Pero, ¿cómo? ¿No ve que están nuevos?

Por: Bernardo Nieto
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Regalos y sueños de niños

Era un sábado y se inauguraba una escuela muy esperada en una vereda del municipio de Tierra Alta en el departamento de Córdoba. Después de casi dos años, su construcción y puesta en marcha habían sido posibles gracias a la alianza entre el municipio, la diócesis local, el gobierno departamental y UNICEF. La diócesis había donado el terreno. Los gobiernos municipal y departamental habían construido la escuela con trabajadores locales, según parámetros educativos avanzados, indicados por los manuales de UNICEF: aulas para garantizar el trabajo individual y en equipo, buena iluminación, higiene, ventilación, sanitarios independientes para niñas y niños, campo de juego, comedor y cocina escolar. 

Algunos de los papás y mamás habían trabajado en la construcción. Además, se habían nombrado dos maestras, pagadas por el municipio. UNICEF iba a entregar los materiales educativos y, también, morrales con el uniforme completo y zapatos para niños y niñas. 

Una banda amenizaba el ambiente de fiesta y alegría. Nadie quería perderse el acontecimiento. Los niños y sus familias estaban contentos y esperaban la llegada de las autoridades. Por ser época de lluvias, los caminos estaban enlodados y las familias y sus hijos habían trajinado para estar presentes, con sus pies que testimoniaban el barro de los caminos.

Por fin, luego de casi una hora, llegaron los patrocinadores de la nueva escuela. La banda tocó hasta cuando alguien les pidió hacer silencio para que la maestra leyera el orden del día y se iniciara la ceremonia. Afortunadamente, el cielo estaba nublado y el calor era soportable. Todos cantaron a grito herido y con las mejores intenciones, pero sin la más mínima entonación, el himno nacional. El Secretario de Educación, después de excusar al gobernador que estaba en la capital del país ese día, pronunció un discurso “veintejuliero” que exaltaba la generosidad del gobernador y su propia gestión, sin reconocer que lo que entregaba a la comunidad era su obligación y el cumplimiento bien retrasado de lo que todos esperaban desde hacía más de veinte años.

El Obispo fue parco. Solo hizo un agradecimiento a la familia que había entregado el terreno a la diócesis para que se construyera allí la capilla veredal. El aula múltiple de la escuela en donde estaba reunida la comunidad también serviría de capilla cuando fuera necesario y, de esa manera, se cumpliría la voluntad del donante, además de garantizar el servicio educativo. 

El delegado de UNICEF felicitó a niñas y niños, a los padres y madres que habían exigido por años su escuela y que habían puesto su tiempo y su trabajo para construirla. Invitó a los a recibir sus morrales y sus uniformes completos; la algarabía se apoderó del aire. Todos querían ver lo que había en los morrales y cómo eran los uniformes. Era un regalo que nunca habían esperado. 

Con ayuda de las dos maestras, de dos policías y de algunos padres y madres de familia, niñas y niños se acercaron ordenadamente a recibir lo prometido. La dicha colmó el lugar pues, de verdad, los libros y los uniformes eran nuevos, limpios y bien confeccionados. Las niñas recibieron faldita, blusa, medias y zapatos; los niños camisa, pantalón, calcetines blancos y zapatos con suela de caucho. 

Casi todos aprovecharon para cambiar sus zapatos viejos y estrenar los nuevos, guardando en la bolsa los embarrados. Sin embargo, en un rincón, un niño crespo y moreno, que estaba con su hermanito más pequeño, se negaba a abrir la bolsa y estrenar sus zapatos. 

La maestra le preguntó por qué no se los ponía. El niño, mirando con ojos alegres y compasivos su regalo, con toda la inocencia, pero con la más clara lógica del mundo, respondió: 

‒ Pero, ¿cómo? ¿No ve que están nuevos? 

La intuición de ese niño se me quedó grabada para siempre. Ese niño sabía lo que valían sus zapatos nuevos. ¡Su primer par de zapatos nuevos eran su tesoro más preciado! Él sabía lo que valía poder ir a la escuela y poder tener un uniforme nuevo que no iba a dañar por nada del mundo. 

Ojalá todos los niños y niñas de nuestro país algún día puedan ver cumplido plenamente su derecho a recibir una educación a la altura de su dignidad y de su dimensión de seres humanos, los primeros de la sociedad.

Bernardo Nieto Sotomayor

Noviembre, 2020

6 Comentarios

Elsa Acosta 14 noviembre, 2020 - 11:18 am

Bernardo, me encantan tus narraciones llenas de sentido social y conmovedoras historias.
Gracias

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Hernando Bernal A. 14 noviembre, 2020 - 12:01 pm

Bernardo: hermosas historias que reflejan la realidad de un mundo que a muchos se nos escapa. Abrazos

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Carlos Velasco 14 noviembre, 2020 - 1:52 pm

Esopo se hubiera inspirado en tu historia para escribir una de sus maravillosas fábulas! Excelente lección!

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Antonio José Sánchez Murillo 14 noviembre, 2020 - 2:06 pm

Gracias Bernardo!

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Reynaldo Pareja 14 noviembre, 2020 - 2:20 pm

Bernando. Quedas “ordenado” a seguir develandonos la otra cara de la realidad del pais que, desde nuestros comodos apartamentos, casas o fincas ni siquiera sospechamos que sea la realidad de todos los dias de aquellos que sostienen el pais en lo mas basico, el agro, por encima de los limites estructurales que les hemos creado a traves de una historia permanente de marginalizacion. Que tu pluma siga ilustrandonos donde debemos poner atencion y donde podemos poner el mas minimo grado de aporte para que se modifique las injusticias en beneficios de quienes se lo merecen; ellos ya se han gradudado con doctorados de paciencia y dignidad.

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Mónica rojas Coronado 14 noviembre, 2020 - 2:43 pm

Bella historia la inocencia de los niños y su modo de ver el mundo es lindo ?❤️

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