¿Hacia un país desconocido? 

Por: Luis Alberto Restrepo
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Parece altamente probablemente que, después de la ya próxima elección de presidente, Colombia entre en una nueva fase de su historia, totalmente desconocida en el pasado. No sabemos muy bien cómo hayan de reaccionar los colombianos.

Después de la elección presidencial, en cualquier caso, esperemos que la diferencia en el número de votos entre el primer candidato y el segundo sea por lo menos de 5 o 10 puntos. Si la diferencia es menor de cinco puntos, y teniendo en cuenta la total desconfianza que todo el país (menos Duque y sus cortesanos) tiene del registrador Alexander Vega, los contendientes se enzarzarán en graves disputas y conflictos entre sí y con el gobierno. La situación que se crearía podría ser muy grave.

Hasta los años 90 del siglo XX, el muy influyente empresario y director de la ANDI, el antioqueño Fabio Echeverri Correa, repetía: “la economía va bien, pero el país (la política) va mal”. Y en efecto, así era. 

La economía crecía de año en año a un ritmo lento, pero constante. Fuera de la recesión a fines de los 90 y comienzos de los 2000, el crecimiento del PIB se mantuvo estable. Sin embargo, entretanto, la política se encontraba asediada por continuos escándalos de corrupción y una creciente violencia guerrillera y paramilitar. Con todo, las élites controlaban la situación. Lograban peinar la superficie de la vida nacional y mantener así una apariencia de equilibrio institucional, en particular gracias a la ritual realización de elecciones cada cuatro años, así fuesen siempre amañadas y violentas. 

Esta estructura le permitía a las élites ufanarse ante el resto de América Latina, presentando a Colombia como “la Democracia” más antigua del continente, con el breve paréntesis de la dictadura de Rojas Pinilla que el mismo país político pudo derrocar y que, en cualquier caso, fue menos violenta y duradera que las del Cono Sur. 

Subrayemos, de paso, con mucho énfasis, que algo va de unas meras instituciones bien peinadas a una verdadera democracia. No puede confundírselas. En realidad, con la excepción relativa de La Revolución en Marcha y la reforma agraria lanzada por Alfonso López Pumarejo ‒que el mismo López tuvo que someter a una “pausa”, debido a las presiones de los terratenientes y de la Iglesia católica‒ no han existido más escarceos democráticos. En otras palabras, en Colombia nunca hemos tenido democracia, solo hemos exhibido sus ilusorias apariencias.

Hoy, a fines de mayo de 2022, tras la pandemia y los paros de 2021 ‒en raras ocasiones violentos‒, la situación es bien distinta. Parodiando al siniestro Echeverri Correa, podemos decir que “el país va mal y la economía también”. 

En efecto, tras la pandemia, los paros y la mala gestión económica del gobierno Duque, es muy probable que las élites pierdan el control del país. ¿Qué pasará entonces? ¿Los más ricos saldrán corriendo con su plata bajo el brazo, como hacen las ratas cuando un barco se hunde? Así lo harán muchos. Aunque también es probable que los capitales realmente grandes, que no pueden sacarse de un día para otro ‒como acontece sobre todo con los bancos‒ vayan buscando acomodo, intentando el diálogo y ejerciendo presión sobre el nuevo gobierno. 

De cualquier forma, ese gobierno realmente liberal tendrá que imponer una profunda reforma tributaria progresiva que, entre otras muchas medidas, castigue sobre todo a los grandes capitales y a quienes tienen sus recursos en paraísos fiscales, vaya reduciendo notablemente los salarios y las pensiones excesivas (incluyendo las de los expresidentes), suprima las numerosas exenciones y ponga a tributar los dividendos, cobre el IVA a los más ricos y a la clase media, y lo suprima para los pobres. 

Estas medidas no podrán ser repentinas. Tendrían que irse imponiendo gradualmente, pero permitirían ahorrar por lo menos 50 billones de pesos cada año… 

Amanecerá y veremos. En todo caso, un mundo nuevo trata de abrirse camino.

Luis Alberto Restrepo

Mayo, 2022

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