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Entre el deseo y la realidad

No se entiende que en altos cargos puedan ser entronizados personajes que confiesan su ignorancia.

No se entiende que en altos cargos puedan ser entronizados personajes que confiesan su ignorancia.

Siempre se ha sabido que la educación es la única forma de conseguir que una sociedad progrese alejando a sus miembros de sus más primitivos impulsos en favor del uso de razón. Aristóteles decía que “dondequiera que la educación ha sido desatendida, el Estado ha recibido un golpe funesto”, y Kant subrayaba que “el objeto central de una buena educación es asegurar que los seres humanos desde el comienzo aprendan a someterse a las prescripciones de la razón”. Stuart Mill era enfático al decir que “la educación es la antesala de los derechos civiles, sociales o políticos. Para ello se requiere un alto ejercicio de la razón que asegure la libertad y la autodeterminación, más allá de las tutelas ideológicas o doctrinarias”.

La cuestión es tan seria que en muchos casos un alto nivel educativo se convierte en requisito ético y legal para poder desempeñarse en las complejas responsabilidades que requiere la sociedad. Por eso todos los ciudadanos tienen el derecho fundamental de acceder a la herencia cultural que se ofrece en la educación básica, pero también la obligación de superar con éxito las exigencias requeridas para acceder a los conocimientos avanzados que aseguran el alto ejercicio de la razón y la libertad más allá de las subordinaciones doctrinarias, parafraseando a Mill.

Ejercer la medicina sin un título profesional es delito. Lo mismo se aplica a quien construye edificios o ejerce el derecho sin los respaldos académicos necesarios. En muchos países se requiere certificación profesional para ejercer la plomería, la peluquería o la jardinería, y en eso viene trabajando Colombia con el marco nacional de cualificaciones, que pretende ser parte del sistema de educación superior.

Bajo esta premisa no es fácil entender que en altos cargos del Estado, donde se juegan las soluciones a gravísimos y complejos problemas de millones de seres humanos, puedan ser entronizados personajes que desde el día de su posesión confiesan su ignorancia. Habría que preguntarse en qué momento las líneas éticas se corrieron tanto que la gente con menos preparación asume la responsabilidad de resolver problemas que no entiende y si ese retroceso es parte del llamado progresismo.

Desde su origen, la especie tropezó con necesidades tan esenciales como la alimentación, la protección frente a los rigores de la naturaleza y la supervivencia en general. Esas urgencias fueron el acicate para que los primeros humanos aprendieran a conocer y transformar el entorno, para usar la razón en favor de la solución de problemas y la acumulación de saberes. La necesidad dio origen al desarrollo de la agricultura, desde la domesticación de las plantas hasta las formas más sofisticadas de tecnología alimentaria. Como siempre, mientras algunos se ocupaban de resolver los problemas, otros se esmeraban en proclamar la necesidad de resolverlos recurriendo a la magia, a los relatos míticos o a las medidas de poder más absurdas que, por supuesto, no ofrecían resultados.

Los deseos se proyectan más lejos que las necesidades y se van armando según la manera en que cada quien imagina que puede ser su vida o la sociedad en que sueña. Ya no se trata de asegurar la supervivencia inmediata, sino de fabricar nuevos mundos en los que pueda reinar

una suerte de felicidad en la que no todo el mundo está de acuerdo. La política suele ser ese campo de batalla en el que se enfrentan fantasías de humanidad ideal capaces de aglutinar a millones de seres humanos que todavía no salen de sus urgencias presentes para perseguir nuevas utopías. Eso requiere resolver los problemas de hoy recurriendo a quienes tienen el conocimiento y unir voluntades para inventar el porvenir.

Lo grave es cuando la pobreza se expande, la violencia florece y la desesperanza hace camino sin poner los medios que aconseja la razón para hacer que por lo menos algunas necesidades sean resueltas y tal vez algún sueño tenga oportunidad de hacerse realidad.

Francisco Cajiao

Artículo publicado en El Tiempo de Bogotá

Por Francisco Cajiao

Jesuita, 1965-1971. Filósofo de la U. Javeriana, con maestría en economía (Universidad de los Andes). Trabajó en Planeación Nacional y dirigió el Departamento de Bienestar Social de Bogotá; rector de las Universidades Distrital, Pedagógica y Cafam; subdirector del SENA, Secretario de Educación de Bogotá y consultor de Naciones Unidas en educación. Autor de varios libros y columnista de El Tiempo. Su mayor orgullo es haber sido maestro en primaria y secundaria por más de 15 años. Recientemente recibió el reconocimiento de Vida y Obra otorgado por el Ministerio de Educación Nacional.

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