Jesús de Nazaret (3 de 3)

Por: Luis Alberto Restrepo
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De la mano del apóstol Juan (Jn 1,1-14), el autor nos conduce a las honduras revolucionarias de su pensamiento: pone de cabeza toda la cultura occidental, incluyendo en primer lugar al cristianismo en todas sus versiones ‒católicas, reformadas, occidentales y orientales‒ porque todas cayeron en la trampa del dualismo neoplatónico y maniqueo, consagrado por Agustín de Hipona. El texto muestra con claridad las buenas razones que han tenido todos los desvíos de las religiones monoteístas ‒judaísmo, cristianismo, islam‒, de los ateísmos modernos, de sus violentas rupturas históricas y de su absoluto desconcierto actual.

El término “Dios” –que en las tres religiones monoteístas remite a una última realidad inefable– se inspira, en último término, en el neoplatonismo de Plotino, principal inspirador de Agustín de Hipona y, por su medio, de toda la teología medieval cristiana. Para Plotino, entre la realidad sensible y la inteligible media una diferencia insuperable, y el primer principio inteligible es absolutamente trascendente, separado y distinto del universo. También Aristóteles y su concepción de Dios como acto puro, energeia, están presentes en el neoplatonismo.

La “buena noticia” (evangelio) de Juan se inicia en la versión griega con un término sorprendente: En arqué. ¿Qué significa esta expresión? Arqué puede ser traducido y comprendido de diversas maneras, todas igualmente radicales: “en el origen”, “en el comienzo”, “en el principio (¡y fundamento!)”. Origen nos habla de procedencia; comienzo, de punto de partida. Ambos términos nos remiten a un inicio del tiempo y, por esa vía, a la historicidad de lo real. El principio y fundamento, en cambio, no alude al tiempo, es más bien el axioma del que todo –Dios y mundo– se desprende necesariamente como un algoritmo. Todas estas significaciones están implicadas en el arqué y denotan el propósito de Juan de llevarnos al punto de mira definitivo e insuperable sobre aquello de lo que va a hablarnos.

Así, pues, en el “comienzo absoluto” estaba el logos. En la traducción latina y en las lenguas romances se ha traducido el logos como Verbo. “En el comienzo existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1,1). En consecuencia, se dice que en Jesús “el Verbo se encarnó y se hizo hombre”. ¡Qué horror! Como si el Verbo se descolgase –cual Deus ex machina del teatro romano‒ de un invisible y lejano segundo piso, para caer empacado en un cuerpo ajeno.

A su vez, el latino Verbum suele ser traducido en castellano como “Palabra”. Tanto las expresiones Verbo como Palabra aparecen así, solitarias, aisladas y casi tan densas como substancia. De hecho, desde el Concilio de Nicea en el s. IV, se afirma que el Verbo es una de las tres “personas” de la Trinidad y así lo repiten todavía los teólogos más tradicionales, sin saber muy bien lo que están diciendo, porque el término “persona”, en la acepción más extendida de Boecio y Tomás de Aquino, implica una substancia, un individuo, indiviso en sí y dividido de cualquiera otro. Esta ambigüedad indujo numerosas “herejías” después de Nicea y condujo a Mahoma a rechazar la Trinidad de los cristianos porque en ella se estaría afirmando la existencia de tres dioses y destacando, por contraste, la radical unicidad de Alá, su distancia del mundo y su absoluto y temible señorío.

El logos no se agota en una Palabra, y menos aún si se la entendiera como una Palabra aislada, lo que la convertiría en un esfuerzo truncado de comunicación ininteligible. El logos griego se traduce también mediante expresiones mucho más amplias y abarcadoras como Lenguaje, Argumento, Lógica o incluso Comunicación. Entonces, lo que nos dice Juan es que desde “El comienzo absoluto” –desde la raíz de toda realidad, incluida la de Dios mismo– ese Dios es, inmediatamente, Palabra, Comunicación de sí a otros. Desde el mismo inicio de los tiempos y desde las entrañas de su propio ser, el Dios de Juan no es un ente más, distante, oculto e inefable; se comunica, se pone de manifiesto y se entrega al exterior de sí. Más aún, solo “es” en esta “ex-sistencia”, es decir, en su activa y munífica presencia en las cosas mismas, en los “entes” del mundo. Nunca ha “sido” fuera de ella. En su entrega y donación a las cosas y en especial a los seres humanos, “sucede”. Ya con este primer rasgo se establece una diferencia radical entre el Dios de la fe cristiana y los de judíos y musulmanes, que permanecen en las alturas, silenciosos, inasequibles y enigmáticos. 

Juan va aún más a fondo. Según el evangelista, el Dios que es Palabra, hace parte de todo el cosmos, ex-iste en él, aunque el cosmos no la reconoció: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció” (Jn 1,10). En palabras de hoy, podemos decir que, desde los orígenes, el Ser de Dios se volcó y sumergió en el universo como Palabra. El universo mismo era ya expresión y manifestación de Dios. 

En términos de hoy, desde los orígenes de toda realidad, Dios “está sucediendo” en el cosmos. Según la fe judeocristiana, el ser más íntimo de Dios “se está entregando” más concretamente a los seres humanos –en particular, al antiguo Israel– y alcanzó su plena y definitiva realización en la vida de un hombre bien determinado, Jesús de Nazaret. El hombre Jesús es, pues, Dios, o Dios es ese Hombre. En Jesús y por su medio se consuma el ser divino que no es en sí mismo otra cosa quePalabra, Comunicación, Entrega de sí. 

Al “Dios” cristiano no hay que buscarlo entonces en la nebulosa abstracta de lo inefable o en una piadosa interioridad autosatisfecha y desentendida de los demás seres humanos. Es ahí, en el seno de la comunidad humana y de la vida cotidiana donde Jesús “resucitado” y vivo en los que le siguen (los que “creen en él”), continúa entregando Vida. 

Resumiendo, el “Dios” cristiano es el perpetuo movimiento del Gran Misterio del Ser por el cual ese Principio y Fundamento de toda realidad solo “es” en la medida en que “ex-siste” entregado, sumergido y manifiesto en el universo visible y, en particular, en la comunidad humana. Quien busca al “Dios” de Jesús –a su “Padre”– no inquiere entonces por una abstracción: busca a Jesús “resucitado” en su propia vida y en su entrega a todos los demás seres humanos.

Personalmente, no creo que la fe en Jesús reivindique algún tipo de supremacía sobre las demás. Esa fe excluyente se convirtió con suma frecuencia en pretexto para el ejercicio de un poder abusivo y autoritario, que ha incurrido hasta tiempos recientes en la corrupción y el crimen y, mientras pudo, no vaciló en recurrir a la persecución, la tortura, la violencia y la guerra. Visiones parecidas solo pudieron surgir de las concepciones dualistas de Platón, los maniqueos, el obispo Agustín y, luego, de la escolástica, para quienes un Dios extraterrestre y extratemporal (“eterno”) era La Verdad, toda La Verdad, la única Verdad, y la Iglesia ‒su fiel guardiana‒ detentaba todo el poder en el mundo. Contra ese engañoso imperio medieval se rebelaron siempre todas las presuntas herejías y, finalmente, contra ella surgieron el deísmo, el ateísmo y las violentas rebeliones de la modernidad. Razón tenían entonces los ateos de ese Dios incomprensible y eterno. 

Por otra parte, le temo a toda Iglesia y a todos los cleros que se reclaman los únicos y verdaderos seguidores de un Gran Maestro, más aún si consideran que su Maestro es también El Único. Jesús fue un hombre humilde, que asumió la condición de su pueblo y en especial la del campesinado galileo contra las arrogancias y mentiras en las que había caído la religión judaica. En efecto, las autoridades religioso-políticas de su tiempo –escribas, fariseos, sacerdotes y pontífices– habían convertido la fe en Yahveh en un instrumento de su propio poder. Nada extraño, porque el clero, todo “clero” (del griego “aparte”, “separado”) y sus iglesias (y aquí hablo no solo de religión, sino también de política) tienden a convertirse a sí mismos en fuente exclusiva de verdad, autoridad y poder.

Luis Alberto Restrepo M.

Abril, 2021

5 Comentarios

Vicente Alcalá 13 abril, 2021 - 9:09 am

Luis Alberto, muchas gracias por tu “ex-posición”. Exposición la entiendo como “poner afuera” (objetivar) lo que comprendemos, a la vez que nos ex-ponemos nosotros mismos. Una cosa es la verdad que alcanzamos a conocer (experimentar, comprender, afirmar, deliberar y decidir, con amor) y otra cosa es lo que alcanzamos a expresar de ese conocer. Muy importante y valioso tu esfuerzo por separar y discernir lo verdadero de aquello que se pega y se oculta detrás de la verdad y la obscurece (error, ideología, interés propio personal y colectivo, poder, abuso, dogmatismo, autoritarismo…)

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Dario Gamboa 13 abril, 2021 - 11:34 am

Gracias Luis Alberto por ayudarnos a tantos a entender de manera más profunda nuestra aceptación del Jesús del evangelio, sin las arandelas creadas por muchos de sus seguidores a través de la historia. Que valioso tu aporte!!!

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Hernando Bernal A. 13 abril, 2021 - 5:12 pm

Luis Alberto: también te doy las gracias y a Dios en tus palabras tan claras y profundas. Dios como comunicación…. qué verdad tan cierta. Más allá de las estructuras de las instituciones sociales y humanas, como base y fundamento de las mismas, pero distinta y diferente. Por encima también y más allá de las estructuras clericales que finalmente se resienten y se enredan por no comprenderlo ni aceptarlo, pero que se aferran a sí mismas como si fueran la misma verdad. Un cordial saludo.

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Eduardo Jiménez 14 abril, 2021 - 6:49 am

Una forma clara de entender el “En arje en o logos” de Juan, mal traducido según nos ilustra Luis Alberto, como “En principio era el Verbo”. Gracias, abrazo

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CHRISTIAN BETANCUR 19 abril, 2021 - 2:41 pm

Luis Alberto, muchas gracias por compartir tus importantes estudios, que nos ponen al tanto de los debates de los últimos siglos sobre la historicidad y la divinidad de Jesús. He leído tus tres artículos con cuidado, he releído el de agosto del amigo Carlos Enrique Velasco sobre su Credo personal y he repasado lo que muchos otros queridos compañeros proponen sobre esto.

Mi convicción es que desde la infancia nos enseñaron una manera muy distorsionada de ver a Jesús, y de vivir la fe, la moral, la liturgia…

El principal error es que, como en una cebolla, el núcleo de la fe está cubierto por capas y más capas que los mismos seguidores de Cristo hemos venido poniendo sobre la esencia, el núcleo. Y esto oculta y deforma dolorosamente la fe. Nuestro reto y deber hoy es ir retirando tantas cosas que nos estorban, y llegar a vivir la fe como los apóstoles y los primeros cristianos. aceptando la invitación de Cristo.

Recorrer de nuevo en diferentes formas el camino de los Ejercicios de San Ignacio durante estos tres años (con la orientación de nuestro recordado amigo Julio Jiménez, del Centro de Fe y Culturas y de otros), me ha servido en este propósito.

Esta es mi propuesta para ti, para Carlos Enrique y para los lectores de este importante blog. ¿Qué opinas?

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