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LOS MUERTOS TAMBIÉN VOTAN

Un fraude electoral facilitado por las fallas de reportes de los fallecidos, sobre todo en lugares apartados del país. No se ha vuelto a hablar de los muertos que votan en las elecciones.

Un fraude electoral facilitado por las fallas de reportes de los fallecidos, sobre todo en lugares apartados del país. No se ha vuelto a hablar de los muertos que votan en las elecciones.

En pasadas épocas electorales, se denunciaba que en los puestos de votación se contaban cédulas de individuos ya difuntos que aparecían sufragando. Un fraude electoral facilitado por las fallas de reportes de los fallecidos, sobre todo en lugares apartados del país.

Curiosa la semejanza de dos palabras con la misma raíz, pero con distinto significado: el o la votante que hace uso del derecho universal al sufragio electoral y el sufragio que se envía al familiar de alguien que ha fallecido. El sufragio, dice el diccionario de la Academia, es el voto de quien tiene capacidad de elegir a otros para ocupar cargos públicos. Pero en el uso cotidiano de la lengua, significa dar el pésame o condolencias, mediante una tarjeta que se envía a los familiares del difunto con la promesa de oraciones que se harán por su eterno descanso.

En el siglo XIX, el escritor ruso Nikolái Gogol escribió un cuento tétrico con el título Las almas muertas. El protagonista, un tal Chíchikov, junto con su cochero, recorre varias aldeas de Rusia con la intención de comprar almas muertas. En la Rusia de entonces los propietarios tenían derecho a poseer, literalmente, siervos para cultivar la tierra. Los siervos eran considerados propiedad del terrateniente que podían comprar, vender o hipotecar como cualquier bien. Para cuantificar los siervos – también los individuos- se empleaba la palabra “alma”, de uso más frecuente antes en nuestra lengua. Chíchikov se dedicó al negocio de la compra de “almas muertas” para enriquecerse. Sucedía que durante la recaudación de impuestos en muchos casos los propietarios debían seguir pagando por los siervos que ya no vivían. Ahí se hallaba el negocio de Chíchikov, que compraba almas muertas, librando a los propietarios de pagar impuestos por ellos. Chíchikov lograba obtener reconocimiento de los funcionarios estatales, apareciendo como propietario con poder económico para obtener préstamos del Estado. 

El cuento de Gogol tiene rasgos macabros, pero le sirvió para criticar la servidumbre rural, una forma de esclavitud, que se practicaba en Rusia hacía muchos siglos. El escritor ruso no logró con su sátira cambiar el estado de cosas. Se ganó más bien la enemistad de la clase terrateniente, de los funcionarios públicos y del mismo gobierno de los zares.

El cuento de Gogol es pertinente ahora cuando estamos viviendo un octubre bastante agitado en señalamientos de fraude electoral que vienen de distintas vertientes políticas. El voto de los muertos es un fraude macabro.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en EL HERALDO, Barranquilla.

Por Jesús Ferro Bayona

Jesuíta de 1960 a 1977. Estudió Filosofía y Letras. Máster en Filosofía, Universidad de Lyon y de Teología, Instituto Sèvres de París. Estudios doctorales en la Escuela de Altos Estudios de París. Padre de Andrés, administrador de empresas, Juan Camilo, comunicador, y María Isabel, comunicadora, y abuelo de Dylan, de cinco años. Fue rector de la Universidad del Norte, Barranquilla, 1980-2018. Dedicado ahora a leer, escribir y dar un curso de Historia de las civilizaciones.

2 respuestas a «LOS MUERTOS TAMBIÉN VOTAN»

Es difícil de entender cómo no se castigan estos delitos electorales así como la compra de votos que son tan visibles. Algo avanzamos con la captura de la Merlano, pero es mucho más lo que falta

El tema de la votación de los difuntos que trae a colación Chucho Ferro lo he escuchado desde siempre. Hasta chistes se hacen sobre el particular: ir a votar para encontrarse con los muertos que no fallan en su votación. Tal vez Rodolfo de Roux, nuestro especialista en Ultratumba, pueda dialogar con Gogol y a aclararnos todo ese cuento en Rusia.

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