Las relaciones, omnipresentes y trascendentes

Por: Vicente Alcala
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“La relación de pareja” es uno de los artículos más leídos de este blog. No obstante, esta relación ocupa un punto intermedio entre las relaciones subatómicas y las intergalácticas, entre las relaciones intrapersonales y las internacionales. Mientras que en ese texto sus autores profundizan en una de las más sublimes relaciones que pueden darse en lo humano, este artículo, en cambio, ofrece un paneo rápido y apasionante por el extenso mundo de las relaciones.

Algo tan sencillo y cotidiano como el día y la noche, con su luz y su oscuridad son, claramente, una relación: la interacción entre el Sol y la Tierra; no son ni el Sol ni la Tierra por sí solos. Son la relación entre la Tierra que “le da la cara” a la luz que irradia el Sol ‒al amanecer‒ y que, al seguir girando, “le da la espalda” ‒al atardecer‒ y se queda a oscuras. 

Otro ejemplo de relaciones es la de cualquier árbol. A simple vista, parece un objeto aislado, individual, una “cosa”, pero enseguida percibimos las interrelaciones que hay entre la semilla, el suelo, el agua, el sol y el aire con el árbol o ‒mejor aún‒ que son necesarias para que viva el árbol. Los científicos se referirán a moléculas y células, gestación, nutrición, oxígeno, energía solar, clorofila, savia, crecimiento…, pero están hablando de relaciones. Al árbol no lo constituyen ni la semilla, ni el suelo, ni el sol, ni el agua, ni el aire ‒solos o aislados‒, sino las relaciones entre ellos que forman las raíces, el tronco, las ramas y las hojas, es decir, el árbol.

Una realidad tan necesaria y permanente como la visión ‒nuestra vista‒ es un conjunto de relaciones que nos permiten situarnos, movernos e interactuar con personas y cosas. Ni las personas solas, ni nosotros solos, ni las cosas solas, constituyen la visión. Los científicos explicarán la anatomía y fisiología ocular, las relaciones entre el ojo y el cerebro, y las relaciones entre las neuronas dentro del cerebro, entre otras muchas interacciones, pero ‒por sentido común‒ entendemos que la vista no es una “cosa”, sino una actividad o una serie de operaciones que se relacionan entre sí y nos relacionan o comunican con “el mundo”.

En la actualidad, un fenómeno necesario y problemático es la movilidad en las ciudades: el tráfico de vehículos automotores, de otros tipos y de personas. Pues bien, el tráfico es un conjunto de relaciones entre “cosas” que, a su vez, están “hechas” de relaciones. El tráfico no es una “cosa”: no lo constituyen las calles, las señales de tránsito, los vehículos, los transeúntes, los semáforos…, sino las interacciones o relaciones entre todos ellos. Y si nos detenemos a observar cada uno de esos componentes del tráfico, percibiremos que uno por uno está constituido a su vez por un conjunto de relaciones. Por ejemplo, el automóvil no sería tal, sin las relaciones entre motor, transmisión, ruedas, volante, etc. Lo mismo ocurre con los demás componentes del tráfico: todos “están y estamos hechos” de relaciones. Describir o expresar las múltiples relaciones que se dan “dentro” de cada uno de nosotros daría para varios artículos.

En este momento, mientras escribo en el teclado del computador, miro la pantalla. Estos dos componentes se denominan “periféricos” del sistema. Adentro está la unidad central de cómputo que, con otros componentes, constituye el hardwareo parte dura (material, podríamos decir) del computador. Este no funcionaría sin el sistema operativo y los diferentes programas, software o parte blanda (espiritual o mental, podría decirse) cargado en el computador, porque es el conjunto de lenguajes e instrucciones que “ordenan” o dirigen las operaciones informáticas. Sin saber mucho de computadores ni informática, aparecen claramente las interacciones y relaciones entre los diferentes componentes de los sistemas de información y su utilización. Nos relacionamos, como personas, con los equipos e indirectamente con los programas que utilizan. 

Muchos medios de información y comunicación, históricos y actuales, funcionan por medio de relaciones e interacciones entre ellos y nosotros. Desde las señales de humo, pasando por el ‒ya en desuso‒ telégrafo, la radio, el teléfono, el radar, la televisión, los celulares son todos sistemas que no existirían ni funcionarían sin fundamentarse en relaciones; más que cosas, son interacciones, relaciones.  

Si nos remontamos a actividades humanas primitivas, tan fundamentales para la supervivencia como la agricultura, comprobamos que se basan en relaciones: los agricultores utilizan herramientas para cultivar y cosechar, se relacionan con el “campo” permanentemente, de manera directa e indirecta. 

Sería muy prolijo entrar a detallar el mundo de la industria, pero es obvio el cúmulo de relaciones que constituyen ese vasto campo de la actividad humana. Baste con enunciar las materias primas, las máquinas, la organización de las cadenas de producción, las relaciones dentro de la organización de una empresa y las relaciones con el mercado: el transporte, la distribución, la comercialización, la cobranza…

La familia está formada por una red de relaciones, que tienen la misma o mayor importancia que las personas mismas que la constituyen. Algunos miembros de una familia pueden ausentarse, morir o “desentenderse” de ella. Pero hay unas relaciones biológicas, fundamentalmente, y también unas relaciones afectivas, de convivencia, de comunicación, entre otras muchas, que caracterizan a una familia. Claro está que la calidad y la variedad de esas relaciones darán como resultado muchos tipos o clases de familias, pero sin relaciones no hay familia. Y las relaciones dentro de la familia misma son el origen de la persona y de la sociedad. Cada individuo nace de la relación amorosa de los padres; la relación de la madre con el hijo, que se da desde antes del alumbramiento, le permite a éste sobrevivir y crecer. La relación del padre y de los hermanos va realizando la sociabilidad, desde el juego, el lenguaje, la colaboración, que son formas de relación.

Las relaciones de pareja y las demás relaciones de un individuo con los demás van complementando la subjetividad de cada persona. Podemos distinguir el sujeto que nace y permanece en su identidad a través de su vida, y la subjetividad que será lo que esa persona llegará a ser y que, por lo tanto, irá modificándose, cambiando, evolucionando durante su vida. Cada sujeto llega a ser persona plenamente (es decir, con una subjetividad realizada o una personalidad desarrollada) solo por el trato con otras personas, o sea, mediante la relación que establece con los demás (desde luego, no solo con las personas, sino con todo lo demás). Una persona no puede vivir ni sobrevivir sola o aislada, sino relacionada.

La cultura tampoco es una cosa, una realidad aislada. Es un conjunto de relaciones entre las personas, sus ancestros y su descendencia; relaciones entre las formas de pensar, de valorar y de actuar; relaciones que no son, tanto individuales como colectivas o comunitarias. Sin pasar a la historia que, entre otras cosas, es el conjunto y evolución de las culturas que se relacionan entre sí. 

He seguido, con los ejemplos anteriores, en el mundo intermedio: entre lo subatómico y microbiológico y lo estelar y galáctico. Sería interminable recorrer el panorama o la “película” de las relaciones en esos dos mundos extremos. Contentémonos con un par de “fotografías”. 

“Electrones, quarks, fotones y gluones son los componentes de todo lo que se mueve (…), son las partículas elementales que estudia la física de partículas. (…) La forma en que esas partículas se mueven y su naturaleza las describe la mecánica cuántica (…) lo que existe nunca es estable, es solo un salto de una interacción (relación) a otra (…), un mundo de acontecimientos, no de cosas[i].

Eso es en el micromundo de la físico-química; nos haría falta incursionar en las relaciones de los elementos que investiga la microbiología. En el otro extremo, astronómico, el conocimiento actual calcula unos cien mil millones de estrellas, como el sol, en nuestra galaxia, la que apenas es una entre cientos de miles de millones de galaxias. Existen, pues, millones de millones de astros como la Tierra. Esa realidad supera nuestra imaginación, pero las relaciones inconmensurables entre la multitud de componentes de este universo son tan ciertas como ellos mismos. 

La teoría de la gravedad cuántica de “bucles” intenta combinar la relatividad general y la mecánica cuántica.

“La predicción central de la teoría de los bucles es, pues, que el espacio (…) está formado por granos, esto es, por ´átomos de espacio´. Estos últimos son extremadamente minúsculos: cien mil millones de millones de veces más pequeños que el más pequeño de los núcleos atómicos. La teoría describe en forma matemática esos átomos de espacio (…) Se denominan ´bucles´ o ´anillos´ porque ninguno de ellos está aislado, sino ´anillado´ a otros similares, formando una red de relaciones que teje la trama del espacio (…). Una vez más, el mundo parece ser relación antes que objetos”[ii]

Regresando a nuestra escala humana, puedo afirmar que la vida es una maravilla, un prodigio, una obra de arte inagotable… La vida no es para definirla, sino para sentirla, vivirla, experimentarla, admirarla, valorarla, defenderla, desarrollarla y agradecerla. Es casi imposible describir o expresar la belleza, la variedad, la riqueza de la vida; es exuberante, dinámica, alegre. La vida puede considerarse como un conjunto complejo de redes dinámicas, de redes de relaciones.

Y en la vida humana, esa multitud innumerable de relaciones son relaciones: en uno mismo, relaciones interpersonales, familiares, relaciones entre grupos y naciones; relaciones con las cosas, con los demás seres vivos, con la naturaleza y con el cosmos; relaciones con el trabajo y la economía, relaciones educativas, sociales, culturales, políticas, históricas. 

Muchas relaciones “se nos imponen”: no dependen de nuestra voluntad, pero una gran proporción de nuestras relaciones las construimos nosotros mismos. Somos responsables de las relaciones que establecemos, especialmente, con los demás seres humanos. 

Hay una relación profunda, que está en la base de todas las demás relaciones de la vida, les da un pleno sentido y las llena de alegría, de amor y de fuerza: es la relación mutua con Dios. El universo es una relación voluntaria y amorosa de Dios con la creación y, dentro de ella, Dios se relaciona con el ser humano y con la familia humana. La relación de Dios con la creación, con la vida y con la humanidad está siempre presente, pero nosotros no siempre la tenemos presente. Esta relación profunda puede ser, por parte nuestra, voluntaria y amorosa, depende de nuestra libertad. Cuando, a la relación de Dios con nosotros, respondemos con nuestra relación con Dios, surge la religión. Esta relación con Dios se da desde la vida actual y permanece tras la muerte, para realizarse plenamente por siempre. 

Por la fe en Jesucristo ‒de manera gratuita y no exclusiva‒ podemos conocer y vivir esa relación con Dios, personal y comunitariamente. Bajo esta fe cristiana, pero expresada mediante su reflexión filosófica, Joseph Ratzinger ‒desde antes de ser el Papa Benedicto XVI‒, escribió:

“La inmortalidad no anida en el hombre mismo sino en una relación, en la relación hacia lo que es eterno y lo que otorga sentido a la eternidad. (…) El hombre tiene la capacidad de relacionarse con la verdad, con el amor eterno. (…) La verdad, que es amor, y que se llama Dios, da al ser humano eternidad”[iii].


[i] Rovelli, Carlo (2016). Siete breves lecciones de física. Barcelona: Anagrama, p. 40-42.

[ii] Id., p. 53.

[iii] Ratzinger, Joseph (2017). Obras completas, v. X. Madrid: BAC, p. 251.

Vicente Alcalá Colacios

Septiembre, 2021

5 Comentarios

Humberto Sánchez Asseff 15 septiembre, 2021 - 8:56 am

Vicente, tu escrito me llevó a las primeras clases de filosofía, la que, si mal no recuerdo, llamaban fenomenología. La conciencia del yo salía de la relación con el otro o con el objeto. Con esto se solucionaba el problema del puente creado por Descartes con su duda metódica. Por eso concluimos que “toda aseveración es relativa”, incluyendo esta misma que estoy escribiendo. Vale.

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Reynaldo+Pareja 15 septiembre, 2021 - 10:39 am

Vicente, te luciste. Con este analisis de las relaciones destapas el meollo de lo que constituye la trama de la vida, de la existencia, de las conexiones humanas, de las dependencias fisicas, de la relacion más profunda y valiosa para todo ser el humano: el descubrirse como creado en relacion al Creador que nos trajo a cada uno con la gratuidad del don de la Existencia para la inmortalidad. Que tu reflexion nos mantenga viva esa conexion-relación con lo esencial, lo importante, lo verdaderamente durable, nuestra relación con el Creador, con todos los otros creados a su imagen y semejanza, con todo lo fisicamente creado como el habitat donde desplegamos esta incomparable capacidad evolutiva espiritual cuando nos la apropiamos como la esencia de quienes somos. Gracias por develarnos este maravilloso nivel ser-existir palpitando con la sinfonia cósmica de estar relacionados con el Universo mismo, asi como con nuestro Creador, el Autor de toda relación.

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Jorge+Luis+Puerta 15 septiembre, 2021 - 11:07 am

…y si nos quedamos en nuestra relación con el medio ambiente, se produce una verdadera revolución ecológica: dejamos de ser los “reyes de la naturaleza”, como nos enseñaron nuestros escolásticos, y pasamos a ser una parte de ella, de ese todo que nos explica y puede generar futuro…

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Jorge+Luis+Puerta 15 septiembre, 2021 - 11:35 am

…y veamos la coincidencia: Pilipp Blom, en el BBC NEWS, decía hace poco: “Solo recientemente hemos tenido los instrumentos para medir ciertas cosas y, por ejemplo, saber con certeza que los bosques no solo son árboles sino un organismo que se comunica, intercambia información y que sólo puede entenderse como una red interconectada….Vivimos en un momento en que la nueva mirada científica sobre la naturaleza está cambiando por completo ese paradigma de tres mil años”.

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Vicente Alcala 15 septiembre, 2021 - 4:32 pm

Muchas gracias a los comentaristas. Estos mensajes corroboran el contenido del articulo.

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