La Iglesia católica (1 de 4)

Por: Luis Alberto Restrepo
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Durante mis estudios en Alemania caí en la cuenta de lo más obvio: que Jesús no pudo haber fundado la Iglesia. Jesús de Nazaret fue un fiel judío, galileo rural, que conocía muy bien las Escrituras, visitaba con frecuencia el Templo, sacrificaba el cordero de Pascua y pugnó por devolver su sentido originario a la fe de su pueblo. Y si fue un judío fiel, mal podría haber querido dar origen a una fe diferente. 

Aunque se enfrentó con escribas y fariseos, no aparece en parte alguna que Jesús haya pretendido romper con el judaísmo ni crear su propia secta judía, llámese Sinagoga o Iglesia. Fueron más bien las autoridades religioso-políticas de Israel las que rompieron brutalmente con Jesús y sus seguidores, a los que persiguieron, encarcelaron o incluso condenaron a muerte, obligándolos a organizarse al margen de la Sinagoga. 

La persecución y muerte de Jesús y de sus seguidores emprendida por autoridades de la Sinagoga judía, la rápida expansión de la fe en Cristo en provincias no judías e incluso en la misma Roma, sede imperial, fueron haciendo que las nuevas comunidades creyentes perdieran sus vínculos con la tradición judía y comenzaran a concebirse como una comunidad distinta o incluso opuesta a la Sinagoga, como Iglesia de Cristo. Con base en esas circunstancias, Pablo de Tarso consumaría esta ruptura desde su propia experiencia y comprensión de la fe.

A este propósito, tan sensible para la Iglesia católica, resumo aquí los acontecimientos que se narran en los Hechos de los Apóstoles, texto escrito al parecer por Lucas, médico sirio que acompañó a Pablo en su viaje a Roma y presunto autor de uno de los Evangelios. Estas explicaciones quizás resulten demasiado largas para algún lector, pero asimismo demasiado cortas para la importancia del asunto en cuestión.

Hacia el año 36, Pablo y Bernabé explicaban su fe en Antioquía, una ciudad siria. Allí residían muchos judíos. Numerosos sirios (“paganos”) querían participar en sus reuniones y enseñanzas (Hechos 11,19-21, y sobre todo 11, 24-26). Sin embargo, algunos judíos alegaban que antes sería necesario circuncidarlos según el rito de Moisés; de lo contrario, no podrían salvarse (Hechos 15,1-2). 

El interrogante quedaba, pues, planteado: ¿era necesario someter a los ritos del judaísmo a los no judíos como condición previa para su admisión en la nueva comunidad creyente? Dicho de otro modo, ¿era la adhesión a Jesús una mera forma renovada de la fe judía? ¿O se trataba de una fe completamente nueva y diferente, en clara ruptura con la Sinagoga? La respuesta a esta pregunta crucial estaba todavía pendiente en el año 36 y seguiría aún sin resolverse por bastantes años más. Extraña y fundamental pregunta, que solo sería respondida por la fuerza de los hechos. 

Trece años después, en el año 49, Pablo viajó a Jerusalén. Se convocó entonces una asamblea (Gal 2,3-5) en la que se generó una fuerte discusión entre los dos bandos: los que consideraban el seguimiento de Jesús como prolongación de una fe judía purificada y renovada, y los que pensaban que se trataba de una fe radicalmente nueva. Para poner fin a la discusión y no dividir a la comunidad, Pedro, Santiago y Juan, dirigentes del grupo de Jerusalén, se dieron la mano con Pablo y Bernabé, y optaron por una solución ‘salomónica’ ‒es decir, pragmática‒, renunciando así a un acuerdo en los principios: mientras Pablo y Bernabé se encargarían de los paganos, Santiago, Pedro y Juan trabajarían con los judíos (Gal 2,9).

Como es evidente, esta solución expedita no resolvió las diferencias de fondo, que darían pie a nuevas controversias. Más tarde, Pedro viajó de visita hasta Antioquía y, tras vivir un tiempo allí, terminó por abandonar las costumbres judías: la observancia del sábado, los alimentos prohibidos, etc. Escandalizados, algunos judíos enviados desde Jerusalén al parecer por Santiago, el “hermano del Señor”, lo criticaron fuertemente. Entonces Pedro se acobardó una vez más, volvió a transformarse en judío fundamentalista e impuso a todos las leyes judías (Gal 2,12-13). Pablo no podía creerlo, y mucho menos después del acuerdo al que habían llegado trece años antes. En un duro discurso lo recriminó (Gal 2,11-21, sobre todo Gal 2, 21) y le increpó delante de todos los creyentes: “Si tú, que eres judío, vives como los paganos y no como los judíos, ¿por qué obligas a los paganos a que vivan como los judíos?” (Gal 2,14). 

Pedro –más cabeciduro que una piedra‒ no cedió. Quien quisiese ser cristiano debía convertirse antes en fiel judío. Para Pedro, así como para Santiago, Juan y los creyentes de Jerusalén, el seguimiento de Jesús era apenas una forma renovada de la fe judía. No les resultaba claro que Jesús fuese el Hijo único de Dios, ‘enviado por el Padre’ para salvar a toda la humanidad. Era, a lo más, el Mesías (el Ungido, el Elegido), cuya misión en la vida había sido purificar la fe de Israel. Crucial e incomprensible malentendido si Jesús se hubiera atribuido a sí mismo la condición de Hijo único de Dios. Además, posición incomprensible en Pedro, a quien la Iglesia católica considera como su piedra angular. 

De la discusión, Pablo salió derrotado. Decidió entonces abandonar Antioquía después de doce años de trabajo en la ciudad, y se lanzó como misionero ‘independiente’ por Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina, enfatizando siempre la ruptura radical del cristianismo con la fe judía. “Si la salvación viene por la Ley (por el acatamiento de las instituciones y autoridades judías y el cumplimiento de sus prescripciones rituales y morales), la muerte de Jesús fue inútil” (Gal 2,21). La única Ley de Cristo es el amor como Jesús lo practicó. Finalmente, después de la muerte de Pablo, esta versión universalista y no meramente judía de la fe cristiana se fue imponiendo como norma general de la nueva Iglesia, incluyendo en ella al mismo Pedro. En beneficio de la Iglesia católica y del supuesto primado de Pedro, podríamos añadir que, con el transcurrir de los días, todos los seguidores de Jesús fueron admitiendo el liderazgo que ejercía Pedro en el grupo o “comunidad” inicial. 

La disputa entre Pedro y Pablo sobre algo tan central y decisivo como el alcance de la misión de Jesús es una buena muestra de cómo se fue gestando la fe. Me permitió comprender que la fe no había sido el producto de una ‘revelación’ puntual y milagrosa de Dios a través de unos personajes iluminados –así se llamaran Moisés, Ezequiel o incluso Jesús–, sino el resultado de una lenta e inspirada construcción colectiva de numerosas y dispersas comunidades creyentes. De hecho, según la mayoría de los expertos, los evangelios fueron escritos entre los años 65 y 100 d. C., esto es, entre unos 30 y 65 años después de la muerte de Jesús, y en cada uno de ellos se refleja el énfasis específico de la comunidad en la que se gestó. Por esta razón no es extraño que contengan notables diferencias e incluso contradicciones entre sí. 

Esta construcción comunitaria se basó seguramente en una fuerte inspiración de fe, que puede considerarse como de origen divino. Pero no fue una revelación tal como se la suele concebir, como si ‘Dios’ hablara al oído de voceros individuales. En su evolución posterior, sobre todo después del siglo IV, la fe se siguió definiendo a través de intensas disputas entre los llamados Padres de la Iglesia y mediante Concilios (del verbo conciliar o llegar a acuerdos entre quienes discrepan), controversias con frecuencia resueltas mediante mecanismos de poder, como acontece todavía hoy.

Poco se conoce sobre la evolución de las comunidades cristianas entre fines del siglo I y el IV. Lo cierto es que, durante aquellos años, esta floreciente red de comunidades se resistía, como Jesús, a toda religión que –como la judía o la romana– pretendiera amparar bajo el nombre de sus dioses los abusos de los poderosos contra los débiles. Por esa razón era perseguida. Su actitud, sumada a su rápido crecimiento, le valió la persecución tanto por parte de la Sinagoga judía en Israel como de Roma en su gran Imperio. 

Hacia el año 62, el sumo sacerdote judío hizo arrestar y dar muerte a Santiago, hijo del Zebedeo. Se cree que Pablo fue decapitado y Pedro murió crucificado boca abajo en Roma durante la persecución de Nerón. Al final del siglo I, de los apóstoles vivía tan solo Juan, que se había refugiado en Éfeso. La tortura y muerte de los cristianos en el circo romano fue la expresión de una persecución por razones religioso-políticas y no por “simples cuestiones de fe”, consideradas como las entendemos hoy, como asuntos privados.

Pero la crisis del Imperio y de sus tradicionales legitimaciones religiosas era profunda. En ese contexto, y a pesar del violento acoso, para el siglo IV el cristianismo se había difundido ampliamente, se había dotado de una vasta organización y había adquirido un gran poder social. Con la intención de exterminarlo, Nerón (64 d.C.), Domiciano (95), Trajano (107), Marco Aurelio (167), Septimio Severo (202), Maximino Trax (236), Decio (250) y Valeriano (258) adelantaron sendas persecuciones de mayor o menor intensidad. Diocleciano (245-316) la intensificó, pero su política anticristiana fracasó y terminó siendo eliminada por su sucesor, Constantino (285-337). 

La helenización del cristianismo

Al ingresar en el medio cultural del imperio, la fe en Jesús se “helenizó”, produciendo una profunda desviación de su mensaje. 

En el siglo IV, la sofisticada ciudad griega de Bizancio ejercía un vasto predominio cultural. Era tan profunda su influencia que el mismo Constantino consideró conveniente trasladar allí la sede del Imperio, cambiarle el nombre por el de Constantinopla (Constantino-polis, ciudad de Constantino, en griego antiguo), y legarle la ciudad de Roma, antigua sede imperial, a las autoridades cristianas. La Iglesia, por su parte, ya sumergida en la cultura helénica se hallaba fuertemente dividida por las controversias sobre la divinidad de Jesucristo, su relación con Dios Padre y la naturaleza de la Trinidad, problemas que solo podían tener significación para una sociedad intelectualmente encuadrada en la cultura griega. 

En lo que sigue, me limitaré a destacar algunas de las numerosas y profundas deformaciones inducidas por esa helenización de la fe cristiana que extravió los destinos de la Iglesia y siguen gravitando poderosamente en ella todavía hoy.

Una diferente concepción de la verdad 

Para la cultura judía y para el mismo Jesús la verdad no es una construcción intelectual ni radica en enunciados verbales. Es una práctica de vida, algo que se realiza en ella, una vida vivida en la verdad, es decir, con amor solidario. Así lo sintetiza Juan en las palabras que atribuye a Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6-14). Jesús es la verdad gracias al camino que recorrió en su vida, un camino de amor y entrega incondicional a su Padre en los demás, en particular en los más débiles. Y ese tipo de amor no traza fronteras, no discrimina ni excluye a nadie y admite infinitos grados y formas de expresión. 

Para la filosofía clásica griega, en cambio,  ‒y en particular para Aristóteles‒ ‘verdad’ es la perfecta adecuación de los conceptos intelectuales y los enunciados verbales a la realidad de las “cosas mismas”. Una sentencia que no se ajuste a la realidad de la cosa es para los griegos un error y se contrapone radicalmente a la verdad. Entre verdad y error no hay coexistencia posible. Esta concepción intelectualista y dualista tendría dramáticas consecuencias en la Iglesia. 

Por el contrario, Jesús no pide de sus seguidores ningún tipo de ortodoxia doctrinal. Su único mandamiento y el verdadero sello de identidad de sus seguidores ha de ser el amor generoso y solidario: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35). A su vez, rechaza con energía las prácticas egoístas, hipócritas y abusivas de sacerdotes, escribas y fariseos, que discriminan y oprimen a los más débiles. 

Sin embargo, al entrar en la cultura helénica, la fe en Jesús se transformó rápidamente en un apasionado campo de batalla doctrinal, muy ligado al ejercicio del poder. En el siglo IV los cristianos se hallaban públicamente enfrascados en encendidos debates intelectuales. Arrio, sacerdote y obispo libio, negaba la divinidad de Jesús, discutía su relación con Dios Padre y la existencia de la Trinidad. Las pugnas entre uno y otro bando derivaban a veces en violencia, amenazando así la paz y la unidad del imperio. Con el ánimo de ponerles fin, Constantino mismo convocó el Concilio de Nicea (325) y los 300 obispos allí reunidos, casi todos griegos, se esforzaron por traducir la fe en Jesucristo a los moldes culturales en los que la sociedad culta y ellos mismos comprendían el mundo.

Luis Alberto Restrepo M.

Mayo, 2021

4 Comentarios

MARGARITA CAICEDO 5 mayo, 2021 - 9:29 am

Me gustó mucho su artículo, se nota el dominio del tema. Espero la segunda parte.
Mil gracias..

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Reynaldo Pareja 5 mayo, 2021 - 9:30 am

Luis Alberto, Te has lucido con el recuento del nacimiento de la Iglesia Catolica poniendo de relieve como, historicamente, esta nacio entre dos consceptiones radicalmente diferentes; entre aquellos seguidores de Jesus que consideraban que El tan solo habia llegado a renovar la Fe Judaica y los otros que estaban convencidos que era una nueva y radical Fe que rompia con el axfixiante judaismo anclado en los rituales vacios sin espiritu de amor por los menos favorecidos, los ignorantes, a quienes trataban como niños espirituales a quienes tenian que decirles y obligarlos a practicar su relacion con Dios de acuerdo a las expresiones rituales. Estoy seguro que los proximos articulos van a seguir dandonos luz y precision historica de como y porque se estructuró la Iglesia que hoy conocemos y heredamos. Nada como escrudiñar los hechos historicos sin velos para adquirir una vision mucho mas depurada de que fue lo que ocurrio, no los que nos obligaron a creer como “verdad historica”.

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Alfredo cortes 5 mayo, 2021 - 9:44 am

Gracias Luis Alberto por aclarar y poner en su sitio tantas supuestas verdades que siguen confundiendo al hombre común y corriente. ¿De dónde sale esa sentencia TU ES PETRUS ET SUPER…? ETC

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Carlos Posada 5 mayo, 2021 - 2:35 pm

Excelente escrito y muy claras las distinciones de los conceptos. Me ayuda a ver a la luz de la historia, como ha sido la evolución del pensamiento de los fieles cristianos desde los primeros siglos hasta el momento presente.

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