor habla del enfrentamiento de dos extremos conceptuales, fruto de experiencias y de múltiples emociones de muchos seres humanos, que tienden a convertirse en posiciones radicales que están matando a los colombianos al reclamar para ellas la posesión exclusiva de la verdad.

Hoy, los colombianos  ‒y otros muchos pueblos, sobre todo occidentales‒ se hallan radicalmente divididos y enfrentados entre dos extremos conceptuales (por no denominarlos “ideológicos”, término que conlleva ya un prejuicio negativo sobre una posición o su contraria): de una parte, la defensa a ultranza del crecimiento del PIB con todas sus consecuencias ‒aunque sin negar, por ello, la necesidad de una cierta asistencia a los más vulnerables y al cuidado del ambiente‒ y, de otra, la atención preferente a la gente concreta, y en especial a los más afectados por la pobreza material y cultural, sin que por ello se descuide por completo el crecimiento del PIB. 

Aunque estas dos posiciones son en cada individuo el arraigado producto de la propia experiencia y el acumulado de emociones que esa experiencia le ha suscitado, sus incompatibilidades no pueden ser minimizadas. Marcan reales y profundas fronteras económicas, sociales, políticas. Pero lo que no podría reclamar para si ninguna de estas dos tendencias es la posesión exclusiva y total de la verdad, y es la ausencia de esta pequeña dosis de escepticismo, de distancia autocrítica ante lo que nos parece evidente lo que está matando a los humanos en Colombia (y en el mundo). 

Carece de sentido optar por una posición política cualquiera, con el mero propósito de cerrarle el paso a su enemigo. Esa es, por principio, una mala elección. El mal no radica tanto en los supuestos o reales errores y efectos perversos de una visión o de su opuesta, sino en el ciego empecinamiento de quien adhiere a una posición sin ser capaz siquiera de leer u oír al contrario, no digamos de mantener un continuo debate serio y razonado de cara a la opinión pública, dejando siempre un margen de duda frente a las posiciones propias, pequeño espacio mental que permita preservar el respeto del adversario. 

Es la “clausura” del mundo intelectual y emocional de cada individuo en sus propias trincheras, es la ausencia de esta fina ranura de luz en nuestra convivencia, lo que está deshumanizando al país y a Occidente, es decir, lo que está privando a los humanos de su condición de seres morales, realmente libres y capaces de elegir entre el bien y el mal con todas sus ambigüedades. 

Bien haríamos los colombianos en someternos a una honda y sincera reflexión sobre nosotros mismos que nos permita recuperar nuestra condición moral de seres realmente humanos.

Luis Alberto Restrepo Moreno

Abril, 2021

Por Luis Alberto Restrepo

Jesuita 1953-1982, primeros dos años de estudios de filosofía y teología en Bogotá, y luego otros dos en Frankfurt a.M. (Alemania), en el teologado de los jesuitas. Regresa a Colombia en 1974, trabaja en Cinep, da clases de filosofía política en las universidades Javeriana, Andes y Nacional. Participa en la Comisión de Solidaridad con los Presos Políticos (CSSP). En esa condición, es invitado a Europa para denunciar las violaciones de los DDHH. Los fines de semana da cursos a maestros rurales y campesinos. Detenido en la BIM y en el Colegio San Bartolomé La Merced durante cuatro meses en medio del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Retirado de la Orden en 1982, tres años después forma pareja con Socorro Ramírez, feminista, líder sindical y política. Desde entonces ambos comparten intensa actividad nacional e internacional, real y virtual.

Una respuesta a «Recuperar nuestra condición humana»

Excelente llamamiento a la apertura al otro, aunque sea diametralmente opuesto a nuestras opiniones o creencias. Casi que podría decir aquello de que “quien esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Es facilísimo criticar y echarle la culpa al otro. Con frecuencia, casi que sin dejar decirle al otro lo que piensa, se le cierra la puerta. Ejercicio necesario siempre, pero más, pienso, en estos momentos de radicalismos fanáticos.

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