Gobernar y educar

Por: Francisco Cajiao
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Pensar si la educación y el gobierno que tenemos en el siglo XXI suscitan la confianza necesaria para construir un mejor destino a partir del ejercicio de la razón. Kant nos invitaba a pensar en ello hace más de dos siglos.

En la década comprendida entre 1776 y 1787, Emmanuel Kant escribió un ensayo titulado Sobre pedagogía. Resulta muy interesante descubrir cómo va desarrollando su razonamiento partiendo de unas premisas que a simple vista parecen sencillas y de sentido común y luego, al profundizar y descubrir todas sus implicaciones, llega a afirmar que “son dos las invenciones de los hombres que se pueden considerar las más difíciles: la del arte de gobernar y la del arte de educar; y sin embargo se sigue disputando aún respecto a la idea de ellas”.

Han corrido doscientos cincuenta años y aquella afirmación parece mantener su vigencia. Resulta evidente, por la experiencia acumulada de la humanidad, que el progreso social depende en altísimo grado de la educación de la población, no solamente en cuanto perfecciona a cada individuo y le permite desplegar su potencial, sino porque es la única forma de asegurar la democracia y la participación activa de todos los ciudadanos en la búsqueda de mejores oportunidades de progreso colectivo, con todo lo que ello implica.

Es claro que las mejoras en salud, el cuidado de los bienes públicos, la administración eficiente de justicia, la responsabilidad y eficiencia en el trabajo o el cuidado de los recursos naturales dependen de la educación de los ciudadanos, no solo como individuos que buscan su propio provecho, sino como miembros de una comunidad que pretende avanzar hacia objetivos humanos cada vez más elevados. La buena educación es un bien público de altísimo valor en tanto que engendra confianza, y eso solo ocurre cuando el ciudadano se forma en función de sólidos principios éticos y altos ideales.

Un pilar fundamental del progreso económico y social es la confianza, y ella depende de la convicción que se tenga de que los demás (personas, instituciones, gobernantes) se guían por ideales que trascienden sus propios intereses particulares y que, además, lo hacen con la preparación intelectual y la honestidad que su rol ante la sociedad exige. Esa preparación, por supuesto, también depende de que se ofrezca una educación de muy alta calidad para desempeñar las funciones cada vez más complejas que exige el mundo actual.

Se pregunta Kant en su ensayo de dónde ha de venir el mejor Estado del mundo: “¿De los príncipes o de los súbditos? ¿De que estos se mejoren primero y se encuentren a mitad de camino con un buen gobierno?”. Hay que recordar que estas reflexiones surgen en una sociedad monárquica, en vísperas de la Revolución francesa, y por tanto no es posible trasladar su significado literal a las sociedades contemporáneas.

Sin embargo, sigue siendo válido preguntarse, como lo hace el filósofo, qué clase de educación deben tener los gobernantes, para saber si serán capaces de guiar a sus naciones y educar a sus ciudadanos con una visión de largo plazo o dando prioridad a satisfacer sus inmediatos caprichos e intereses personales, que es como suelen educarse los príncipes y poderosos.

De otra parte, también adquiere relevancia la pregunta por la educación de los ciudadanos, pues si todos reciben una educación similar, orientada al bien común (Kant se inclina por las bondades de una educación pública igual para todos), seguramente tendrán más oportunidad de participar activamente en el desarrollo de un buen gobierno.

Evocar a un pensador del siglo XVIII pareciera un poco exótico, pero los clásicos, como los buenos vinos, maduran con el tiempo y es posible degustarlos sin apasionamientos. En esta época de fanatismos y militancias dogmáticas, no creo que algún influencer o congresista novato vaya a sacar carteles pidiendo la muerte de Kant o su canonización. En cambio, desde la lejanía nos ayuda a pensar si la educación y el gobierno que tenemos en este siglo suscitan la confianza necesaria para construir un mejor destino a partir del ejercicio de la razón.

Francisco Cajiao

Noviembre, 2022

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