¿Mente o cerebro? ¿Libres o determinados?

Por: Vicente Alcala
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Dos autores reconocidos, un historiador y un físico, que se muestran claros y seguros en sus obras, quedan ambos perplejos alrededor del mismo problema. 

Un historiador y un físico teórico se muestran claros y seguros en sus obras. Sin embargo, los dos, al llegar a la última lección, quedan perplejos ante el mismo problema. 

“Hasta el momento no tenemos ninguna explicación en absoluto de cómo la mente surge del cerebro. (…) Estudiar la mente es una empresa diferente de estudiar el cerebro” (Harari)[i].

“En el gran cuadro de la ciencia contemporánea hay muchas cosas que no entendemos, y una de las que entendemos menos somos nosotros mismos. (…) No disponemos todavía de una solución convincente y consensuada a la pregunta de cómo se forma la consciencia de nosotros mismos” (Rovelli)[ii].

En este artículo profundizaré en las incógnitas sobre qué es la consciencia propia, qué es la mente humana y si somos realmente libres. Intentaré acercarme a respuestas sensatas o, al menos, a formular preguntas motivadoras. 

La última de las 21 lecciones para el siglo XXI de Harari se titula ‘Meditación: Simplemente, observemos’. Termina así: 

“Mientras las pinturas rupestres evolucionaron gradualmente hacia las emisiones televisivas, se volvió más fácil engañar a la gente. En el futuro cercano, los algoritmos podrían completar este proceso, haciendo imposible que la gente observe la realidad sobre sí misma. Serán los algoritmos los que decidan por nosotros quiénes somos y lo que deberíamos saber sobre nosotros. Durante unos cuantos años o décadas más, aún tendremos la posibilidad de elegir. Si hacemos el esfuerzo, todavía podemos investigar quiénes somos en realidad. Pero si queremos aprovechar de verdad esta oportunidad, será mejor que lo hagamos ahora”. 

Acaso investigar quiénes somos en realidad, ¿no es más que simplemente observar? Claro está que “simplemente observar” se refiere a la meditación, pero la lección va más allá y plantea inquietudes de diversa naturaleza que implican mucho más que el simple observar. 

Comparemos la cita anterior con el texto de la última de las Siete breves lecciones de física, de Carlo Rovelli, titulada “Para terminar: nosotros”:

¿Qué lugar ocupamos nosotros, seres humanos que perciben, deciden, ríen y lloran, en este gran fresco del mundo que ofrece la física contemporánea? (…) ¿Qué somos nosotros? ¿También estamos hechos solo de cuantos y de partículas? Pero, entonces, ¿de dónde viene esa sensación de existir de manera singular y en primera persona que experimenta cada uno de nosotros? Entonces, ¿qué son nuestros valores, nuestros sueños, nuestras emociones, nuestro propio saber?  ¿Qué somos nosotros, en este mundo inmenso y rutilante? 

En síntesis, es la misma pregunta en ambos textos: qué somos nosotros, quiénes somos en realidad. La pregunta no es simplemente teórica o especulativa.

Volvamos a la Lección 21 de Harari. Leía la meditación como “cualquier método de observación directa de nuestra propia mente”, pero tres páginas atrás se me había disparado la alarma intelectiva: 

“El flujo de la mente se halla estrechamente interconectado con las sensaciones corporales. (…) Siempre reaccionamos a nuestras sensaciones corporales inmediatas. (…) Siempre que había estado enojado, me centraba en el objeto de mi enfado (algo que alguien había hecho o dicho) y no en la realidad sensorial del enfado. (…) No tuve que aceptar ningún cuento, teoría o mitología. Solo tuve que observar la realidad tal como es. Lo más importante de lo que me di cuenta, es que el origen profundo de mi sufrimiento se halla en las pautas de mi propia mente. Cuando quiero algo y no ocurre, mi mente reacciona generando sufrimiento. El sufrimiento no es una condición objetiva en el mundo exterior. Es una reacción mental generada por mi propia mente. Aprender esto es el primer paso para dejar de generar más sufrimiento”.

Traduzco lo anterior con esta distinción: las sensaciones corporales nos conectan con el mundo exterior y la consciencia y los sentimientos son las reacciones mentales a esas sensaciones. O, en palabras del autor: 

“La práctica real significa observar las sensaciones corporales y las reacciones mentales a las sensaciones, de manera metódica, continua y objetiva, descubriendo así las pautas básicas de la mente”.

Harari trae una metáfora muy sugestiva: un túnel puede cavarse por las dos entradas. Si se encuentran ambas excavaciones se trata del mismo túnel. Los neurocientíficos estudian el cerebro (una de las entradas del túnel) y no han encontrado la mente… Los métodos de la meditación exploran la mente (por la otra entrada del túnel). Y añade: si el cerebro y la mente no son la misma cosa, entonces todavía es más importante excavar en la mente y no solo en el cerebro. Entonces, la meditación y la neurociencia ¿pueden colaborar entre sí? ¿Se encontrarán dentro del túnel?

Harari se plantea la realidad de la mente, pero no pronuncia la “última palabra”, como hacen muchos científicos. Por ejemplo, el destacado neurocientífico Rodolfo Llinás confesó: “Si alguien me dijera ‘le explico cómo funciona la conciencia, pero luego lo mato’, yo le diría: ‘perfecto’”. Y Stephen Hawking, en su obra póstuma, dijo: “Las grandes preguntas de la existencia siguen sin respuesta. (…) ¿Qué es la consciencia…?”.

Regresando a Carlos Rovelli, él expresa que:

 “Los neurocientíficos están discutiendo ideas precisas sobre la forma matemática de las estructuras que pueden corresponder a la sensación subjetiva de la consciencia (…) un intento de definir de manera cuantitativa la estructura que debe tener un sistema para ser consciente; un modo, por ejemplo, de diferenciar qué cambia realmente en el mundo físico cuando estamos despiertos (conscientes) y cuando estamos dormidos sin soñar (no conscientes). Es, desde luego, una tentativa”. 

Lo anterior significaría que la presencia o ausencia de la consciencia modifica la actividad cerebral; pero ¿puede afirmarse lo contrario: que la actividad cerebral origine o modifique la presencia de la consciencia?

En la misma dirección, pero en un primer sentido, está comprobado que distintos procesos mentales (mirar las palabras, escuchar las palabras, decir las palabras, pensar las palabras) activan diversas regiones del córtex cerebral (exploradas mediante tomografía por emisión de positrones, TEP)[iii]. En el sentido contrario, si se activan diversas regiones cerebrales, ¿se producirán distintos procesos mentales (emociones, pensamientos, verbalizaciones, órdenes motoras…)? No conozco experimentos de laboratorio, pero de manera espontánea o natural eso es lo que ocurre: a través de los datos de los sentidos, externos e internos, se activan regiones cerebrales específicas y de ahí surgen emociones, pensamientos, acciones…

¿Cómo son esas relaciones? Se puede pensar en una causalidad mutua o, quizás, en algo similar a lo que en física cuántica se conoce como doble naturaleza de partícula-onda: cerebro-mente, ¿son, en el fondo, una sola realidad con dos manifestaciones diferentes o son dos realidades diferentes, aunque mutuamente interconectadas e interdependientes?

Desde una boca del túnel ‒que somos cada uno de nosotros‒ se adentran las neurociencias para investigar el cerebro; por la otra boca se asoma la meditación para observar la mente directamente. ¿Pueden colaborar entre sí? ¿Se encontrarán dentro del túnel? Algunos científicos piensan que no basta estudiar el cerebro; la meditación es igualmente válida como investigación sobre nosotros mismos. 

No es igual decir que la mente, la consciencia, necesita del cerebro para que exista…, que afirmar que la mente, la consciencia son el cerebro o una simple actividad del mismo. Es la clásica distinción entre condición y causa: una ventana es condición para que una habitación esté iluminada, pero no es la causa de su iluminación. Queda por resolver la disyuntiva: el cerebro, ¿es causa de la mente o solo condición de su posibilidad?

No importa si todo está “hecho” de cuantos de materia y energía, de partículas elementales…, porque la luz del sol hace brillar las hojas verdes de las plantas; el aire hace susurrar al viento y deja oír el canto de las aves; el agua corre cantarina en el arroyo, salta con fuerza desde la cascada y riega mansamente los árboles; la tierra guarda en su seno las semillas y hace brotar sus frutos desde el suelo. Nosotros sentimos que existimos de manera singular en primera persona y tenemos valores, sueños, emociones, saberes; aunque somos parte de este universo y no seres “extraterrestres”, observamos este mundo, pero somos parte del mundo que vemos. 

“Llegamos” entonces, evolutivamente, al ser humano… No importa que estemos hechos también de los mismos cuantos de materia y energía y de las mismas partículas elementales…, pues podemos sentir, entender, pensar, juzgar, hacer y todo eso con amor.

Nuestra “materia prima” es la misma que la de los demás seres terrenales, pero ¿cuál es nuestra “forma” de ser? Unos la llaman alma; otros, mente; otros, consciencia; otros, espíritu; otros, “el yo”, o ‒traducido del inglés‒ el “sí mismo”. No importa tampoco ‒por ahora‒ cómo la llamen. Somos como somos: como somos al nacer y como llegaremos a ser, según lo que cada uno haga de sí mismo. Pero esto de que “llegaremos a ser, según lo que cada uno haga de sí mismo” nos recuerda el interrogante que hace la última lección de Carlo Rovelli: 

Hay una cuestión en particular, con respecto a nosotros mismos que, a menudo, nos deja perplejos: ¿qué significa que seamos libres de tomar decisiones si nuestro comportamiento no hace sino seguir las leyes de la naturaleza?

Él intenta responder, pero queda abierta la respuesta. Al fin, ¿somos libres o estamos determinados? Leamos su planteamiento: 

¿Acaso hay algo en nosotros que escapa a las regularidades de la naturaleza y nos permite apartarnos de ella y eludirlas con nuestro libre pensamiento? No, no hay nada en nosotros que escape a las regularidades de la naturaleza. (…) Toda la ciencia moderna, de la física a la química, de la biología a las neurociencias, no hace sino reforzar esta observación. La solución a la confusión es otra; cuando decimos que somos libres, y es cierto que podemos serlo, eso significa que nuestros comportamientos vienen determinados por lo que sucede en nuestro propio interior, en el cerebro, y no se ven constreñidos por el exterior. Ser libres no significa que nuestros comportamientos no estén determinados por las leyes de la naturaleza: significa que vienen determinados por las leyes de la naturaleza que actúan en nuestro cerebro. Nuestras decisiones libres están libremente determinadas por los resultados de interacciones fugaces y riquísimas entre los miles de millones de neuronas de nuestro cerebro: son libres cuando es la interacción de esas neuronas la que las determina. 

Al fin, qué: ¿libres o determinados? Eso de que nuestras decisiones libres están libremente determinadas o son libres cuando es la interacción de esas neuronas la que las determina…,

es simplemente trasladar el problema: se sustituyen las leyes “externas” de la naturaleza por leyes “internas”, pero seguirían determinando, ¡a menos que se piense en que las leyes interiores son leyes que “obligan” (o “nos condenan”) a ser libres!

Es cierto que no somos conscientes de los millones y millones de conexiones o interacciones entre los miles de millones de neuronas de nuestro cerebro. “Nosotros” somos el proceso formado por esta complejidad, no el pequeño proceso del que somos conscientes. Pero, entonces, ¿en qué está la libertad? O somos “libres” en cuanto nuestras decisiones no están “cerradas”, sino abiertas o indeterminadas, entre millones de posibilidades y probabilidades de las interacciones de las neuronas… o somos “determinados” en cuanto que no es posible “zafarnos” de esas interacciones dentro del cerebro. En cualquiera de los dos casos, ¿dónde quedarían la responsabilidad o la culpabilidad de los actos y comportamientos humanos, y las consecuencias que se derivan de ellos?

Sostengo que las leyes de la naturaleza se descubren y se formulan partiendo de la naturaleza que se conoce y determinan el comportamiento de esa naturaleza, pero si la mente y la consciencia no se conocen, ¿qué leyes de la naturaleza que actúan en nuestro cerebro determinan nuestro comportamiento? ¿Podemos intervenir o influir para que haya unas conexiones especiales o interconexiones con un determinado resultado? Si esto último es posible, entonces hay libertad en algún grado o libre albedrio con un resultado u otro (+ -), con sus consecuencias; pero si las conexiones o interrelaciones neuronales siguen su curso sin poder intervenir sobre ellas, entonces no quedaría libertad o libre albedrío. Yo experimento que puedo intervenir.

Esto que decimos de la libertad se extendería a otros procesos mentales (emocionales, intelectuales, operacionales o decisorios sobre el actuar): ¿dependen de interconexiones automáticas o podemos con libertad intervenir sobre las interconexiones cerebrales? 

Dice Llinás: “El enamoramiento es un accidente químico pasajero, mientras la construcción de una pareja es una decisión, un proyecto de vida”. Eso implica ‒en su afirmación‒ que una cosa es la ley química del cerebro y otra cosa la decisión. Como vemos, las preguntas pendientes no son meramente teóricas o filosóficas, sino de enorme repercusión práctica. Creemos que las respuestas científicas seguirán aclarándose, pero las respuestas filosóficas siguen todavía pendientes.  

La historia anterior no termina ahí: ¿qué será de nosotros “después”? ¿Hacia dónde vamos? Esta pregunta cobra especial relevancia en la actualidad, cuando tantas personas están partiendo por efecto de la pandemia.

Recordemos que “por encima” de la ciencia y la filosofía, nos encontramos con la Revelación. Esta nos ayuda a clarificar lo desconocido sobre nosotros mismos. 

Joseph Ratzinger expresa en su obra Escatología:

¿Qué lleva al ser humano a tener el ansia de perdurar? (…) La inmortalidad no anida en el hombre mismo sino en una relación, en la relación hacia lo que es eterno y lo que otorga sentido a la eternidad. (…) El hombre tiene la capacidad de relacionarse con la verdad, con el amor eterno. (…) La verdad, que es amor, y que se llama Dios, da al ser humano eternidad; y porque en el espíritu del hombre, en el alma humana, está integrada la materia, esta alcanza en él la posibilidad de ser plenificada en la resurrección, en la transformación futura y definitiva del cosmos.


[i] Harari, Yuval Noah (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Bogotá: Debate.

[ii] Rovelli, Carlo (2016). Siete breves lecciones de física. Barcelona: Anagrama.

[iii] Kandel E. y otros (1977). Neurociencia y conducta. Madrid: Prentice Hall.

Vicente Alcalá Colacios    

Marzo, 2021

3 Comentarios

John Arbeláez 24 marzo, 2021 - 10:16 am

Vicente, qué problemita en el que nos has metido… Excelentes planteamientos que, como bien dices, será la ciencia la que explique algo mientras la filosofía se devana los sesos tratando de llegar al fondo de la cuestión.

Me permito recomendarte los escritos de David Bohm que trata el tema de la biofísica de la conciencia, del que te envío por mail una lectura interesante.

Mil gracias por tan interesante artículo

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Humberto Sánchez Asseff 24 marzo, 2021 - 3:13 pm

Excelente artículo, Vicente, para un tema tan truculento. Gracias. Pusiste a trabajar las neuronas de mi cerebro. Cada vez admiro más a Ignacio de Loyola que nos ponía a meditar sobre las motivaciones de nuestras acciones y nuestros sentimientos. Eso nos llevaba por un lado del túnel al conocimiento de nosotros mismos. De nuevo, gracias.

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Carlos Posada 25 marzo, 2021 - 1:52 pm

Ante tantos interrogantes que plantean los temas del cerebro, la mente y las emociones yo también intento encontrar mi propia respuesta, pero de la misma manera que le sucede a Carlo Rovelli, me queda abierta la respuesta… Y solo sé que los seres humanos somos existencias complejas. Gracias Vicente por abrirnos a estas preguntas interesantes.

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