Mi confesión de fe y espiritualidad

Por: Luis Guillermo Arango
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Faltando un mes para cumplir 19 años de haber ingresado, me retiré de la Compañía de Jesús en diciembre de 1973. Mis creencias continuaron intactas, pero las prácticas religiosas fueron espaciándose lentamente.

En Medellín, asistí a diversas conferencias y cursos del P. Gustavo Baena sobre Jesús, la Biblia y los Sacramentos. Estudié a fondo todos sus libros y conversé muchas veces con él. Me produjo fuerte cuestionamiento intelectual y espiritual. Concluí que a Dios no se le puede conocer por la razón y que todo lo que digamos de él son meras construcciones mentales. Fue una época de total desaprendizaje de las teologías recibidas en las Facultades Eclesiásticas.

También entendí que solo podemos conocer lo que nos llega por los sentidos o por lo que llamamos experiencias o vivencias. Y que las vivencias, por sí mismas, son inexpresables. Cualquier intento por expresarlas las complica y enreda. Si intentamos expresar con palabras las vivencias que tengamos de Dios, las volvemos simples caricaturas de Dios. Por eso mismo, la explicación que haga de mis vivencias de Dios, con seguridad me quedarán distorsionadas.

Mi vivencia fundamental es que, al entrar en mi propio interior o al contemplar la naturaleza, siento que cada célula o átomo de mi cuerpo y de todo lo que me rodea forma parte integral de una poderosa corriente o energía vital de amor que en cada instante está creándome a mí y a todo el universo, participándonos de esa misma chispa de energía que nos convierte a todos en cocreadores permanentes mediante obras de amor. 

Ante esta vivencia lo único que siempre me nace es agradecimiento, adoración y acatamiento. Como vivencia que es, simplemente la disfruto, la vivo, la acepto. A esa fuerza o energía de amor la llamo Dios, pero sin calificativos ni razonamientos. Esa es mi fe. Y esa es la fuente del respeto y amor que les debo a los demás y al universo entero.

Las lecturas de Baena también me llevaron a concluir que Jesús no pretendió crear ninguna iglesia. Quien sí lo hizo fue san Pablo. Todas las iglesias, incluida la católica, son totalmente humanas y terrenas. Los seguidores de Jesús comenzaron viviendo sus ideales a plenitud pero, como todo grupo humano con ideales comunes, buscaron “identificarse” y “diferenciarse” y se volvieron iglesias con estatutos, normas y dogmas y empezaron a volverse “excluyentes”: nosotros sí, ellos no. 

Mi Iglesia, por nacimiento, ha sido la católica, pero sus dogmas, para mí, solo son fruto humano, propio de la cultura de cada época, y no acepto sus normas excluyentes, pues las veo absolutamente opuestas a lo que percibo en la creación que acoge y envuelve todo, a los seres humanos, buenos, malos, creyentes o no creyentes, de una iglesia o de otra, de una religión o de otra, y a todo el universo, y que con todos ellos, sin distinciones, continúa su creación. 

Tampoco veo que la Iglesia tenga que meterse a legislar sobre moral y costumbres bajo pena de pecado. Cada persona debe regirse por su propia conciencia, procurando ser lo más consecuente posible consigo mismo. A la Iglesia católica, al jerarquizarse, le penetró el virus del poder y de la ambición del dinero y se corrompió casi desde el comienzo.

No obstante, algunas veces acudo a la Eucaristía, pero sin pretender entenderla, porque me enredo. Al comulgar siento que internamente me uno a Jesús y a los demás y eso me ayuda a amarlos.

Creo que Jesús es hijo de Dios, pero como lo somos todos nosotros, como frutos que somos de la misma creación, pero me abstengo de disquisiciones sobre si su naturaleza es humana o divina o humano-divina. 

Siento afecto y cariño por María, la madre terrenal de Jesús, sin calificarla con ninguno de los atributos que le asigna la Iglesia católica; simplemente, para mí, es María, la madre de Jesús. Y confieso que siento a Jesús y a María en mí, con una presencia especial de amor, absolutamente inexplicable.

¿Resurrección? Confío en que se dé, pero no sé cómo. Me la imagino como un fundirnos de nuevo en esa misma fuerza creadora continua.  

Y hasta ahí voy hoy, en agosto de 2020, a mis 83 años, en mi camino de búsqueda, hasta y hacia donde esa fuerza maravillosa me lleve con toda la creación.

Luis Guillermo Arango Londoño

3 Comentarios

Reynaldo Pareja 10 noviembre, 2020 - 2:00 pm

Luis Guillermo, sin haber tenido mucho contacto contigo pues por la simple edad que tienes no coincidimos en el caminar de las Eclesiasticas. Que interesante leer tu recorrido espiritual y constatar que coincides con lo que probablemente la mayoria de nosotros ha vivenciado. Es decir, la simplificacion de la relacion con Dios, sin las corazas de los dogmas que mas que esclarecer esa relacion han logrado sofocarla en sus axfixiantes limitaciones. Sin hacer un sincero recorrido para desechar lo que nos impide tener esa sana, ingenua relacion con el Creador que nos ha hecho como somos, es condenarse a no poder disfrutar de esa sincera y sencilla conexion espiritual con Aquel que nos creo precisamente para entablar con El un dialogo permanente de Amor. Disfrutalo y comunicalo a todo el que tenga contacto contigo.

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Hernando Bernal A. Hermosa historia. 19 diciembre, 2020 - 7:30 am

Aprecio sobremanera la consideración de la institución IGLESIA como un hecho humano. Coincido en esa conceptualización. La espiritualidad sobrepasa esta realidad, pues su realidad es la conexión con el Creador. Gracias por tus reflexiones.

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Dario Gamboa 7 mayo, 2021 - 3:22 pm

Luis Guillermo: Hoy, revisando nuestro “nuevo blog” (formatos y facilidades para nuestros lectores) me he vuelto a encontrar con tu articulo de la seccion “En que creo Hoy” y, una vez mas, me identifico contigo en nuestra creencia simple y profunda de la Energia que nos invade y nos inspira. Que increible que, siendo de diferentes generaciones de exjesuitas, tengamos tanta sintonia en nuestra conexion energetico/divina…. Muchas gracias nuevamente!!

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