Los asuntos de Perogrullo

Por: Francisco Cajiao
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Cuando el nuevo gobierno manifiesta que la educación es un asunto central, no sobra indagar qué significa esa afirmación, en términos concretos, así parezca una perogrullada.

Se suele mencionar a este personaje para referirse a las cosas que no pueden preguntarse sin quedar en ridículo. Cuando el nuevo gobierno destaca que la educación es asunto central en su visión del país, no sobra indagar un poco más qué significa eso en términos concretos, así parezca una pregunta de Perogrullo.

La educación es un territorio difícil de acotar, pues todo lo que tiene que ver con la especie y su proceso de humanización –siempre inacabado– está relacionado con ella. Algunos pensadores creyeron que era necesario concentrarse en el desarrollo de un sistema institucional que asegurara la transmisión de la cultura y algunos saberes fundamentales a las nuevas generaciones. De allí surgieron los sistemas de educación formal, que solemos identificar con ‘la educación’.

Stuart Mill, sin embargo, iba más lejos y consideraba educación “todo lo que hacemos por voluntad propia y todo cuanto hacen los demás en favor nuestro con el fin de aproximamos a la perfección de nuestra naturaleza. En su acepción más amplia, abarca incluso los efectos indirectos producidos sobre el carácter y sobre las facultades del hombre por cosas cuya meta es completamente diferente: por las leyes, por las formas de gobierno, las artes industriales e, incluso, también por hechos físicos, independientes de la voluntad del hombre, tales como el clima, el suelo y la posición local”.

Ahora es indispensable volver a preguntarse qué es educar, porque el mundo en que se diseñó el sistema vigente era muy diferente al que tenemos hoy. El gran objetivo de mediados del siglo XX fue alfabetizar, dar las herramientas básicas de acceso al conocimiento a las nuevas generaciones y a los adultos que no las tenían, con el fin de elevar el nivel de la mano de obra que requería la sociedad industrial y ampliar la base de profesionales calificados para unos países que a duras penas lograban asomarse a la modernidad en manos de muy reducidas élites preparadas. No podemos olvidar que gran parte de los alcaldes elegidos en 1988 a duras penas tenían el bachillerato completo.

El mundo actual es otro. Niños, jóvenes y adultos son educados por las redes sociales, el aparato publicitario, las sectas y grupos de militantes fanáticos de mil causas, las pandemias, los desastres naturales y las noticias diarias de corrupción y abuso de poder. En 1950 la población mundial se estimaba en 2600 millones de personas y este año se calcula en 8000. Semejante crecimiento demográfico afecta la supervivencia de la especie, la convivencia, el trabajo y las formas de gobernar los pueblos.

Me pregunto si la respuesta educativa para habitar este nuevo mundo –del que pareciera que no nos hubiéramos percatado– puede ser el mismo sistema homogéneo, centralizado, fraccionado en pedacitos de información, segmentado en profesiones reguladas y reducido a unas rutinas burocráticas diseñadas para formar las grandes masas trabajadoras urbanas del siglo pasado.

¿De ahí surgirán líderes capaces de gobernar países superpoblados? ¿De un sistema cada vez más laxo y complaciente surgirán científicos, innovadores y emprendedores disciplinados para competir en el mundo desarrollado? ¿Es posible adquirir una cultura política que defienda la paz y la vida en instituciones donde proliferan los conflictos violentos entre estudiantes? ¿Podrán formarse los jueces insobornables y los funcionarios transparentes, capaces de defender el interés público por encima del propio, en universidades donde abundan el fraude y los plagios?

Tal vez –siguiendo el pensamiento de A. Smith– haya que hacer importantes reformas en los colegios y universidades, porque cada vez tendrá más peso el comportamiento de gobernantes, jueces y legisladores, pues su ejemplo y coherencia son el eje fundamental de los cambios culturales profundos que necesita la sociedad.

Francisco Cajiao

Noviembre, 2022

1 Comentario

John Arbeláez Ochoa 5 noviembre, 2022 - 8:00 am

Pacho, tus escritos sobre educación siempre nos aportan nuevas luces sobre nuestro destino como nación. Mi pregunta tiene que ver con tu propuesta de que la educación “es para la trasmisión de la cultura y algunos saberes fundamentales” pues hemos eliminado del pensum escolar: Educación Cívica, Urbanidad, Historia patria, geografía y otras actividades que permitían al estudiante una ubicación en su cultura y unas normas de convivencia que han desaparecido. Según esto, y dada la educación que tenemos actualmente, cómo ves nuestro destino como nación? Tenemos siquiera un ideario de nación? Es decir, qué es lo que estamos construyendo como nación?

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