Jesús de Nazaret (1 de 3)

Por: Luis Alberto Restrepo
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En la Cristología tradicional, la historia real de Jesús queda casi toda sepultada bajo el búnker inexpugnable del Cristo de la fe y de sus dogmas intemporales. Otro tanto sucede con el resto de la teología dogmática. La exégesis moderna y contemporánea ha hecho saltar por los aires ese fortín. Ha realizado una minuciosa arqueología textual como si se tratara de desenterrar, desempolvar y devolver a la vida los cadáveres de una Pompeya sumergida. Y, en el camino, han venido surgiendo sorpresas que nos ponen a pensar de nuevo la fe.

¿Existió Jesús? Dos franceses (F. Volney, 1757-1820 y Ch. F. Dupuis, 1742-1809) fueron los primeros en afirmar que Cristo nunca existió. Poco después, en Alemania, D.F. Strauss (1808-1874) sentó las bases para una teoría que calificaría gran parte de la historia de Jesús como “mitología” y los evangelios como “invenciones literarias”. Bruno Bauer (1809-1882) siguió a Strauss, pero eliminó la base histórica de los evangelios y concluyó que Jesús y Pablo eran ficciones literarias no históricas. 

Después de Bauer, un destacado teólogo protestante alemán, Rudolf Karl Bultmann (1884-1976), propuso renunciar al Jesús histórico y centrarse en el Cristo de la fe, que, según él, es lo único que importa. Para Bultmann sería necesario “desmitologizar” el Nuevo Testamento, para reformularlo en forma de interpelación existencial de Cristo. El resultado de su brillante esfuerzo fue la antropología existencial de Heidegger, expresada en lenguaje cristiano. 

Discípulos de Bultmann, como Käsemann, reaccionaron contra su escepticismo y promovieron la búsqueda de la base histórica de la fe en Cristo. La renovación de la cristología católica después del Concilio es muy deudora de esta exégesis (Rahner, González Faus, Sobrino, Boff, Ducoq, y también el protestante Moltmann, etc.). A partir de los años 80 se inició una nueva orientación en los estudios históricos sobre Jesús, que procede sobre todo del mundo anglosajón y se adelanta en buena medida al margen de instituciones teológicas y referencias confesionales. 

Para mí, los dos franceses que negaron por primera vez la existencia de Jesús le hicieron un enorme bien al cristianismo. Le pusieron una carga de profundidad a la caparazón endurecida y anquilosada de la teología escolástica ‒filosofía griega travestida de teología, gracias a un cúmulo de citas evangélicas, Concilios y “Santos Padres”‒. Desde entonces se impuso la necesidad de la exégesis, rigurosa investigación e interpretación del texto evangélico, que trata de recuperar lo más fielmente posible al Jesús de Nazaret, distinguiéndolo de las numerosas expresiones simbólicas en las que se expresa la fe de las primeras comunidades cristianas, las que la exégesis procura reinterpretar en términos hoy comprensibles. 

En Frankfurt tuve el privilegio de asistir a un sólido ejercicio de esta exigente disciplina: una autoridad en la materia, el jesuita Norbert Lohfink, diseccionó durante todo un semestre dos versículos del Génesis –unas veinte palabras–. Verdadera arqueología literaria en la que se recuperan las raíces de cada término y de cada frase, sus orígenes y sentidos en su contexto cultural, se barre con suma delicadeza el polvo de los siglos y se restituye el sentido original del texto en términos de hoy.

El principal argumento de quienes niegan la existencia de Jesús es la escasez y ambigüedad de testimonios no-cristianos acerca de él. En el siglo I, hacia los años 93-94, Cristo –no Jesús– aparece mencionado en textos del historiador judío Flavio Josefo. En el siglo II las menciones son todavía pocas. Nombran a Cristo los romanos Plinio el Joven (en carta al emperador Trajano, entre los años 100 y 112), Tácito (112 o 113) y Suetonio (alrededor del 120). Sin embargo, las citas no carecen de reparos.

No me sorprende que Jesús haya pasado casi desapercibido para los romanos de entonces. El nazareno, un hombre de origen humilde, desplegó casi toda su actividad pública en Galilea, pequeño reino entonces independiente, una región predominantemente campesina. Jesús se mantuvo siempre distante de las ciudades. En aquel tiempo abundaban en Galilea rabís, profetas, ascetas o apocalípticos que anunciaban inminentes intervenciones divinas y creaban sus propios movimientos. Para sus connacionales y mucho más para los romanos, Jesús fue uno de tantos. Hasta su ascenso final a Jerusalén, fue un personaje local, ignorado incluso por muchos judíos y, por supuesto, por las autoridades y los historiadores romanos. Ya en Jerusalén, rodeado por una gran muchedumbre, suscitó la molestia y preocupación de las autoridades religioso-políticas judías, que optaron por entregarlo al poder local romano. Su figura solo comenzó a atraer la atención del Imperio a medida que la fe en él se fue fortaleciendo y las comunidades de creyentes comenzaron a expandirse y adquirir fuerza social. Este proceso tardó casi un siglo. 

Por otra parte, a pesar de que los cuatro evangelios fueron tradiciones orales de comunidades muy distantes entre sí, recogidas más tarde por distintos autores, los cuatro entregan la imagen de una misma personalidad fuerte y precisa, que difícilmente pudo haber sido prediseñada de antemano. Hoy ningún historiador serio niega que Jesús haya existido. Así pues que, con el grado de muy relativa certeza que permite el saber histórico, puede afirmarse que sí, a comienzos de nuestra era, existió en Galilea un personaje notable llamado Jesús.

Es imposible establecer una cronología detallada de su vida; de su infancia, adolescencia y juventud conocemos muy poco. El relato evangélico sobre su presencia en el Templo de Jerusalén a los doce años nos hace pensar que desde pequeño tuvo una intensa curiosidad religiosa y que, además, era un chico inteligente, despierto y con una personalidad muy definida.

Al final de su juventud parece haber vivido un período de incertidumbre y de búsqueda de su proyecto de vida, como es normal en un ser humano. Según el relato evangélico “fue llevado al desierto” por Satanás, donde permaneció “cuarenta días”. El número 40 aparece en la Biblia en más de cien ocasiones en momentos claves del pueblo de Israel: cuarenta años pasó en el desierto, cuarenta días estuvo Elías en el monte Horeb, etc. Puede suponerse que la cifra de “cuarenta días” de permanencia en el desierto también tiene un carácter simbólico y busca destacar la importancia de esa experiencia para Jesús. No sabemos con exactitud cuánto tiempo pasó Jesús en ese desierto. También es posible suponer que el “lugar” al que “fue llevado” no era un desierto físico, sino una situación interior de desolación y desconcierto espiritual. En ese periodo de su vida, Jesús pudo haber sentido la tentación de buscar riqueza y poder como suele sucederles a muchos hombres altamente dotados. 

Lo importante es que el joven rechazó esas posibilidades y se marchó al Jordán para hacerse bautizar por Juan, un asceta solitario que, junto al río, anunciaba la pronta venida del Mesías. Incluso, después de su bautismo, parece que Jesús mismo hubiese comenzado a bautizar. Sin embargo, muy pronto decidió cambiar el rumbo de su vida. Se apartó del ascetismo solitario de Juan, asumió una vida normal y un trato abierto con toda la gente (“comía y bebía con pecadores”), y se dedicó a recorrer los campos de Galilea anunciando la inminente llegada del Reino de Dios y preparando a los judíos para ese evento. 

Sus intervenciones interpelaban fuertemente y en profundidad a cada persona. De hecho, sus ecos en los evangelios conservan una gran fuerza y, si los textos son leídos con apertura de espíritu, ponen a pensar y examinarse a quien los lee. Sin embargo, el anuncio de Jesús no se limitaba a un llamado personal: sacudía también a la sociedad entera de su tiempo. En este sentido, tenía una dimensión política, si se entiende lo político no como disputa de facciones por el poder, sino como las condiciones que debe cumplir la sociedad para lograr una convivencia armónica.

Se cae de su peso que Jesús no fue cristiano: fue siempre un fiel judío. Buscaba depurar la fe judía del falso ritualismo y moralismo que los poderes religioso-políticos de la época habían ido cargando sobre los hombros de los más desvalidos y humildes de la sociedad. A cambio, procuraba suscitar una “misericordiosa” solidaridad con ellos. En su recorrido Jesús cuestionó dura y públicamente la autoridad religioso-política de esas jerarquías, quienes, por esa razón, lo detuvieron y lo entregaron a las autoridades del imperio romano para que fuera ‘ajusticiado’. Finalmente, fue sometido por el pretor romano a la muerte en una cruz.

Una de las exclamaciones que se le atribuyen a Jesús en la cruz (al parecer la única histórica: Mt 27,46 y Mc 15,34) parece develar una profunda incertidumbre sobre sí mismo y sobre el sentido de su propia vida: “Padre mío, padre mío, ¿por qué me has abandonado?”. En todo el Nuevo Testamento son las únicas palabras escritas en arameo, la lengua original de Jesús: “Eloi, Eloi, ¿lama sabachtani?”. La expresión no deja duda: el crucificado se siente injustamente abandonado por ‘Dios’, su Padre. La única inseguridad gira en torno al porqué se siente abandonado. Ese grito final de un hombre justo que se siente inútilmente sacrificado, puede ser entendido de dos maneras. 

En un primer sentido ‒puntual y hasta cierto punto banal‒ puede entenderse como un angustioso reclamo dirigido al fundamento sagrado de su existencia sobre el porqué de su terrible sufrimiento y su tormentoso final, pero en un segundo sentido, mucho más amplio, más profundo, más dramático y, a mi juicio, más probable, la frase puede expresar una patética duda final de Jesús sobre la utilidad de todos sus esfuerzos, sobre su misión en la vida y el sentido mismo de su existencia. 

Parecería como si Jesús hubiese esperado que su mensaje terminara por vencer la resistencia de sacerdotes, escribas y fariseos, y por liberar efectivamente a su pueblo de las injustas cargas religiosas (y por ende culturales, sociales, políticas y económicas) a las que aquellas autoridades religioso-políticas lo habían sometido. Ya en la cruz veía, en cambio, con desconcierto absoluto, que todo su esfuerzo concluía en un estruendoso fracaso. 

Jesús podría haber muerto, pues, sin saber a qué había venido a este mundo. Por eso mismo resuena con tanta fuerza su grito en la cruz: “Eloi, Eloi ¿lama sabachtani?”. En cierto modo, sentía traicionada su confianza en Yahveh, aunque no por ello dejó de llamarlo Padre. Profunda relación, sin duda, ¿pero se entendió por ello Jesús como el Hijo único de ‘Dios’? Ciertamente, no.

Tras la muerte de su líder y maestro, los discípulos, desilusionados y temerosos, huyeron de Jerusalén, se dispersaron y volvieron a sus casas y antiguos oficios en Galilea. Solo después de un período de incertidumbre, de duración desconocida, se fueron reuniendo de nuevo en Jerusalén, impulsados por un fuerte deseo de darle continuidad al esfuerzo de Jesús. Su entusiasmo era tan grande que lo interpretaron como si su maestro hubiera revivido en ellos. Guiados por Pedro, el más vehemente y entusiasta del grupo, se lanzaron a seguir impulsando la renovación de la fe judía que su maestro no había logrado, presentando para ello a Jesús como el Mesías enviado para la salvación del pueblo de Israel. Reto difícil, pues en contra de la tradición de Israel, se trataba de presentar como Mesías a quien había sido crucificado y muerto por la justicia romana, con la bendición de las autoridades religioso-políticas de su pueblo. De todos modos, para intentarlo, acudieron a anunciar su revolucionaria manera de comprender a Jesús en las mismas sinagogas. María fue la gran animadora de ese proceso. 

Fue el cosmopolita Pablo, un antiguo fariseo perseguidor de cristianos, quien acabó proclamando a Jesús ya no solo como el Mesías enviado a Israel, sino como el Hijo único de Dios, tan Dios como su Padre. Para lograrlo tuvo que enfrentarse fuertemente con Pedro y sus seguidores de Jerusalén. Así, Pablo le permitió a esa pequeña, incipiente y perseguida secta judía, convertirse en una nueva fe de pretensión universal, independiente del judaísmo; en seguimiento de Cristo, en Iglesia universal. 

Luis Alberto Restrepo M.

Abril, 2021

5 Comentarios

Carlos Posada 1 abril, 2021 - 9:50 am

Excelente documento muy propio para meditar en estos días sobre nuestra propia espiritualidad y sobre el contenido y el sentido de la fe cristiana.
Me gustó el relato sencillo, documentado, basado en la historia y en la teología que hace el dr Restrepo.
La fe y la razón no se contradicen. Se complementan y se apoyan mutuamente. La fe nace y se deposita en mi profundo y exclusivo ser interior.
La razón busca explicar los hechos, los fenómenos y los clasifica como falsos o verdaderos; si no hay claridad lo deja en el estadío de lo incierto.

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Hernando Bernal A. 2 abril, 2021 - 4:31 pm

Luis Alberto: un primer gran texto. Esperamos los siguientes. Necesario profundizar sobre el Jesús Histórico para tratar de definir y enriquecer al Jesús Personal, no solo como persona en sí mismo, sino como individuo capaz de ser persona para los demás. Gracias por tus pensamientos. Enorme tu erudición. Saludos

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Dario Gamboa 3 abril, 2021 - 5:05 pm

Excelente artículo Luis Alberto que nos acerca al Jesús desmitificado y profundamente comprometido como hombre con su gente. Lo esencial de su mensaje y su expansión al mundo se libera de tanta teología y filosofía clerical que a veces lo ha ocultado por tanto tiempo. Gracias por tu contribución.

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Vicente Alcala 4 abril, 2021 - 8:49 am

Luis Alberto, tu referencia a Norbert Lohfink me hizo recordar a Gerhard Lohfink quien tiene entre sus obras “La Iglesia que Jesús quería” y “Ahora entiendo la Biblia”. Tu artículo también lo comparo con “Jesús de Nazareth” de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, que es una obra de gran valor histórico, teológico y espiritual. Esperamos las otras entregas de tu documento. Gracias.

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Vicente Alcala 9 abril, 2021 - 4:42 am

La afirmación (negación) que cuestiono del artículo “Jesús de Nazareth I ” es la que se lee en el párrafo 18: “¿pero se entendió por ello Jesús como el Hijo único de Dios? Ciertamente, no”
¿En qué se fundamenta ese “Ciertamente, no”?
Queda en suspenso la respuesta a esta pregunta, porque el artículo termina con dos párrafos más sin resolverla; por eso hay que leer las dos entregas siguientes.

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