Las reducciones o la utopía evangelizadora

Por: Hernando Bernal
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Además de lo que significó el Nuevo Mundo para España como utopía política, religiosa y económica, la utopía como experimento de una nueva organización social, engendrado por el pensamiento filosófico como búsqueda de un modelo de sociedad perfecta, según lo expresado por Moro y por Platón, se dio también en la América Latina. Esto ocurrió durante el período de la Colonia, cuando los jesuitas en el siglo XVIII decidieron experimentar e implantar el modelo de las Reducciones como una forma de civilizar siguiendo normas europeas y de catequizar en el cristianismo a las tribus denominadas salvajes de las naciones del Continente, entonces en formación. Se trató entonces de convertir en realidad el mundo ideal que habían previsto los filósofos europeos[1].

Hablar de las Reducciones es referirse a los jesuitas. Estos, mejor conocidos como la Compañía de Jesús, eran y son una orden religiosa, establecida por Iñigo de Loyola (1491-1556) y sus compañeros, el cual habiendo militado como soldado resolvió transferir al grupo religioso por él establecido, el espíritu, la disciplina y la normatividad de un ejército presto para la batalla. Habiendo resultado herido en una escaramuza militar, Iñigo se recluyó para recuperarse en una cueva de Manresa en 1522 y allí meditó y concibió la vida de Cristo y la historia de la cristiandad como una guerra que el príncipe del mal libra permanentemente contra las fuerzas del bien para subyugar sus almas y llevarlas al infierno. El campo de contienda es el alma de cada persona y la lucha se libra en el interior de cada una de ellas. Sale vencedor quien sea capaz de dominar sus pasiones y elevarse por ese medio a la santidad que Dios propone como camino para el desarrollo de la libertad de elección individual. Para eso hay que ejercitarse diariamente y controlar cada actividad y cada pensamiento para caminar así por la vía de la perfección. El examen de conciencia realizado por lo menos dos veces al día, y el control permanente para subyugar la concupiscencia, constituyen la agenda del verdadero soldado de Cristo.

La disciplina ignaciana se convirtió en el rasgo principal de la institución establecida por él. A partir de los ejercicios espirituales[2] realizados anualmente y de meses enteros dedicados a la meditación, la oración y la disciplina corporal, los jesuitas transfirieron a sus colegios, institutos y establecimientos creados para la evangelización y el aprendizaje de la doctrina cristiana este tipo de ordenamiento, que implicaba un control exacto del horario diario, con momentos dedicados a la oración, otros para el trabajo, otros más para la lectura y el estudio, además de actividades complementarias, tales como el cultivo del arte, la recreación y el deporte o el ejercicio corporal. Tan sagradas como las horas de oración, eran los momentos para el consumo de los alimentos, los cuales se utilizaban para la lectura de textos sagrados y para la socialización de los mismos mediante el trabajo en seminarios, muchos de los cuales se hacían a la usanza de la academia socrática, es decir, paseando en grupos pequeños de tres o cuatro personas, de un lugar para otro en los jardines de los conventos y de los colegios, después de las horas de comida.    

Una de las características de esta disciplina comunitaria, como ocurría también con otras órdenes religiosas, como los benedictinos, era que mediante el trabajo en común, debidamente organizado, planificado y controlado, se podían satisfacer en forma creciente las necesidades comunes, construyendo así comunidades autosuficientes. La producción de alimentos, la dotación de vestido y calzado, la asignación de los lugares de habitación, el amoblamiento, la infraestructura misma de los lugares, el transporte y almacenamiento de los diferentes productos, la distribución de los mismos según las necesidades de tiempo y lugar, la implementación de servicios públicos y comunales eran atendidos por la comunidad en forma eficiente en cada sitio y para cada época del año, creando así agrupaciones realmente autosuficientes. El ritmo del día y el trabajo de cada persona se regulaba a través de las campanas, que al sonar eran consideradas como la voz de Dios. La autoevaluación, tanto personal como organizacional, estaba en el orden del día. El examen de conciencia que realizaba cada persona se efectuaba también con frecuencia en grupo para controlar la forma como cada comunidad lograba las metas de evangelización y de progreso espiritual y humano que se habían previsto.

Esta disciplina de cuartel, que era propia de quienes hacían sus votos como miembros de la Compañía de Jesús, inspiraba también el manejo y el comportamiento de todos los que en alguna forma u otra se educaban en sus instituciones y colegios, si bien con menos rigurosidad por no pertenecer a la orden religiosa. Fueron estos principios establecidos para la construcción de comunidades autónomas y autorreguladas los que orientaron la creación y el funcionamiento de las famosas Reducciones que establecieron los misioneros jesuitas en América Latina. 

Añádase a esto que en la estructura del pensamiento jesuítico, la disciplina exterior estaba complementada por un enorme desarrollo de la mente, del pensamiento y de la dialéctica, mediante la cual no solo se fortalecía el desarrollo de la propia personalidad, sino que se promovían pautas de criticidad muy acentuadas. Esta fue una característica de la herencia que Íñigo le transmitió a la Orden, como resultado de sus estudios humanísticos en la Universidades de Alcalá, Salamanca y París (1526-1535), centros académicos ampliamente reconocidos en la Europa del Renacimiento.  Mientras la disciplina externa propia de los cuarteles se reforzaba para acatar y cumplir las órdenes, inclusive bajo el mandato de la obediencia ciega, paralelamente la conciencia crítica de quienes cumplían las reglas y prestaban obediencia permitía que la aquiescencia externa no se convirtiera en sumisión servil o en complacencia hipócrita. Las órdenes se cumplían, pero una vez ejecutadas siempre existía la posibilidad de búsqueda de alternativas y, por lo tanto, de innovar y de crear. En consecuencia, la obediencia ciega bien entendida no era un acto de sumisión irracional, sino un momento de suspensión del juicio (punto ciego) por razones estratégicas superiores. Los jesuitas fueron no solamente una orden religiosa inspirada en la disciplina militar, sino un palenque de ejercicio intelectual y de búsqueda científica de la verdad con una profunda inspiración crítica. La conjunción de estas dos fuerzas, una consensuada disciplina exterior y una creativa disciplina del conocimiento, convirtieron a los jesuitas en la fuerza creadora de la modernidad cristiana.

En este paradigma de autonomía como práctica de una profunda disciplina intelectual, el libre-pensamiento no se asimilaba a indisciplina, revuelta o rechazo irracional y violento, sino a búsqueda de posibilidades alternativas y apertura hacia nuevas formas de acción. Ejercicio de la autonomía dentro de una estricta disciplina podría ser el motto de la formación jesuítica. Este es un paradigma bastante difícil de aprender y de adquirir, pero más difícil aun de entender, asimilar y aceptar para los poderosos (iglesias, autoridades, gobiernos, mandamases, grupos intelectuales) que tienden a ejercer el autoritarismo entre sus subordinados (súbditos, fieles, seguidores, admiradores) y, por lo tanto, obran en forma dogmática y excluyente de cualquier otra posición ideológica. Sin embargo, es un paradigma generador de progreso, que está en la base de la construcción de una sana y participativa democracia, mediante la formación de personas responsables y dueñas de sí mismas. Esta dinámica creativa propia del espíritu jesuítico se aplicó también a la educación de los indígenas americanos en las reducciones regentadas por la Compañía de Jesús.

Según los historiadores, 

Se le daba el nombre de Reducciones a una especie de aldea de indios cristianos, con algunas características propias como: legislación autónoma; gobierno ejercido por los misioneros, tanto en lo espiritual y religioso como en lo político y económico. Su propósito era llevar a los indios a una vida estable, acostumbrándolos al trabajo regular de la agricultura, los artes y los oficios, y de evangelizarlos por medio de la catequesis y la predicación para hacer de ellos buenos cristianos[3]

El primer sistema de reducciones fue elaborado por los misioneros franciscanos que llegaron a la catequización de México, por solicitud de Cortés. La palabra “reducciones” se usaba en la época como comunidad, pues significaba reunir o congregar en asentamientos de misión. El experimento social de los jesuitas trataba de organizar los grupos indígenas a la manera de los burgos europeos, con total libertad ciudadana y un manejo social eficiente, nacido de una educación responsable, que mantenía al mismo tiempo vivos y enriquecía los valores de una cultura ecológica inmensamente rica. 

En 1537, el papa Paulo III había condenado inequívocamente la esclavitud de los pueblos indígenas de América y los reyes de España habían promulgado leyes humanitarias en su defensa. Pero la distancia era un gran obstáculo para su observancia. Los jesuitas comprendieron que para proteger a los indios había que hacer comunidades separadas de las zonas colonizadas por los europeos. Allí podrían vivir con libertad y dignidad, sin dejar de contribuir a las tasas exigidas por la Corona. Así llegaron a establecer y administrar 48 pueblos de la zona del río Paraná y muchos otros en diversas regiones de América Latina, hasta su expulsión en 1768 por orden de Carlos III, rey de España.

El fundamento filosófico y ético que dio lugar a la creación de las reducciones se soportaba en los argumentos que se debatían en Europa ante el mismo emperador Carlos V (1500-1558), y de los cuales fue un campeón el dominico fray Bartolomé de las Casas (1484-1566), quien sostenía que las poblaciones indígenas de América estaban configuradas por personas humanas, con iguales derechos, capacidades, obligaciones y uso de la libertad que la población europea que realizó la Conquista. Contra dicha tesis militaba con enorme acerbo de argumentos Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), respaldado por los conquistadores, quien predicaba la obligatoria sumisión de los indígenas del continente para que a través de la dependencia y el servicio a los frailes y a los conquistadores pudieran superar su salvajismo innato y adquirir un alma humana. En estos argumentos predominaba en los hispanos una visión de superhombres o de raza superior, propia de la construcción de la nacionalidad ibérica, que además fue común en el pensamiento de la época y que prevaleció en Europa durante los siglos posteriores y dio lugar a través de la filosofía de Nietzsche y del nacionalsocialismo a los problemas del Holocausto y de la actual segregación de las poblaciones migrantes. 

Más específicamente, las reducciones jesuíticas fueron un modelo de aculturación, conducente a la integración de tribus americanas primitivas, principalmente pero no en forma exclusiva de grupos nómadas y cazadores que habitaban en las grandes planicies y junto a las corrientes de los caudalosos ríos Uruguay y Paraná, mediante procesos de formación para todos sus miembros: desde los más ancianos hasta los más jóvenes y recién nacidos, sin exclusión por razón de género. La construcción del modelo, por ser tan complejo e innovador, requirió de una gran imaginación y una enorme capacidad de resolución de problemas.

Según lo señalado, se construyeron comunidades autodependientes, capaces de subsistir a través de su propio trabajo y de mantenerse estables dentro de una dinámica de progreso material, que rompía de tajo la dependencia de las potencias colonizadoras en el continente. Cada grupo etario y cada género eran objeto de una educación apropiada para la construcción de una comunidad estable, asentada en un lugar fijo. Los grupos familiares gozaban de sus propios espacios. Los jóvenes recibían capacitación para el trabajo según sus preferencias y cualidades, desarrollando un profundo espíritu de equipo y camaradería. Se estimulaba el deporte y el cultivo de las artes. Fue notoria la capacidad de creación musical que se propició entre los habitantes. Se fomentó el estudio y la sistematización de las lenguas indígenas, sin descuidar el aprendizaje del español, y para algunos alumnos más avanzados los conocimientos del latín y la introducción a la lógica tomística. 

Existían campos comunes para la producción de alimentos y parcelas propias para las familias. Hombres y mujeres aprendían diferentes técnicas y desarrollaban habilidades para los oficios, según su género. Se crearon talleres para el trabajo de la madera, los metales, la herrería y la elaboración de diferentes materiales, telares y artesanías. Se construyeron y habilitaron establos y caballerizas. Las cosechas se almacenaban adecuadamente en vista a su conservación y se establecieron procedimientos de comercialización de los productos con las comunidades hispanas y europeas asentadas en las regiones vecinas. Los principales productos que se cultivaron fueron algodón, tabaco, hierba mate y cueros, que se negociaban y exportaban a Europa a través de Buenos Aires. 

Cuando dichas agrupaciones comenzaron a ser atacadas por los grupos de portugueses en búsqueda de reclutamiento de esclavos para sus plantaciones, los habitantes recibieron entrenamiento en el uso de las armas por parte de los hermanos jesuitas que habían prestado su servicio militar en las guerras europeas. Este fue quizás uno de los aspectos más vilipendiados del modelo de las Reducciones por el impacto que causaba en la estructura de las encomiendas, propia de la colonización española, pues disminuía el reclutamiento abierto y forzoso de mano de obra para el enriquecimiento de las familias procedentes de la península ibérica. Es decir, la obra misionera jesuítica encontró gran oposición por parte de los colonizadores europeos. Los paulistas (llamados así por proceder de Sao Paulo) capturaban miles de indios para venderlos como esclavos. Ellos destruyeron totalmente las primeras dos Reducciones del Paraguay y posteriormente llegaron a destruir 26 de las 48 que crearon los jesuitas. Por otra parte, los encomenderos españoles, colonizadores encargados de la organización del trabajo en las colonias, trataban a los indios como esclavos y se opusieron frontalmente a las reducciones, porque en estas comunidades los indígenas eran tratados como personas y no simplemente como animales de carga.[4]

Si bien en la concepción del modelo de las reducciones puede argüirse la influencia de Tomás Moro (1478-1535), hay unos elementos de organización que corresponden en forma más amplia al modelo de utopía que elaboró Tomás Campanella (1568-1639), en el cual el énfasis de la organización de la nueva sociedad giraba alrededor de la autoridad emanada de Dios, más que de la libertad nacida del buen uso de la razón, como era el caso en la versión de Moro.

Si la Compañía de Jesús hubiera tenido éxito en este experimento social, la suerte del continente habría sido diferente. Lo que los jesuitas iniciaron entonces se presentaría ahora, en la era de los neologismos, con el calificativo de empoderamiento, porque tenía que ver con las formas del poder que era y sigue siendo un tema tan apetecido y tan debatido. 

Las misiones fueron un salto de edades históricas ‒posiblemente del neolítico a la alta edad media‒ bajo el imperio de la cruz evangelizadora, que produjo mártires y posiblemente muertes de ambos lados. Así consta en los cuadros primitivistas de reducciones como la de Concepción, en el Chaco, a doscientos cincuenta kilómetros al noreste de Santacruz de la Sierra, la floreciente y moderna ciudad de Bolivia, la orgullosa nación descendiente del Tiahuanaco.

Para los modernos antropólogos, y quizás para los defensores de la actual cultura indígena latinoamericana, esto podría calificarse como un enorme despropósito: tratar de enclaustrar la libertad de movimiento y de acción de grupos primitivos, con una cultura ecológica a la medida de sus necesidades y posibilidades, para construir lo que los detractores inmediatamente calificaron como la república jesuítica. Esto ciertamente podría entenderse así, si no fuera porque el descubrimiento había roto durante más de siglo y medio, antes de iniciarse el experimento jesuítico, el equilibrio histórico y se había traspasado el punto de no retorno. La única posibilidad de conservar algo de la valiosa cultura de las tribus de las pampas latinoamericanas era que se agruparan, se establecieran en ciudades asentadas sobre sillares de piedra y con murallas de defensa, como es visible en la muy bien restaurada reducción de San Ignacio del Paraguay; que aprendieran a defenderse de los blancos depredadores y barbados, inclusive utilizando armas de fuego; que  absorbieran su idioma y su cultura para aprender a manejarlos en beneficio de la propia identidad como indígenas, y que en una síntesis novedosa hubieran generado un nuevo grupo con la faz y con algunos conocimiento útiles del conquistador, pero con el alma, la sensibilidad, la estética y el amor y respeto por la naturaleza propios del indígena. 

Eso fue lo que pretendieron hacer los jesuitas. Nada menos que tratar de recrear el alma de la América Latina mediante un mestizaje nuevo e históricamente relevante. Como el movimiento de la historia no podía regresarse, había por lo menos que sembrar la simiente de una nueva raza. Y esta nueva raza, por no haber triunfado el experimento, se quedó a medio hacer, o hecha en dos mitades.  

Los jesuitas de entonces no eran antropólogos, sino evangelizadores. Tampoco eran, como la gran mayoría de los demás colonizadores, simples mercachifles, vendedores de espejos y baratijas, como los ridiculizados por Les Luthiers; ni eran encomenderos que con el traje de la nobleza española y la anuencia de la Corona establecían un sistema de servilismo y esclavitud. Menos aún fueron cazadores de cabezas de indios, como los tristemente recordados lusitanos, para quienes el objetivo de su lucro personal implicaba trasladar a los indígenas a las metrópolis y venderlos por su peso y su figura en los mercados de esclavos. De ahí el valor defensivo de las reducciones.

Sin embargo, la nueva cultura que hubiera podido surgir como resultado de esa maravillosa simbiosis entre el realismo mágico de la América indígena y las virtudes de perseverancia, disciplina, rectitud y honestidad que pretendían inculcarse en las misiones jesuíticas quedó trunca. No hubo simbiosis, sino un dualismo estructural que se manifiesta cotidianamente y que forma la sustancia misma de la vida del pueblo latinoamericano.

El modelo de las reducciones, que llegó a congregar a más de 100.000 indígenas, llegó a su fin por las gestiones que los grupos de poder en Europa ejercieron ante el rey de España y ante el Papa, para que fueran disueltas. Se estableció entonces una pauta cultural de veto a cualquier acción que se realizara para evangelizar a los indígenas que no condujera a su sumisión absoluta a las autoridades religiosas y del imperio. Pauta que ha permanecido inmutable a pesar de los cambios sufridos con la independencia, y que en su momento llevó incluso a la supresión total de la Compañía de Jesús por el papa Clemente XIV en 1768.

Puede afirmarse que la inspiración del pensamiento cristiano en la construcción de un modelo de utopía latinoamericana era simplemente la continuación del pensamiento de la Ciudad de Dios de San Agustín, en el caso de este experimento con un matiz profundamente socialista cristiano, enraizado en el reconocimiento y manejo de las realidades temporales. Además, este había sido el espíritu del cristianismo que dio lugar a la creación de las naciones y a la configuración de los países que hoy denominamos Europa.

Bernal Alarcón, Hernando (2017), Utopía y transformación cultural. Un ensayo sobre el significado de la acción cultural. Bogotá: UNAD. 


[1] Es preciso anotar que el intento de creación de comunidades utópicas en América, como fue el caso de las Reducciones de los jesuitas, no fue el único experimento de innovación social que se realizó. Posteriormente, Owen (1771-1858), que a la par de filósofo era industrial, trató de establecer en América del Norte una colonia según los principios del socialismo utópico, en lo que se denominó la Nueva Armonía (1825).

[2] Para una comprensión más completa del papel de los ejercicios espirituales en la configuración de la espiritualidad de los jesuitas, ver Enrique García Hernán (2013), Ignacio de Loyola. Madrid: Santillana.

[3] Leo Kohler (1978), Los tres héroes de Caaró y Pirapó. Tomado de documentos sobre las Reducciones jesuíticas del Paraguay. La Rioja (Argentina), Centro de Investigación y Promoción Científico Cultural. Instituto Superior del Profesorado, pp. 31 ss.

[4] Ibid.

2 Comentarios

Vicente Alcala 12 octubre, 2020 - 11:24 am

Excelente leccion, incluso para quien fue 12 años estudiante jesuita!
Que bueno, que reducciones no eran para «reducir»…

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Alberto Betancourt 29 noviembre, 2020 - 11:11 am

Felicitaciones Hernando por este interesante escrito sobre esa gran empresa jesuítica de las Reducciones del Paraguay. Nuestro maestro de órgano, el Padre Nicolás Mihaljevic, fué destinado a las misiones en las comunidades aborígenes en Delta del Tigre, una de las zonas correspondientes a las Reducciones del Paraguay, que abarcaban también zonas de Bolivia y Argentina. Después de muchos años pasó a Buenos Aires donde era el confesor del Arzobispo Bergoglio y murió a los 89 años.

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