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¿Qué dirá el plan de desarrollo?

La educación es un de esos asuntos que exigen el trabajo constante de varias generaciones. Los gobiernos están tan ocupados en ver lo que ocurrirá en su corto período que no disponen de herramientas adecuadas para ver más lejos.

La educación es un de esos asuntos que exigen el trabajo constante de varias generaciones. Los gobiernos están tan ocupados en ver lo que ocurrirá en su corto período que no disponen de herramientas adecuadas para ver más lejos.

Durante el confinamiento de la pandemia, aparecieron estudios interesantes que advertían sobre nuevas manifestaciones de salud originadas en los cambios culturales. Uno que me llamó la atención señalaba que hoy tiene una mayor incidencia en la población infantil la miopía, posiblemente porque los niños están la mayor parte del tiempo en espacios pequeños y tienen menos oportunidad de tener un horizonte de visión extenso de manera constante.

A los gobiernos suele sucederles lo mismo: están tan ocupados en ver lo que ocurrirá en su corto período que no disponen de herramientas adecuadas para ver más lejos, consultando la realidad en vez de adivinar en sus propias obsesiones inmediatas. La cuestión es que los tiempos históricos en los que ocurren las grandes transformaciones parecen ir demasiado lento para el gusto de quienes aspiran pronto a la inmortalidad. Asuntos como la transformación energética o la modernización de la movilidad urbana requieren un esfuerzo sostenido durante décadas, como propósito ampliamente compartido.

La educación es uno de esos asuntos que exigen el trabajo constante de varias generaciones. Además, no es asunto exclusivo de un país, pues es un puente para múltiples conexiones globales. El conocimiento, la investigación y la experiencia de quienes pueden resolver los grandes problemas a los cuales está enfrentada la humanidad solo pueden circular entre quienes han recibido la educación necesaria para moverse en el mundo de la ciencia, la tecnología y la comprensión humanística de los fenómenos a los que está sometida la sociedad contemporánea. Es claro que las epidemias, las revueltas sociales, las sequías o las hambrunas no se resuelven a punta de hechizos o discursos –parte de la concepción mágica del populismo–.

En 2020, un grupo de 645 expertos internacionales fue entrevistado para una encuesta que define cómo será la escuela en la próxima década. Esta fue una de sus conclusiones: “Los sistemas educativos de todo el mundo sufrirán grandes modificaciones de aquí a 2030, propiciados por la revolución tecnológica. En los próximos quince años, internet va a convertir los colegios en ‘entornos interactivos’ que pondrán patas arriba las formas tradicionales de aprendizaje y cambiarán la manera de ser de docentes, padres y estudiantes”.

Se están haciendo preguntas difíciles sobre la función de las escuelas, la educación emocional, la inteligencia artificial, la función de las calificaciones, los currículos personalizados.

Esto, desde luego, no ocurrirá espontáneamente. Muchos de los países participantes en la cumbre de Doha en 2020 ya están avanzando en las transformaciones necesarias para mantenerse como líderes en las transformaciones tecnológicas, la industria farmacéutica, el transporte, la infraestructura, el comercio global, la biogenética, la ingeniería espacial… y, por supuesto, en las artes, el deporte y todas las expresiones de la cultura. Se están haciendo preguntas difíciles sobre la función de las escuelas, la educación emocional, la inteligencia artificial, la función de las calificaciones, los currículos personalizados.

Será interesante ver qué mirada de la educación tendrá nuestro próximo plan de desarrollo. Estoy seguro de que el director de Planeación Nacional tiene la capacidad de mirar lejos, así que probablemente el plan vaya más allá de los lugares comunes. Sin embargo, sería interesante que desde el Ministerio de Educación se abrieran los debates necesarios para examinar cuáles serán los grandes desafíos del presente y cómo ellos pueden anunciarnos lo que vendrá más adelante.

La Ley 115 de 1994 estableció la obligación de hacer planes decenales de educación, y ya se han hecho tres. Pero los gobiernos no los usan, no los citan y tampoco los critican. Simplemente los ignoran, posiblemente por esa terrible miopía que no permite fijar la vista más allá de las narices. 

El Plan Decenal que está vigente tiene unos desafíos provocadores que merecerían ser comentados y discutidos por quienes hoy tienen la responsabilidad de planificar el futuro educativo de nuestra población.

Francisco Cajiao

Enero, 2023

Por Francisco Cajiao

Jesuita, 1965-1971. Filósofo de la U. Javeriana, con maestría en economía (Universidad de los Andes). Trabajó en Planeación Nacional y dirigió el Departamento de Bienestar Social de Bogotá; rector de las Universidades Distrital, Pedagógica y Cafam; subdirector del SENA, Secretario de Educación de Bogotá y consultor de Naciones Unidas en educación. Autor de varios libros y columnista de El Tiempo. Su mayor orgullo es haber sido maestro en primaria y secundaria por más de 15 años. Recientemente recibió el reconocimiento de Vida y Obra otorgado por el Ministerio de Educación Nacional.

Una respuesta a «¿Qué dirá el plan de desarrollo?»

Y que ni Planeación Nacional ni el Ministerio de Educación echen en saco roto la pregunta crucial del barbudo de Tréveris: ¿Quién educará a los educadores?”. Pacho, gracias por tus constantes reflexiones educativas.

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