Hacia un modelo humanista de educación superior* (1 de 2)

Por: Cesar Vallejo Mejia
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El autor, quien ha sido rector universitario, propone unas ideas preliminares para discutir un modelo humanista para la educación superior en un contexto cambiante, lleno de oportunidades y amenazas.     

No cabe duda de la enorme responsabilidad con que se manejan las Universidades en Colombia y de lo mucho que han avanzado, especialmente con la guía que les ofrecen las políticas de acreditación institucional y de programas, emanadas desde el Ministerio de Educación Nacional. Es igualmente claro que las Instituciones de Educación Superior (IES) son conscientes de los inminentes desafíos que tendrán que enfrentar, desde ahora, para cumplir su histórica misión en un futuro marcado por un contexto cambiante, lleno de oportunidades y de amenazas. 

No es posible negar, además, el favorable impacto que han tenido las universidades en el progreso del país y en el bienestar de los colombianos a través del ejercicio profesional de sus egresados que, por lo general, muestran un buen dominio de sus disciplinas y, aunque en mucho menor medida, a través de la construcción de conocimiento.

Sin embargo, algo anda mal: hay síntomas de que la educación superior no está respondiendo al contexto del momento.

El diseño actual de los programas y la combinación de procesos de enseñanza, investigación y proyección, que constituye el modelo de educación superior en la mayoría de las IES colombianas, parece haberse quedado corto en la formación integral de los profesionales que requiere el país para hacer frente a las dificultades que hoy caracterizan la vida nacional. 

La agudización de problemas sociales, políticos y económicos de Colombia no exime de responsabilidad a las universidades, a pesar de que solo una parte minoritaria de la población ha pasado por ellas. Sin embargo, no es raro encontrar que sus graduados forman parte del origen de esos problemas o, como dirigentes, no buscan o no aciertan en su solución. Por otra parte, como centros de pensamiento, las universidades han hecho una contribución insatisfactoria y tienen algún grado de responsabilidad en el precario aporte que la investigación le hace a los procesos económicos y empresariales, políticos y sociales que se adelantan en el país, aunque es preciso reconocer que no han recibido un apoyo suficiente por parte del Estado. Esto incluye, principalmente, a las instituciones que han mostrado ser las mejores en los procesos de acreditación y que obtienen los mayores puntajes en comparaciones nacionales e internacionales.

Colombia proyecta la imagen de estar aprisionada en el corto plazo, concentrada en la coyuntura económica y en su manejo oportuno, estancada en la poca diversificación de los sectores productivos, capturada por intereses personales o de grupo, obcecada por una polarización más emotiva que racional en la contienda política o por el fanatismo derivado de mitos e ideologías, presionada por la urgencia de justos reclamos sociales, amenazada por la presencia de grupos armados… Es la imagen de un país que transita sin visión de largo plazo y sin un norte claro, ante la mirada silenciosa de los centros de pensamiento universitario y de sus egresados, quienes ‒en los cargos de la dirigencia nacional‒ se muestran incapaces de reclamar o de proponer soluciones estructurales.  

Los niveles de intolerancia, de discriminación de minorías, de violencia y de corrupción que se presentan en la sociedad colombiana, los elevados índices de inequidad, los grados de irracionalidad en el debate político, la lentitud inaceptable de la administración de justicia, la insuficiente atención a la provisión de bienes públicos, la aparente despreocupación por la débil presencia del Estado en vastos territorios del país y el bajo compromiso de la población con el interés nacional, entre algunas de las causas de esa agudización, muestran que el sistema educativo colombiano y, en particular las universidades, no han logrado impactar profundamente la vida de la nación y contradicen el propósito de formación integral que, sin excepción, expresan las IES colombianas en sus planes estratégicos.

El país carece de una lectura completa, integrada e inteligente del contexto, necesaria para construir un futuro con perspectiva de éxito: formar la capacidad para hacerla, debatirla y ponerla al servicio de la sociedad es una tarea que le corresponde, como actor principal, a las universidades. En el momento actual, ello supone interpretar las crecientes tendencias a la democratización que, apoyadas en un acceso cada vez más inmediato a la información, son el resultado de la consolidación de autonomías e identidades individuales, grupales o regionales; explorar fórmulas para aprovechar las ventajas y atenuar las desventajas de una globalización indiscutible en las ideas, en las manifestaciones culturales, en los valores, en el comercio y en los flujos de capital, de tecnología y de recursos humanos; proponer la manera de incorporar, sin atentar contra la identidad del país y de sus regiones, los avances en la ciencia y las innovaciones tecnológicas permanentes, sacando provecho de las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial y el diseño de algoritmos que ponen al servicio de la sociedad el manejo de volúmenes cada vez mayores de información y de datos; profundizar en estrategias de descentralización que acerquen los centros de decisión a las comunidades; entender y cultivar las relaciones de la sociedad humana con la naturaleza, como condición para construir un escenario de desarrollo sostenible que garantice bienestar a las generaciones presentes y a las futuras.

No parece que las Universidades tengan entre sus prioridades hacer esa lectura integral de contexto, proponerle al país caminos para construir su futuro, ni formar profesionales que sientan la responsabilidad que les corresponde en ese empeño. Para lo cual, de poca ayuda han sido las pruebas de evaluación que se aplican a los egresados desde hace décadas, porque no han sido diseñadas para medir competencias y valores que definen la formación integral.

En Colombia hacen falta propuestas serias, académica y políticamente viables, que sería razonable esperar como resultado de más de siglo y medio de educación superior, para transformar el funcionamiento de la economía hacia un modelo sostenible con tasas razonables de crecimiento ‒“regenerativo e inclusivo”, como lo llama Kate Raworth (2017)‒, para lograr equidad en las oportunidades y en las condiciones de vida de los colombianos y para aprovechar las oportunidades que ofrecen el avance de la ciencia y las características del contexto complejo en el que se desenvuelve la vida de la nación, en beneficio de un mayor bienestar para todos.

Es cierto que muchas de esas tareas son parte del quehacer actual, académico e investigativo, de miembros o grupos aislados en nuestras universidades, pero su profundización y desarrollo no parece formar parte del núcleo de la formación que se imparte y de sus programas curriculares, ni representar la preocupación central ni la visión integral que sobre la educación superior tienen las directivas universitarias, más ocupadas en garantizar la sobrevivencia de las instituciones o las buenas condiciones financieras, cuando no en lograr un lugar destacado en los ordenamientos nacionales o internacionales ya mencionados. 

No han mostrado ser suficientes las estrategias que aplican las universidades para cumplir el propósito de formación integral, que tiene un lugar tan destacado en la formulación de la misión de todas ellas. Sin un objetivo claro en relación con la formación del ser humano, de su autonomía y autoestima, esas estrategias se subordinan a la capacitación técnica o disciplinar y terminan, en la mayoría de los casos, en cursos desarticulados de humanidades, dejados al criterio de cada estudiante, con poco o ningún acompañamiento, o en unos pocos cursos de ética desconectados del núcleo central de la formación profesional.

Se puede entonces afirmar que los resultados de la educación en general ‒y de la educación superior en particular‒ no son completamente satisfactorios. Y no porque haya negligencia o falte empeño en las directivas, en las comunidades académicas y en los estudiantes. En el caso de las universidades, la manera como se adelantan los procesos de educación superior es responsable y muy importante la inversión que hacen en la capacitación de docentes, en metodologías de aprendizaje, en programas de proyección a las comunidades y, aunque menos, en proyectos de investigación. El modelo se aplica bien, pero los resultados son insuficientes. Todo indica, entonces, que es necesario hacer ajustes importantes en el modelo para formar el profesional que necesita hoy la sociedad.

El profesional que requiere el país

A pesar del esfuerzo y dedicación de las comunidades universitarias en el cumplimiento de su tarea, el país sigue extrañando la presencia de profesionales con un perfil que supere ampliamente la sola competencia profesional, definida por el buen dominio de las disciplinas. Profesionales que combinen esa competencia profesional con el desarrollo de su enorme potencial individual, en su condición física, intelectual y espiritual, para que puedan participar, desde el conocimiento, en las dinámicas económicas, políticas y sociales de la comunidad a la que pertenecen, en un contexto y momento determinados, en beneficio de sí mismos y de los demás.

Se pueden mencionar al menos seis características o condiciones necesarias en el profesional que requiere el país:

1. Despliegue de sus condiciones personales físicas, intelectuales y espirituales, que lo definen como “sujeto” del ejercicio profesional o de la aplicación de su disciplina académica a la vida de la sociedad. Es la condición de autoestima y seguridad.

2. Conocimiento, lo más profundo posible, del ser humano (su naturaleza, sus posibilidades y limitaciones), dimensión que todo lo atraviesa, que fundamenta su comportamiento y explica los aspectos, positivos y negativos, de su actividad en la vida. En ese conocimiento, convertido en introspección vivencial desde su disciplina profesional, se originan el reconocimiento efectivo de la dignidad humana en todas las personas, sin distinción alguna, y los valores para manejar las relaciones de respeto consigo mismo, con los demás ‒como individuos diferentes y como sociedad‒ y con la naturaleza. 

De allí se deriva la conciencia de su identidad, de su naturaleza esencialmente individual y diferente, pero también esencialmente social, y la convicción de que en la diversidad de las características y del modo de ser de los individuos radica el principal activo de la sociedad y el derecho que todos tienen, sin excepción, de participar en la construcción y en los beneficios del desarrollo. Esa comprensión del ser humano, desde el dominio de la propia disciplina, requiere el concurso de ciencias humanas en la base de la formación integral. Es la condición de una vida profesional armónica y con sentido, orientada al bienestar de sí mismo y de la comunidad.

3. Pensamiento libre, crítico y autónomo, no atado a ideologías o mitos, y respetuoso del pensamiento de los demás. Con la conciencia de que la actuación de un profesional se da en la dimensión del conocimiento y de que su aporte a la sociedad es el del saber y la ciencia, con sus reglas de rigor y profundidad, con sus posibilidades, limitaciones y su gran dinámica. Altamente reflexivos, los profesionales deben ser conscientes de la estrecha interacción, entre la materia y el espíritu, entre el cuerpo y la mente, entre lo objetivo y lo subjetivo. 

El país necesita profesionales que desarrollen su tarea disciplinar con pensamiento propio, alimentado con el saber universal; creativos e innovadores, capaces de investigar o de entender los resultados de la investigación, para convertirlos en principio de solución de problemas o en fuente de innovación y de ideas de progreso. Libres del “complejo” extranjerizante que los lleva a creer que solo son útiles y pertinentes las ideas provenientes de países que se consideran más avanzados. Profesionales que abandonen la hipótesis sobre nuestro atraso intelectual y el “eurocentrismo menesteroso” ‒como lo llama el filósofo y literato Jonathan Beltrán (2021)‒; que crean en sí mismos y en su enorme potencial. Es la condición de una vida profesional creativa.

4. Conocimiento del escenario en el que va a actuar y participar en su vida profesional, de las dinámicas políticas, económicas y sociales que definen la vida de la sociedad y del contexto en el que se desenvuelven. Profesionales que conozcan y, en el ejercicio de su profesión, tengan en cuenta la “situación”, la ubicación, los recursos, la historia y las costumbres, la identidad y la cultura propias del país y de sus regiones (Carlos Matus, 1985). Es la condición de éxito.

5. Dominio de una disciplina en la que encuentra un campo de acción, basado en un conocimiento específico, que se adapta a sus condiciones personales, sus gustos y aptitudes. Consciencia de que la realidad, sus problemas y oportunidades, supera el alcance de cualquier disciplina. Profesionales que valoran el aporte de los demás y la necesidad del trabajo en equipo y que, además de conocer los aportes de su disciplina y el valor agregado que genera, reconozcan la contribución necesaria de las demás disciplinas, para lograr un conocimiento más amplio y exacto de la realidad. Es la condición de eficacia.

6. Capacidad para comunicarse y para utilizar y aprovechar, en su campo de acción, los recursos tecnológicos y la información disponibles. Es la condición de eficiencia.

En resumen, lo que la sociedad demanda son profesionales con formación integral. Nada distinto a lo que las Instituciones de Educación Superior han expresado al definir su misión y sus objetivos, en los documentos de planeación estratégica, y lo que se han propuesto alcanzar sin mucho éxito. Para lograr ese perfil de profesional se debe, por tanto, buscar un nuevo modelo. 

Referencias

Beltrán, J., López C.A. (de próxima aparición). Filosofía y Cultura, en Una Historia de la Filosofía en Colombia. Bogotá: Universidad Javeriana.

Matus, C. (1985). Planeación Estratégica Situacional. Caracas: Altadir.

Raworth, K. (2017). Doughnut Economics. London: Penguin Random House.

César Vallejo Mejía

Octubre 2021

2 Comentarios

EDUARDO JIMENEZ 17 octubre, 2021 - 7:51 am

Muy poco puedo añadir al excelente artículo de César, a quien le envío mi saludo y admiración por lo completo de su análisis. Para confirmar lo que él dice bastaría revisar el “pensum” de cualquier universidad, donde podemos ver las materias que debe cursar el alumno cubren la teoría y práctica que se supone requiere el profesional para ejercer su oficio, pero poca cosa más. Habría que hacer una revisión que incluyera talvez materias obligatorias sobre estos temas que menciona César.
Personalmente me gusta el punto 3 de sus conclusiones:, donde dice que el profesional debería graduarse con un “Pensamiento libre, crítico y autónomo, no atado a ideologías o mitos, y respetuoso del pensamiento de los demás.”
Saludos, Eduardo

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John+Arbeláez 17 octubre, 2021 - 10:27 am

Excelente análisis Chésar de nuestra educación superior en Colombia. Resalto tu afirmación: “Es la imagen de un país que transita sin visión de largo plazo y sin un norte claro” que representa la radiografía de nuestra historia. Cada uno por su lado en pos de sus intereses personales o insitucionales, para no mencionar a nuestros políticos…
Seguramente la segunda parte nos aportará más luces sobre el futuro de Colombia para el cual todas las instituciones sociales, políticas, económicas y académicas deberán establecer un norte, un ideario de nación al que todos los colombianos luchemos por alcanzar con ahínco. Una nación humanista, respetable, equitativa y justa. La academia tiene la palabra.

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