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La historia de mi maleta perdida en Egipto

Invité a mi esposa a un crucero delicioso por el Nilo, pero mi maleta no me llegaba.
Íbamos de templo en templo y de ciudad en ciudad, entre Luxor y Asuán. Yo llamaba cada
día a la aerolínea, hasta que…

Invité a mi esposa a un crucero delicioso por el Nilo, pero mi maleta no me llegaba.
Íbamos de templo en templo y de ciudad en ciudad, entre Luxor y Asuán. Yo llamaba cada
día a la aerolínea, hasta que…

Nuestra hija Amalia y su esposo Luis Alberto eran profesores en la American University de Dubái. Allí nació Gustavo, nuestro primer nieto. Mi esposa María Cristina y yo fuimos en 2007 a visitarlos para celebrar la Navidad. Nos acompañó nuestro hijo Ricardo, estudiante de doctorado en biología molecular en la Universidad de Auburn. Después de las fiestas de fin de año, Ricardo se fue a París y María Cristina y yo viajamos a Egipto para tomar un inolvidable crucero por el Nilo. 

La aerolínea egipcia extravió mi maleta. Mientras la buscaban, debí comprar algunas camisas y ropa interior. La primera camisa en Luxor me costó 4 libras (1 libra egipcia hoy = 25 centavos de dólar). La maleta seguía perdida y compré nuevas camisas en Edfu (en un pobre pasaje comercial con piso de tierra entre el templo y al barco). Me pidieron 40 libras por cada una. Cuando les respondí que la primera me había costado cuatro, me dijeron: “se las dejo en cuatro”: ¡90 % de descuento! Así es Egipto, un país rico en turismo y petróleo, con un pueblo pobre y vendedores engañosos.

La maleta continuaba extraviada, pero el barco-hotel era un ejemplo de excelente servicio y muy buena comida. En la terraza y en las alcobas nos regalaban “esculturas” hechas con verduras o con las toallas. La vista del Nilo era tan espectacular, que me olvidé por un día más del problema.

Disfrutamos la visita al templo de Luxor, que mide casi un kilómetro:, hermoso, lleno de historia. Al fondo, un guardia con fusil vigilaba un pequeño montículo de tierra. Me dijo: “usted puede subir cuando baje la persona que está allí”. Cuando bajé, me pidió propina, algo muy frecuente en Egipto.

¿Y la maleta? ¡Otro día más sin ella!

En Egipto nos sentíamos como metidos dentro de un pesebre, con las mismas vestimentas y casas de la época de Cristo. Se acercaban al barco vendedores en lanchas, que les arrojaban a los clientes la mercancía por la ventana del camarote e intentaban “negociar”. 

–¿Cuál es su nombre? –me preguntó el vendedor. Como ya conocía sus trucos, le tomé el pelo.

–Me llamo Mustafa.

–No, Mustafa soy yo. Usted, ¿cómo se llama?

–Mustafa –insistí.

–Está bien, Mustafa, mire esta alfombra –y me la arrojó por la ventana del camarote.

Se la devolví, cerré la cortina y subí a la azotea del barco para ver cómo “negociaban” con otros pasajeros.

La franja del Nilo mostraba la vegetación, pero metros más allá de cada orilla todo era un desierto inacabable. ¿De la maleta?… Nada de nada, hasta ahora

Nos llevaron en un coche tirado por caballos al templo de Horus. Al salir, uno de los caballos comenzó a orinar, y alcanzó a salpicar a una turista europea. Le pregunté a los cocheros y a los guardias con fusil: 

 ¿Este espectáculo también lo cobran… o es gratis? 

Todos rieron.

Desde el primer día nos asignaron una mesa en el restaurante, al lado de otros “americanos” (una gringa con su novio egipcio, que vivía en Nueva York, una pareja de brasileños… y nosotros). Hicimos una gran amistad. 

En la mesa siguiente, una familia costarricense de ocho personas. Las demás mesas, todas ocupadas por europeos. El barco nos ofreció una fiesta de “jalabilla” (traje árabe). Durante esta, el gerente del barco se me acercó para informarme que mi hija Amalia me llamaba al teléfono desde los Emiratos Árabes: le había preguntado de nuevo a la aerolínea… ¡pero nada de la maleta!

El último día, ya en El Cairo, nos llevaron en un lujoso carro Mercedes Benz con chofer y guía a conocer las pirámides y la esfinge. 

No pude menos que recordar la arenga que, 210 años atrás (julio 21 de 1798), Napoleón dirigió a sus soldados en ese mismo sitio, antes de la batalla: “¡Soldados de Francia, 40 siglos de historia os observan desde lo alto de estas pirámides!”.

 ¿Y la maleta? Nunca apareció. Al final me dieron unos cuantos dólares…, pero el paseo fue inolvidable.

Christian Betancur Botero

Marzo, 2021 


Por Christian Betancur

Vive en Medellín. Jesuita (1962-1968), Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad Javeriana), y posgrado en Mercadeo (Universidad Eafit). Jefe de Publicidad en varias empresas y primer Director de Mercadeo de El Tiempo. Consultor y conferenciante internacional. Casado hace 49 años con Cristina Rodríguez. Tiene dos hijos (Ricardo, doctorado en biología; Amalia, doctorada en física), y dos nietos. Autor de El Vendedor Halcón (tres ediciones). Está escribiendo una novela sobre el servicio.

6 respuestas a «La historia de mi maleta perdida en Egipto»

Historia con suspenso y todo! Y bien condimentada con las imágenes. En Egipto suceden cosas increíbles y hay cosas maravillosas: como pirámides! Gracias Christian.

Mi estimado Mustafá Betancur. Aprendiste muy bien el truco de los egipcios para vender. Nos mantienes en suspenso con la pérdida de la maleta, mientras nos regalas un bello paseo por el Nilo. Y además, de propina, sabemos que tienes una familia estupenda. Abrazos.

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