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Mis vivencias de pichón de Jesuita

Al terminar nuestra etapa en la Apostólica de El Mortiño, en Noviembre de 1951, se cumplía el clímax con el traslado al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo en Boyacá. Nos llevaron a la estación de Cajicá para abordar el tren que nos conduciría a nuestro destino.

Al terminar nuestra etapa en la Apostólica de El Mortiño, en Noviembre de 1951, se cumplía el clímax con el traslado al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo en Boyacá. Nos llevaron a la estación de Cajicá para abordar el tren que nos conduciría a nuestro destino.

Al llegar a Duitama nos bajamos para subirnos a un camión Ford que servía para los transportes de la comunidad, conducido por un hermano coadjutor y que nos llevaría a nuestro destino final, viajando como las reses que van al matadero. Efectivamente, en el postulantado nos explicaron que al ponernos la sotana un hombre nuevo nacería en nosotros y que el hombre viejo moriría. 

En el baño vi que había un instrumento desconocido para mí, consistente en un palo con un churrusco en su extremo, y como debíamos guardar silencio en el postulantado, no pude preguntar para qué servía, pero adiviné que podría servir para enjabonarme el cabello. Al día siguiente al levantarme fui al baño y me enjaboné el pelo para luego disfrutar del churrusco resultando una abundante espuma amarillenta. Un novicio que entró al baño quedó espantado viendo semejante espectáculo y se atrevió a romper el gran silencio advirtiéndome para qué servía ese misterioso aparejo.

Por fín llegó el 8 de Diciembre día de la toma de sotana, y ví nacer dentro de mi a un hombre nuevo. Rápido me adpté a mi nueva vida y me convertí en un novicio observante y muy juicioso. En esa época todavía el edificio del convento estaba en construcción y los novicios durante varias horas cada día, ayudábamos a los albañiles y obreros en su dura faena.

Diariamente dedicábamos una hora a “oficios humildes” para labores de aseo y limpieza del convento. Un día me asignaron el trabajo de barrer la escalera del noviciado, y cuando empezaba mi labor en el cuarto piso, llegó el hermano distributario Javier Osuna y me dijo: “coja el recogedor y la escoba y sígame”. Llegamos a la planta baja y me dijo: “Ahora barra de abajo hacia arriba”. Le dije que eso iba contra la ley de la gravedad, y me respondió: “Aquí la ley de la obediencia ciega prima sobre cualquier otra ley”. Muy obediente comencé a barrer contra  la ley de la gravedad, y me sentía como barriendo el Empire State de Nueva York en reversa. 

Cierto día comencé a sentirme mal y una fiebre altísima me hizo recurrir a la enfermería, atendida entonces por el veterano Hermano Urbano Duque, quien me asignó un cuarto para mi convalescencia. A la hora del almuerzo llegó con un vaso de agua y un pan y me dijo que ese era mi almuerzo. La fiebre siguó subiendo y comencé a delirar… En la capilla había una estatua de San Estanisalo de Kostka, el patrono de los novicios, y yo en mi turbada imaginación veía a la estatua que me tiraba los brazos como invitándome a estar con él, y yo muy emocionado porque sentía que estaba disfrutando del privilegio de la muerte en la Compañía. En el noviciado cada día nos leían un capítulo de La Muerte en la Compañía, un libro de terror con tragedias que sucedían a quienes se retiraban de la Mínima. A la hora de la cena llegó el Hermano Duque con un vaso de agua y un pan y me dijo: “aquí está su cena”. En la noche las tripas me hacía ruido, como reclamando sus derechos, y no pude dormir. Me levanté al sonar la campana decidido a seguir la “vida común” y le dije al Hermano que ya me sentía bien para que me diera de alta. Ese fue un gran enfermero, pues ningún enfermo duró más de un día en sus instalaciones.

Desafortunadamente cambiaron al hermano Duque por un novicio coadjutor quien había ascendido de zapatero a enfermero. Un día comencé a tener un fuerte dolor de muelas y recurrí al hermano enfermero, quien me dijo que la última tecnología era la endodoncia, que consistía en matar el nervio para jamás volver a sentir el dolor. Yo le dije que hiciero lo que fuera para quitarme el dolor y fue siguiendo los pasos de un arículo de una revista para matarme el nervio, y por poco me mata a mí. Se me fue hichando la encía, el dolor aumentaba y no quedó otro remedio que el gatillo para arrancar la muela.

En la clase de latín teníamos como texto el Génesis para aprender a traducir. Un día el profesor le pidió a Cisco Isaza que fuera leyendo y traduciendo un texto: Abraham iam senuerat Abraham ya había cenado, et Sara uxor eius y Sara su esposa, erat sterilis estaba en la estera. Una gran carcajada de todos los compañeros por esa elocuente traducción de Cisco.

Todas las tardes asistíamos al salón de pláticas para escuchar la lectura del Tratado de la Perfección del Padre Rodríguez. Allí se nos infundía terror a la mujer, comparándola con el basilisco, una gran serpíente venenosa de la mitología griega, que mataba con su simple mirada. El Padre Maestro nos decía que siempre había que evitar mirar a los ojos de una mujer, y si teníamos que hablar con ella, debíamos mirar hacia el mentón y jamás a los ojos, pues la mirada femenina induce al pecado. Todas estas consideraciones nos llevaban a concluir que el estado célibe era más perfecto y más del agrado de Dios, ya que la mujer era el origen del pecado.

Al leer el artículo de Jaime Escobar sobre nuestro gran amigo Alberto Alvarado y sus vivencias en el postulantado y noviciado, evoqué estas remembranzas de mis vivencias de pichón de jesuita, que comparto ahora con ustedes.

Alberto Betancourt

Mayo, 2024

Por Alberto Betancourt

Alberto Betancourt Angel fue jesuita de 1952 a 1962. Se estableció en Guatemala como profesor de física y matemáticas en el Liceo Javier en 1963 y allí realizó los cursos finales de órgano y armonía en el Conservatorio Nacional de Música. En 1964 se dedicó por completo a la música trabajando como organista independiente. En sus presentaciones ante el público comenzó a sentir ciertos fenómenos que lo llevaron a descubrir el papel del subconsciente en la ejecución musical. Tomó cursos de hipnosis, autohipnotismo, control mental e hipnoterapia. Su método de Piano a primera vista se basa en la programación de los fundamentos de la música en el subconsciente.

6 respuestas a «Mis vivencias de pichón de Jesuita»

Alberto, con razón te dedicaste a la música y a la sanación con las órdenes al subconsciente; éstas son
mejores que las órdenes para la obediencia ciega, que muchas veces obedecen a “mandato ciego”. Al leer tus vivencias de pichón,confirmo la sección “La risa, remedio infalible”

Gracias Vicente por tu amable comentario. Afortunadamente me dediqué a la música sacra en la Compañía, para poder sobrevivir en el intento de perseverar.

Entre lágrimas y risas leí este hermoso texto, donde cada uno de nosotros seguramente se ve reflejado. Gracias Alberto.

Gracias Luis Arturo por tu amable comentario. Todos tenemos vivencias similares de esa etapa en nuestra vida.

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