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Música y risas (1)

Me encanta la alegría. Soy de risa fácil, aun con los chistes bobos. Aunque soy muy malo para contarlos, me río “como un enano” con las anécdotas o situaciones que hacen estallar las risas de la gente. Hoy me animo a contarles algunas de ellas, donde, como responsable de la actuación, la risa me ganó y no pude continuar con lo que estaba haciendo.

Me encanta la alegría. Soy de risa fácil, aun con los chistes bobos. Aunque soy muy malo para contarlos, me río “como un enano” con las anécdotas o situaciones que hacen estallar las risas de la gente. Hoy me animo a contarles algunas de ellas, donde, como responsable de la actuación, la risa me ganó y no pude continuar con lo que estaba haciendo.

Para interpretar bien una canción frente al público, uno tiene que asegurar que todo funcione. Cantar en público es una verdadera actuación, para la cual hay que afinar voz y sentimiento. Si uno se sabe bien la letra, hay un terreno ganado que permite interpretar bien el texto y darle el sentido original a cada una de las frases. Pero, además, hay que dominar el susto, los nervios, el pánico escénico. Cuando todo esto se da, el auditorio escucha el canto con gusto y expresa su satisfacción con aplausos efusivos. Si la actuación sale mal, el público expresa su desilusión con unas cuantas palmadas de forzada complacencia o con rechiflas y tomates.

***

Noches de serenata. 

Los “músicos” que me acompañaban esa vez era un grupo de juniores jesuitas que un año antes habían sido alumnos míos en el noviciado. Yo me preparaba para iniciar los dos últimos años de filosofía. Estábamos cerca de la Navidad y ayudábamos en la celebración en la parroquia de Villa Javier. Aceptamos salir con nuestras guitarras para cantar en el jardín de una casa familiar y frente a la ventana de la cumpleañera de turno. Creo que era la hermana de uno de los serenateros. Me queda difícil identificar a cada uno, pero lo que me sucedió esa noche sí fue inolvidable. 

Casi al terminar la serenata, quizás en la cuarta canción, cuando ya las voces estaban bien acopladas y el canto muy entonado, vimos salir de un rincón del jardín a un perrito que movía la cola en señal de amistad. Cuando dimos los dos acordes finales, “plam, plam”, con los que concluíamos el vals “Clavelitos”, el perrito se nos acercó y nos miró con ojos inquietos y se mantuvo cerca, disfrutando de buena compañía, buena música y algo de calorcito humano en medio de la fría noche bogotana. Ignorando al amigo canino, comenzamos la última canción y, cuando el canto ya estaba avanzado, sorpresivamente sentí que un chorrito caliente me mojaba media y zapato. Por supuesto, bajé la vista buscando la causa de la desagradable sensación y vi al perrito que, sin ninguna vergüenza, me había confundido con un poste. ¡Me había orinado el zapato! Y pegué el brinco, – perro hijue… – exclamé, asusté al perro y se acabó la serenata. Las risas de todos impidieron seguir la canción y yo me tuve que aguantar el olorcito y la ingrata humedad, hasta cuando llegamos a la parroquia…

Todavía me pregunto si el descarado animal me estaba premiando la actuación o descargando en mí su disgusto por la mala serenata que le había interrumpido su sueño. 

***

Con Alberto Duque Velásquez, un gran amigo y dueño de una fabulosa voz de tenor, quisimos dar una serenata al padre provincial en la víspera de su cumpleaños. Alberto estaba en segundo o tercer año de teología y yo estaba en primero de filosofía. Ambos éramos telemaestros de religión para niños en CENPRO, la programadora de los jesuitas que hacía programasde televisión para el Canal 11, quedaba en el barrio Teusaquillo, calle 39 con carrera 15. Esa noche yo me quedé a dormir allí. 

El Padre provincial, Fernando Londoño, S.J., antioqueño de pura cepa, iba a escuchar para su cumpleaños y, con lo mejor de nuestras voces, una selección del clásico repertorio paisa. También cantaríamos algunas de las bellas canciones que él “estrenó” con Juan José Briceño y Rodolfo de Roux en sus años mozos. Luego de un ensayo serio y bien acoplado, consideramos que estábamos listos y que cantaríamos como un par de solistas del coro celestial. Afinamos nuevamente las guitarras y, cerca de la media noche bajamos bien abrigados, desde la casa de CENPRO hasta la curia ubicada en la carrera 23 con calle 39, con nuestras guitarras al hombro, cuando aún se podían caminar esas ocho o nueve cuadras a medianoche, sin peligro mayor. 

Con complicidad y sigilo, el portero de la curia nos abrió la puerta pequeña y entramos al parqueadero frontal de la Casa provincial. No se escuchaban ni un ladrido ni el maullido de un gato vagabundo. ¡Silencio total en el barrio de La Soledad! 

Alberto y yo nos colgamos nuestras guitarras y como ya teníamos claro el orden de las canciones, nos dispusimos a iniciar la serenata. Nuestra primera canción sería “La ruana”, el tradicional y bello bambuco de José Macías y Luis Carlos González. 

Después de dar el primer acorde, Alberto cantó el primer verso: “La capa del viejo hidalgo”, pero… en un tono diferente al ensayado, casi una octava abajo del tono normal. Como yo seguía con el segundo verso, me di cuenta que a mí me tocaría forzar la voz para poder dar las notas graves del: “se rompe para ser ruana”. Rápidamente calculé que yo no sería capaz de bajar hasta esas profundidades y decidí cantar mi parte una octava arriba, con la postura de un tenor lírico. Es decir, emití un berrido monumental en medio de la noche y a plena potencia, con lo cual pude llegar al exigente agudo y, entonces, sucedió lo inesperado.

Infinitamente sorprendido, Alberto abrió desmesuradamente los ojos y se dio cuenta de que había puesto la canción en el tono equivocado. Infló sus cachetes y, aunque estaba de noche y la luz no era la mejor, vi cómo se puso de colorado, tratando de aguantar la carcajada. Sus esfuerzos fueron vanos y ambos, sin poder aguantarnos, estallamos en mil risas, a pleno pulmón, en frente de la ventana del Padre provincial. ¡Hasta ahí llegó la serenata!

Sacudidos por las carcajadas, abandonamos rápidamente el parqueadero y afuera, sobre la carrera 23, nos imaginamos al Padre Fernando despierto en medio de la noche, sin saber qué había sido eso… Un grito desaforado seguido por risas descontroladas en la víspera de su cumpleaños… ¿Fue un sueño? ¿Fue realidad? Nunca lo supimos. Sólo atinábamos a caminar rápidamente, muertos de la risa. ¡Qué noche tan maravillosa!…

Bernardo Nieto Sotomayor

Marzo, 2023

Por Bernardo Nieto

Jesuita (1963-1975). Licenciatura en Filosofía y Letras; Bienio en Estructura y valoración cinematográfica. Master Instructional Technology & Media. Gerente Producción y Programación TV. Decano de Ciencias Sociales. Gerente de Comunicaciones, Unicef. Casado con Myriam Uribe R, Comunicadora social. Hijos: Juan Manuel, Músico, Ingeniero de sonido, Especialista en educación infantil; Sergio Andrés, Artista visual, Master Fine Arts, Artes electrónicas y María Angélica. Politóloga, especialista en Periodismo y Master en Desarrollo. Hoy se dedica a la alfabetización de adultos y jóvenes.

2 respuestas a «Música y risas (1)»

Según los jocosos sobresaltos que nos compartes Bernardo en tu primera historia con el perrito, puedes darte por afortunado.

A sí te lo podría confirmar mi suegro, quien en sus años mozos acompañó a uno de sus colegas de toga para endulzar musicalmente el oído de su amada Julieta.

En medio de una fría noche de nieve y al pie del balcón de sus suspiros, el corazón del pretendiente perdió el compás de la melodía luego de orquestar un par de cantilenas, cuando percibió que la ventana de su amada se alumbraba cual faro que lo llamaba a su puerta.

Los intrépidos trovadores no dudaron en corresponder a la anhelada señal que resplandeció desde el balcón, elevando con entusiasmo sus tonadas. Su osadía nuevamente pareció ser recompensada cuando con asombro divisaron que dicha ventana se abría de forma franca y decidida.

En esa nocturna estancia medieval todo acontecía como en un cuento de hadas. La ilusión de una futura boda embriagaba el corazón del pretendiente al igual que el de sus cómplices, hasta que inopinadamente un “pot de chambre” también conocido como mica o bacinilla, derramó desconsideradamente sobre sus emperifollados atuendos un copioso tesoro líquido y perfumado.

En medio del estruendoso naufragio, los trovadores lograron distinguir la severa silueta de la futura “belle-mère”, denominada por otros como la suegra, quien con tino sacudió hasta la última gota de su disuasivo tesoro sobre ellos.

Cuenta la leyenda que aquella silueta no tenía ninguna intención de transformarse en “belle-mère”, guardando celosamente a Julieta para vestir santos hasta el ocaso de su vida.

Y colorín colorado, ese fue el naufragio musical.

¡Jesú, qué barbarida! Como díría el sabio españolete que me encontraba a cada rato por los corredores del noviciado de la Ceja, el Padre Jerez, originario de Burgos. Esas agüitas amarillas, frescas y candentes sobre las capas de los tunantes serenateros, realmente causaron un desastre de antología, querido Enrique. Tu suegro quedó marcado para siempre y su candidata a “belle mère” ni era belle ni era mère. De todos modos, la anécdota sí es “de película”. Gran abrazo, querido Enrique. Y mil gracias por leer estas notas.

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