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Nunca pasa nada

El patrón de impunidad se replica como parte de la cultura desde la primera infancia.

El patrón de impunidad se replica como parte de la cultura desde la primera infancia.

Las comunidades humanas se van configurando a lo largo del tiempo de acuerdo con la forma como las personas se comportan y responden por sus actos. 

Cuando desde la primera infancia los niños son estimulados a cooperar, a respetar normas fundamentales de convivencia y a desarrollar sus actividades de manera responsable, es más probable que una sociedad progrese y construya relaciones de confianza. Ese proceso supone que el trabajo bien hecho, las buenas relaciones entre pares y el cumplimiento de las normas, son reconocidos de manera explícita, pero también, que los comportamientos que atentan contra los demás tienen una sanción apropiada.

Decía Kant en su manual de pedagogía que “el que no está cultivado es rudo; el que no está disciplinado es salvaje”. Recalca que resulta más grave la falta de disciplina que la falta de cultura, pues la segunda se puede resolver a lo largo de la vida, mientras que es muy difícil establecer límites tardíamente. El objeto central de una buena educación, según él, es asegurar que los seres humanos,desde el comienzo, aprendan a someterse a las prescripciones de la razón, y advierte con toda claridad que quien ha sido educado con complacencia, sin ninguna exigencia y resistencia a sus impulsos, tendrá muchas dificultades para enfrentar las circunstancias adversas que le presente la vida.

La indisciplina y la falta de autocontrol no solo afectan al individuo, que sin duda alguna tendrá muchos problemas para realizar sus propias metas, sino que será un verdadero dolor de cabeza para los demás, especialmente si cada quien puede hacer todo lo que le venga en gana y nunca le pasa nada.

Esa preocupación se expresa reiteradamente en Colombia por estos días. La ‘paz total’ propuesta por el Gobierno es un bien deseable y que todo el mundo anhela, pero si significa que quienes extorsionan, trafican, secuestran y asesinan pueden luego sonreír ante las cámaras, confiados en que no les pasará nada, comienza a haber dudas. Los gobernadores lo han expresado de todos los modos posibles. La gente está saliendo a la calle a preguntar por qué no hay tiempo ni ganas para discutir y concertar con quienes trabajan y cumplen la ley, mientras se muestra tanta delicadeza con quienes viven en la ilegalidad.

No es bueno que un embajador se pase por la faja sus obligaciones, diga improperios, abandone su sede y no le pase nada, y tampoco que todos los días se pregunte dónde andaba el Presidente de la República a las horas en que debía estar cumpliendo con su deber en eventos nacionales e internacionales de los cuales dependen, en buena parte,la confianza y la credibilidad del Gobierno, sin que el funcionario ofrezca ninguna explicación, mientras pide a sus ministros, siempre bajo amenaza, que trabajen veinticuatro horas diarias.

No resulta extraño que este patrón de impunidad se replique como parte de la cultura desde la primera infancia. Muchos padres son incapaces de poner límites a sus pequeños en el hogar y ya es un escándalo cotidiano el número de casos de matoneo, agresividad y violencia en los colegios, sin que los maestros y directivos sepan cómo actuar. 

Por fortuna superamos la época del castigo arbitrario, sin explicación alguna, que durante mucho tiempo existió en el régimen autoritario de la escuela. Es un gran avance que se busquen nuevos mecanismos de solución de conflictos entre niños y jóvenes, que participen en la discusión de los manuales de convivencia y que se siga el debido proceso en caso de sanciones. Lo que no es aceptable es que ocurran situaciones graves, que se instalen pequeños matones a maltratar a sus compañeros y que no les pase nada.

Siguiendo el lenguaje de Kant y escuchando a muchos maestros y rectores de colegios públicos y privados, tengo la sensación de que nos estamos instalando poco a poco en una sociedad de salvajes, animada por abundantes ejemplos del mundo adulto.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

Por Francisco Cajiao

Jesuita, 1965-1971. Filósofo de la U. Javeriana, con maestría en economía (Universidad de los Andes). Trabajó en Planeación Nacional y dirigió el Departamento de Bienestar Social de Bogotá; rector de las Universidades Distrital, Pedagógica y Cafam; subdirector del SENA, Secretario de Educación de Bogotá y consultor de Naciones Unidas en educación. Autor de varios libros y columnista de El Tiempo. Su mayor orgullo es haber sido maestro en primaria y secundaria por más de 15 años. Recientemente recibió el reconocimiento de Vida y Obra otorgado por el Ministerio de Educación Nacional.

Una respuesta a «Nunca pasa nada»

No podría estar más de acuerdo con Francisco. Su radiografía de lo que nos está pasando no requiere más explicaciones. Es así tal cual. Gracias.

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