Igualdad, equidad y dignidad (IV)

Por: Carlos Torres
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El uso de las expresiones igualdad y equidad ha llevado a confundir los dos términos, lo que es incorrecto. Equidad alude al concepto de justicia, que han definido de muchas formas, pero la de los antiguos griegos ha permanecido hasta nuestros días: es dar a cada quien lo que le corresponda. Igualdad, por otro lado, supone dar a todos lo mismo.

Hay dos formas de ver el fenómeno de la igualdad: la negativa, que resaltó e incentivó la desigualdad, y la positiva, pues el mundo superó fronteras y tuvo la capacidad de resolver problemas insolubles para los equilibrios sociales anteriores, cuando todos morían de peste en forma igualitaria. Ahora se contaba con medicamentos y avances que obviamente favorecían, en primer lugar, a los más ricos, pero poco a poco se extendían a toda la población. 

La pobreza comenzó a ser un concepto relativo. Se era pobre en relación con los que tenían más, a pesar de que intrínsecamente para cada individuo ahora su situación fuera mejor. Europa fue analfabeta durante gran parte de la historia moderna*. Cuando se lograba superar el analfabetismo, este logro se ocultaba por la desigualdad notoria que había en muchos otros aspectos de la vida social. Un pobre del siglo XXI goza de muchos bienes sociales que no soñaron los ricos de siglos anteriores. A pesar de ello, un desarrollo acompañado de desigualdad es considerado injusto.

Para los amigos de la igualdad, los análisis se basan no tanto en las carencias como en las desigualdades. Prefieren un mundo de muchas carencias, donde a todos les falte lo mismo, que un mundo de riquezas no uniformemente distribuidas. Les ofende que pocos tengan mucho y muchos tengan poco. Para ellos, la distancia entre el que más tiene y el que menos posee es lo que hay que combatir. Eso lo mide el Índice de Gini. La desigualdad aparece así como resultado de la inequidad. Lo equitativo, según ellos, es que cada uno reciba la misma porción de los bienes sociales que son de todos. 

El uso de las expresiones igualdad y equidad ha llevado a confundir los dos términos, lo que es incorrecto. Equidad alude al concepto de justicia. Allí encontramos que la justicia la han definido de muchas formas, pero la de los antiguos griegos ha permanecido hasta nuestros días: es dar a cada quien lo que le corresponda. Igualdad, por otro lado, supone dar a todos lo mismo. Igualdad y equidad serán equivalentes solo si todos se merecen y reciben lo mismo; sin embargo, esa no es la realidad.

¿Cuál es el criterio para juzgar lo que cada uno se merece en el mundo? La dificultad para responder justamente aumenta si vemos que hay muchos planos en los cuales puede buscarse una respuesta. Está el plano de la esencia misma de los seres humanos y su relación con el planeta. Según los ecologistas extremos, somos una especie depredadora, que toma de la naturaleza más de lo que le corresponde y por ello destruye el planeta y está llevando a cabo una nueva ola de extinción de especies. Para este enfoque, lo que merecemos es una parte cuyo cálculo aún no tenemos claro cómo hacerla. En este caso, el criterio de distribución de la parte correspondiente a la especie humana sería adjudicar más a quienes lo cuiden mejor; pero ello se convertiría en fuente de desigualdad.

En el otro extremo somos considerados la especie reina de la creación. Por lo tanto, cada uno merece una porción del planeta como herencia básica por el solo hecho de existir. Hasta la época de la revolución industrial, el bien más preciado era la tierra: para poseerla, disfrutarla y trabajarla. Era claro que todos merecían un pedazo de la tierra. Esta visión de mundo agrario fue una de las fuentes de la idea de la igualdad como objetivo justo. La tierra es un don finito, dado por un tercero (Dios, la vida, el destino…) y lo equitativo es darle lo mismo a cada uno. Este sería el momento cero de la historia, pero como algunos resultaron más trabajadores que otros, la equidad exigiría que tuvieran más tierra los que mejor la trabajaran. No sería justo (equitativo) darle por igual al excelente trabajador y al zángano. 

La humanidad complicó todo más aún con las pasiones humanas de ansias de poder, ambición y fortaleza física, que llevaron a que el más fuerte quisiera tomar una porción mayor ‒y de hecho la tomó‒. Vamos a desechar este factor por injusto, a pesar de que en la práctica ha sido una de las grandes fuentes reales de desigualdad. Para combatirlo, la humanidad en su evolución sociofilosófica y jurídica se organizó para impedir el abuso del más fuerte. La realidad parece no haber sido exitosa en este aspecto.

Los tiempos posteriores a la revolución industrial mostraron que el mundo no es un recurso limitado, destinado a ser distribuido entre sus habitantes, ni un ponqué para que todos reciban su porción.

El concepto de la tierra como bien finito se transformó en un concepto de evolución y desarrollo. El mundo ofrece al hombre un campo ilimitado de potencialidades. Incluso, la misma tierra ha mostrado la capacidad de producir de manera diferente según los avances que el hombre ha ido logrando. La tierra como bien básico por distribuir ya no es un objetivo, aunque todavía se libren guerras por ella. La capacidad de producir más y mejor a través no solo de la agricultura, sino de la industria y la tecnología, creó bienes que son parte de la riqueza disponible. Más del 75 % de los habitantes del planeta viven en ciudades sin interés real en la tierra como recurso productivo.  ¡La riqueza se crea!

¿Cuál debe ser el criterio equitativo para distribuir la nueva riqueza? Nuevas teorías político- filosóficas aparecieron: la plusvalía no podía llevársela uno solo de los factores de producción. La equidad exige que haya una distribución justa de la riqueza generada. Sin embargo, la dinámica de los fenómenos generadores de riqueza, en su complejidad, se convirtió en nuevo motivo de desigualdad.

La sociedad de la información que surgió a finales del siglo XX resultó una nueva fuente de generación de riqueza, en la cual el talento humano es definitivamente el recurso fundamental. Por ello, las teorías distributivas de capital y trabajo de las sociedades agrarias e industriales quedaron obsoletas. Los últimos 100 años han contemplado una generación acelerada de riqueza en muchos sectores no tradicionales, con consecuencias incluso negativas para el medio ambiente, pero que han mejorado sustancialmente las potencialidades de una calidad de vida insospechada. Cualquier distribución de igualdad que se hiciera a cada habitante del planeta se deformaría en pocos años por las nuevas realidades. La complejidad de todas las ciencias y su impacto en la economía globalizada hace cada más difícil adoptar criterios de distribución equitativa de la riqueza. Cada nuevo avance de la tecnología, la ciencia y la sociedad se convierte en fuente de desigualdad entre los que lo logran y los que lo utilizan. 

El ser humano en su sicología y sus grupos sociales ambiciona de diferentes formas el progreso y el bienestar. Algunos incluso prefieren conservar sus tradiciones ancestrales, aunque les signifique alejarse del nivel de vida hoy posible.

Las personas esperan que haya equidad en recibir los resultados de su esfuerzo e incluso las sociedades que han sido exitosas en disminuir los extremos tienen dificultades para mantener la iniciativa y la creatividad que requiere el mundo actual. Hay un mundo de alta competencia y culturas donde aún predomina la colaboración y compiten con otras culturas. La problemática de las migraciones y la receptividad que tienen los pueblos más opulentos con los migrantes de países más pobres demuestra que el concepto de equidad lucha, en la práctica, con la idea de igualdad.

La equidad es un principio fundamental de las sociedades por tener como base la justicia y, por tanto, en la realidad se convierte en una fuente permanente de desigualdad. 

No obstante, los problemas de la miseria, la pobreza y el horror de seres humanos que carecen del mínimo vital y no tienen futuro siguen vivos y son inaceptables para cualquier persona. Si la igualdad no es la solución, por utópica e inequitativa, ¿cuál es la alternativa para superar esa situación inhumana? 

En la próxima entrega trataremos de abrir horizontes que permitan visualizar soluciones reales.

* Roberts, J. M. (2011). Historia del mundo, de la prehistoria a nuestros días. Madrid: Random House.

Carlos Torres H.

Junio, 2021

3 Comentarios

Dario Gamboa 3 junio, 2021 - 6:48 am

Excelente articulo Carlos que me hace reflexionar sobre el gran valor de la diversidad humana que necesariamente tiende a la desigualdad. Tu visión histórica hace pensar como las sociedades han resuelto el aspecto de la convivencia y la armonia entre los seres humanos a través de instituciones que permiten reorganizar esas desigualdades en beneficio de las grandes mayorías pero manteniendo la creatividad y originalidad de todos y buscando, no siempre con éxito esa convivencia pacifica de los necesariamente desiguales… Gracias por tu articulo Carlos.

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 3 junio, 2021 - 10:57 am

Gracias, Carlos, por tu excelente artículo que abre horizontes. Espero tu próxima entrega para ver las soluciones reales que vas a presentar.
Saludos.

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Jorge+Luis+Puerta 21 junio, 2021 - 11:43 am

Escribiste: “…que el mundo no es un recurso limitado”. Debería decir que ES un recurso limitado. ¿Me equivoco?

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