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Nueva York sin Paul Auster

Por Jesús Ferro Bayona
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“Murió en casa en la habitación que amaba, la biblioteca, una habitación con libros en cada pared, desde el suelo hasta el techo, pero también altas ventanas que dejaban entrar la luz”. Así dio la noticia de su muerte, su propia esposa, la también escritora Siri Hustved. Fue el 30 de abril, a las 18:58 de la tarde en Nueva York.

Cuando me enteré de la muerte del escritor Paul Auster, me sentí muy abatido. Era la noche y me puse a leer algunas páginas de su libro La invención de la soledad. Di primero con el párrafo donde se refiere a la muerte de su padre. Cuando supo la noticia, escribe: “no se me ocurrió un solo pensamiento noble”. Continúa: “su muerte no ha cambiado nada; la única diferencia es que me he quedado sin tiempo. Había vivido durante quince años una vida tenaz y opaca, como si fuera inmune al mundo”. Un sentimiento de orfandad recorre el libro. Permanente desencuentro con su padre.

Los buenos escritores tienen la virtud de hacernos confidencias a los lectores como si fuéramos sus cómplices. Y eso era lo que sentía con las lecturas de las novelas del escritor nacido en New Jersey, pero neoyorkino en el fondo de todo. Uno de los que mejor ha escrito sobre esa compleja y fascinante metrópoli del mundo contemporáneo, como son por ejemplo las tres novelas que conforman La Trilogía de Nueva York, sobre la cual dice a través de su personaje que “el movimiento era lo esencial”; (…) “en sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio”. Me hizo recordar a Heráclito el filósofo, para quien nada en la vida es permanente, ni puede serlo. Todo se mueve en un fluir.

Nueva York no es ningún sitio y todos los sitios, yo también lo he sentido. Las veces que he estado en ella no he tenido necesidad de una guía turística, solo la red del subway para ir de un lado a otro. Con los libros de Auster uno tiene un conocimiento vital sobre Manhattan, Soho y de todo lo que se guarda en la memoria de los sitios que él amaba como la calle Brooklyn Heights donde Walt Whitman compuso a mano la edición de Hojas de hierba en 1855, que cita en Fantasmas de la Trilogía.

Nueva York ostenta los sitios más refinados del mundo, museos con piezas artísticas de todas las épocas, music halls innumerables, restaurantes de clase

mundial. Hay de todo en sus calles por donde transita día y noche un río de individuos, perdidos cada uno en el anonimato. Entre ellos, mendigos, gente que gime, que maldice, que habla sola. “Mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento”. Cada uno piensa que es importante, que sin ellos “la ciudad se vendría abajo. Quizás la luna se saldría de su órbita y se estrellaría contra la tierra”, escribió en LaTrilogía. Paul Auster fue un escritor que puso a Nueva York, con toda su verdad real e imaginaria, en el centro de sus escritos. Nos va a hacer falta.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Jorge Salazar Isaza 3 junio, 2024 - 4:47 am

Estimado maestro Chucho Ferro,
como en las épocas del colegio san Ignacio en Medellín, donde nos brindaste tu amor por las letras, este homenaje al escritor Paul Auster nos inicia en su literatura. Gracias por seguir ahí al pie de tu pluma.
Un abrazo,
Jorge Salazar Isaza
(jesuita 1972-1976)
salazarisazajorge@gmail.com

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